Capítulo 7
Desde que tenía uso de razón, su padre siempre se enfocó en que su único interés fueran los estudios.
Leandro solía decir que nadie era mejor que ella para heredar su gran fortuna y negocios.
Nunca la dejaba ir de fiesta, filtraba con sumo cuidado a sus amigas y siempre trataba de mantenerla lejos de los hombres; por eso fue a una escuela únicamente para mujeres.
Para Fernanda, nada de eso solía ser realmente importante porque ella amaba estudiar.
Al menos no hasta que cumplió los dieciocho años, cuando sintió deseos de experimentar un poco más de la vida junto a Megan, su melliza, quien tenía una vida mucho más liberal que la suya porque ni su madre ni su padre le prestaban mucha atención.
—No lo sé, Fer… —susurró su hermana, nerviosa—. Si nuestro padre se entera que te llevé a una de mis fiestas me meteré en problemas.
—Por favor, pronto cumpliré diecinueve y nunca he ido a un pub —lloriqueó y su hermana se llevó un mechón oscuro tras la oreja—. En una semana irán a Madrid a conocer a la prometida de Adam, aprovechemos ese momento, ¿sí?
Su hermana dudó, pero terminó asintiendo.
La primera salida de Fernanda fue un éxito y todo porque algo debió suceder en Madrid que sus padres no sólo alargaron su estadía allí, sino que se olvidaron por completo de sus hijas menores. No había llamadas, no había mensajes y todo se sentía mucho más tranquilo en su hogar.
En su cumpleaños número diecinueve, tanto Megan como ella recibieron dos arreglos florales y su padre llamó para felicitarlas y disculparse por su ausencia, asegurando que pronto estarían de regreso con buenas noticias.
—Siento que algo no anda bien —musitó Megan, inquieta, y Fernanda apartó la vista de la comida que Christian trajo esa noche para celebrar sus cumpleaños.
—¿Por qué? —inquirió el rubio, ceñudo.
—Adam no nos llamó, es obvio que nuestros padres lo están fastidiando.
—Puede ser —admitió su amigo, entretenido—. Ellos fastidian a todos.
Todos se rieron por lo bajo.
—Es probable que su novia no haya sido de su agrado —comentó de pronto, y su hermana gruñó.
—Pero tiene que gustarle a Adam, no a ellos.
Después de todo, su hermano no iba a heredar los negocios familiares.
¡Él decidió convertirse en médico!
Fernanda decidió no abordar el tema porque consideraba que la vida de Adam no era de su incumbencia. Llevaban años sin saber de él y todo porque su madre se encargó de que su adorado hijo se concentrara en sus estudios, ella estaba dispuesta a todo con tal de ayudarlo a alcanzar sus propósitos.
Dos semanas más tarde, Fernanda se encontraba en cama preguntándose a qué hora llegaría Megan. Tenía entendido que esa noche tenía unos asuntos que atender con Christian, pero pronto serían las once y no había señal alguna de ella.
—Ya llegará —se metió bajo las sábanas, nerviosa, y poco antes de que pudiera conciliar el sueño, la puerta de su habitación se abrió con suavidad—. ¿Megan? —se sentó sobre el colchón de un salto y se colocó sus lentes, pero se tensó al ver a su padre ahí.
Leandro se veía cansado, tenía la corbata chueca, la cabellera oscura revuelta y dos profundos surcos bajo sus ojos. El pulcro aspecto que siempre lo acompañaba había quedado atrás.
—Padre… —susurró sorprendida y abandonó la cama.
—No me sorprende que tu hermana no esté en casa —espetó con seriedad, estudiando su aspecto con demasiada atención.
Fernanda no se incomodó, llevaba un pijama discreto. Una camisa con su buso de dormir, pero se vio obligada a llevar sus cabellos hacia atrás al darse cuenta que estaban algo despeinados.
—¿Dónde está mi madre?
—Llegará mañana, decidí adelantar mi vuelo. —Cerró la puerta de su habitación y cuando Fernanda quiso encender la luz, él sujetó su muñeca con firmeza.
—¿Sucede algo? —lo miró con temor.
No le parecía extraño que él fuera a verla después de un largo viaje, pero ese día en particular, todo se sentía demasiado… extraño. Su mirada intensa, su agarre severo y su voz demandante no hacían más que causarle escalofríos.
—Sucede que mi niña cumplió diecinueve y no estuve aquí para abrazarla, me siento algo molesto. —Se relajó, ahí estaba la sonrisa amable con la que ella sí estaba familiarizada—. Ven con papá, ¿sí?
El recuerdo llegó a su fin cuando la fuerza bruta con la que Nicholas invadió su boca cesó y sólo fue consciente del temblor de su cuerpo cuando él se apartó con violencia y se arrodilló con rapidez porque ella perdió el control total de su cuerpo y terminó sobre sus rodillas.
—¡Fernanda! ¿Te encuentras bien?
Las lágrimas bajaron por sus mejillas en contra de su voluntad y se odió a sí misma por no poder controlar los temblores de su cuerpo. El asalto no sólo fue desagradable, sino que terminó trayendo a su presente todos los recuerdos que ella trató de enterrar en lo más profundo de su mente.
—Lo siento —acunó su rostro, obligándola a conectar sus miradas—. De verdad lo siento, yo… no sé por qué las cosas siempre terminan así cuando se trata de ti —su voz se quebró, recordándole que no estaba ahí para reconciliarse con él, y rápidamente lo empujó por el pecho y se incorporó.
Apartó las lágrimas de su rostro con brusquedad.
No era un buen momento para mostrarse vulnerable, ¡él debía temerle, no sentirse su salvador!
—No sé qué tantas cosas consigas a tu antojo, Nicholas —recuperó la voz—, pero yo no estoy aquí en calidad de asistente. Soy la Directora de Operaciones y si esto se repite, no sólo te acusaré con recursos humanos, sino que iré con Andrés Rivers para informarle de tu nefasto comportamiento.
Por supuesto, ella no quería eso. Sabía que sería una buena manera de quitarle su trabajo, pero su intención no era ser una damisela en apuros, sino alguien que se muestre mucho más capaz de ocupar su cargo.
—¿Por qué me tienes tanto rencor? Antes tú y yo…
—Antes había afecto —le cortó con brusquedad, y él respingó en su lugar—. Antes era una estúpida que confiaba en ti y tus buenas intenciones, pero ahora sé quién eres y no pienso caer en tus artimañas.
—¿Qué dices? —apretó la mandíbula—. Tú no tienes ni la menor idea de quién soy —escupió.
—¿Ah, no? —enarcó una ceja, incrédula—. Eres un hombre que usó todo tipo de artimañas para conseguir este puesto.
—¡Sólo te usé a ti! —admitió con enojo, y ahora fue ella quien retrocedió—. ¿Y sabes qué? Yo nunca te pedí ayuda, tú te ofreciste a ayudarme porque te gustaba.
—Fingiste ser una buena persona —la voz le tembló y él dio dos pasos en su dirección, acortando la distancia—. Dijiste que me recomendarías, que mi talento no podía ser malgastado en una cafetería.
—Es verdad, en un principio te adulé en exceso para que siguieras acercándote a mí. —Fernanda cerró las manos en dos puños, indignada—. Pero sí llegué a tenerte cariño, llegamos a pasar muchas cosas juntos y tú...
—Nada de lo que me digas servirá —le cortó con rudeza—. La última conversación que tuvimos en este despacho sigue muy presente en mí.
—Maldición, acababan de darme el ascenso que tanto quería, era obvio que me comportaría como un patán.
—¿Obvio para quién? —vociferó con impotencia—. Pudiste echarme y ya, pero me menospreciaste y dijiste que acostarte conmigo fue un sacrificio, ¿cómo crees que fue oír todo eso? —Lo empujó por el pecho—. Yo… dejé que fueras el primero, Nicholas.
Él hizo una mueca, perdiendo autoridad, y se pasó una mano por los cabellos con nerviosismo.
—Necesitaba alejarte y pensé que sólo lo conseguiría siendo rudo contigo.
—Pues siéntete orgulloso, lo hiciste muy bien.
—Pero sí te eché de menos, por eso actué como actué en París.
—¿Me echaste tanto de menos que empezaste a tirarte a todas tus asistentes? —inquirió con sorna y él palideció—. ¿Siquiera sabes que después de que me echaste te envié una gran cantidad de mensajes?
No debería hablarle de ese tema, lo mejor para ella era que Nicholas nunca los escuchara, pero estaba tan furiosa que no podía controlar sus palabras.
—Fernanda...
—No, porque borraste mi número y me bloqueaste de todas partes para evitar cualquier tipo de contacto.
—Me dieron otro celular, estaba tan ensimismado en mis cosas que mi anterior teléfono sufrió un accidente y no volvió a funcionar más.
Eso explicaba el por qué nunca llegó a recibir todos sus mensajes.
—Ya nada importa.
—Claro que importa —extendió los brazos, sulfúrico—. Quieres vengarte por algo que ni siquiera tiene sentido.
¿Algo que no tenía sentido?
Nicholas hizo algo que ni siquiera sus padres lograron: la llevó a huir de Londres.
—Tal vez no tiene sentido para ti —respondió con frialdad y abrió la puerta del despacho—, pero yo jamás olvidaré cómo te burlaste de mi generosidad, te aprovechaste de mi inocencia y me humillaste como si no fuera nadie importante.
—Fernanda...
—El señor Rivers me dijo que empezaré mañana, así que no estoy obligada a tratar contigo.
Salió de la agencia como alma que lleva el diablo y sólo se sintió tranquila cuando estuvo dentro de su auto, lejos de todas las amenazas que el rubio representaba para su paz mental.
—Esto es una locura —sus manos no podían dejar de temblar, ¿por qué tuvo que recordar esa noche justo ahora?
Una llamada entrante la arrancó de su letargo y Fernanda se vio obligada a recuperar la compostura al ver que se trataba de Ewan.
—¿Bueno?
—¿Cómo van las cosas por allá?
La piel se le erizó en respuesta y esbozó una débil sonrisa, tal vez se sentiría más segura si su amigo estuviera allí.
—Bien, Nicholas ya sabe que empezaré a trabajar en la agencia desde mañana.
—¿Lo tomó bien?
—Más o menos... —no se atrevió a decirle lo que sucedió entre ellos en el despacho.
Después de todo, Ewan no tenía ni la menor idea de quién era su familia y por qué decidió huir de ellos.
—Si algo sucede o llega a incomodarte, no dudes en llamarme.
—Lo sé, deja de preocuparte —ordenó, repentinamente entretenida—. ¿Es impresión mía o estás buscando una razón para regresar a Londres? —inquirió de pronto y su amigo suspiró.
—Me conoces muy bien. —Ambos rieron por lo bajo—. Mi abuelo me puso al mando de todo, a partir de ahora trabajaremos juntos.
—Sabíamos que pasaría, debes aprender a manejar tu futura empresa.
—Lo sé.
—Deja de ser un vago —le reprendió—. Demuéstrale a tu abuelo que eres más capaz de lo que todos creen.
Ewan no era un idiota, sólo alguien que estaba demasiado cómodo con sus privilegios.
—Mejor cuelgo, me regañas como si fueras mi madre.
Una madre… eso fue algo que Ewan y ella jamás tuvieron.
***
El golpe de la puerta al cerrarse retumbó en las paredes insonorizadas del despacho, dejando tras de sí un silencio denso y asfixiante.
Nicholas se quedó inmóvil en medio de la estancia, con el pecho agitado y la respiración entrecortada. Se miró las manos —esas mismas manos con las que segundos atrás había intentado sujetarla— y sintió como la bilis trepaba por su garganta.
No había sido un forcejeo coqueto, ni tampoco la resistencia juguetona de alguien que se hace la difícil.
Había sentido la parálisis de Fernanda. Ese temblor seco, casi sintomático, que le recorrió el cuerpo entero.
Cuando la tocó, ella no actuó como una mujer enfadada o despechada; actuó como alguien que estaba reviviendo una escena traumática.
Como si en lugar de él, los brazos que la sujetaban pertenecieran a una amenaza mortal.
¿Por qué reaccionó así?
Antes, cuando solían hacer el amor, ella sólo sabía disfrutar de sus caricias y besos.
¿Qué fue diferente ahora?
«El hecho de que quisiste someterla con tus besos», siseó una voz en su cabeza y se pasó las manos por la cara.
Él esperó frialdad, sarcasmo, e incluso una bofetada que se tendría bien merecida. Pero no aquel pánico ciego. No esa mirada desorbitada y rota que duró solo una fracción de segundo, antes de que ella levantara sus muros de nuevo.
Por primera vez en tres años, la arrogancia de Nicholas tambaleó.
Hasta ese momento, en su mente, la historia era sencilla: él había sido un imbécil ambicioso que la humilló para quitársela de encima y ascender, y ella era la ex despechada que regresaba para cobrársela.
Pero la discusión de hoy le demostró que para Fernanda aquello no fue simplemente una ruptura desagradable o un trago amargo.
Él le había sembrado un rencor puro, una aversión que rozaba el trauma.
Y lo peor de todo era que no entendía en qué momento sus palabras o sus actos habían calado tan absurdamente hondo.
«¿Siquiera sabes que después de que me echaste te envié una gran cantidad de mensajes?»
Las palabras de Fernanda volvieron a golpearle los oídos como un látigo.
Nicholas se giró bruscamente hacia su escritorio.
La imagen de aquel celular, el que se le cayó al agua justo en la semana en que la echó de la agencia, vino a su memoria con la fuerza de un rayo.
En aquel entonces aceptó de buena manera el número que la agencia le otorgó, absorbido por el ego del nuevo puesto y la necesidad de estrenar vida.
Le había dicho a su asistente de entonces que llevara el dispositivo averiado a reparar para recuperar los archivos, pero ¿qué demonios pasó después?
Sintió un sudor frío recorriéndole la nuca.
¿Dónde diablos había quedado ese celular?
Buscó con la mirada por todo el despacho, abriendo los cajones del escritorio con brusquedad, revolviendo carpetas viejas y documentos traspasados.
Nada.
¿Se lo había llevado a su departamento? ¿Lo había dejado en el fondo de alguna caja en su armario de la entrada o se había quedado olvidado en el almacén de la agencia?
La urgencia de encontrarlo se volvió casi una necesidad física.
Necesitaba saber qué decían esos mensajes.
Necesitaba entender qué fue lo que ella le escribió en medio de la tormenta que él mismo desató.
Se apoyó contra el borde del escritorio, mirando fijamente la puerta por la que ella había escapado.
Fernanda no había vuelto para competir por un puesto.
No era una simple rivalidad laboral. Había vuelto con un odio metódico, masticado durante años, dispuesta a destruirlo.
Y si una mujer con la inteligencia de Fernanda estaba movida por semejante rencor, él no estaba frente a un lío pasional... estaba frente a su ruina.
Tendría que ser extremadamente cuidadoso con cada paso que diera a partir de ahora, porque ella no iba a dudar en usar cualquier debilidad para derribarlo. Y la peor parte era que él acababa de entregarle la primera arma, puesto que terminó demostrándole que ella era su punto más débil.