Arrepentirme ¡Jamás! (Reescribir la historia nº 4) Capítulo 15
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Capítulo 15

Nicholas prácticamente huyó de la agencia cuando su jornada laboral llegó a su fin.

No estaba preparado para enfrentar la mirada calculadora de Fernanda en el pasillo, ni para verse obligado a dar explicaciones sobre la presencia de Jennifer que ni él mismo terminaba de digerir.

Además, no quería que su pelea terminara en un nuevo encuentro pasional que le diera a entender que él quería algo casual y fortuito.

Quería una relación y la obtendría sin importar cuanto tiempo pudiera tomarle.

Antes de llegar a su departamento, recordó que aún no pasó por su celular y se dirigió al servicio técnico. Con todo lo sucedido en los últimos días fue en lo último que pensó. Tenía una tenue, casi absurda esperanza de que su antiguo móvil pudiera revivir.

Sin embargo, sólo necesitó llegar al lugar y cruzar miradas con el técnico para saber que todo había salido peor de lo esperado.

—Hice todo lo posible, señor Cranston —dijo el hombre, pasándose una mano por la frente—. La placa base quedó completamente encriptada y dañada. No creo que su celular pueda volver a encender, los datos son irrecuperables.

Nicholas apretó la mandíbula en silencio.

Guardó el aparato inservible en el bolsillo interior de su saco, rozando la fría superficie del metal, y se marchó sin decir más.

No estaba dispuesto a darse por vencido con lo que pudiera haber guardado ese teléfono, pero por el momento no le quedaba más remedio que aceptar la situación.

Fernanda le había dicho que no eran mensajes importantes, pero ahora él quería conocer el contenido de dichos audios porque sentía que sólo así entendería mejor su dolor.

Uno que en aquel entonces pasó por alto.

Apenas atravesó el umbral de su departamento, su celular comenzó a sonar dentro de su bolsillo, rompiendo la penumbra del recibidor. Al mirar la pantalla y ver el nombre de Carlos, soltó un suspiro antes de atender.

—Adivino —soltó al contestar, encaminándose hacia la barra para servirse un vaso de agua sin quitarse siquiera el abrigo—. Margot ya abrió la boca.

—Fue más rápida de lo que pensé —se rio Carlos al otro lado de la línea, con un fondo de bullicio amortiguado—. Margot nos contó a Diana y a mí sobre tu peculiar hermana. Diana se sorprendió mucho al descubrir que tienes una.

Eso se debía a que su pasado siempre fue un secreto para todos, menos para ese amigo con el que creció.

—Andrés la necesitaba. —Andrés era muy amigo de los Montaño, por lo que Nicholas siempre empleaba su nombre de pila cuando hablaba de él con Carlos.

—¿Cenamos? Margot se llevará a Diana y mis hijos a su casa. —Sonaba bien, no quería comer solo—. Te veo en el restaurante de siempre en veinte minutos. No acepto un no por respuesta.

Esbozó una débil sonrisa, ¿por qué no le sorprendía?

Poco después, los dos hombres compartían una mesa discreta en el rincón más reservado del lugar. La luz tenue del recinto apenas iluminaba el cristal de sus copas. Carlos no tardó en ir directo al grano tras darle un largo trago a su bebida.

—Así que viste a tu hermana... —lo estudió con detenimiento—. ¿Decidiste perdonarla por haber hecho absolutamente nada para recibir tu desprecio?

—Jennifer no es mi hermana —sentenció él con frialdad implacable, ajustándose los puños de la camisa y fijando la vista en el hielo que flotaba en su vaso.

Carlos suspiró con pesadez, mirándolo con evidente desaprobación.

—Deja esa tontería de una vez. Abandonaste a esa niña cuando solo tenía once años. Esa pequeña te adoraba a pesar de todo, te buscaba con los ojos en cada reunión y tú simplemente te esfumaste de su vida.

—¡Jennifer fue una imposición que mi padre me metió por los ojos tras la muerte de mi madre!

—reprochó en un susurro cargado de veneno—.

Ella es el resultado de su traición, el recordatorio viviente de cómo destruyó nuestro hogar y traicionó a mi madre.

—Hizo hasta lo imposible para que la voz no se le quebrara—.

No le debo nada, Carlos. Ni a ella ni a la memoria de ese hombre.

—Quizá —soltó Carlos con voz pausada, inclinándose un poco sobre la mesa—, pero también es muy posible que Jennifer sea la única persona en este mundo que pueda ayudarte a no sentirte tan solo. Es tu sangre, te guste o no.

Nicholas rechazó la idea de inmediato con una mueca huraña y desvió el rostro. No quería sentir absolutamente nada por ella, no quería abrir una grieta en la muralla que le había tomado años construir para aislarse de su pasado.

Notando el muro infranqueable que su amigo acababa de levantar, Carlos decidió cambiar bruscamente de tema.

—Está bien, no voy a presionar. Hablemos de lo que pasó el sábado. ¿Qué demonios sucedió en la boda de mi hermana? Tú, Fernanda y Adam, desaparecieron como si los hubiera tragado la tierra.

Nicholas dejó caer el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

Derrotado por el cansancio acumulado y la frustración, le contó todo: los celos enfermizos que lo cegaron al verla del brazo del doctor, el puñetazo de Adam, la vergonzosa llamada de madrugada donde terminó suplicando como un imbécil, y el distanciamiento sepulcral e hiriente con el que ella lo trataba ahora en la agencia.

Carlos lo escuchó en absoluto silencio, con las cejas elevadas y la boca ligeramente abierta, mirándolo con verdadera incredulidad.

No era propio que él perdiera el juicio de esa manera.

—¿Qué es lo que buscas de ella realmente, Nicholas? —inquirió, arrugando el entrecejo—. Hace tres años ni siquiera te interesaba físicamente. Para ti no era más que alguien a quien usar y desechar.

—Eso no es cierto —admitió Nicholas en un murmullo roto, sintiendo como si cada palabra le desgarrara el orgullo en el pecho—. Sí llegó a gustarme... estuve a punto de volverme loco por ella. Pero mi maldito orgullo me impidió aceptarlo en su momento. Fui un cobarde y la eché.

—Entonces sé sincero de una buena vez y deja esos juegos de poder —le sugirió su amigo con firmeza, mirándolo fijamente a los ojos—.

Esta actitud de simular celos salvajes y exigir respuestas no te va a llevar a ninguna parte.

Si de verdad quieres una relación seria con Fernanda, vas a tener que luchar por ella.

Pero hazlo bien, porque es evidente que ella no está en la misma sintonía y tiene todas las de ganar.

¿Sería verdad?

Si no estaban en la misma sintonía, ¿por qué era tan fácil para ella perderse entre sus brazos? ¿Por qué respondía a sus besos con tanta soltura?

Él… sentía que no todo estaba perdido.

Las palabras de Carlos resonaron en su cabeza durante los siguientes días como un eco persistente.

En la agencia, los preparativos para la gala benéfica de la Fundación St. Jude avanzaban a un ritmo acelerado.

Nicholas se esforzó por evitar a toda costa abordar a Fernanda en su despacho; no quería volver a cometer el error de acorralarla contra su escritorio ni que ella siguiera pensando que lo suyo era un capricho casual de oficina.

El intercambio sobre el evento se mantuvo en un terreno estrictamente profesional, reducido a correos corporativos y un par de mensajes secos.

Cuando Fernanda le preguntó por escrito, con marcada frialdad, en qué punto se encontrarían para asistir juntos a la recepción, él le respondió con determinación que pasaría a buscarla directamente a su departamento.

Ella se negó al instante mediante una tajante respuesta, argumentando que prefería llegar por su cuenta.

Sin embargo, Nicholas no dio el brazo a torcer y contestó antes de cerrar el sistema: «Ya sé dónde vives de todas formas, así que pasaré por ti a las siete».

Sabía perfectamente que la respuesta la haría enfurecer —porque se atrevió a revisar sus datos en la página de la agencia—, pero estaba dispuesto a asumir el riesgo.

Esa misma noche, la soledad en su amplio departamento se le volvió una carga insoportable.

Necesitaba despejar la mente, por lo que bajó al supermercado cercano, pero vagar por los pasillos abarrotados de parejas que reían y familias que hacían compras juntas solo le provocó una punzada de vacío desolador.

La sensación de no pertenecer a ningún lado lo oprimió con fuerza y sin pensarlo demasiado, llevado por un impulso amargo, subió a su auto y manejó a través del tráfico nocturno hasta llegar a la dirección del edificio de Fernanda.

Aparcó al otro lado de la calle, apagó las luces del motor y se quedó observando la fachada iluminada.

Se recostó en el asiento, preguntándose qué demonios estaba haciendo allí, actuando como un espía patético.

Justo cuando estuvo a punto de encender el vehículo para marcharse, un auto se detuvo justo frente al portal del edificio.

De la puerta del copiloto bajó Fernanda. Lucía ropa cómoda, el cabello ligeramente alborotado y una sonrisa relajada que llevaba días sin verle en la oficina. Sin embargo, eso no fue lo que le generó un gran impacto, sino el hecho de que Adam bajó del lado del conductor inmediatamente después.

El pánico más puro e irracional lo invadió por completo cuando vio a Adam dar la vuelta al auto para abrir la puerta trasera con suma cautela e inclinarse hacia el interior.

Con extremo cuidado y una delicadeza infinita, el hombre extrajo un bulto envuelto en mantas suaves y lo acunó con ternura contra su pecho.

Fernanda se acercó a su lado, acomodó con un gesto dulce la manta y caminó junto a Adam hacia la entrada del edificio, compartiendo un murmullo bajo y cálido.

Nicholas se apretó con fuerza contra el respaldo del asiento, sintiendo el impulso helado del aire en sus pulmones mientras el corazón le martilleaba el pecho a una velocidad frenética.

¿Qué tanto no sabía de ella? ¿Qué demonios le había estado ocultando todo este tiempo?

Al parecer, Fernanda tenía una familia completa.

Tenía una vida entera perfectamente estructurada, un hogar dulce y un hijo pequeño del que jamás le dijo una sola palabra.

La rabia, los celos y una frustración devastadora lo asfixiaron en la penumbra del auto.

Se sintió profundamente miserable, destrozado por la aplastante certeza de que acababa de descubrir algo sagrado que, si no hubiera sido tan idiota en el pasado, tal vez habría podido ser enteramente suyo.

—Debo parar —musitó finalmente y encendió su auto para emprender camino de regreso a su departamento.

Él la dejó ir, él renunció a todo lo que pudieron haber construido, por lo que era absurdo que ahora quisiera exigirle algo.