Capítulo 11 #2
¿De verdad creía que había olvidado su venganza solo porque una noche perdió la cordura con sus besos?
Ese hombre tenía demasiada confianza en sí mismo.
—Estaré algo ocupada estos días y...
El celular de Nicholas empezó a sonar y el aire se atoró en sus pulmones cuando logró escuchar que le pedían que pase por su teléfono averiado. El pánico la invadió y dejó de escuchar el resto de la conversación, solo analizó la situación a mil por hora y se preguntó cómo podría retenerlo.
Tragó con fuerza. Solo había una manera.
—Estaré ahí antes de las siete, no se preocupe.
Una hora, solo debía retenerlo una hora.
—Surgió algo y debo irme —le explicó de pronto, guardando su celular, y Fernanda lo sujetó del brazo cuando hizo el ademán de pasarla de largo—. ¿Qué sucede?
—Nico... —dio un paso en su dirección, y lo abrazó por la cintura—. Creí que pasaríamos más tiempo juntos —musitó, consciente de que no podía dejarlo ir.
¡Él debía olvidarse de ese celular!
—No quiero abrumarte y creo que tienes cosas que hacer. —Rompió el abrazo con lentitud—. Dime qué día querrás cenar y haré una reservación.
—Mañana —respondió con rapidez, porque esa noche ella se encargaría de distraerlo—. Pero no te vayas —hizo un mohín y cuando él quiso objetar, Fernanda acunó su rostro y unió sus labios con avidez.
La lucidez de Nicholas se esfumó, sus brazos sujetaron su cintura con firmeza y Fernanda gimió por lo alto cuando la lanzó al sofá sin previo aviso para posteriormente cernirse sobre ella.
—Yo me quedaré tanto como tú quieras —gruñó antes de hacerse de su boca y Fernanda trató de mantenerse firme en sus convicciones, recordar que lo único que debía sentir por él era rencor, pero... lastimosamente eso no fue posible.
—¡Ah! —se arqueó, sintiendo como un dedo se hundía en su interior—. Sí, Nico...
—Ven conmigo —suplicó entre besos, ansioso, y ella suspiró—. No quiero hacerte el amor aquí, vamos a mi departamento.
¿Entregarse a él?
No, no estaba tan loca como para permitir algo así, ¿verdad?
La llevó al clímax, pero lejos de sentirse conforme con eso, Nicholas la despojó de su falda, de su saco, camisa y sujetador.
¡La estaba desvistiendo en su propia oficina!
—Espera, alguien puede entrar y...
—Nadie vendrá —soltó con esfuerzo, observándola con lujuria, mientras se abría los pantalones—. Y cerré con llave.
Fernanda gimió cuando acunó sus pechos y dejó que los amasara con saña, marcando su delicada piel. La pasión pudo con ella y se sentó sobre su lugar para quitarle el abrigo y lo instó a desvestirse.
Las prendas terminaron regadas por toda su oficina y un escalofrío recorrió su espina dorsal al ver su desnudez. Había pasado tanto tiempo... acarició su pecho, sintiendo como algo en su interior se encogía, y el temor se alojó en su ser cuando él acarició la costura de sus bragas.
¿Qué tanto estaría dispuesta a hacer para que él no fuera por ese maldito celular?
Antes de que él intentara bajarle la braga, Fernanda lo empujó por el pecho, lo tendió en el sofá y se subió a horcajadas sobre él.
—Te ves malditamente sexy ahí arriba —ronroneó y Fernanda lo besó con pasión desmedida, para después deslizar sus besos por su cuello, pecho y vientre—. Fer... —le advirtió con la mirada y ella decidió no pensarlo mucho.
Lo tomó con la boca, se encargó de darle un placer tan grande que lo dejó sin aliento mientras su lengua recogía el resto de su pasión, subiendo y bajando por su gran falo que poco a poco fue perdiendo rigidez.
Estaba hecho, él se había olvidado de la llamada, pero aún no eran las siete, por lo que se tumbó sobre su pecho y dejó que la acurrucara entre sus brazos.
—Eso fue maravilloso. —No le dio una respuesta—. Yo... sé que no es romántico y quizá te parezca apresurado, pero me encantaría que lo volvamos a intentar.
Era un idiota, se suponía que su noviazgo fue una mentira.
Fernanda cerró los ojos, creyendo que lo mejor sería hacerse la dormida, pero lastimosamente terminó cayendo rendida en sus brazos, dejando que él acariciara su espalda y brazo por la siguiente hora.
Para Nicholas, ellos estaban a punto de formalizar una relación —nada más lejos de la realidad— y esa noche se estaba presentando en la boda de Alex y Milenka como la acompañante de Adam, puesto que no pensaban revelar el hecho de que eran hermanos.
Eso podía provocar que Nicholas quisiera averiguar un poco más de su familia, algo que ella no podía permitir. Miró a su hermano de reojo y dedujo que el rubio no demoraría nada en malinterpretar las cosas.
—¿Estás bien? —inquirió Adam, preocupado, y ella asintió—. Perfecto, quiero que te sientas cómoda.
—No digas que somos hermanos —pidió de pronto, cada vez más cerca de su mesa, y él asintió.
—Pero Erick lo sabe, es mi mejor amigo.
Fernanda asintió, en las últimas semanas había escuchado ese nombre en más de diez ocasiones, por lo que sabía que era alguien importante en la vida de su hermano y no era tan allegado a los Rivers ni Montaño.
—Erick. —Fernanda se tensó, ese hombre era demasiado guapo, pero su rostro tallado por los ángeles era demasiado severo para su gusto—. Te presento a Fernanda, ella… es una amiga —dijo significativamente y el rubio entendió el mensaje con rapidez.
—Mucho gusto, señorita Fernanda. —Le extendió la mano y ella la aceptó, aún nerviosa por la imponente presencia que el hombre poseía—. Adam me ha hablado mucho de usted.
—Lo mismo digo, señor Montgomery.
Él hizo una mueca.
—Erick está bien.
Fernanda esbozó una débil sonrisa y sólo necesitó sentarse para sentir una penetrante mirada sobre su nuca. Nicholas acababa de encontrarla y por el cómo su piel se erizó, dedujo que estaba más que molesto por el giro de los acontecimientos.
—¿Llegamos muy tarde? —inquirió Adam y Erick lo reprobó con la mirada.
—Tanto que el señor Rivers se acercó para hablarme de una gala de beneficencia que se efectuará en una semana —espetó él con aburrimiento, al parecer no le gustaban los eventos sociales—. No importa cuánto lo intente, mi perfil nunca será bajo.
«Menos con esa cara», pensó ella, divertida.
—Edward se mostrará muy conforme si participas.
—Mi abuelo debe entender que no me interesa ser parte de su círculo social.
—Fernanda le dio un sorbo a su vaso de agua—.
Tengo entendido que trabajas para el señor Rivers —decidió unirla a la conversación—.
¿Sabes algo de dicha gala? ¿Cuántos miles de libras debo enviar para que nadie critique mi ausencia?
—Erick… —Adam lo reprobó con la mirada y Fernanda se rio por lo bajo.
—El señor Rivers no nos mencionó mucho al respecto, pero sé que está siendo organizada por la Fundación St. Jude y el señor Rivers es uno de los más grandes benefactores junto a los Waldorf y una familia que por el momento prefiere mantener su apellido en el anonimato.
Fernanda evitó arrugar el entrecejo al percatarse de la tensión que se cernió sobre los hombros del rubio. Sus ojos color cielo se oscurecieron y lo que parecía una charla amena, murió cuando él bebió de su copa y decidió no continuar con el tema.
Él era… extraño.
—¿Conoces a los novios, Fernanda? —preguntó de pronto, aligerando la tensión del momento.
—Un poco, he trabajado con Alex en un par de ocasiones.
—No es muy listo —sonrió con malicia, captando su atención.
—¿Por qué lo dices?
—Se casó con una mujer que le escondió una hija, otro habría optado más por una demanda que por un matrimonio.
—Erick, cierra la boca —farfulló Adam, irritado, y Fernanda evitó horrorizarse ante sus frías palabras.
¿Por qué su hermano tenía un amigo tan cruel?
—Lo siento —reconoció su falla, pero no se mostró realmente arrepentido—. Es sólo que, de haber estado en su lugar, me habría molestado mucho.
Ese comentario hizo que pensara en todo lo que podría pasar si Nicholas descubría su secreto.
¿Cómo tomaría la noticia de que le escondió un hijo?
¿Sería capaz de demandarla?
Negó rápidamente con la cabeza, él no haría algo así porque ella trató de informarle sobre la situación. Aunque… la intención sólo le duró dos horas.
—¿Todo en orden, Fer? —Su hermano frunció el ceño.
—Sí, sí —musitó aceleradamente—. ¿Por qué no vamos a felicitar a los novios?
Lo mejor que podía hacer era disfrutar de su noche. Si bien el amigo de su hermano acababa de instalarle un nuevo miedo, no había razón para que se alarmara más de lo debido. Si de algo estaba segura, era de que Nicholas jamás soñó con ser padre o formar una familia.
Ella no le arrebató nada, sólo lo liberó de una tediosa tarea.