Capítulo 17
Nicholas sostuvo la pequeña olla por el mango, observando en silencio cómo el vapor de la leche caliente comenzaba a elevarse en breves espirales blancas sobre la hornilla.
Tenía las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos, el nudo de la corbata deshecho y un temblor imperceptible en los dedos que ni él mismo lograba controlar.
Sus habilidades para contener las crisis corporativas no le servían de nada en la intimidad de su propio departamento y eso le resultaba muy frustrante.
Sirvió el líquido humeante en una taza y suspiró con pesadez.
Aún le costaba procesar todo lo sucedido.
Fernanda temblando en el auto, el pánico en sus ojos oscuros y la súplica desesperada de no regresar a su edificio.
La había llevado a su departamento porque no le quedó otra opción, y cuando ella le pidió con voz rota que la dejara quedarse a pasar la noche, no dudó un solo segundo en acomodarla en el cuarto de visitas.
Ella lo necesitaba y él… realmente quería ayudarla a sentirse mejor, pero no tenía la menor idea de cómo podría hacerlo.
Era pésimo consolando a las personas.
Tomó la taza y caminó a pasos lentos por el pasillo. Al empujar con suavidad la puerta entreabierta, la escena en el interior lo detuvo por un instante bajo el umbral.
Fernanda estaba sentada a mitad de la cama.
Ya se había despojado del majestuoso vestido de satén negro, del maquillaje pulcro y de su peinado elaborado para vestir un pantalón de tela suave y una camiseta holgada de algodón que él mismo le había prestado.
Su cabello oscuro caía suelto sobre sus hombros, rebelde y alborotado, revelando el contorno entero de su rostro.
Sin las capas de defensa de su vestimenta ejecutiva ni el aura de frialdad que solía colocarse como coraza en la agencia, lucía vulnerable, pequeña e inofensiva.
—Te traje esto —musitó en voz baja, avanzando con cautela como si temiera romper la fragilidad del aire.
Fernanda alzó la mirada, recibiendo la taza entre sus manos. El calor de la cerámica pareció regresarle un poco de color a los nudillos.
—Gracias —murmuró, soplando la superficie antes de apoyarse contra el respaldo de la cama.
Nicholas jaló una silla cercana y se sentó a pocos pasos de ella, apoyando los antebrazos sobre sus rodillas.
Sus ojos azules no dejaron de estudiarla, la cabeza le daba vueltas.
Jamás, ni en sus sospechas más disparatadas, imaginó que Fernanda sería una de los tres herederos de la familia Matthew, una de las familias más poderosas e influyentes a nivel internacional.
Las preguntas surgían en su mente con una urgencia amarga.
Se cuestionó por qué, si ella pertenecía a la altísima alcurnia que dominaba los eventos benéficos, jamás lo humilló ni lo miró por encima del hombro como solían hacerlo sus padres con cualquier empleado.
Siempre tuvo el peso y el poder de su apellido a su favor y jamás lo usó en su contra.
Recordó el día que la conoció: trabajando detrás del mostrador de un café, contando monedas, viviendo con lo justo y buscando con urgencia un trabajo administrativo de lo que fuera para poder subsistir. Nada de eso encajaba con el imperio de los Matthew.
La curiosidad lo traicionó antes de que su prudencia pudiera detenerlo.
—¿Por qué huyes de tus padres? —preguntó en un susurro cargado de incertidumbre.
No había que ser un genio para saber que ella se estuvo escondiendo todo este tiempo.
Fernanda no respondió. Su mirada se mantuvo fija en el contenido de la taza y levantó el recipiente con parsimonia, dándole un sorbo lento a la leche caliente mientras la sombra de una muralla invisible volvía a alzarse entre los dos.
Nicholas dejó escapar una risita amarga, sin un solo rastro de humor.
—Salimos por más de cuatro meses en el pasado —comentó, recostándose levemente hacia atrás—, y ni una sola vez tocamos el tema de nuestras familias. Tu silencio me deja bastante claro que sigues sin confiar en mí.
El silencio de ella se sintió denso, confirmando cada una de sus palabras. Nicholas apretó los labios. Sabía que no tenía derecho a exigirle nada, no después de cómo se portó, pero el deseo de derrumbar las barreras entre ambos era más fuerte que su orgullo.
—Tengo una media hermana —soltó de pronto y la confesión tomó a Fernanda por sorpresa. Alzó los ojos de inmediato, enfocándolo con atención.
Una sonrisa amarga se dibujó en la comisura de los labios masculinos. Sonaba absurdo, pero quería que esa mujer conociera aquel secreto y dolor que él llevaba años guardando en el pecho.
—Sé quién es —respondió ella con voz pausada.
—No tienes por qué decirme nada sobre ti si no lo deseas —continuó Nicholas, ignorando la punzada en su pecho—. Pero si te cuento esto es porque quiero abrirte mi corazón. Me importas lo suficiente como para dejar de esconderme.
Fernanda lo observó en absoluto silencio, ajustando la manta sobre sus piernas y prestándole toda su atención.
—Mi madre murió de cáncer de mama cuando yo tenía apenas siete años —comenzó a relatar, fijando la vista en las tablas del suelo mientras la voz se le afinaba por el peso del recuerdo—.
El dolor de perderla fue devastador, pero lo que realmente me destruyó no fue decirle adiós en el hospital —la voz le tembló—.
Lo peor vino tres días después de enterrarla, cuando me enteré de que mi padre ya tenía a otra mujer metida en su vida... y a una bebé de pocos meses en brazos.
Fernanda soltó un ligero suspiro de empatía y, en un gesto instintivo y suave, le hizo una pequeña seña con la mano para que se sentara a su lado.
Nicholas no lo dudo. Se levantó de la silla y terminó sentándose al borde de la cama, sintiendo el cuerpo afectado tras verbalizar heridas que llevaba más de dos décadas sepultando.
—En cuanto cumplí la mayoría de edad me fui de esa casa —siguió, negando con la cabeza mientras la rabia y la amargura se mezclaban en su rostro—.
Dejé todo atrás. Sentía tanto rencor por mi progenitor que cuando cayó delicado de salud años más tarde, me negué a ir a verlo.
Ni siquiera asistí a su entierro. Para mí, Raphael Cranston manchó todo el amor que alguna vez le tuve al traicionar a mi madre de la forma más ruin, justamente cuando ella más lo necesitaba.
Conmovida por la crudeza de su confesión, Fernanda extendió el brazo y lo abrazó por los hombros, buscando brindarle algo de consuelo. Sin embargo, Nicholas negó suavemente con la cabeza y se apartó apenas unos centímetros, rehusándose a recibir su compasión.
—No me abraces. No te cuento esto para recibir tu lástima porque es lo que menos merezco —admitió con voz rota—.
En lugar de aprender de ese dolor y convertirme en un hombre mejor, me obsesioné con el poder, con el dinero y con el estatus.
Estaba decidido a borrar mis orígenes, a no volver a ser el niño vulnerable al que le rompieron la vida.
Y fue así como me convertí en esta porquería.
Lo único puro que me queda en la vida es Carlos, mi mejor amigo, que hasta tuvo que intervenir para ayudarme a conseguir un puesto con Andrés Rivers porque solo jamás lo habría conseguido.
—Eres un hombre capaz, Nicholas —intervino Fernanda, buscando su mirada—. Nadie te regaló tu puesto en la agencia. Te lo ganaste tú solo.
Escucharla defenderlo terminó de romper la última resistencia en su pecho. Sin poder contenerse más, se inclinó hacia ella y la abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en el espacio entre su cuello y su hombro, respirando el aroma familiar de su piel.
—Estoy tan arrepentido... —susurró contra su cuello, apretándola contra sí—.
Lamento con el alma todo lo que te hice, la forma en que te traté y cómo te eché de mi vida.
Pero tienes que saber la verdad, Fernanda.
La única razón por la que te alejé fue porque me di cuenta de que estaba sintiendo por ti mucho más de lo que debía —empezó a temblar sin control alguno—.
Me aterraba sentirme vulnerable. Tenía pánico de ser débil ante el amor y perder el control de la vida que tanto tiempo me costó construir.
Fernanda se tensó ligeramente entre sus brazos y se echó un poco hacia atrás para mirarlo a la cara, con la duda reflejada en la mirada.
—No mientas, Nicholas —le pidió en tono firme, pero tembloroso—. No inventes excusas ahora.
—No estoy mintiendo —aseguró él de inmediato, tomándole la cara entre las manos con extrema delicadeza—.
El día que chocamos bajo la lluvia, yo te seguí hasta ese café y regresé porque quería verte, porque me gustaste desde el primer instante.
Empecé a frecuentar ese lugar por ti, sin saber con exactitud qué era lo que quería de ti, pero muy consciente de que no quería perderme la oportunidad de conocerte.
Fernanda se quedó paralizada. No emitió respuesta alguna, pero la rigidez de sus hombros comenzó a ceder lentamente.
Nicholas sonrió con tristeza y le inclinó la cabeza para depositar un beso tierno y prolongado sobre su coronilla, sellando aquella confesión de amor que había guardado por tres años.
Un silencio denso y profundo volvió a cubrir la habitación, pero en esta ocasión no resultó tan incómodo. Él no dijo lo que dijo para obtener una respuesta, sólo le abrió su corazón para que ella pudiera entender que sus intenciones eran buenas.
—Hui de mi casa a los diecinueve —musitó ella de pronto, prendiendo sus alarmas, y tragó con fuerza.
—No tienes que contarme nada sobre tu familia si no estás lista —musitó rápidamente, rozando con sus nudillos la mejilla de la morena—. No te hablé de mi pasado para que tú me hablaras del tuyo.
La piel se le erizó cuando ella apoyó la mejilla en su brazo y lo abrazó por el vientre con más ímpetu del debido. El miedo en Fernanda fue tan palpable que él la cubrió con sus brazos con firmeza.
—Déjame cuidarte —suplicó con aspereza, desesperado por acabar con esa angustia que ella estaba sintiendo—. No me importa qué tan importantes sean tus padres, no pienso permitir que nadie te haga más daño. Juro por mi vida que te protegeré de cualquier peligro que pueda amenazarte.
La promesa flotó en el aire con un peso absoluto y Fernanda apretó la taza entre sus manos hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Un sollozo reprimido se le escapó del pecho y las lágrimas rompieron su contención, bajando silenciosas y tibias por sus mejillas.
Nicholas se hizo de la taza y la dejó en su mesa de noche.
—Llora, cariño, llora si eso te hace sentir mejor. —Besó su coronilla, incapaz de creer que ese suave sonido fuera capaz de hacerlo sentir tan miserable.
¿Así se sentía el amor?
Ahora entendía mejor por qué su jefe y mejor amigo abandonaron todo por sus esposas e hijos. Él… daría lo que fuera por ser él quien se sintiera tan miserable y asustado en lugar de Fernanda.
—Mis padres son personas horribles —logró articular entre llanto y Nicholas frunció el ceño con profunda preocupación, reacomodándose a su lado.
—¿Qué te hicieron, Fernanda?
Un silencio sepulcral y asfixiante se instaló en la estancia durante varios segundos. Fernanda cerró los ojos con fuerza, tragando el nudo que le desgarraba la garganta, hasta que finalmente abrió los labios y soltó la verdad que había llevado escondida durante todos esos años:
—Mi padre... intentó abusar de mí.