Arrepentirme ¡Jamás! (Reescribir la historia nº 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

Londres, Inglaterra. Diez meses más tarde

Nicholas le dio un breve sorbo a su copa de vino, mientras observaba el paisaje que el lujoso restaurante le brindaba desde el décimo noveno piso, y no volvió en sí hasta que la voz de su mejor amigo retumbó en su cabeza.

—¿Tú, Nicholas, divagando en tus pensamientos? —bromeó Carlos, entretenido, y lejos de molestarse por la burla, él abandonó su lugar para abrazar a su amigo—. Está claro que me echaste de menos.

—Te fuiste por tres años —regresó a su lugar, sonriente—. Claro que te eché de menos, eres lo más cercano a una familia que tengo y lo sabes. —Su amigo asintió—. Me alegra que Diana aceptara regresar a Londres.

—Ayudó mucho que su familia estuviera dispuesta a hacerlo —reconoció—. Creo que ella entendió que Milenka también me necesita.

Nicholas se removió en su lugar, inquieto, y evitó mencionar el hecho de que él estuvo al tanto de su embarazo desde un principio, puesto que todo empezó en París y su amiga no dudó un solo segundo a la hora de pedirle ayuda porque en ese momento no confiaba en ninguno de sus hermanos.

—¿Hablaste con ella?

—Por supuesto, no quiero que se sienta mal por haber tenido una hija fuera del matrimonio. Ella debe saber que pase lo que pase, nosotros siempre estaremos a su lado.

Esa noticia le generó un gran alivio en el pecho. Durante los últimos meses, Milenka vivió en un estado de alerta, imaginando todas las reacciones negativas que sus hermanos podrían tener ante su hija.

—Mi sobrina se llama Alexa y es hermosa —le contó con orgullo y Nicholas asintió, pensando que dentro de poco Alex regresaría y por ende los Montaño terminarían descubriendo quién es el padre de la hija de Milenka—.

No me digas que mi hermana te sigue gustando —achicó los ojos, y ahora le tocó reírse por lo alto.

—No sabes lo mucho que me alivia que tanto Milenka como yo estemos al tanto de que lo nuestro fue un error —fue sincero—. Yo… ahora soy consciente de que nunca me enamoré de ella.

—Sólo querías una novia linda que te hiciera sentir importante —espetó su amigo, indiferente, y él se tensó—. ¿Sucede algo? —Carlos lo conocía muy bien.

—Olvidé contarte algo que sucedió en París hace diez meses. —Su amigo inclinó el cuerpo hacia adelante—. Me encontré con Fernanda.

—¿Fernanda? —frunció el ceño, tratando de hacer memoria—. ¿La mujer que utilizaste y…?

—Sí, ella —soltó atropelladamente—. No vuelvas a decir eso en voz alta, aún me da vergüenza —admitió con pesar y su amigo asintió—. Ella está trabajando para Ewan.

La mención del hombre que extorsionó a la esposa de su amigo hizo que la tensión se apoderara de Carlos y cerrara las manos en dos puños.

—¿Lo hizo apropósito? —escupió, y él asintió—. Ese maldito, ¡debí demandarlo en su momento!

Nicholas torció los labios, levemente disgustado ante lo que estaba a punto de decir.

—Pues la trató muy bien, le dio un trabajo respetable y ella… está más bella que nunca. —No tenía la menor idea de cómo sonó su voz, pero su amigo lo observó con preocupación—. Le ofrecí trabajo, dinero e incluso me atreví a besarla a la fuerza, pero ella no estuvo dispuesta a dejarlo.

—¿Qué? —lo miró con horror—. ¿Por qué hiciste algo así? Ella ni siquiera te gustaba.

Miró a su amigo con pesar, sintiendo más vergüenza que nunca, y Carlos abrió los ojos con sorpresa.

—¿Te gustaba?

—¿De verdad crees que iba a ese estúpido café a trabajar? —suspiró con frustración—. Yo… no sé qué me pasó, tal vez estaba aburrido y ella me pareció interesante.

Su amigo lo miró con interés.

—Cuéntame la historia.

Nicholas era muy consciente de que sentir rencor hacia Melody Ojeda no era muy sensato de su parte.

Primero, porque su jefe estaba loco de amor por ella, y segundo, porque ella no tenía la culpa de ser el punto más débil del hombre más irritable del mundo.

Sin embargo, no le parecía justo que una recién llegada estuviera arruinando todos sus proyectos de vida.

¡Lo estaban tratando como si fuera un pasante!

Cuando prácticamente era el segundo cerebro de Andrés Rivers.

—¿Es que nunca dejará de llover? —farfulló, odiándose a sí mismo por haber salido a pie y no en su auto, y se preguntó qué tanto podría mojarse si decidía continuar su camino hacia la agencia.

Solo le faltaba una calle y media.

«Tengo una muda de ropa allá», determinó y sin pensarlo más, tomó impulso y emprendió su marcha hacia la agencia, pero nunca esperó que, al doblar en una intersección, su cuerpo terminara impactando con el de alguien.

—Mierda —esa distracción fue más que suficiente para que terminara empapado.

—Ah —el suave jadeo femenino lo puso alerta y se preocupó al ver que la mujer que chocó con él ahora estaba en el piso.

—¿Se encuentra bien? —se acuclilló, alarmado, y cuando ella giró el rostro en su dirección, algo en su interior se estremeció.

La mujer estaba empapada, tal vez llevaba muchos minutos bajo la lluvia, puesto que sus labios llenos estaban morados y su ropa ancha muy adherida a su piel. No estaba a la moda, pero el peso de las prendas mojadas dejaba en evidencia un cuerpo esbelto y de curvas generosas.

—Sí, sí… —musitó con voz suave, llevándolo a reparar en sus ojos.

—Déjeme ayudarla —la instó a levantarse, y no supo qué pensar cuando lo sujetó de la muñeca—. ¿Sucede algo?

—Perdí mis lentes, ahora mismo no veo más que imágenes borrosas —decidió ser sincera y él asintió, comprendiendo la situación—. Por favor, ¿podría buscarlos por mí?

Nicholas sólo necesitó mirar al piso para encontrarlos. Eran horribles, de marco negro, grueso y sin gracia.

—Está bien. —Como estaba empapado, se dio unos segundos para mirarla por última vez. Era una morena preciosa, ¿por qué no la había visto antes?

Sólo necesitó entregarle sus lentes para tener una respuesta.

Ese accesorio la convertía en una mujer… no agradable a la vista.

Los ojos color avellana parpadearon varias veces para acostumbrarse a su nueva condición y cuando ella levantó el rostro, no le pasó por alto como sus mejillas se ruborizaron.

—Siento mucho el incidente —dijo de pronto, tomándolo por sorpresa—. Yo… —lo miró con pesar—. Está empapado.

—Tú también lo estás —respondió con sencillez, ¿por qué diablos no se iba?—. ¿Te encuentras bien?

—Sí —por su mueca, dedujo que le estaba mintiendo—. Si me permite, debo irme o llegaré tarde a mi trabajo.

Lo más sensato habría sido seguir su camino, uno que iba en dirección opuesta al de la morena, pero Nicholas la siguió hasta la esquina, viendo desde la distancia como entraba a una cafetería.

Hizo una mueca, era una mesera y a él no le gustaban las meseras.

Pero incluso así, al día siguiente asistió a ese café con la excusa de que debía trabajar y en cuestión de días, descubrió que la morena no sólo escondía su belleza, sino su gran cerebro.

—No lo entiendo. —Carlos arrugó aún más el entrecejo—. Si tanto te gustaba, ¿por qué la negabas y decías cosas tan feas de ella?

—Porque no estaba listo para una relación, nunca quise mostrarme vulnerable ante nadie. Yo… no quería perder el control de mi vida, mi única prioridad era el trabajo y lo sabes.

—Pero pudiste mantenerla a tu lado cuando te ascendieron. —Nicholas apartó el rostro, nervioso—. Dijiste que era hermosa, pudiste hacer lo mismo que Ewan hizo con ella.

—Era una distracción muy peligrosa, no quería perder todo lo que conseguí con tanto esfuerzo.

—Entonces no te quejes por haberla perdido —lo recriminó—. Tú no la elegiste.

—No me sentía preparado —confesó apasionadamente—. Pero ahora es diferente, tengo una mejor posición y me siento muy capaz de lidiar con una novia.

—¿Y tiene que ser ella? —la pregunta fue hecha con cautela—. Si está con Ewan y las cosas entre ustedes no terminaron bien, dudo que Fernanda esté interesada en ser tu novia.

Fue inevitable no sentir una horrible presión en el pecho ante esas palabras porque llevaba años saliendo con distintas mujeres —que solo lo querían por su dinero o aspecto físico— pero con ninguna se sintió tan bien como con Fernanda.

Al final de todo, no pudo ir a Las Vegas con su jefe.

¿De qué le sirvió trabajar por horas y soportar a Andrés Rivers en todas sus rabietas?

Lo único que consiguió fue enfermarse y ahora se encontraba en cama, sintiéndose más inútil que nunca. Nunca le gustó resfriarse y todo porque no tenía a nadie que lo ayudara durante todo ese horrible proceso en el cual se sentía más cerca del cielo que de una recuperación.

—Nico…

Se tensó, ¿por qué no estaba solo?

Separó los párpados con esfuerzo y su respiración se ralentizó al ver a Fernanda ahí.

—¿Qué haces aquí? —inquirió con esfuerzo y la morena le sonrió.

—Estás muy débil, alguien debe cuidar de ti —lo ayudó a sentarse y se sorprendió al ver que ya le había preparado un caldo—. Pedí unos días en el trabajo, así que no debes preocuparte por nada.

Nicholas dejó que lo alimentara, sintiéndose más vulnerable que nunca, y observó a la morena con un deje de alerta e inquietud.

—¿Por qué te preocupas? Podría contagiarte mi resfrío si pasamos mucho tiempo juntos.

Ella conectó sus miradas.

—Si eso pasa, espero que puedas cuidarme porque yo tampoco tengo a nadie que pueda cuidar de mí.

¿Era una forma de decirle que ahora le debía un favor?

¡Él nunca pidió que lo cuidara!

—Debes irte.

—No lo haré —ni siquiera le dirigió una mirada—. Eres mi novio y quiero cuidarte, sé que estás triste porque no irás a Las Vegas.

¿Por qué diablos le contó sus cosas?

¡Sólo llevaban saliendo unos meses!

—No quiero hablar de ese tema —zanjó, y dejó que lo alimentara en silencio, sintiendo una gran satisfacción al probar un caldo hecho en casa.

—¿Quieres más? —inquirió una vez que terminó con todo el contenido del cuenco y Nicholas asintió—. Bien, esa es una buena señal.

Una buena señal sería que él la echara de su casa, no que aguardara su regreso con ansiedad.

¿Qué le estaba pasando?

Se suponía que Fernanda sólo sería un pasatiempo, no una nueva distracción.

«Tengo que dejarla», se dijo en silencio, sintiendo una extraña emoción en el pecho al verla entrar nuevamente en su habitación. «Y tiene que ser lo antes posible».

—Ella volverá —musitó de pronto, y su amigo lo miró con fijeza—. Quiere destruirme.

—¿Y eso no la hace peligrosa? —Carlos se sorprendió ante su afirmación—. ¿No deberías cuidarte de ella?

—La reconquistaré.

Ya la enamoró una vez, ¿qué tan difícil podría ser hacerlo de nuevo?

Recordó la forma en la que lo rechazó en París y negó con la cabeza, ella sólo estaba molesta y emocional por su reencuentro, una vez que volvieran a tratar como en el pasado, todo sería más fácil para él.

—¿Sabes cuándo regresará?

Negó con la cabeza, llevaba meses esperando que ese día llegara.

—Espero que pronto —se limitó a decir y durante el resto de la cena hablaron de la familia de Carlos, con quienes las cosas aún seguían tensas porque en su momento sus padres y hermanos no aceptaron a Diana y a su hija, pero que al parecer había mejorado en los últimos meses.