Arrepentirme ¡Jamás! (Reescribir la historia nº 4) Capítulo 14
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Capítulo 14

Horas más tarde, Nicholas guio a Jennifer hacia el interior de su oficina, asegurándose de cerrar la puerta y persianas con discreción. El señor Rivers había sido tajante: el asunto debía manejarse con absoluta confidencialidad, pues por el momento no confiaba en nadie dentro de la empresa.

Al ver a Jennifer, nadie imaginaría que poseía una mente privilegiada para la informática. Con veintiocho años, unos jeans holgados, una blusa básica y su alborotada cabellera rubia, proyectaba una vibra alegre y espontánea que la hacía lucir casi despreocupada.

—Todavía no puedo creer que me hayas llamado —comentó ella con soltura, dejándose caer en uno de los sillones—.

Debe ser un problema muy grande —lo estudió con pericia, y por fin sus ojos celestes brillaron con esa astucia que él tanto odiaba—.

Aunque, claro, por mi hermano mayor haría lo que fuera.

—No somos hermanos, Jennifer —farfulló de inmediato, manteniendo una postura rígida tras su escritorio—. Somos hermanastros.

La expresión de la joven decayó un instante.

—A papá le habría gustado saber que al menos nos dirigimos la palabra —murmuró ella con suavidad—. Ya sabes... antes de morir, siempre guardó la esperanza de que nos lleváramos bien.

No tenía la más mínima intención de hablar de su difunto padre, el hombre que marcó su vida y la razón por la que él salió de su casa al cumplir la mayoría de edad.

—Si de verdad quieres este trabajo, deja de hablarme como si fuéramos amigos —espetó en voz baja, pero severa—. No quiero saber nada de ti, ni de nadie.

Jennifer hizo un pequeño mohín, pero prefirió no presionar. Nicholas se aclaró la garganta y procedió a explicarle las irregularidades en el sistema y cómo sospechaban que alguien estaba alterando los datos internamente desde la sombra.

—Mmm... entiendo —analizó ella, adoptando una postura sorprendentemente seria, mientras observaba la pantalla de su laptop—.

A simple vista parece un trabajo impecable.

El sistema de la agencia es robusto, así que para vulnerarlo de esa forma se necesita un programa muy elaborado.

Voy a necesitar unos cuantos días y tu laptop para trabajar desde casa con mayor calma.

—¿Mi laptop? —Nicholas arrugó el entrecejo, reticente a ceder su equipo de trabajo.

—Es la vía más directa para rastrear el origen de las modificaciones sin encender las alarmas de quien esté haciendo esto —explicó ella, encogiéndose de hombros—. Confía en mí, Nico.

No le dio una respuesta y ella suspiró.

—Igual puedo venir todos los días y trabajar desde aquí.

Nicholas cerró su laptop, la desconectó y se la entregó sin miramiento alguno.

—Llévatela.

Una cosa era que ellos hablaran de vez en cuando, pero ¿reunirse con ella todos los días?

Maldición, ¡esa mujer lo volvería loco!

Ella era… demasiado.

En todos los aspectos de la palabra. La rubia se rio por lo alto y guardó la laptop en su mochila, asegurándose de que nada le faltara antes de marcharse.

En contra de su voluntad, decidió estudiar su aspecto, no resultaba difícil percatarse de que su situación no era la mejor de todas: su ropa estaba gastada, ella ni siquiera se maquillaba y no llevaba un solo accesorio puesto.

«¿Por qué te preocupa?» Siseó una voz en su cabeza. «Ella es el resultado de la traición de tu padre, ¡debes odiarla!»

Esa era la única verdad, pero por alguna extraña razón, en un impulso involuntario terminó preguntando:

—¿Cómo está...? —empezó a formular, deteniéndose a medio camino.

Jennifer se detuvo y lo miró con calidez.

—Emily está bien —respondió con una sonrisa dulce—. Cada vez está más grande y de vez en cuando pregunta por ti.

Nicholas se tensó. En el fondo, su pequeña sobrina le provocaba un cariño genuino, pero tenía claro que, para cortar de raíz los lazos con lo que le quedaba de familia, la niña también debía quedar del otro lado de la pared que había construido.

—Me sorprende que aún te recuerde, ella siempre dice que tiene un tío muy apuesto.

Evitó sonreír, hizo hasta lo imposible para no sentir. Finalmente sujetó su billetera y sacó varios billetes de alta denominación para entregárselos.

Jennifer miró el dinero y negó con la cabeza, rechazándolo suavemente.

—No son para ti, son para tu hija —insistió él con brusquedad, incapaz de emplear la palabra “sobrina” en voz alta.

—Si quieres darle algo, cómprale un regalo. Quiere aprender a patinar, su color favorito es el rosa y calza del cinco. No aceptaré tu dinero —le guiñó el ojo.

—Cómpralos tú —insistió—. Sabes que soy adicto al trabajo y no suelo ir de compras.

—Lo intenté —siseó la rubia y aceptó el dinero—. Te enviaré una foto de todo lo que compre para ella.

Nicholas se encogió de hombros, sabía que ella amaba a su hija y jamás pensaría en su persona antes que en Emily.

—Me parece curioso como aseguras en voz alta que no soy tu hermana, pero mi hija sí es tu sobrina.

La piel se le erizó y la reprobó con la mirada, ¿es que ella nunca se rendiría?

Jamás la vería ni sentiría como su hermana, él… no quería saber nada de Jennifer.

—Ella me cae bien y no tiene la culpa de nada —masculló, desviando la mirada.

—Yo tampoco la tengo —soltó en voz muy baja.

Nicholas apretó la mandíbula y evitó darle una respuesta. Le costaba horrores aceptar a Jennifer, pues ella era el fruto viviente de la mayor traición de su difunto padre hacia su difunta madre; un recordatorio constante de la fractura que destruyó su hogar.

Notando la tensión, Jennifer no quiso incomodarlo más y se encaminó a la salida.

—Te acompañaré. —No quería que ella hiciera ningún estrago—. Recuerda que esto es confidencial —le recordó en voz muy baja, abriéndole la puerta del despacho.

Al salir al pasillo, Nicholas se paralizó un segundo. Fernanda estaba de pie junto al ventanal de su propia oficina, observándolos fijamente con una mirada indescifrable y los brazos cruzados sobre el pecho.

¿Qué? ¿Los estuvo esperando todo este tiempo?

—¿Es tu novia? —susurró Jennifer a su lado, divertida por la intensidad de la escena—. Se ve muy molesta.

—Ella…

—Te hacía de gustos más… vulgares —bromeó la rubia y él gruñó por lo bajo, recordando con vergüenza todos los deslices que tuvo en el pasado.

—Avanza —le ordenó en un murmullo tenso, guiándola hacia el ascensor.

Descendieron en silencio hasta el vestíbulo principal de la primera planta y cuando estaban a punto de cruzar la puerta giratoria hacia la calle, una voz firme e inconfundible los hizo parar en seco a mitad del camino.

—Nicholas…

Margot Waldorf estaba en recepción junto a su primo, Ethan Waldorf, seguramente anunciando su llegada.

Los Waldorf eran los dueños de una de las constructoras más famosas a nivel mundial y los socios más influyentes de su jefe.

Además de su inmenso poder económico, eran reconocidos internacionalmente por su filantropía, liderando constantes campañas para hospitales, orfanatos y comunidades vulnerables.

Con el posible ataque a su base de datos, olvidó por completo que debía reunirse con ellos.

Cuadró los hombros al ver como la diminuta mujer de cabellera rubia avanzaba en su dirección.

Para ser alguien con mucho poder, siempre portaba una encantadora sonrisa en el rostro y actuaba con bastante humildad, aunque suponía que era amable con él porque su prima era la esposa de Carlos y coincidieron en más de una cena familiar.

—Señorita Waldorf, qué gusto verla —logró despabilarse y avanzó a su encuentro—. Señor Waldorf.

—¿Se va? —inquirió el pelinegro con frialdad, mirando de reojo por encima del hombro de Nicholas—. Tenemos una reunión.

—No, no —los nervios lo traicionaron.

—No lo intimides, Ethan —gruñó la señorita Waldorf y su primo sonrió con desdén—. Supongo que Rivers ya te comentó sobre la gala benéfica de este fin de semana.

—Sí, hace un momento estuvimos hablando de eso —asintió—. En la agencia ya estamos ultimando los detalles para definir cuál será nuestro aporte.

Margot desvió la mirada hacia la joven rubia de jeans que estaba a su lado, esperando que Nicholas hiciera las presentaciones correspondientes.

La rigidez de Nicholas fue evidente; el aire se le atoró en la garganta ante la sola idea de vincular su apellido con el de Jennifer en un entorno tan exclusivo.

¿Por qué diablos seguía ahí?

Advirtiendo la duda de su hermano, Jennifer no esperó más. Dio un paso al frente con soltura, sonrió con simpatía y le extendió la mano a la mujer.

—Mucho gusto, soy Jennifer Cranston —se presentó sin titubear, haciendo que a Nicholas se le helara la sangre. Nadie en el círculo corporativo de Londres sabía que él tenía una hermana, y mucho menos una nacida del segundo matrimonio de su padre.

Margot arqueó las cejas con grata sorpresa al escuchar el apellido.

—Vaya, no sabía que tuvieras una hermana tan atractiva, Nicholas —comentó Margot, estrechando su mano con amabilidad, para luego señalar al pelinegro—. El gusto es mío, Jennifer. Puedes decirme Margot y él es mi primo, Ethan Waldorf.

—Un placer, Jennifer —saludó Ethan con una inclinación educada, mientras Jennifer le devolvía la sonrisa con total naturalidad.

—He de suponer que conoces a Carlos y Diana.

—Solo a Carlos. —Odiaba que Jennifer fuera tan sociable—. Aunque… la última vez que lo vi fue hace muchos años.

No le pasó por alto el interés con el que la señorita Waldorf observó a la rubia, lo mejor sería despacharla lo antes posible.

—¿Jennifer será tu acompañante este fin de semana? —inquirió Margot con curiosidad, conectando sus miradas.

Un resoplido de molestia se le escapó de los labios antes de que pudiera contenerse. Al notar la mirada de extrañeza de los presentes, se aclaró la garganta, sintiéndose profundamente avergonzado por su falta de tacto.

—Disculpen... no quise sonar grosero.

—Descuida —intervino Jennifer de inmediato, poniéndose una gorra con un gesto divertido—. No asistiré a dicha fiesta porque mi hermano sabe perfectamente que yo no salgo con hombres tan aburridos como él.

Margot soltó una carcajada espontánea ante la ocurrencia, mientras Jennifer le guiñaba un ojo con complicidad a la empresaria. En cambio, Ethan y él apretaron la mandíbula, como si el insulto hubiera sido para ambos hombres.

—Fue un gusto conocerlos —añadió, ajustándose la mochila al hombro—. Nos vemos luego, Nico.

Nicholas la vio salir por las puertas de cristal, siseando unas cuantas groserías mentalmente.

Tras soltar un leve suspiro para recuperar la compostura, se volvió hacia los socios de su jefe.

No podía olvidar que debía entregar esa misma tarde el cheque corporativo con el donativo destinado al nuevo orfanato que la fundación Waldorf estaba construyendo.

—Lamento la interrupción —se disculpó Nicholas con elegancia, haciendo un gesto hacia los ascensores—. Por favor, acompáñenme a mi despacho. Tenemos el documento listo para la firma y la entrega del aporte.

—Eres demasiado formal —comentó Margot, entretenida—. ¿No crees que es raro? Hemos cenado juntos en muchas ocasiones en la casa de mi prima.

Nicholas no supo qué responderle.

—Él está siendo profesional, Margot —espetó Ethan con sequedad y él se lo agradeció en silencio—. Ya podrás fastidiarlo en la próxima cena que Carlos y Diana organicen.

Una que, estaba seguro, sería muy pronto porque Margot mencionaría a Jennifer en cualquier momento —ya que la discreción no era lo suyo— y su amigo se sorprendería ante ese hecho.

Reunirse con Jennifer era algo que jamás estaría en sus planes.

***

Desde la solidez de su oficina, Fernanda no podía evitar mantener la vista fija en el pasillo.

Nicholas había recibido a más personas de las habituales el día de hoy.

Primero aquella joven rubia de aspecto desenfadado que vio desde su ventanal —y con quien lo descubrió hablando muy cerca—, y ahora la entrada triunfal de Margot y Ethan Waldorf, dos de los nombres más pesados del panorama empresarial de la ciudad.

Estar fuera de la jugada y desinformada le ponía los nervios de punta.

El paradero del celular de Nicholas seguía siendo un misterio —aunque al menos tenía la certeza de que él no lo tenía— y ella fue lo suficientemente estúpida como para implementar distancia entre ellos.

¡Se suponía que debía vigilarlo!

La presión del moño en su nuca empezó a aturdirle más de lo necesario y liberó su cabellera con rapidez, deseando estar en cualquier otro lugar que no fuera la agencia de modelaje.

Odiaba la idea de tener que reconciliarse con él, porque sabía cómo podría terminar todo si Nicholas decidía ser cariñoso con ella.