Capítulo 12
Megan mantenía la vista fija en la pantalla iluminada de su teléfono, sintiendo cómo el tiempo no avanzaba a su favor.
A pocos metros, en la pequeña habitación contigua, Adrián dormía plácidamente, totalmente ajeno a la tormenta silenciosa que amenazaba con enloquecerla, mientras Susan se preparaba un té en la cocina, tarareando una melodía suave que solo conseguía ponerle los nervios de punta.
Las manos le temblaban levemente sobre el regazo y la duda la estaba carcomiendo por dentro: ¿de verdad iría? Le había enviado la dirección horas atrás, jugándose la última carta que le quedaba, pero la falta de respuesta la mantenía al borde de un colapso nervioso.
El corazón le dio un vuelco violento contra las costillas cuando el timbre sonó. Se puso de pie de un salto, conteniendo el aliento para no llamar la atención de Susan, y caminó con pasos apresurados hacia la puerta.
Al abrirla, sus pies se congelaron bajo el umbral de la puerta.
Ahí estaba él.
Christian permanecía de pie en medio del pasillo del edificio, con la postura impecable y el porte elegante que siempre lo había caracterizado.
Su pulcro cabello rubio estaba perfectamente peinado y sus ojos grises, fríos como la escarcha de invierno, la clavaron con una indiferencia tan absoluta que a Megan se le atragantó la saliva en la garganta.
No había calidez en su mirada, ni un atisbo del hombre que en algún momento creyó conocer; solo una frialdad que le heló la sangre.
—Hola... —murmuró ella, intentando forzar una voz firme que terminó sonando quebradiza—. ¿Por qué no fuiste a la boda de Alex?
Él ni siquiera se molestó en saludarla. Mantuvo las manos profundamente metidas en los bolsillos de su abrigo y la observó desde su imponente estatura con abierto fastidio.
—¿Estás planeando algún tipo de jugada? —soltó él sin preámbulos, con un tono glacial que hizo que el aire en el pasillo se volviera pesado—. Refugiarte a espaldas de tus hermanos y hacer este drama solo va a conseguir meterlos en serios problemas con mis padres.
La acusación la golpeó con fuerza. Su sorpresa inicial se transformó de inmediato en una chispa de indignación que logró encenderle las mejillas.
—No estoy planeando nada —gruñó—. Quedé bajo el cuidado de mis hermanos porque tú desapareciste durante semanas —le espetó en un susurro airado, apretando los puños a los costados para evitar que notara su temblor—.
No me dejaste otra opción. Te busqué, te llamé y simplemente decidiste bloquearme de todas partes como si yo no te importara.
Christian dejó escapar un resoplido. Alzó una mano y se alborotó la cabellera rubia con un gesto desprovisto de paciencia, revelando el cansancio y la molestia que le provocaba estar ahí.
¿Cuándo dejó de quererla?
¿En qué momento su maravillosa historia de amor se convirtió en esto?
—Estoy harto, Megan —declaró, mirándola fijamente—. Estoy completamente harto de esto. No quiero seguir con esta relación.
El mundo tembló a sus pies y sintió cómo un vacío voraz se abría en el centro de su pecho, devorándole el aire hasta dejarla sin aliento.
Por dentro, su alma se estaba cayendo a pedazos, quebrándose en mil fragmentos invisibles; sin embargo, aferrándose al último reducto de orgullo que le quedaba, logró mantener el rostro sereno, alzando ligeramente la barbilla para sostenerle la mirada.
—¿Por qué? —preguntó en un hilo de voz, esforzándose desesperadamente por no quebrarse ahí mismo.
Christian soltó una risa amarga, corta y carente de humor, negando lentamente con la cabeza.
—Porque lo que en su momento pensé que sería algo mágico, se convirtió en una absoluta pesadilla en cuanto cayó en la monotonía —respondió con una crueldad tan natural que pareció no ser consciente del veneno de sus palabras—.
Se volvió sofocante, aburrido y no tengo la menor intención de seguir perdiendo mi tiempo y dinero en esto.
Megan apretó los dientes, sintiendo cómo las lágrimas amontonadas tras sus ojos amenazaban con traicionarla, pero se obligó a no pestañear.
—Creí que me amabas.
El rubio torció los labios y por primera vez desde que abrió la puerta, pudo ver la duda e incertidumbre en su semblante.
—Te convertiste en una carga.
—Dejé de trabajar porque tú me lo pediste —se vio obligada a recordarle—. Dijiste…
—No tiene caso hablar de eso —le cortó con tosquedad—.
Nada me hará cambiar de parecer y solo te voy a pedir un favor —continuó él, bajando la voz con una advertencia implícita que sonó casi como una amenaza—.
Jamás menciones una sola palabra de lo que hubo entre nosotros a nadie.
Ambos sabemos perfectamente la obsesión tan enfermiza que tienen mis padres por formalizar una relación con los Matthew a como dé lugar, y no voy a permitir que uses esto para acorralarme.
La desconfianza en sus palabras terminó por clavarle el puñal definitivo. Megan tragó con dificultad, sintiendo el gusto amargo de la humillación quemándole la garganta.
—Está bien —asintió con esfuerzo—. No diré nada. No me interesa quedarme al lado de un hombre que no me quiere.
Si no se derrumbó cuando aceptó que sus padres no la amaban, no lo haría ahora por un simple hombre.
—Perfecto —concluyó él de forma tajante—. Enviaré tus cosas mañana por la mañana; no necesitas molestarte en ir a recoger nada a mi departamento.
Christian dio media vuelta, dispuesto a marcharse y dejarla atrás, y Megan lamentó que la nostalgia la traicionara y la impulsara a dar un paso hacia el pasillo antes de que terminara de alejarse.
—Chris... —lo llamó con voz ahogada. Él se detuvo, pero no se giró a mirarla—. ¿Al menos... al menos te queda un poco del cariño que formamos como amigos durante todo este tiempo?
Christian permaneció en silencio durante un segundo que a ella le pareció una eternidad. Luego, giró levemente el rostro, dejando ver solo el perfil de su mandíbula tensa y ese ojo gris que la observó con una indiferencia devastadora.
—Ese cariño murió en el preciso instante en que cometimos el enorme error de acostarnos.
Sin añadir una sola palabra más, retomó su caminata con pasos firmes hacia las escaleras, dejando a su paso el eco seco de sus zapatos contra el suelo.
Megan se quedó paralizada en la puerta, viendo cómo la silueta del hombre al que había entregado su corazón se desvanecía en la penumbra del pasillo.
Cerró la puerta despacio, apoyando la espalda contra la madera fría, y dejó que la primera lágrima rodara por su mejilla mientras el silencio del departamento la envolvía por completo, con el corazón irremediablemente roto.
¿En qué momento las cosas terminaron así?
Él… se suponía que eran mejores amigos.
—Señorita Megan… —la voz de Susan la hizo volver en sí y ella sollozó en respuesta.
—Por favor, no les cuentes nada de esto a mis hermanos.
Susan asintió y le entregó la taza de té que preparó para ella, informándole que esa noche sería un gran apoyo.
***
El silencio en la estancia no era pacífico, sino denso y asfixiante, propio de esos lugares donde solo se gestaban órdenes crueles y decisiones calculadas.
El despacho era un espacio sombrío, dominado por tonos de madera oscuros, cuero negro y una iluminación tenue que apenas lograba colar la luz del día entre las pesadas cortinas de terciopelo.
El aire se sentía gélido, cargado de un aura sofocante de poder y control absoluto.
—Aquí tiene la información que nos pidió, señor. —El silencio fue roto por la voz neutral y baja del detective privado, quien deslizó una carpeta de manila de grosor considerable sobre la superficie del escritorio—. Usted tenía razón... todos sus hijos están en Londres.
Tras el escritorio, la silueta de un hombre maduro se recortaba contra la escasa luz.
Leandro Matthew extendió una mano de dedos largos para tomar la carpeta, abriéndola con una calma pausada y casi espeluznante.
Al constatar los datos reunidos en las primeras hojas, una sonrisa lenta, retorcida y carente de cualquier atisbo de calidez humana se dibujó en sus labios.
—Excelente —murmuró Leandro, con una voz profunda que arrastraba una autoridad helada.
Cerró el expediente de golpe y fijó sus ojos oscuros en el investigador—.
De más está decir que no puede decirle absolutamente nada de esto a mi esposa.
Ella no debe enterarse de que finalmente di con el paradero de mis hijas.
—Será como usted lo desee, señor —asintió el detective, manteniendo la compostura profesional a pesar de la opresiva vibra del lugar.
Leandro se reclinó en su sillón de piel, juntando la yema de los dedos en un gesto pensativo.
—¿Qué están haciendo mis hijas exactamente? —inquirió con un tono casual, como si hablara de piezas de ajedrez en un tablero.
—Aún estoy investigando los movimientos detallados de Megan —explicó el detective con cautela y para Leandro ese nombre no despertó nada en específico—, pero en cuanto a la mayor... Fernanda trabaja actualmente como Directora de Operaciones en la reconocida agencia de modelaje del señor Rivers.
La noticia hizo que la sonrisa de Leandro se ensanchara con un matiz enfermizo y perturbador. El orgullo que sentía por ella no era el de un padre amoroso, sino el de un coleccionista posesivo contemplando su posesión más valiosa.
—Mi pequeña... —susurró Leandro para sí mismo, con los ojos brillando de una fijación perturbadora—. No esperaba menos de mi bebé. Tan lista, tan brillante y tan hermosa como siempre. No veo la hora de tenerla de regreso en mi vida, justo donde pertenece.
El detective tragó saliva, dudando por un instante antes de soltar el último dato del informe. Sabía muy bien que lo que estaba a punto de revelar cambiaría drásticamente el humor de su cliente.
—Hay... un detalle más sobre la señorita Fernanda, señor —agregó el hombre, midiendo cuidadosamente cada palabra.
—Habla —ordenó Leandro de inmediato, endureciendo su semblante.
—La señorita Fernanda tiene un hijo de dos años. Ambos se mudaron a Londres... pero hasta el momento desconozco por completo la identidad del padre.
El aire en el despacho pareció congelarse al instante.
La sonrisa en el rostro de Leandro se extinguió como una chispa ahogada en agua helada. Durante dos segundos mortales, el silencio en la habitación fue aterrador. Entonces, el control de Leandro se destruyó por completo.
—¡¿Qué dijiste?! —rugió, poniéndose de pie de un salto con una furia ciega y desmedida.
Con un movimiento violento de su brazo, barrió todo lo que había sobre su escritorio.
Las lámparas de bronce, el tintero de cristal y las carpetas salieron volando, estrellándose contra el suelo en un estruendo ensordecedor de vidrios rotos y papeles dispersos.
Leandro apoyó las manos sobre la madera, jadeando de rabia, con los nudillos blancos y el rostro desencajado por la ira.
La sola idea de que alguien hubiera tocado a su "bebé", de que existiera un bastardo rompiendo su esquema perfecto y sin saber de quién se trataba, le quemaba las entrañas como ácido puro.
—¡Averigua quién es el maldito bastardo que la tocó! —demandó con la voz distorsionada por la rabia, clavando una mirada asesina en el detective—. ¡Averígualo ahora mismo o juro que haré hasta lo imposible por destruirte!
¿Un hijo?
¡¿Fernanda tenía un hijo?!
«Voy de deshacerme de ese mocoso», determinó para sí mismo, rojo de la cólera.
Él recuperaría a Fernanda y acabaría con cualquier bache o distracción que ella hubiera tenido en el pasado. Estaba dispuesto a perdonarla y empezar de nuevo, siempre y cuando ella no complicara las cosas.
***
Faltaban diez minutos para medianoche y Fernanda no podía creer que Christian hubiera sido igual de cobarde que Megan. Al final, ninguno de los dos apareció en la boda del hombre que era su mejor amigo sólo para evitarse el uno a otro.
—¿Acaso pueden ser más patéticos? —farfulló, pateando el pasto con disgusto, y lanzó unas cuantas maldiciones por lo bajo porque al final no sirvió de nada asistir a ese evento.
Sacó el celular de su bolso, aprovechando que ahora se encontraba en el jardín, lejos del salón principal, y le marcó a Megan para verificar que todo estuviera bien en casa.
—Hola, Megan. ¿Cómo está Adrián? —preguntó tan pronto escuchó la voz de su hermana.
—Está dormido, Fer —respondió en tono bajo—. No te preocupes por nada.
—Gracias. No me quedaré mucho tiempo, pienso abandonar la fiesta en quince minutos.
Colgó la llamada, guardó su celular e inhaló profundamente para tomar un poco más de aire fresco. No obstante, ni siquiera logró soltar el aire retenido porque una fuerza mayor tiró de ella hacia atrás, obligándola a girar sobre su eje y romper su momento de paz.
Terminó impactando contra el cuerpo de Nicholas.
—¡¿Qué diablos haces aquí?! —siseó el rubio, presionando sus cuerpos con brusquedad. Tenía la corbata ligeramente desanudada, la mirada extraviada por el alcohol y una furia incontenible en la mandíbula.
—¡Suéltame, Nicholas! —ordenó en un susurro lleno de rabia, tratando de zafarse de su agarre.
—¿A qué estás jugando? —exigió saber con amargura—.
¿Ahora también sales con el doctor de la señora Rivers?
—pudo percibir la desesperación en su voz—.
¿Acaso ese imbécil sabe que te tiras a Ewan en Manhattan y que retozas conmigo en el sofá de tu oficina cuando te da la gana?
—La estupefacción se plasmó en su rostro—. ¿Cuántos somos, Fernanda?
El sonido seco de la bofetada que estrelló en el rostro masculino resonó en el jardín.
La cabeza de Nicholas se ladeó por la fuerza del golpe, pero lejos de amedrentarse, sus ojos brillaron con un peligroso frenesí.
Con una rapidez brutal, la agarró de la nuca y estampó sus labios contra los de ella en un beso agresivo, desesperado y cargado de despecho, devorándole la boca sin darle oportunidad alguna de reaccionar.