Arrepentirme ¡Jamás! (Reescribir la historia nº 4) Capítulo 18
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Capítulo 18

—Padre… —susurró sorprendida y abandonó la cama.

—No me sorprende que tu hermana no esté en casa —espetó con seriedad, estudiando su aspecto con demasiada atención.

Fernanda no se incomodó, llevaba un pijama discreto. Una camisa con su buso de dormir, pero se vio obligada a llevar sus cabellos hacia atrás al darse cuenta que estaban algo despeinados.

—¿Dónde está mi madre?

—Llegará mañana, decidí adelantar mi vuelo. —Cerró la puerta de su habitación y cuando Fernanda quiso encender la luz, él sujetó su muñeca con firmeza.

—¿Sucede algo? —lo miró con temor.

No le parecía extraño que él fuera a verla después de un largo viaje, pero ese día en particular, todo se sentía demasiado… extraño. Su mirada intensa, su agarre severo y su voz demandante no hacían más que causarle escalofríos.

—Sucede que mi niña cumplió diecinueve y no estuve aquí para abrazarla, me siento algo molesto. —Se relajó, ahí estaba la sonrisa amable con la que ella sí estaba familiarizada—. Ven con papá, ¿sí?

Sin embargo, la calma duró muy poco cuando Leandro tiró de ella en su dirección, rodeó su cintura e intentó besarla en la boca.

—¡No! —Fernanda forcejó, luchó con todas sus fuerzas para romper ese desagradable contacto, pero la fuerza de su padre era superior.

—Descuida, una vez que empecemos te gustará, cariño —atenazó su robusta mano en sus cabellos y empleando una fuerza violenta, tiró de su cabeza hacia atrás y logró unir sus labios.

Sintió inmensas ganas de vomitar y derrumbarse ahí mismo.

¿Qué estaba pasando?

¿Por qué su padre, ¡su propio padre!, la atacaba de esa manera?

El gemido gutural de Leandro le informó que había bajado la guardia y aprovechó ese momento para liberarse de su agarre, pero él bloqueó la puerta con rapidez, dejándole claro que no huiría.

—No seas necia, Fernanda —gimió con esfuerzo y se deshizo de su corbata—. Colabora o será peor para ti —se abrió el cinturón.

—¿Por qué lo haces? ¡Soy tu hija!

—No pienso desaprovechar esta oportunidad —habló a la nada—, tu madre está muy ocupada con los asuntos de su amado hijo.

¿Qué? ¿Él adelantó su regreso para abusar de ella?

—No, por favor —retrocedió sobre su lugar, con lágrimas en los ojos, y negó rápidamente con la cabeza cuando él se quitó la camisa—. No, padre…

—Deja de llamarme así —ordenó con tosquedad y avanzó en su dirección, pero ella logró huir de su agarre—. A partir de ahora serás mi mujer.

—¡No! —gritó cuando logró sujetarla y ahogó un gemido adolorido cuando la lanzó a la cama con violencia—. ¡Para! ¡Ayuda, por favor! —logró gritar, pero la bofetada que recibió hizo que el silencio reinara en su habitación y la sangre se deslizara por su mentón.

—Mientras más te resistas, más doloroso será —farfulló él, loco de éxtasis, y las lágrimas bajaron por sus mejillas cuando le abrió la camisa de su pijama con brusquedad—. Esperé mucho tiempo por esto —él estaba fuera de sus cabales—, huiremos juntos y seremos muy felices lejos de esa bruja.

¿De qué diablos estaba hablando?

¡Ella era su hija!

La conmoción la golpeó con fuerza cuando su padre se inclinó para besar su cuerpo y no supo qué pensar cuando un ruido sordo hizo que él se quedara inmóvil en su lugar, para después caer inconsciente sobre el mullido colchón.

—Megan —la voz se le quebró y se incorporó con rapidez, viendo con horror como su hermana estrelló un jarrón en la nuca de su padre—. Yo no hice nada, él perdió el control y…

—No tienes que explicarme nada —susurró su hermana, aún conmocionada por la situación, y ambas miraron a Leandro—. ¿Estás bien? —la abrazó por los hombros, tratando de controlar sus temblores, y ella sollozó en respuesta.

—¡¿Qué diantres hicieron?! —la voz de su madre las hizo volver en sí y ambas giraron sobre su eje, viendo a Fátima bajo el umbral de la puerta que Megan había dejado abierta—.

¿Qué pasó aquí? —farfulló la mujer al ver el estado de Fernanda y luego el de su marido—.

Tú… ¡maldita zorra! —se dirigió hacia ella, pero su hermana la cubrió con su cuerpo.

—¿Qué te pasa, madre? Fue nuestro padre quien atacó a Fernanda.

La rebeldía de Megan hizo que Fátima parara en seco y no llegara a atacarla, pero incluso así el miedo la carcomió por dentro. Jamás entendería por qué su madre nunca llegó a quererlas.

—Atacaron a su padre, podría demandarlas —escupió y Fernanda tragó con fuerza, viendo el cuerpo laxo de Leandro y la gran mancha de sangre en sus sábanas.

—Nosotros diremos la verdad: él intentó abusar de Fernanda.

Un tenso silencio se cernió sobre ellas y su madre señaló la puerta con ira contenida.

—¡Largo de mi casa! —La sorpresa las golpeó con fuerza—. No quiero volver a saber de ustedes, ¡ninguna es bienvenida en esta familia!

No lo entendía, ¿por qué su madre las estaba echando a ellas?

«Es lo mejor, lo que sucedió hoy podría repetirse mañana», le dijo una vocecilla y ella tragó con fuerza.

—Megan no hizo nada —dijo de pronto, no quería afectar a su hermana.

—Esta familia no es la gran cosa —farfulló Megan, sujetando su mano con firmeza, y Fátima jadeó horrorizada por sus palabras—. Nos iremos y nunca más volverán a saber de nosotras.

—Eso mismo es lo que quiero —escupió la castaña, observándolas con rencor—. Pero escóndanse bien, porque su padre las buscará. —Fernanda se tensó cuando su penetrante mirada cayó sobre ella—. Y si las encuentra, creo que todas sabemos lo que puede suceder.

Fernanda no lograba entender por qué le estaba contando todo eso justamente a él —el hombre al cual se suponía que debía destruir— pero debía reconocer que el estar entre sus brazos, estrechada a su cuerpo, le daba la confianza para hablar y soltar aquello que llevaba años atorado en su garganta, haciéndola sentir culpable por algo que ni siquiera ella lograba entender.

Nunca hizo nada para despertar esos sentimientos tan enfermizos en su padre y quizá por esa razón le dolía tanto que su madre hubiera preferido echarlas de su vida antes que enfrentar a su esposo.

El silencio de Nicholas dejó de ser reconfortante y se preguntó si estaría sintiendo asco de su persona. No lo culparía, ella sentía náuseas de sólo recordar como su padre se atrevió a besarla, pero… realmente era inocente.

—Nicholas… —la sorpresa la golpeó con fuerza cuando él rompió el contacto y abandonó la cama de un salto.

—Es un maldito, ¡¿por qué no lo demandaste?! —preguntó, exaltado, y alborotó su cabellera con inquietud—. Quiero matarlo, ¡quiero que pague por sus actos!

—¡No! —se incorporó de un salto al ver que pretendía dejar la alcoba—. No puedes hacer nada, Nicholas, eso sería un escándalo y buscarían venganza —soltó atropelladamente.

—¡Te lastimaron! Lo que él hizo es un crimen y…

—¡No, Nicholas! —gritó y eso bastó para que él bajara los hombros y la mirara con resignación—. Los Matthew son peligrosos, meternos con ellos sólo acabaría con nosotros. —Fue sincera y él gruñó con frustración.

—¿Acaso no viste como te miró? —la piel se le erizó de solo recordarlo—. Él no parará, Fernanda, y yo me rehúso a quedarme con los brazos cruzados.

La visión se le cristalizó, ¿por qué él debía mostrarle esa faceta justo ahora?

«Debo regresar a Manhattan».

No continuaría con su venganza, dejaría al padre de Adrián como estaba y retomaría su vida junto a su amigo, donde sus emociones eran manejables y la incertidumbre del amor no era una amenaza.

—Sé cuidarme sola —musitó con esfuerzo, odiando que una lágrima bajara por su mejilla, y él acunó su rostro con delicadeza.

—¿Por qué quieres hacerlo todo sola? ¿Acaso no puedes confiar en mí? —la impotencia en su voz hizo que las piernas le temblaran.

—¿Por qué lo haría? —decidió abrir su corazón y tratar de entenderlo.

—Porque te amo, porque quiero protegerte y porque eres lo más valioso que tengo.

Las lágrimas bajaron por sus mejillas.

—Estás diciendo tonterías.

—Está bien si no me crees, no pienso insistirte de esa manera —bajó las manos con resignación—. Dejaré que mis actos hablen por mí. —Dio un paso hacia atrás—. Descansa… —hizo el ademán de abandonar la habitación, pero Fernanda lo sujetó de la muñeca.

—No me dejes —rogó angustiada, sintiéndose más vulnerable que nunca.

Él la miró con incertidumbre.

—Por favor, Nicholas, quédate conmigo esta noche.

—De acuerdo —musitó, abrazándola por los hombros, y la guio hacia la cama para instarla a recostarse una vez que deshizo las sábanas—. Recuéstate, ya es tarde.

Fernanda le había mandado un mensaje a Megan para informarle de la situación, explicándole que no llegaría a dormir por miedo a que su padre la siguiera, y esperaba que Megan estuviera manejando su inquietud mejor que ella.

Ambas sabían que tarde o temprano sucedería, pero habían esperado que su madre evitara a toda costa que su padre volviera a toparse en su camino. Después de todo, ella estaba tan interesada como ellas a que ese distanciamiento nunca se rompiera.

—Iré a ponerme mi ropa de dormir —informó de pronto, tomándola por sorpresa porque ya estaba bajo las sábanas, y asintió con recelo.

—¿Volverás?

—Sí… —suspiró con pesar, como si la idea de dormir junto a ella fuera un suplicio, y Fernanda observó como salía de la habitación en silencio.

¿En qué estuvo pensando al creer que podría destruirlo?

Esa no era su naturaleza y por esa razón hablaría con Ewan mañana mismo, ¿qué tanto podría tardar su amigo en conseguir unos pasajes para Adrián, su hermana y ella?

Por el cómo se dieron las cosas, era evidente que Londres nunca sería su lugar seguro.

Nicholas regresó al dormitorio sin causar un gran revuelo y Fernanda juntó los ojos con fuerza cuando se recostó junto a ella, pero no intentó abrazarla, tocarla, ni mucho menos invadir su espacio.

—¿Por qué aceptaste que fuera el primero? —inquirió de pronto y Fernanda giró sobre su costado—. Yo… ahora entiendo mejor porque a tus veintiséis años no poseías experiencia alguna.

—No lo sé —reconoció con pesar y él hizo el mismo movimiento para conectar sus miradas—. Nunca intentaste propasarte, me parecías un hombre inteligente y apuesto, y tal vez me sentí cómoda porque estabas tan solo como yo.