Aromas de tabaco y caos Capítulo 49
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Capítulo 49

Aquel no era un día cualquiera. No, no era uno de esos en los que sabes perfectamente qué puede pasar; un día previsible, monótono, aburrido... ¡qué va!, era todo lo contrario; aquella iba a ser una jornada importante en su vida.

El pasado podía quedar al descubierto al abrir aquella caja de Pandora donde se escondían un montón de mentiras, donde se ocultaban grandes errores o, mejor dicho, más que eso, donde se tapaban con alevosía verdades que habían cambiado la vida de muchas personas, seres inocentes que habían sufrido durante años por hechos que realmente no habían sucedido nunca, única y exclusivamente por capricho, egoísmo y afán de poder y superioridad de una persona, de un hombre, de un ser egoísta, inhumano, deshonesto, cruel y malvado que portaba en sus venas vinagre en lugar de sangre.

Elías. Aquel nombre, vacío de contenido para ella, y a la vez lleno de desprecio, retumbaba en su cabeza como lo hacían los tambores que acompañaban las imágenes en las procesiones de Semana Santa y, al igual que cuando los escuchaba, el bello de su piel se erizaba.

Solo pensar que él era el culpable de sus penas la descomponía por completo.

Aurora, con desgana, se dispuso a prepararse.

Se cerró en su habitación y, mientras observaba la calle tras la ventana, pensó en la ropa que debía ponerse.

Eligió para la ocasión una falda marrón de corte recto que se ajustaba a su cintura y marcaba sus curvas a la perfección.

La soltó de la percha, la revisó cuidadosamente y, tras comprobar que estaba perfecta, la posó sobre la cama.

Luego, buscó en uno de los cajones de la cómoda una camisa cerrada al cuello con lazada en un lado de color beige.

Al igual que con la prenda anterior, la ojeó y la colocó al lado de la primera.

En una esquina de la habitación, Aurora tenía una preciosa sombrerera de gran tamaño; en ella, la muchacha guardaba con celo aquellos objetos más preciados.

Sacó una preciosa cartera de mano, unos zapatos a juego y unas medias.

Todo ello, guardado como oro en paño para una ocasión especial.

Por último, y no con menos mimo, descolgó su buen abrigo de paño, “el de los domingos”, y lo puso sobre la cama junto con el resto del vestuario elegido.

El bolso y los zapatos, ambos de color marrón, los había comprado hacía más de un año.

Un día, comentando en el taller lo mucho que le gustaban, Soledad, una de sus compañeras, la había animado a adquirirlos.

Además, la había acompañado y, como era amiga de la encargada de la tienda, había conseguido que le hicieran una buena rebaja.

Las medias habían sido un regalo de Lola.

Su amiga, al ver como se había quedado prendada de ellas la tarde que se las habían mostrado en “La Flor de las Medias”, se las había regalado el día de Reyes.

Aurora no quería aceptarlas, sabía el precio que tenían y también la situación de su amiga.

Pero Lola había insistido y, además, había amenazado con tirarlas a la bahía si no se quedaba con ellas.

Por lo tanto, y conociendo el carácter de su amiga, no le había quedado más remedio que aceptar el presente; si no, a buen seguro, que habrían acabado en la mar.

Consideró que aquel era el momento. Por eso, no dudó ni un instante en estrenar todas aquellas cosas.

Era curiosa aquella situación. Quería estar lo más guapa posible, quería impresionar a sus anfitriones, quería sentirse bien y, a la vez, con las fuerzas suficientes para enfrentarse a la cita.

Estaba dispuesta a todo y, al mismo tiempo, muerta de miedo.

No tenía claro qué hacer. Si hablaba con Margarita, ¿qué pasaría?

Lo más fácil iba a ser que no la creyera.

Entonces, tendría que mostrar las pruebas que tenía.

Si reunía el coraje suficiente, tal vez hablara con él.

Requeriría su atención en privado y le espetaría a la cara lo que pensaba y lo que sabía; eso sí, siempre dejando muy claro que nada quería y nada esperaba.

El orgullo afloró por todos los poros de su piel.

Intentaba contener la rabia y repetía una y otra vez las palabras que quería decir.

No podía ponerse nerviosa, ese era un lujo que no estaba a su alcance.

Debía mostrarse segura, firme, altanera incluso.

Tenía que trasmitir la suficiente confianza, para que quedara claro que las palabras que estaba pronunciando eran lo que realmente pensaba.

El primero de los propósitos estaba conseguido. Al salir de la habitación, Carmen la miró embelesada. Estaba guapísima, Aurora tenía una elegancia innata. En eso se podía ver que hija suya no era. Ninguno de sus hermanos era como ella. “Quizá, su madre fuera así”, pensó “La Manca”.

—¡Hija mía, que guapísima estás! Desde luego... te diré que lo mismo te pasaba de pequeña. Cuando te ponía un vestiduco, aunque fuera ná , te sentaba de maravilla. Sin embargo, cuando después lo heredaban tus hermanas, a ninguna de las dos les lucía igual.

—¿Entonces, estoy bien?

—¿Bien? No, hija, estás mejor que bien. Ya quisiera alguna señoritinga de esas que hay por ahí tener el porte y las hechuras que luces tú.

¡Pero si pareces una actriz de cine, hijuca!

Con ese estilo que tienes... ¡madre mía!

Pero mira, mira qué bien te sienta la falda, no te hace ni una arruga; y qué piernas, ¡madre de Dios!

, pero qué piernas, ¡oye! Y... ¿esas medias tan majucas?

Nunca las había visto así, con tanto brillo y tan finas.

—Se llaman “de cristal”, me las ha regalao la Lola y... mire, mire que costura trasera más fina. Son una maravilla.

—Sí, sí, ya veo. De todos modos, aunque te pongas un saco, estás guapa hija. ¿Qué quieres que te diga? Y, no es pasión de madre, ¿eh? Que la Adela y la Laura no lucen ni la mitad que tú, ya te digo.

Aurora se acercó a su madre y la besó en la mejilla, no pudo evitar entristecerse al escuchar aquella frase de “La Manca”. “No es pasión de madre”... ¡Cuánto amor les había dado y qué poca cuenta le daban ellas!

Mientras terminaba de arreglarse, escuchó como Carmen hablaba con Manuel. El chico ya la esperaba a la puerta del portal.

—Niñuco, ya verás que guapina está hoy la chavala mía. Más vale que marques el territorio porque, si no, ¡lo mismo te la levantan!, ¿eh?

—No hay problema, Carmen, pasaremos la tarde en casa de mi tío. Allí estará segura.

Carmen cambió el gesto, no tenía ni idea de que fuera a visitar aquella casa. No pudo evitar ir al encuentro de su hija.

—¿Por qué no me has dicho que ibas hoy? Por eso te has puesto tan guapa, ¿verdad?

—Sí, madre, por eso mismo. Para que vean lo que han perdido y para que no piensen que mi familia es gentuza del muelle o que yo soy un cigarrera cualquiera.

Quiero que vean la clase que tengo y lo que soy.

Es más, estoy dispuesta a decírselo a Margarita, ¡ya está bien!

Esa mujer tiene que saber qué clase de persona es esa que ella llama padre.

¡Mire! Aquí llevo las cartas que tengo. Las dos, la que me dio la abuela Rita y la que trajo el otro día la Lola. Se las daré, que las lea y que juzgue.

—Manuel, ¿sabe lo que vas a hacer? ¿No sería mejor dejarlo para otro día? Queda con ella en el Paseo Pereda y, así, con la brisa del mar... para que la dé bien el aire y no la dé un vahído cuando se lo cuentes... ¿No te parece mejor?

—No, ya no voy a esperar más. Quiero dejar todo esto atrás. Y no, Lolo no sabe nada. No le he dicho nada. Con él no va esto. Soy yo la única que tengo vela en este entierro. Él se enterará a la vez que su prima.

—Hombre, Aurora, él se ha portao bien contigo, mira lo que te contó. Lo que sabía. No puedes dejarle de lao. Díselo por el camino.

—No, madre, no.

Aurora cogió su cartera y salió. Carmen corrió a la ventana.

Desde allí los vio alejarse. Posiblemente, esas iban a ser las horas más largas de toda su vida y pensó que mejor sería pasarlas en compañía.

Cargó todo lo que pudo la lumbre de carbón y de leña para que se mantuviera la casa caliente y, como sabía que Nando estaba en la tienda, agarró la toquilla, se la colocó sobre los hombros y salió a su encuentro.

Al menos, a su lado, las horas pasarían más rápidas.

Además, podría desahogarse; él estaba al tanto de todo lo que la pasaba y, por supuesto, conocía aquella historia.

Manuel se quedó con la boca abierta cuando apareció su novia.

—¡Sí que estás guapa! — exclamó.

La agasajó con todo tipo de piropos, le ofreció su brazo y comenzaron el corto, pero agradable, paseo.

El hombre iba orgulloso llevándola a su lado.

Con el rabillo del ojo, no la perdía de vista y, al mismo tiempo, observaba cómo la miraban las personas con las que se cruzaban.

Sintió enormemente que el trayecto fuera tan breve, le hubiera gustado recorrer Santander de lado a lado junto a ella.

Tanto era así, que le propuso tomar un café antes de subir.

Podían acercarse hasta el Suizo y, después, ir donde su prima.

Pero Aurora estaba inquieta, deseaba que aquella tarde pasara lo antes posible.

No quiso aceptar la invitación con la excusa de que Margarita estaba esperando.

Por tanto, se encaminaron hacia Castelar.