Capítulo 2
Fernanda no lograba entender, por más que analizara la situación una y otra vez, ¿qué diablos vio en Nicholas?
No podía negar que era un hombre apuesto, que su cabellera rubia y sus ojos color cielo llamaban mucho la atención, pero si era sincera, sus aires de grandeza eran desagradables.
Él portaba cualidades desastrosas: era arrogante, egoísta, avaricioso y promiscuo.
Porque sí, para nadie era un secreto que Nicholas sólo contrataba a sus asistentes para pasar un buen rato con ellas.
¿Qué tan sola tuvo que sentirse en aquel momento que terminó aceptando las muestras de afecto de un hombre que jamás había sido su tipo?
—Fui muy humilde —aceptó con un suspiro y ladeó el rostro, consternada.
El plan de Ewan estaba en marcha y no le gustaba en lo más mínimo que su mentira —esa que implicaba una relación íntima entre ellos— no hubiera sido del agrado de Nicholas. En el fondo habría preferido que él la viera como una digna rival y no una mujer apta para su cama.
«¿Qué puedes esperar?» Le preguntó una voz con arrogancia. «Él sintió mucho placer cuando le permitiste ser el primero».
Después del horrible suceso que vivió en su casa hace más de siete años —cuando aún vivía con sus padres y creía que su vida dependía de ellos—, Fernanda no podía creer que se hubiera atrevido a confiar en Nicholas. Un hombre que logró seducirla con sus lindas palabras de amor y tentadores besos.
Se aferró a su almohada, observando el gran tatuaje de girasoles que rodeaba su delicada muñeca, y cerró los ojos con fuerza cuando el fuerte brazo masculino la abrazó por detrás.
Estaba despierto.
¿Qué diablos se suponía que debía hacer ahora?
Nadie la preparó para esto. Lo cierto era que nunca pensó que llegaría tan lejos con el rubio, pero… suponía que la curiosidad y su deseo de vencer sus miedos fueron mayores.
—¿Te sientes mal? —inquirió con voz somnolienta, percibiendo su tensión—. ¿Quieres un poco de leche o té?
—Son las tres de la mañana —susurró y no objetó en lo absoluto cuando él la acurrucó contra su pecho—. Nicholas…
—Debes relajarte, cariño, conmigo estás a salvo.
¿Lo estaba?
Tal vez era eso lo que le generaba tanta inquietud: haberse acostado con un hombre que apenas y conocía. No obstante, él estaba tan solo como ella, por lo que quizás ambos podrían llevarse muy bien si continuaban con su relación. Una que, desde su punto de vista, era cómoda y respetuosa.
La piel se le erizó cuando él abandonó la cama y, aferrando las sábanas contra sus pechos desnudos, se sentó sobre su lugar.
—¿A dónde vas?
—Me iré a otra habitación, creo que te presioné mucho al pedirte que te quedes —Fernanda logró sujetarlo del brazo, olvidando así la sábana que cubría parte de su desnudez.
—No te vayas, Nico —rogó de pronto, y él la buscó con la mirada—. Es verdad, estoy nerviosa, pero no me disgusta tenerte a mi lado —se sinceró y contuvo el aliento cuando la mano masculina rozó su mejilla—. Es sólo que…
—Sé que es nuevo para ti —respondió con ternura, refugiándose bajo las sábanas una vez más—.
Y no sabes cuánto me cuesta no hacerte el amor de nuevo —acunó uno de sus pechos, robándole un suave gemido, y muy lentamente se recostó sobre el mullido colchón—.
Eres tan suave, hermosa y acogedora —le susurró al oído, restregando un par de besos en su oreja.
—Nico… —gimió, no muy segura del por qué su cuerpo actuaba con tanta lujuria, y separó las piernas con lentitud, dejando que él se posicionara entre ellas—. Espera —lo sujetó de las caderas, percibiendo como empezaba a mecerse sobre ella, y él unió sus labios con hambre voraz.
Eso fue más que suficiente para robarle el buen juicio y volver a tenerlo en su interior. Pero en esta ocasión, pudo sentir la diferencia y la velocidad con la que la incomodidad se esfumó para dejarla sentir un enorme y desenfrenado placer.
¿Esto era hacer el amor?
Porque de ser así, sentía que podía hacerlo todos los días.
El recordar esa noche sólo hizo que sintiera más rencor hacia el rubio.
¿Por qué jugó con ella si su intención nunca fue buena?
¿Por qué enamorarla si jamás intentaría quererle?
¿Por qué ofrecerle el trabajo de su sueño y jugar con su corazón?
¿Qué tanto podría hacer Nicholas Cranston con tal de salirse con la suya?
«Se acostó contigo para que hicieras todo su trabajo; ese hombre no tiene límites», la voz de la razón la hizo volver en sí y Fernanda volvió a centrarse en el inventario, asegurándose que cada prenda haya sido guardada correctamente en el camerino.
Esa labor le estaba tomando más tiempo del esperado y se suponía que no trajo a Ewan consigo justamente para evitar eso, dado que su amigo era muy propenso a no cerrar nunca la boca.
Recordó a su hijo, quien era igual de ruidoso, y sonrió con ternura.
Sería una semana tortuosa, nunca se separaba por tantos días de Adrián y lo peor de todo era que, aunque quisiera, traerlo a Paris habría sido muy arriesgado.
Lo menos que deseaba era que Nicholas se enterara de su existencia, ellos estaban muy bien sin el rubio.
—Considerando que te estuve observando durante todo el evento, me sorprende que Ewan por fin te dejara sola —el comentario socarrón de Nicholas hizo que los nervios se le pusieran de punta.
¿En qué momento ingresó al camerino? O peor aún, ¿por qué diablos seguía ahí?
Sintió su presencia más cerca de lo necesario a su espalda, pero no se apartó. En ese juego, ella no pensaba dar un solo paso hacia atrás.
—Me pregunto si ahora puedo saludarte con propiedad —se plantó frente a ella, regalándole una sonrisa coqueta, y Fernanda solo sintió inmensas ganas de golpearlo.
¿De verdad fingiría demencia después de todo el daño que le causó cuando decidió darle la espalda?
—Lo que puede hacer, señor Cranston, es dejarme tranquila —respondió con frialdad, tomándolo por sorpresa. Él no había esperado que ella actuara de manera tan grosera—. Si me permite...
Hizo el ademán de retirarse, pero él la sujetó de la muñeca con rapidez, incitándola a apartar su mano de un manotazo.
—Lo siento —dijo y rompió el contacto, aturdido por su reacción—. No me digas que aún me guardas rencor —comentó, indiferente—. Lo que sucedió entre nosotros fue una tontería, dije muchas estupideces e intenté buscarte a los meses para remediar mi error.
Mentira.
Lo más probable era que él no solo la hubiera borrado de todas sus redes, sino también bloqueado. Puesto que, de haber sido diferente, él estaría muy al tanto de la existencia de su hijo.
Porque sí, en su desesperación le envió mensajes de voz que, por mucho que quisiera eliminar, seguían en algún lado de la nube.
—¿Una tontería? —repitió con aspereza, odiando que su voz bajara una octava. Era inevitable no sentirse furiosa—. Se burló de mí, me engañó por meses prometiéndome un trabajo que no pensaba darme.
Él hizo una mueca, no muy seguro de qué podía responderle, y Fernanda levantó el mentón con suficiencia.
—Me humillaste, Nicholas —dejó las formalidades de lado.
—Si esa es la razón de tu enojo, estoy dispuesto a remediar mi error —musitó con sumo cuidado, como si temiera ofenderla—. Deja a Ewan, te pagaré el triple si regresas conmigo a Londres y firmas un contrato de tres años.
¿De verdad creía que ella se ataría a él por tres años por voluntad propia?
—¿Ahora sí soy digna de convertirme en tu mano derecha? —farfulló y él estudió su cuerpo con descaro.
Era un idiota.
—Te pondré un departamento, puedes exigir lo que quieras.
Por un momento, quiso retroceder y abandonar el camerino, pero eso sería muy cobarde de su parte. Reajustó sus lentes con fingida diversión, dejando que el silencio le pusiera los nervios de punta. Al parecer, la paciencia seguía sin ser una de sus virtudes.
—Dudo que puedas mejorar su oferta, me siento muy a gusto con Ewan.
Todo rastro de amabilidad se esfumó y Nicholas dio un paso en su dirección.
—¿Cuánto quieres? —inquirió con aspereza y ella estudió sus facciones—. Ambos sabemos que no tienes dónde caerte muerta. —¿Ahora le mostraría su verdadera naturaleza?—. Creo que estoy siendo muy generoso contigo al hacerte esta oferta.
—No tenía —se vio obligada aclarar, y él se tensó—.
Ahora Ewan me regaló un departamento, un auto y…
—Sus mentiras debieron irritarlo porque sin previo aviso rodeó su cintura y tiró de ella en su dirección, juntando sus cuerpos con descaro—.
Suéltame, ¿quién diablos te crees para tratarme de esta manera?
—Dame esta noche y me encargaré de que cambies de parecer.
Fernanda no pudo contenerse y lanzó una sonora carcajada. Esto parecía casi irreal, ¿de verdad él creía que esa oferta sería tentadora? ¿Qué tan ególatra debía ser que creía que con una noche solucionaría todo?
El rubio la soltó, sintiéndose más nervioso de lo normal con su reacción, y Fernanda lo miró con una sonrisa que bien podría advertirle que estaba a punto de clavarle un puñal.
—Vuelve en sí, Nicholas —escupió—. Jamás serás una mejor opción que Ewan.
Pudo detectar la ira en sus ojos y cuando analizó como huir de la habitación, agradeció en silencio que la puerta se abriera y su amigo hiciera acto de presencia.
—Al fin te encuentro, Fer —calló abruptamente al darse cuenta que no estaba sola—. ¿Todo en orden?
—Sí —respondió ella con suficiencia y aceptó el brazo que su amigo le tendió—. El señor Cranston me estaba agradeciendo por haber corregido el error de su asistente.
—Ewan sólo te está utilizando para vengarse de mí —dijo Nicholas de pronto, perdiendo todo rastro de cordura, y Fernanda evitó mencionarle el hecho de que ella también quería vengarse de él—. No seas tonta, seguirlo no te traerá nada bueno.
—Tú me utilizaste para tener un ascenso —espetó con sencillez y el rubio palideció—. Y se podría decir que Ewan y yo nos estamos usando mutuamente —sonrió con coquetería, enseñándole ese lado que ahora él desconocía de ella, y se despidió del padre de su hijo sin mirar atrás.
Lo mejor para todos sería que Nicholas la creyera una zorra.
Así nunca intentaría tener nada sentimental, carnal o serio con ella.
***