26 Riley #2
Después de algunos detalles más sobre el cierre formal de mi participación en el programa, terminé la llamada, con la mano apenas capaz de sostener el teléfono el tiempo suficiente para guardarlo en el bolsillo.
—¿Estás bien? —preguntó Dungar—. ¿Necesitas sentarte o…? Podría llevarte a donde quieras ir.
La verdad era que disfrutaba estar en los brazos de ese macho.
Me giré hacia él, incapaz de contener las emociones que me recorrían.
—Los atraparon. A los hermanos Blainsworth. Están bajo custodia federal.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Quieres decir que…?
—Soy libre. —Decirlo en voz alta hizo que pareciera real—. Las personas que me estaban cazando están en prisión. Ya no tengo que seguir huyendo.
Por un momento, Dungar simplemente me miró, procesando las implicaciones. Luego, su rostro se transformó con una alegría tan pura que me robó el aliento. Me levantó del suelo, girando conmigo en círculo antes de volver a bajarme.
—Estás a salvo —dijo con la voz cargada de emoción—. Verdaderamente a salvo.
Asentí, con las lágrimas nublándome la vista.
—Puedo quedarme en Lonesome Creek, Dungar.
—¿Conmigo? —La vulnerabilidad en su pregunta me hizo doler el corazón.
—Contigo. —Acaricié su rostro, recorriendo la firme línea de su mandíbula—. Si me quieres aquí.
Su respuesta fue un beso que casi hizo que me fallaran las piernas, feroz y tierno al mismo tiempo. Sus brazos me envolvieron, creando una fortaleza de calidez y seguridad que jamás quería abandonar. Cuando finalmente se apartó, sus ojos oscuros brillaban con lágrimas.
—Te habría protegido para siempre —dijo con aspereza—. Incluso si nunca los hubieran atrapado.
—Lo sé. —Ese orco metódico y cuidadoso habría movido toda la llanura para mantenerme a salvo—. Pero ahora podemos construir una vida sin tener que mirar constantemente por encima del hombro.
La comprensión floreció dentro de mí como el amanecer más hermoso: podía comprometerme de verdad con esta vida, con este pueblo, con ese extraordinario macho que me había robado el corazón.
Por primera vez en años, mi futuro se extendía frente a mí, no como una serie de refugios temporales y nombres falsos.
Esta vida podía ser algo real y permanente.
Yo pertenecía aquí. Con Dungar, su tía, sus hermanos y sus compañeras. En este peculiar pueblo lleno de atracciones turísticas y de una comunidad genuina. La marca dorada en mi muñeca no era solo un símbolo de magia orca, era una promesa que por fin podía cumplir.
—Terminemos este caso y luego podremos celebrarlo como corresponde.
La lenta y ardiente sonrisa de Dungar hizo que el calor se arremolinara dentro de mí.
—Espero con ansias ese momento, breela.
El sol ya había salido por completo cuando llegamos a los corrales de luminooks, proyectando largas sombras sobre la hierba pisoteada por donde habíamos perseguido al intruso.
Después de retirar la telaraña de la cámara, reubicando cuidadosamente a la araña en un lugar mejor, Dungar y yo revisamos cada sensor de seguridad que habíamos instalado alrededor del perímetro.
—Este ha sido movido. —Se agachó junto al pequeño dispositivo casi oculto entre la hierba alta—. Está apuntando en la dirección equivocada.
Me incliné para estudiar el sensor.
—Tienes razón. Lo giraron unos quince grados hacia el este de donde lo colocamos.
—Revisa los demás —dijo, avanzando ya hacia el siguiente.
Lo que encontramos nos inquietó a ambos.
Casi la mitad de nuestros sensores de movimiento cuidadosamente colocados habían sido desactivados o reposicionados, creando puntos ciegos en nuestra red de vigilancia.
Alguien había estudiado nuestro sistema de seguridad y encontrado maneras de atravesar nuestras defensas sin ser detectado.
—Esto no fue algo al azar —dije, sosteniendo un sensor sin batería—. Fue deliberado.
—Nos han estado observando durante días, aprendiendo nuestros patrones, encontrando las debilidades de nuestro sistema.
—Necesitamos una revisión completa de seguridad. —Miré hacia los corrales de luminooks, donde las criaturas permanecían agrupadas, con las espinas brillando—. Antes de que vuelvan a intentarlo.
Durante las siguientes horas catalogamos cada sensor, cámara y alarma de la propiedad. Dungar creó un nuevo mapa, marcando el equipo comprometido en rojo y los sistemas funcionales en verde. El patrón resultante mostraba rutas claras por donde alguien podía moverse sin ser detectado.
—Sabían exactamente lo que estaban haciendo —dije, poniéndome de pie para estirar la espalda después de pasar demasiado tiempo inclinada sobre el mapa—. Esto no es trabajo de aficionados.
—De acuerdo.
Mientras avanzábamos alrededor del perímetro, revisando cada pieza del equipo, noté algo blanco tirado en el suelo, justo donde el intruso había huido desde la parte trasera de los corrales de luminooks.
Me agaché y, usando un bolígrafo, levanté con cuidado un folleto turístico de Lonesome Creek, cuya superficie brillante estaba gastada y muy arrugada. Algunas secciones habían sido marcadas con círculos de tinta roja, específicamente el horario de las visitas a los luminooks.
—¿Crees que pertenece a la persona que perseguíamos? —pregunté.
—Quizá.
—Los lugareños no necesitarían el folleto en absoluto.
Lo que significaba que podíamos estar buscando a un turista.
En la parte trasera habían escrito: Las crías de luminook pueden separarse de sus madres a las catorce semanas de vida. Antes no, o podrían morir.
—Alguien que planeaba llevarse luminooks querría saber esto —dije.
Cuando cambié de posición, algo metálico reflejó la luz de la mañana. Apartando con cuidado la hierba, encontré un pequeño pin con forma de luminook, cuyas espinas estaban hechas de diminutos cristales azules que atrapaban la luz del sol.
—Vendemos estos en la tienda de regalos —dijo Dungar—. Allie los diseñó específicamente para Lonesome Creek.
Guardé el pin en una bolsa de evidencia, girándolo entre mis dedos a través del plástico.
—Si esto pertenece a nuestro sospechoso, puede que esté participando en la experiencia luminook.
—Lo suficiente como para estudiarlos cuidadosamente. Pero también sabe lo bastante sobre seguridad como para desactivar parte de la nuestra.
Regresamos a la oficina del sheriff con nuestra nueva evidencia, extendiéndola sobre el escritorio de Dungar junto a nuestros mapas de seguridad.
—Han estado observando nuestros patrones de vigilancia y adaptándose —dije, recorriendo de un lado a otro la pequeña oficina—. Cada vez que cambiamos nuestro enfoque, encuentran una manera de rodearlo.
Dungar golpeó el escritorio con su bolígrafo exactamente tres veces antes de dejarlo perfectamente alineado con su cuaderno.
—Necesitamos cambiar completamente nuestra estrategia.
—¿Cómo?
Sus ojos oscuros se encontraron con los míos.
—Les tenderemos una trampa.
Asentí, comprendiendo lo que no estaba diciendo.
—Dejamos que crean que conocen nuestros patrones.
—Mientras creamos otros nuevos que no esperarán.
—Hacemos que vengan hacia nosotros.
Dungar sonrió.
—Exactamente.
Comenzamos a esbozar nuestro plan.