Capítulo 13
Sus celos lo estaban cegando y no importaba cuanto luchara, él no estaba dispuesto a soltarla. Sin previo aviso, el agarre sobre su cuerpo se aligeró, pero el pánico la invadió al ver cuál fue la razón.
Adam tiró de Nicholas hacia atrás y sin dudarlo un solo segundo estrelló un puño en su rostro, enviándolo directamente al piso.
—¡¿Qué diablos crees que estás haciendo?! —bramó su hermano, hecho furia por el asalto que vivió, y Fernanda miró la escena con espanto.
Esto no terminaría bien.
Nicholas se incorporó con torpeza, pasándose la mano por la boca ensangrentada, y arremetió contra Adam con violencia. Ambos hombres se trenzaron en un forcejeo errático sobre el césped y ella agradeció que estuvieran lo suficientemente lejos del salón.
¡No podían estropear la boda de Alex!
—¡Es suficiente, tienen que parar! —suplicó con desespero y agradeció en silencio que Alex y Milenka aparecieran y lograran separarlos.
—¡Basta, Nicholas! ¡Estás ebrio! —gritó Alex, sujetando al rubio del torso.
Fernanda, aterrorizada y con el corazón en la garganta, se arrodilló al instante junto a su hermano.
—Adam... ¿estás bien? —preguntó con voz temblorosa, limpiando con su pañuelo el hilo de sangre que corría por el labio inferior de su hermano, y no le pasó por alto la manera en la que Adam observó a Nicholas.
—Fernanda no te quiere —escupió el rubio y ella lo fulminó con la mirada—. Ella es mía, soy yo quien le gusta.
¡Ese hombre estaba demente!
«Tal vez no estaría así si el día de ayer, después de su cena, no lo hubieras besado por más de una hora en su auto», la reprendió una vocecita y tragó con fuerza.
—Guarda silencio, Nicholas —gritó Milenka, angustiada, y le hizo una seña a Alex para que se lo llevaran—. Siento el altercado, Adam, él bebió mucho esta noche.
—Así parece —siseó él con compresión fría, mirándola con fijeza—. De todas formas, nosotros ya nos íbamos. —Lo ayudó a levantarse y su hermano se ajustó el saco con elegancia, mirando fijamente a Nicholas—. Si esto se repite, lo lamentarás.
—Ni te preocupes —gruñó—. Pronto ella tendrá que elegir con cuál de los dos se quedará.
Otro hombre se habría ido sin mirar atrás, pero ahí estaba Nicholas, decidido a quedarse hasta que ella lo eligiera.
Se disculparon brevemente con los novios por la conmoción del momento y abandonaron el hotel en absoluto silencio.
El ambiente en la sala del departamento de Fernanda era denso como el plomo. Adam permanecía de pie frente al ventanal, aplicando una compresa fría sobre su labio inflamado, mientras Fernanda caminaba de un lado a otro con los brazos cruzados.
—Es él, ¿verdad? —Adam rompió el silencio, con una voz baja y pesada—. Es el padre de Adrián.
Fernanda se congeló en mitad del salón. Tragó saliva y acabó asintiendo débilmente.
—Sí... es él. Pero no sabe de su existencia y no tiene por qué saberlo.
Adam se giró de golpe, dejando caer la compresa sobre la mesa con una frustración evidente y alborotó su cabellera con ambas manos, nervioso.
—¡Eso es una locura! Tienes que hablarle con la verdad. Ocultar algo así solo va a traerte problemas gigantescos. Ese tipo es un desequilibrado, ¡mira cómo reaccionó hoy!
—¡Tú no entiendes nada, Adam! —estalló ella y las lágrimas bajaron por sus mejillas—.
¡Él me echó de su vida! ¡Me humilló, me borró como si fuera una basura inservible!
Decidí criar a mi hijo sola porque él no merecía ser parte de nuestras vidas.
¡No voy a permitir que destruya lo único puro que tengo!
Adam la observó con una mezcla de lástima y preocupación profunda.
—Fernanda... vi la forma en que te miraba. Ese tipo no se ve como un hombre que haya renunciado a ti en absoluto. Ese hombre está más que dispuesto a quedarse en tu vida y tarde o temprano descubrirá la verdad. Es idéntico a su hijo.
—Tengo todo bajo control —aseguró ella con voz firme, aunque por dentro se desmoronaba—. Te prometo que nada malo sucederá.
Intentaría que todo saliera como lo tenía previsto.
A las dos de la mañana, el celular de Fernanda empezó a sonar de manera incesante. Una, dos, tres veces. El nombre de Nicholas parpadeaba en la pantalla como una amenaza constante.
Cansada y al límite de sus fuerzas, contestó para reprimirlo de una vez por todas.
—Deja de llamar, Nicholas —gruñó en voz baja, no quería despertar a nadie.
—Fernanda…
—Estás ebrio y lo de hoy fue una humillación imperdonable.
Él prácticamente le había dicho que era una zorra.
—No sé cómo pasó, Fernanda... —la voz de Nicholas al otro lado de la línea sonaba rota, arrastrada por el alcohol y desgarradoramente vulnerable—. Te lo juro por mi vida... no sé cómo pasó, pero esto que siento por ti es algo que no puedo controlar. Me supera y hace que pierda mi buen juicio.
Fernanda apretó su celular contra su oreja, sintiendo un escalofrío helado.
¿Dónde diablos estaba el Nicholas frío y déspota del cual quería vengarse?
¡Este hombre era un desastre total!
—No digas tonterías —aseveró—. Sólo estás encaprichado porque no me tienes a tus pies como antes.
—¡No es un capricho! —protestó él, y se escuchó el sonido sordo de un puñetazo contra alguna superficie rígida—.
¿Acaso olvidaste cómo pasábamos el tiempo juntos?
¿Cómo me cuidabas cuando caía enfermo? ¿Cómo cocinábamos juntos en mi departamento?
¡Tú fuiste mi familia! ¡La única persona que realmente estuvo para mí y se preocupó por mí!
Una risa amarga y carente de humor se escapó de sus labios.
—¿Tu familia? —Su discurso era patético—. Si te sientes tan solo, ¿por qué no llamas a tus padres?
Un silencio sepulcral se adueñó de la línea antes de que Nicholas respondiera con una frialdad desoladora:
—No tengo a nadie. Los odio a todos, por mí se pueden ir al infierno.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal.
Durante el tiempo que salieron en el pasado, ninguno de los dos tocó el tema de sus respectivas familias; ambos lo evitaban con recelo y todo indicaba que no era la única que tenía problemas con sus progenitores.
Escuchar esa confesión tan directa y cargada de veneno la tomó completamente desprevenida e hizo que por una milésima de segundo sintiera demasiada curiosidad respecto al tema.
Sin saber qué responder y sintiéndose sofocada por todo lo vivido en las últimas horas, le colgó de golpe y apagó su celular.
¿Por qué todo esto le resultaba incómodo?
«Porque debías hundir a un robot sin sentimientos, no a un hombre que parece dispuesto a todo con tal de conquistar tu corazón».
Alborotó su cabellera, furiosa, y siseó un par de juramentos.
¿Habría hecho bien al regresar a Londres?
A veces… sólo quería tomar sus cosas, a su hijo y regresar a Manhattan.
***
El lunes por la mañana, Nicholas se encontraba en su despacho, desplazándose de un lugar a otro con inquietud, odiándose a sí mismo por no haber podido controlar sus palabras y acciones el día de la boda.
No obstante, ¿qué era lo que ella pretendía?
Verla llegar del brazo de Adam lo había sacado de quicio. Se sintió un idiota, alguien que había sido usado y engañado, e incluso se cuestionó si era él el hombre con quien habló esa noche en París hace más de un año.
—Soy un idiota —alborotó su cabellera, empeorando el estado de su aspecto ya desaliñado, dado que tenía las ojeras marcadas, el labio levemente hinchado por la pelea con Adam y su expresión dejaba en evidencia que la culpa lo estaba carcomiendo por dentro.
Cualquier avance que hubiera tenido con Fernanda en las últimas semanas había sido dado por perdido, ella tenía todo el derecho de estar molesta y no podía culparla por haber apagado su celular.
De no haberlo hecho, él la habría fastidiado toda la noche.
—¿Qué me está pasando? —se frotó el rostro y se dejó caer en el sofá de cuero—. Yo… ¿por qué terminé sintiendo más de lo que realmente pretendía?
Lo cierto era que Fernanda no sólo le gustaba físicamente. Todo en ella le parecía fascinante, su inteligencia, su capacidad para controlar los problemas e incluso sus respuestas venenosas, esas que estaban muy bien estructuradas para hacerlo sentir fatal.
—Tengo que hablar con ella.
Tal vez fue él quien cometió un error al empezar a besarla, tocarla y hacer todo a su antojo sin tener una relación de por medio. Él quería que las cosas fueran serias, que Fernanda no lo viera como uno más del montón, y para eso debía plantearle las cosas con mayor claridad.
Se acercó al ventanal y en cuanto la vio cruzar el pasillo, salió de su despacho dispuesto a abordarla.
—Fernanda…
—No quiero hablar contigo —lo pasó de largo, decidida a refugiarse en su oficina, pero él la sujetó del brazo, importándole una mierda que estuvieran a la vista de cualquiera que saliera del ascensor.
—Por favor... sé que te debo una disculpa por lo del sábado, no estaba en mis cabales.
—Claro que no lo estabas —se zafó de su agarre con brusquedad y lo fulminó con la mirada—. Lastimaste a Adam e insinuaste que era…
—Lo siento, estaba loco de los celos. —No la dejó terminar—. Pero ¿Cómo querías que me sintiera? La anterior semana tú y yo…
—Tú y yo sólo pasamos un buen rato —siseó en voz muy baja, y el impacto de sus palabras lo conmocionó—. En el pasado tuviste sexo conmigo para beneficiarte, ¿por qué ahora no lo ves como un… intercambio?
—¿Un intercambio? —presionó la mandíbula, ¿por qué se sentía tan irritado?
—Ambos queríamos placer y pasó lo que tenía que pasar. —Se encogió de hombros, indiferente—. Soy una mujer soltera, yo puedo salir con quien se me apetezca.
—¿Y no puedes elegirme a mí? —Ni siquiera pensó en sus palabras, sólo las dijo, y los ojos oscuros lo miraron con disgusto—. Me gustas y lo sabes, por lo que me gustaría que empezáramos a salir de verdad.
Fernanda enarcó una ceja, entretenida.
—¿Cómo sé que no me usarás para que solucione todas tus fallas?
—¡Porque las cosas son muy diferentes ahora! —perdió los estribos, ¡¿es que nunca superaría el pasado?!
No se acostó con ella únicamente para recibir un beneficio, ¡Fernanda sí llegó a gustarle! Pero fue su orgullo y su temor a perder el control lo que le impidió admitirlo.
—Deja de gritar —le ordenó, histérica, y él gruñó por lo bajo.
—Deja de sacarme de quicio, ¿por qué siempre me llevas la contraria? —dio un paso en su dirección y Fernanda alzó el mentón con suficiencia—. Ves, tú nunca quieres ceder.
Ella abrió la boca para responderle, pero una tercera voz hizo que ambos volvieran el cuerpo y se enderezaran en su lugar.
—Qué bueno que están juntos. —Era el señor Rivers y se veía más animado de lo normal—. ¿Todo en orden? —inquirió una vez que se plantó frente a ellos y ambos asintieron, un tanto molestos por la interrupción.
—Buenos días, señor Rivers —saludaron al unísono, adoptando una postura sumamente profesional.
—Veo que ambos madrugaron —comentó el hombre, mirando a Nicholas de reojo con cierta extrañeza por su aspecto desaliñado—.
No tengo mucho tiempo —dijo finalmente, despabilando su mente—.
El fin de semana se llevará a cabo la gala benéfica de la fundación St. Jude.
Es el evento del año y necesito que la agencia esté impecablemente representada.
—Los miró significativamente y Fernanda cuadró los hombros, horrorizada—.
Espero que consigan nuevos contactos y aseguren el patrocinio de los inversionistas españoles.
—Señor Rivers —Fernanda dio un paso al frente—, si me permite la sugerencia, creo que lo mejor sería que solo asistiera el señor Cranston.
Esa clase de eventos de caridad suelen atraer demasiada atención mediática y fotógrafos.
Como soy nueva, prefiero no restar protagonismo ni interferir con la dinámica que él ya maneja con los clientes.
¿Por qué se oía tan nerviosa? ¿No se suponía que quería su puesto?
De ser así, el hecho de que el señor Rivers la tomara en cuenta para ese evento era una gran oportunidad para ella.
—De ninguna manera dejaré que Nicholas vaya solo ahora que eres la Directora de Operaciones. Quiero que vayan juntos y espero que muestren la misma sinergia impecable que han tenido hasta ahora.
Nicholas la miró fijamente, con un destello de intensa satisfacción contenida en sus ojos azules, mientras Fernanda forzaba una sonrisa profesional ante su jefe, sintiendo que la trampa alrededor de ella se cerraba un poco más.
Ella quería evitarlo, pero quedándose en esa empresa jamás lo conseguiría.
—Me gustaría hablar contigo a solas, Nicholas —dijo el señor Rivers y Fernanda aprovechó ese momento para refugiarse en su oficina.
—¿Sucedió algo, señor? —inquirió una vez que estuvieron solos en su lugar de trabajo.
—Quiero que a partir de ahora hagas personalmente los cronogramas y los subas al sistema —espetó con voz severa, mirándolo significativamente—. Estuve revisando algunas cosas y siento que algo no está bien.
—¿A qué se refiere? —frunció el ceño y su jefe ladeó el rostro, pensativo.
—Hay errores que resultan tan evidentes que sé que ni tú ni George los cometerían.
Nicholas se tensó.
—¿Cree que alguien hackeó nuestro sistema?
Rivers se cruzó de brazos, y conectó sus miradas.
—¿Tienes contacto con tu hermana? —La mención de Jennifer hizo que la piel se le erizara—. Tengo entendido que es un genio con la tecnología, ¿por qué no le pides que revise nuestra base de datos?
Era algo que su padre se lo había comentado hace unos años y quizá el chismoso de Carlos se lo dijo a Andrés, puesto que él jamás habría recomendado a esa arpía, quien por cierto no era su hermana, sino media hermana.
—Yo…
—¿O debería contactarla por mi cuenta?
—No, yo me encargaré de todo —soltó con rapidez, comprendiendo que su orgullo no podía estar por encima de sus problemas laborales—. Le aseguro que Jennifer estará al tanto de la situación esta misma tarde, yo mismo iré por ella.
Porque lo más probable era que ella siguiera desempleada y nada le daría más felicidad que solucionar un problema de ese calibre para la agencia.
Sin embargo, dejando de lado el hecho de que tendría que lidiar con esa fastidiosa, Nicholas no podía dejar de preguntarse quién sería tan insensato como para atacar el imperio de un hombre como Andrés Rivers.
¡Eso era un acto suicida!