Arrepentirme ¡Jamás! (Reescribir la historia nº 4) Capítulo 10
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Capítulo 10

Llevaban cuatro días atrapados en esa rutina sofocante y Nicholas sentía que los nervios se le deshilachaban por momentos.

Cada jornada concluía de la misma manera: el resto del personal abandonaba la agencia a las seis de la tarde, pero ellos permanecían en su despacho, rodeados de carpetas, tazas de cafés y el tipeo incesante de las teclas.

Lo que más lo irritaba no era el cansancio, sino la muralla que ella había construido a su alrededor y esas intrigantes llamadas que hacía cada dos horas en secreto.

Resultaba imposible asociar a la mujer fría y distante que tenía enfrente con la joven dulce y complaciente que en el pasado cedía ante cada una de sus miradas.

Su frialdad lo descolocaba, dejándolo sin armas y excusas para acercarse.

Nicholas mantenía los ojos fijos en la pantalla de su laptop, contrastando los términos en español con la plantilla corporativa, mientras Fernanda trabajaba en su propia laptop. El silencio era denso, roto únicamente por el murmullo de la ciudad tras las ventanas.

—Fernanda —la llamó una hora más tarde con la intención de consultar una duda sobre el quinto contrato, pero la falta de respuesta lo hizo alzar la vista.

Se detuvo en seco. Ella se había quedado profundamente dormida sobre el escritorio, apoyando la mejilla contra un brazo doblado. Sus lentes estaban chuecos y su respiración era lenta y pausada.

Nicholas contempló la escena durante unos segundos antes de ponerse de pie. Se quitó el saco de vestir y, acercándose con sumo cuidado para no despertarla, se lo acomodó sobre los hombros. Regresó a su asiento y retomó la traducción, pero cada un par de minutos volvía a mirarla de reojo.

Sin las defensas establecidas ni esa mirada helada con la que lo castigaba durante el día, ella lucía desgarradoramente indefensa.

Fue inevitable sentir una punzada de vergüenza en el pecho al recordar la ligereza con la que, en el pasado, solía decir en voz alta que ella era fea y corriente.

En el fondo, él siempre había sabido lo que se ocultaba debajo de esos lentes gruesos y las prendas holgadas que elegía para pasar desapercibida; sabía perfectamente la belleza que guardaba.

Sin embargo, en aquel entonces se autoengañaba, aferrándose a la apariencia y al qué dirán por el pánico visceral de sentir que retrocedía, de volver a ser el donnadie que tanto le había costado dejar atrás.

La vibración sorda de su teléfono sobre la mesa lo sacó de sus pensamientos.

¿Quién le escribía a esa hora?

Eran las once de la noche.

El nombre de Milenka iluminó la pantalla. Su amiga, al tanto de todo el conflicto que se estaba gestando tras el regreso de Fernanda, le envió un mensaje corto:

«¿Ya pudiste invitarla a la boda?»

Nicholas se mordió el interior de la mejilla, invadido por una punzada de frustración.

Sabía perfectamente que Fernanda jamás aceptaría ir con él como su acompañante, pero una parte de su ser se obstinaba en querer intentarlo.

Dejó el teléfono boca abajo, ignorando la pantalla, y continuó tecleando para concentrarse en los contratos.

Pasadas las dos de la mañana, un leve movimiento al otro lado del escritorio interrumpió el chasquido del teclado.

Fernanda parpadeó con pesadez, enderezó la espalda y el saco de Nicholas resbaló ligeramente por sus brazos.

Al darse cuenta de dónde estaba, se sobresaltó, mirando a su alrededor con la desorientación propia de un sueño repentino.

Nicholas no pudo evitar sonreírle con ternura al ver su reacción.

—¿Qué... qué hora es? —preguntó ella con la voz áspera, acomodándose las gafas a toda prisa.

—Las dos de la mañana —respondió con voz suave, reclinándose en la silla—. Tranquila. Falta menos del veinte por ciento para terminar el último contrato.

Fernanda se levantó de inmediato, avergonzada por haberse quedado dormida. Se quitó el saco de Nicholas, dejándolo con cuidado sobre la silla, y rodeó el escritorio para sentarse a su lado, acomodando su silla junto a la de él.

—Ya terminé la parte que me correspondía —informó con timidez—. Déjame ayudarte con el resto.

—Puedo terminarlo solo, Fernanda. Vete a descansar —le dijo él, intentando frenar su ímpetu.

—No. —Abrió el documento compartido en la pantalla—. Ayer me ayudaste cuando mi archivo se corrompió. Además, el plazo vence hoy por la mañana y no voy a dejar esto a medias.

Nicholas la observó en silencio, admirando esa terquedad profesional. Trabajar a su lado le producía una extraña mezcla de nostalgia y placer.

¿Por qué diablos la dejó ir?

¿Acaso no habría sido mejor haber hecho lo que Ewan hizo con ella?

Ese pensamiento hizo que la sangre bullera en sus venas y ahogó un juramento, habría dado todo de sí por haber sido el hombre que le enseñó a brillar y sacar las garras.

—Alex y Milenka se casan este fin de semana —soltó de repente, rompiendo el ritmo del trabajo—. Me gustaría que fueras conmigo. Como mi acompañante —odió que la voz le temblara.

Fernanda ni siquiera desvió la mirada de su laptop. Su respuesta fue inmediata y tajante:

—No.

—¿Ni siquiera lo vas a pensar?

—En primer lugar, no me agradas —declaró sin rodeos, tecleando una corrección—. En segundo lugar, somos colegas de trabajo. Y, en tercer lugar, ya tengo compromisos ocupados para el fin de semana.

Nicholas dejó escapar un suspiro cansado, aunque en el fondo no le sorprendía.

—Sabía que ibas a rechazarme, pero... quería intentarlo.

Un silencio pesado se instaló entre los dos. El ruido del cursor marcando las líneas del texto era lo único que llenaba el espacio. Nicholas tragó saliva, sintiendo que la presión en su garganta no lo dejaría respirar si no decía lo que llevaba días guardándose.

—Quiero pedirte perdón, Fernanda —murmuró, mirando sus propias manos cruzadas sobre el escritorio—.

Sé que fui extremadamente duro contigo cuando terminamos.

Lamento profundamente que me haya tomado tres años sentir vergüenza de mí mismo.

En aquel momento estaba tan cegado por mi propia estupidez que nunca me detuve a pensar en el daño que mis palabras podían causarte.

Fernanda se congeló sobre el teclado. El aire se atoró en sus pulmones y no articuló ni una sola palabra debido a la sorpresa que sus palabras generaron en ella. Mantuvo la vista fija en la pantalla, apretando la mandíbula para no mostrar debilidad.

—Encontré mi antiguo celular —continuó él, bajando la voz—. El que se cayó al agua. Lo llevé con un técnico y están tratando de arreglarlo para recuperar la información.

Las palabras cayeron como una bomba y no supo qué pensar cuando Fernanda se levantó de golpe, haciendo rodar la silla hacia atrás con un chasquido sordo.

—¡Olvida el pasado, Nicholas! —ordenó con la voz alterada, la respiración agitada y los puños apretados a los costados—. ¡Déjalo así! ¡No solucionarás nada escuchando esos mensajes!

Nicholas se sorprendió ante su violenta reacción y se puso de pie frente a ella, totalmente descolocado.

—No lo haré —farfulló, dando un paso en su dirección—. No voy a olvidarlo. Quiero recuperar esos mensajes porque sé que eran importantes para ti, y necesito saber qué fue lo que intentaste decirme antes de que todo se destruyera.

El pánico la atenazó por completo. La sola idea de que el teléfono volviera a encender y Nicholas descubriera los mensajes donde le informaba sobre su embarazo hacía que el mundo se le viniera abajo.

Adrián no podía ser descubierto.

¡Ella no regresó a Londres para jugar a la familia feliz!

—¡No hay nada importante en ese teléfono!

—mintió desesperadamente, con el corazón martilleándole el pecho—.

¡Eran mensajes tontos! Mensajes ridículos donde te confesaba mi amor y te suplicaba que me dieras una oportunidad.

¡Eso es todo! —se vio obligada a mentir, pero ¿qué más podía hacer en una situación así?

Nicholas se tensó visiblemente ante la confesión. Sus ojos azules se clavaron en los de ella con una intensidad abrumadora.

—¿Llegaste a amarme? —preguntó con un hilo de voz, dando otro paso hacia ella.

Fernanda tragó saliva. Sabía que de esa respuesta dependía desviar la atención sobre el contenido real de los mensajes. Muy a su pesar, terminó asintiendo débilmente, y le sostuvo la mirada.

—Sí. Te amaba —respondió con frialdad.

Nicholas no lo resistió más. La distancia entre ellos se evaporó cuando sus manos acunaron su rostro con una ternura desesperada.

—Yo… necesito tu perdón —confesó y unió sus labios a los de ella en un beso pausado, cargado de un dolor y deseo contenidos durante años.

El primer impulso de Fernanda fue apartarlo de un empujón, pero la razón la frenó en seco: si no disipaba la tensión y no le daba lo que él quería en ese instante, Nicholas seguiría obsesionado con la reparación del celular.

Tenía que neutralizarlo.

Por ello, cedió. Abrió los labios y le devolvió el beso, permitiendo que la calidez de su boca la invadiera. Nicholas dejó escapar un gemido ahogado y la tomó por la cintura, alzándola levemente para llevarla hacia el sofá de cuero de su oficina.

Caer sobre los cojines desató una corriente eléctrica entre ambos. El calor del cuerpo masculino sobre el suyo y la cadencia de sus besos empezaron a nublarle el buen juicio. Hacía años que no experimentaba esa clase de contacto, y el placer acumulado comenzó a reclamar su espacio.

Nicholas le quitó los lentes, dejándolos caer sobre la mesa, y descendió por su cuello con besos febriles.

Sus manos, expertas y urgentes, desabrocharon su blusa color crema, apartando la tela para exponer su piel.

Ella soltó un jadeo cuando la boca de él se posó en el canalillo de sus pechos, succionando con firmeza sobre la seda del sujetador.

—Eres tan hermosa —murmuró Nicholas con la voz ronca, bajando las manos hasta la falda de ella, subiendo la tela por sus muslos hasta dejar su ropa interior al descubierto.

No había miedo, sino un placer avasallador.

Sin darle tiempo a reaccionar, Nicholas se deslizó hacia abajo, hincándose de rodillas frente al sofá. Le separó las piernas con delicadeza, pero firmeza, apartó la tela de su braga y enterró la boca en el centro de su intimidad.

—¡Nicholas! —ahogó un grito, arqueando la espalda violentamente mientras sus dedos se enredaban en sus cabellos rubios.

La humedad y el ritmo despiadado de su lengua la arrastraron a una espiral de placer que llevaba años sin sentir.

Él la devoraba con hambre voraz, usando los dedos para acariciarla mientras su boca le arrancaba gemidos agudos que resonaban en la quietud de la oficina.

Fernanda se apretó contra él, sin poder controlar los espasmos de placer que la sacudieron por completo hasta llevarla a un clímax explosivo que la dejó sin aliento.

Aún aturdida por la intensidad del momento y horrorizada por la soltura con la que había cedido, sintió cómo Nicholas se incorporaba de inmediato, desabrochándose el cinturón con respiración agitada y buscando posicionarse entre sus piernas para tomarla.

El pánico la golpeó con fuerza, devolviéndole la cordura en el instante. Se echó hacia atrás contra los cojines, bloqueándolo con las manos en el pecho.

—No... Nicholas, no —musitó, buscando una excusa urgente—. No tenemos condón.

Él la miró con los ojos oscurecidos por la lujuria, suplicante, apoyando la frente contra la de ella.

—Por favor, Fernanda...

—No, yo… no lo haré sin protección.

¿Cómo diablos haría para huir de esa situación?

—Iré a comprar uno ahora mismo, no me llevará más de cinco minutos...

—No —negó ella, intentando sonar firme—. Tenemos que terminar el contrato. El trabajo es lo primero y no podemos hacerlo aquí.

—No quiero que este momento se acabe —protestó él con voz ahogada, besándole la mandíbula con desesperación.

¿En qué diablos se había metido al permitir que él le hiciera el amor con la boca?

—Todo esto se va a acabar si sigues insistiendo con ese maldito celular —soltó de pronto, jugándose su última carta—. No hace falta que recuperes nada. Déjalo ir.

Nicholas se detuvo y la buscó con la mirada, pero sin sus lentes ella no pudo percatarse de la intensidad de su mirada.

—¿Me sigues odiando? —preguntó en un susurro cargado de vulnerabilidad y Fernanda fingió una sonrisa leve, acariciándole apenas la mejilla para mantener la mentira.

—Tal vez... me siento un poco menos molesta ahora.

La respuesta pareció iluminar el rostro de Nicholas, quien volvió a besarla con una ternura rendida. Fernanda odió internamente la facilidad con la que su propio cuerpo traicionaba sus convicciones y aún reclinada en el sofá, deslizó la mano hacia los pantalones desabrochados de Nicholas.

—Fernanda… —suspiró él, nervioso.

—¿Quieres que te ayude? —sonrió contra su boca. Él se bajó el pantalón y el bóxer a una altura razonable para dejar su erección en libertad.

Fernanda rodeó su miembro erguido y caliente, y comenzó a mover la mano con un ritmo firme y constante.

Él dejó ir un gruñido gutural, echando la cabeza hacia atrás sobre el respaldo del sofá mientras ella aumentaba la velocidad del roce, apretando con la presión justa.

Aunque su propio cuerpo le pedía a gritos sentirlo dentro, Fernanda se obligó a mantener el control, conformándose con darle placer de esa manera hasta que Nicholas llegó al límite, derramándose sobre su propia mano con un gemido grave que murió en el cuello de ella.

«Debo estar loca».

Solo eso podía explicar que siguiera retozando sobre el sofá, con Nicholas entre sus piernas y sus lenguas entrelazándose con necesidad.

—Ven a la boda conmigo —suplicó entre besos.

—No, no sería bien visto —arqueó la espalda, dejando que besara sus pechos con desespero—. Debemos continuar con el contrato, Nicholas —trató de ser juiciosa y se mordió el labio inferior cuando él juntó sus pelvis con un golpe certero.

—Un poco más.

Lo abrazó por el cuello con fuerza, comprendiendo que quería hacer, y rodeó su cintura con sus piernas para que sus cuerpos pudieran rozarse con mayor facilidad. Volvió a suceder, sólo que esta vez ambos alcanzaron el clímax, y se separaron con rapidez para reajustar sus ropas y volver en sí.

Con la ropa ajustada de nuevo y la respiración normalizada, terminaron de traducir el último párrafo del contrato que les quedaba pendiente.

Cuando Fernanda llegó a su departamento cerca de las cuatro de la mañana, cerró la puerta a sus espaldas y se apoyó contra la madera, dejándose caer en un mar de autorreproche.

Se odiaba a sí misma por haber cedido ante el contacto de Nicholas y, sobre todo, por haber mencionado esos estúpidos mensajes en un momento de desesperación.

Ahora la bomba de tiempo corría más rápido que nunca. Debía encontrar la forma de averiguar a qué técnico había llevado Nicholas su celular y conseguirlo antes de que él descubriera la verdad sobre Adrián.

Pero… ¿cómo haría algo así?

«Entrando a su departamento», le dijo una vocecilla y ella tragó con fuerza.

Si él no pudo controlarse en su amado lugar de trabajo, menos lo haría en su propio hogar.