Arrepentirme ¡Jamás! (Reescribir la historia nº 4) Capítulo 6
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Capítulo 6

En un principio, Fernanda quiso rechazar la invitación de Megan porque no era partidaria de fastidiar a su amigo y dejarlo como niñero de Adrián.

No obstante, para ella resultaba muy evidente que la llegada de Christian a Londres terminó generando un cambio drástico en su hermana, por lo que quería entender qué tipo de relación estaba llevando y qué podía hacer por ella en caso de que necesitara ayuda.

Si sus cálculos no fallaban, debido al hecho de que Megan llevaba todo un año sin trabajar, era Christian quien se hacía cargo de ella económicamente. Hizo una mueca, no estaba en contra de los hombres que quisieran cuidar y proveer a sus parejas, pero… una mujer siempre debía tener un plan B.

De preferencia, uno que implicara un sueldo decente.

—Te ves bien —comentó su amigo ni bien la vio salir por el pasillo y su hijo asintió—. Un poco remilgada, pero no está mal.

Lo reprobó con la mirada.

—A diferencia de ti, yo sí aprecio la comodidad.

Cuando de Ewan se trataba, ella siempre debía ir con vestidos elegantes, pero ajustados para resaltar sus curvas.

No obstante, el estilo de Fernanda era más femenino y delicado, y por esa razón llevaba puesta una falda larga de satín café, una camisa blanca y unas botas cafés a juego con su cartera.

—Deberías usar los lentes de contacto de manera permanente —ignoró su comentario y Fernanda se miró en el pequeño espejo redondo que estaba sobre el estante—. Te sienta bien tener el rostro despejado.

Se pasó los largos dedos por su cabellera oscura y determinó que su imagen le gustaba mucho.

—Lo pensaré.

En esta ocasión, ambos estuvieron de acuerdo en algo. Aunque no podía negar que tanto aplicarlos como retirarlos hacían de la experiencia una guerra tortuosa.

—Te prometo que regresaré antes de las once —se despidió de ambos y Ewan se encogió de hombros, restándole importancia.

—Aprovéchate de mí, mientras siga en Londres.

Ewan se iría una vez que ella estuviera muy bien instalada, su deber era ayudar a Lucio en Manhattan y ambos sabían que su venganza hacia Nicholas no avanzaría si él estaba cerca.

Nicholas…

Si todo salía como tenía previsto, sólo era cuestión de días para que ellos volvieran a verse cara a cara. En el fondo, no había día que Fernanda no revisara su correo en espera de una respuesta de suma importancia.

—Todo saldrá bien —siseó, y detuvo su auto fuera del restaurante para entregarle la llave a uno de los empleados.

Como lo dedujo, Megan ya se encontraba en la mesa y se veía tan hermosa como se podía esperar de ella. Después de todo, no por nada llegó a ser una gran modelo años atrás.

—Siento la demora —se sentó frente a ella—, me aseguré de dejar a Ewan con todo lo necesario para que cuidara de Adrián.

Su hermana la miró con suspicacia.

—¿Él es el padre de tu hijo? —enarcó una ceja.

—¿Crees que se parecen? —imitó su gesto, y ambas rieron por lo bajo—. Ewan sólo es mi jefe y gran amigo.

Megan asintió e inclinó el cuerpo hacia adelante.

—¿Por qué no me contaste de tu embarazo? —Fue inevitable no sentirse incómoda—. Ni siquiera me buscaste cuando él nació —la miró con recelo.

—Estabas con tus propios problemas, Meg —le sonrió con pesar—. Yo… creo que necesitaba hacerlo sola.

Su hermana se percató de su incomodidad y decidió no presionarla. La cena fue amena y transcurrió sin ningún tipo de contratiempo, era agradable poder verse con su hermana sin sentir ese violento temor a ser encontrada o vista por sus padres.

—¿Cuándo empezó tu relación con Christian? —le dio un sorbo a su copa de vino y su hermana se tensó.

—En París.

—¿Hace un año? —la miró con sorpresa y Megan asintió.

—¿Crees que fui tonta al seguirlo a Berlín?

—Creo que estabas muy enamorada —respondió con suavidad y su respuesta la relajó en demasía—. Pero ahora… no estoy segura de cómo te sientes al respecto.

—Cambió mucho en los últimos meses, creo que se aburrió de mí.

Hizo una mueca, recordando todas las veces que Christian solía decir que amaba ser un hombre libre y no cambiaría ese hecho por nada ni por nadie.

—¿Por qué no terminar con él?

Su hermana se ruborizó.

—No tengo trabajo, no tengo a dónde ir y por el momento dependo de él.

—Pero me tienes a mí y a Daniela, sabes que siempre puedes contar con nosotras —frunció el ceño, no parecía una excusa creíble. Además, ella también podía contar con Adam, lo que quería decir que no estaba del todo sola—. Aún lo quieres, ¿verdad?

Su hermana asintió, cabizbaja.

—Quiero luchar por él.

¿Así se veía el amor?

Una podía obviar todos los defectos de un hombre por amor.

«Nunca me enamoré», determinó para sí misma, abrumada.

Cuando Nicholas la echó, Fernanda nunca pensó en luchar por su amor y rogarle por una nueva oportunidad.

Ni siquiera cuando se enteró que estaba embarazada consideró buscarlo para arreglar las cosas.

Lo cierto era que, muy a su pesar, lo buscó para que la ayudara a abortar, dado que en ese momento era muy consciente de que no podría cuidar de su hijo ella sola y tenerlo podría ser un terrible error.

Ese pensamiento hizo que apretara la mandíbula y su odio hacia Nicholas sólo se multiplicara. De no haber sido por Ewan… ella habría cometido muchos errores y ahora sería muy desdichada, se culparía a sí misma por haber acabado con la vida de ese niño que era lo más valioso que tenía.

—Si en algún momento decides cambiar de parecer, las puertas de mi departamento siempre estarán abiertas para ti —se vio obligada a decir, dado que Megan aún no quería dejar a Christian—. Y, si te interesa, estoy buscando una niñera para mi hijo porque pronto iniciaré con un trabajo de oficina.

—¿Me estás ofreciendo trabajo?

No confiaba al cien por ciento en el talento de Megan en cuanto a los niños, pero… ella necesitaba ayuda y sabía que sería capaz de dar la vida por su hijo, así que terminó asintiendo.

—Empezarías el lunes.

Es decir, en cinco días.

—Está bien, muchas gracias, hermana.

Y, por supuesto, ella se encargaría de que su paga fuera lo suficientemente generosa como para que más adelante entendiera que no necesitaba de Christian para salir adelante.

—¿Él sabe que nos estamos viendo? —Megan asintió—. ¿No buscará a nuestros padres?

—Chris es él más interesado de que nuestros padres no se enteren de que él sabe algo de nosotras.

Ese no era un buen presagio para su hermana y el futuro de su relación.

—Entiendo…

Después de un largo silencio, Megan dijo algo que captó su atención.

—Lindo tatuaje. —Fernanda se percató de que la manga de su camisa se había subido más de lo normal y se quedó observando el dibujo de varios girasoles rodeando su delicada muñeca—. ¿Por qué lo tapas?

—Porque quiero verme profesional —admitió y su hermana asintió—. Sabes que fueron mi más grande acto de rebeldía y creo que pasé muchas cosas por alto cuando me los hice.

Porque, obviamente, ese no era el único que tenía.

—Pero son lindos y los amas, recuerda que fueron de mucha ayuda cuando decidiste esconderte de nuestros padres.

Fernanda asintió, recordando cómo tuvo que cambiar de estilo y marcar su piel para que cuando empezaran a buscarla, nadie pudiera asociar a la mujer de cabellos negros, grandes lentes y brazos tatuados con la sofisticada y tímida hija de los Matthew.

—Ya me quité dos —le contó, pensativa—. Fue muy doloroso, pero mi hombro y mi espalda están libres de marcas.

—Si eso te hace feliz, a mí también —dijo con serenidad, apoyando su decisión—. ¿Y cómo es el padre de Adrián? —Sabía que tarde o temprano le haría esa pregunta—. ¿Es el tipo de hombre que nuestros padres amarían?

—Para nada —se rio, entretenida—. Él no viene de una buena familia. Si posee una fortuna es porque la hizo trabajando y… bueno, es un patán. No merece la pena hablar de él.

—Ya veo… —susurró—. ¿Y sabe de su existencia?

Fernanda negó con la cabeza.

—¿Alguna vez pensaste en decírselo?

—Se lo dije por mensajes, pero él borró mi número y me bloqueó de su vida, así que nunca llegó a enterarse de nada.

—Qué idiota —farfulló y ella asintió—. Si lo volvieras a ver, ¿se lo dirías?

—No —sonrió con suavidad—. Adrián es sólo mío y dudo que un hombre así tenga algo bueno que aportar en su vida —fue sincera.

—Y por lo que me dices, no creo que a él le importe.

Era muy probable.

—Por cierto, Adam quiere vernos.

La mención de su hermano hizo que la piel se le pusiera de gallina y negó rápidamente con la cabeza.

—No tengo nada que hablar con él. Creí haber sido clara contigo, Megan —aseveró.

—Ya pasaron muchos años, Fer. Él no tiene la culpa de que nuestros padres sean tan ruines, ni siquiera sabe lo que pasó esa noche y…

—Y no tiene que saberlo —dejó su copa de vino sobre la mesa con más fuerza de la esperada y Megan se enderezó con rapidez—. Lo siento —la voz le tembló—, sabes que no me gusta recordar esa noche.

—Perdón, es sólo que pensé que las cosas entre nosotros podrían mejorar ahora que todos estamos en Londres.

—Yo… no estoy lista para reunirme con él. —Presionó sus sienes, inquieta—. Pero sí tú lo deseas, hazlo.

Megan no debía esperar su autorización para hacer lo que quisiera.

—Lo pensaré —se limitó a decir y cuando pidieron la cuenta, grande fue su sorpresa cuando el mesero les informó que alguien ya había pagado su cuenta.

—¿De quién se trata? —frunció el ceño y el hombre le entregó una nota.

—Dejó esto para usted.

Fernanda esperó que se marchara para leer el contenido.

“Bienvenida a Londres. Te aseguro que pronto volveremos a vernos. N.C”.

—¿Tienes un admirador? —Megan le arrebató la nota y luego la miró con suspicacia—. No me dijiste que tenías novio.

—No es mi novio —masticó sus palabras—. Es alguien que no tiene ni la menor idea de lo mal que le sentará volver a verme.

Al menos, el rubio fue sensato y no la abordó durante la cena.

Esa noche Fernanda conoció la dirección dónde vivía Megan y llegó a su departamento antes de las once para descubrir que Adrián ya estaba dormido y Ewan estaba ocupando la habitación de visitas.

Por supuesto, no lo despertó, sino que se retiró a su dormitorio y se alistó para dormir, pensando en el hecho de que esa noche Nicholas estuvo más cerca de lo previsto.

Le parecía curioso que no se hubiera acercado, en París él se mostró bastante impulsivo e insensato.

Ladeó el rostro, consternada, y con esos pensamientos intrusivos concilió el sueño.

Durante los siguientes días, Fernanda se alegró al ver que no necesitó hacer nada para que la agencia de Andrés Rivers entrara en una gran crisis, puesto que salió a la luz que Alex Ojeda tenía una hija con Milenka Montaño, y el amorío que intentó aparentar con su coestrella no era más que una farsa.

—Bueno, por fin Rivers se puso en contacto —soltó Ewan, entretenido, y Fernanda leyó el correo por segunda vez.

—Porque Nicholas necesita ayuda, el escándalo es muy grande.

—Y tú irás a generarle más problemas —carcajeó el castaño y ella asintió—. Bien, eso quiere decir que ya puedo comprar mi vuelo para regresar a Manhattan.

—Gracias por todo, Ewan —lo abrazó por la cintura—. A partir de ahora me encargaré de esto yo sola.

—Si algo pasa, puedes llamarme —añadió él, receloso, y Fernanda asintió—. No te enamores, no te involucres y, por nada del mundo, te acuestes con él.

—Jamás me enamoraría de un hombre como Nicholas Cranston y lo sabes.

Ewan no le dio una respuesta, pero rezó en silencio para que sus palabras fueran totalmente ciertas.

***

Nicholas debería sentirse frustrado por todo el caos que se desató en la agencia, pero lo cierto era que estaba tan aliviado como el señor Rivers, puesto que por fin Alex y Milenka estaban juntos y su boda se celebraría en tres semanas.

—Valió la pena —musitó, mirando todo el caos que debía solucionar—. Al menos Milenka está feliz.

El trabajo no lo era todo y ahora entendía mejor el significado. Incluso Alex pensaba retirarse un tiempo del modelaje para pasar tiempo de calidad con Milenka y Alexa. Un suave golpe en la puerta lo hizo enderezarse con rapidez.

—Señor Rivers, ¿puedo ayudarlo en algo? —rodeó su escritorio, frunciendo el ceño al ver como los empleados abrían la oficina que estaba frente a la suya y llevaba años en desuso para meter nuevos muebles.

—En realidad, vine a darte una buena noticia.

—Nicholas tragó con fuerza y el repiqueo de unos tacones le puso los nervios de punta—.

A partir de ahora trabajarás con la señorita Matthew, la nueva Directora de Operaciones de la agencia.

—La conmoción lo golpeó con fuerza cuando Fernanda atravesó el umbral de la puerta—.

Tiene un curriculum maravilloso, es tan eficiente como tú y harán un gran equipo juntos.

La garganta se le cerró y en contra de su voluntad la estudió con pericia, determinando que se veía incluso más hermosa que en París.

Cuando la vio en el restaurante hace un par de noches, sintió la imperiosa necesidad de acercarse, pero no pudo hacerlo porque estaba con Milenka; no obstante, nunca se imaginó que el destino sería generoso con él y la pondría a trabajar a la par suya.

Ese pensamiento lo hizo esbozar una sonrisa llena de satisfacción.

—Será un honor trabajar con usted, señorita Matthew.

Cuando su jefe se marchó y lo dejó a solas con Fernanda, Nicholas cerró la puerta para tener mayor privacidad y recordó la noche que la vio en el restaurante, sin rastro alguno de los anteojos que llevaba puestos.

La garganta se le cerró de solo recordar su imagen y se obligó a sí mismo a volver en sí.

—Si pensabas terminar aquí, ¿por qué no aceptaste mi oferta hace un año? —inquirió con curiosidad, apoyando la cadera en el escritorio, y Fernanda estudió el lugar con la mirada.

—No estoy aquí en calidad de asistente —le recordó y él se preguntó qué tan difícil sería abrirle el saco, subirle la falda y hacerle el amor en su despacho.

«Muy difícil», determinó al segundo, recordando que por el momento ella no lo quería cerca.

—¿Por qué regresaste a Londres?

Esa pregunta hizo que Fernanda avanzara en su dirección, encendiéndole las venas con expectación.

—Porque quiero tu puesto. —Frunció el ceño, esa no era la respuesta que había esperado.

—¿Te crees mi karma? —se atrevió a preguntar y ella se rio con cinismo.

—No, Nicholas —lo miró con fijeza—, yo soy peor que el karma y te aseguro que mi estadía aquí no será nada agradable para ti.

—¿No crees que esto está llegando muy lejos?

—se exasperó, ¿por qué simplemente no olvidaba el pasado?

No era el mismo hombre de hace tres años, él…

entendía su error—. Realmente lamento haber sido un patán contigo, yo…

—la sangre se le congeló cuando ella le dio la espalda, decidida a dejarlo con la palabra en la boca, y perdiendo la poca paciencia que tenía la sujetó de la muñeca y la giró en su dirección para juntar sus cuerpos con firmeza.

—¡¿Qué haces?! —chilló y él agradeció que la oficina fuera insonorizada.

—Si estás aquí en calidad de enemiga, nunca me des la espalda.

Y dichas esas palabras, unió sus labios con hambre voraz, decidido a todo con tal de reconquistar a esa mujer.

¡Maldita la hora que la dejó ir!

Ella… era más que perfecta para él.