Capítulo 49 #2
La tarde no era muy fría, pero la humedad se dejaba notar en el ambiente.
El nordeste se colaba por el cuello del abrigo de Aurora.
El cielo comenzaba a cubrirse de nubes grises que presagiaban lluvia.
El mar adquiría ese todo verde azulado que tanto le gustaba y, en ese momento, recordó aquellas tardes cuando, de niña, se acercaba a buscar a su madre al muelle.
Allí, un montón de rederas cosían incansables hasta que la tarde caía.
Su madre, a veces, le daba una aguja y la dejaba puntear en una esquina de la red mientras llegaba la hora de recoger.
Allí, entre risas, comentarios, riñas y chismes había pasado muchas horas de su vida.
Y, allí, sentada al pie de su bahía, había descubierto todos los tonos que la misma ofrecía.
Había aprendido a reír pegada a ella. A amar, mientras los barcos arribaban.
A soñar, reflejándose en sus aguas los días de sol.
A llorar, en compañía, cuando alguna nave no regresaba.
Contemplando aquella bahía, donde el olor inconfundible a salitre, pescado y vida invadía su cuerpo, se sentía segura, se agarraba con fuerza a la bravura de sus aguas y caminaba firme.
Pero hoy, Aurora avanzaba movida por el impulso, absorta en sus pensamientos, cabizbaja, apenada y nerviosa.
Manuel, en cambio, lo hacía contento, erguido y orgulloso.
Era el vivo reflejo de la felicidad; tanto, que no reparó en el estado en el que su pareja se encontraba.
A escasos cincuenta metros del portal, las nubes comenzaron a descargar. La pareja echó a correr instintivamente para cobijarse bajo el mismo. La puerta estaba abierta y subieron corriendo las escaleras que dirigían al ascensor.
Aurora intentó componerse. Aunque estaba acostumbrada a caminar con tacones, correr no era lo mismo.
El pelo, entre el viento y las cuatro gotas de agua que le habían caído encima, se le había revuelto un poco.
Sacó de su cartera de mano un pequeño peine y miró alrededor; al ver que no había nadie, repasó su peinado mientras el elevador llegaba.
—Estás guapísima, mujer. No te preocupes. Tú tienes que estar guapa hasta por la mañana, nada más despertar. ¡Ya me gustaría a mí verlo!
—Mira que eres zalamero, ¿eh? Anda, pasa pa dentro.
—¡Faltaría más! Las señoritas primero — a la vez que la dejaba pasar, agarró su nalga con deseo.
—¡Lolo!, ¡que nos van a ver, hombre! Siempre estás igual, ¿eh? ¡No empieces! ¡Estate quieto! Que no está el horno pa bollos, ¿eh?
El joven, apenas cerró las puertas interiores del ascensor y este se puso en funcionamiento, se abalanzó, como siempre que la ocasión se prestaba, sobre ella.
Aurora no lo detuvo. Lo que les frenó fue el comentario de una anciana vecina que, a la espera del aparato, vio al pasar el mismo la escena y les recriminó lo que estaban haciendo.
Ambos se distanciaron y, entre risas y gestos cómplices, llegaron hasta el quinto piso. Su destino.
Apenas Lolo había separado el dedo del timbre cuando Cionín ya había abierto la puerta. Parecía que estaba esperando tras ella.
—Buenas tardes. Doña Margarita está en la sala, les espera. ¡Qué guapa estás, Aurorín! — le dijo la cría en voz muy baja.
—Gracias, guapina. ¿Qué tal estás?
Cionín le hizo un gesto de silencio, a la señora no le gustaba que tratara con confianza a sus invitados aunque estos fueran conocidos o familiares.
La gran lámpara de cristal que iluminaba la estancia estaba ya encendida, la tarde se había vuelto oscura de repente y, a pesar de la claridad que la casa tenía, no era suficiente la luz del día.
Junto a la ventana, como de costumbre, estaba sentada Margarita.
En cuanto sintió que la puerta del salón se abría, se levantó y se acercó a saludar a sus invitados.
Estaba nerviosa. Le hacía tanta ilusión pasar aquella tarde con ellos.
.. Tenía cosas que contarles, quería proponerle a Aurora varios paseos y visitas, enseñarle las adquisiciones que había hecho para la casa, los vestidos que tenía nuevos.
.. Estaba deseosa de tener compañía. Se sentía tan sola que, para ella, aquella tarde era una inyección de vida.
Después de los saludos, besos, abrazos y piropos que se dedicaron unos a otros, los tres tomaron asiento y comenzó el intercambio de regalos.
Con la ayuda de Cionín, Margarita sirvió el chocolate que tenían preparado. Sobre la mesa, dos fuentes de plata llenas, una con pasteles — de la confitería Máximo Gómez según les indicó la anfitriona — y otra con pastas, alegraban y daban color y aroma a la estancia.
—Me los han traído esta misma mañana, espero que os gusten.
Como no sabía muy bien, les pedí que fueran variados.
Tomad, por favor, veréis que cosa más rica.
Y no dejéis de probar las pastas de té, estas son de Frypsia, también de hoy.
¡Cómo me gustan los dulces de esta tierra!
, los sobaos, las quesadas, la leche frita.
.. por cierto, que Cionín la hace de maravilla.
En México son diferentes; ricos, pero diferentes a los de aquí.
Son mucho más dulzones. Di que, bueno, ahora mismo no me importaría poder ofreceos unas Alegrías, unos dulces de leche, las palanquetas de cacahuates o las mismas pepitorias.
¡Qué ricos, Dios mío! Soy muy golosa, no puedo evitarlo.
—Pues, entonces, prima, date la mano con esta que está aquí. A Aurora le encanta el dulce.
—¿Ves? Si sé yo que nosotras tenemos muchas cosas en común.
—Ya lo creo, ¡no sabes cuántas!
El tono de voz de Aurora sorprendió a sus interlocutores. Ambos la miraron sorprendidos. Ella había lanzado aquella frase con la vista fijada en el infinito, como si hablara sola y en alto. Margarita buscó su mirada y preguntó con asombro:
—¿A qué te refieres? ¿Pasa algo que yo no sepa?
—¡Qué va a pasar, mujer! Es una manera de hablar, ¿verdad? — preguntó Manuel.
El chico, que creía saber todo lo que Aurora conocía, intentó desviar la atención, pero Aurora lo miró y, poniendo su mano sobre el hombro del muchacho, dijo:
—Manuel, te importaría dejarnos solas un momento. Creo que ha llegado la hora de hablar con Margarita. Pero, si no te importa, quiero hacerlo a solas.
Margarita, desconcertada, los observaba a los dos.
El silencio se apoderó de la habitación.
Manuel miró a su novia e intentó decirle con los ojos que aquel no era el momento, que mejor lo dejara para otro día.
Aurora negó con la cabeza y volvió a invitarle a salir.
Él se levantó, cogió una pasta de la bandeja, el Diario Montañés que estaba sobre uno de los sillones y se dispuso a salir.
—Primo, si quieres, puedes esperar en el despacho de papá. Él no está y, además, vendrá tarde.
—No te preocupes, creo que no... bueno, sí, mejor espero allí.
En lugar de esperar, Manuel solicitó a Cionín que le diera su gabán y salió de la vivienda. Tenía que localizar a Elías.
No sabía dónde podía estar. Había bajado a la Gloria, había ido hasta el Club Marítimo y, nada, no aparecía.
Manuel continuaba buscando a su tío, tenía que contarle lo que estaba a punto de suceder.
Eso era algo que ya no podía evitar, pero, al menos, tenía que ponerle en conocimiento de los hechos.
Una vez que las dos mujeres se quedaron solas, durante un instante sus miradas se cruzaron en silencio. Margarita agarró la mano de Aurora y, sin dejar de mirarla ni un solo momento, la animó a que hablara, a que contara aquello que su corazón guardaba y que tanto daño le estaba haciendo.
—Cuéntame, Aurora. Dime, ¿qué pasa?
—Margarita, me vas a perdonar el atrevimiento.
La verdad, no sé cómo empezar. Esto es algo tan duro que estoy preparada para que en el momento que lo escuches me eches de tu casa a patadas.
Pero no puedo seguir así. Ya no. Cuando no sabía nada, yo era feliz.
Podía tener más o menos. Comer una vez al día, o dos.
Pero... era feliz. Ahora, desde que me desvelaron la historia que voy a contarte, no he tenido un solo día de paz, de tranquilidad, de felicidad, de sosiego.
Esto me aprieta el pecho, hace hervir mis entrañas, contrae todos mis músculos y genera un dolor tan grande que va a terminar acabando conmigo. Y, eso, no lo puedo consentir.
—No te entiendo. ¿Qué tienes? Dime, y procuraré ayudarte, te lo juro. Es más, estoy segura de que, al final, vamos a ser muy felices las dos. La sangre tira, no tengas miedo.
Aurora saltó de su sillón al escuchar aquella frase... “La sangre tira”... Sí, había dicho eso. Entonces...
—Sí, mi niña, sé qué es lo que tanto te duele, lo que llevas dentro.
Lo mismo que me duele a mí, lo mismo que yo llevo dentro desde que hace unos meses, Felipe, el amor de mi vida, me dijo.
.. Más que decirlo, lo leí antes de que muriera, solo unos días antes.
Encontré sobre la cómoda de la habitación de mi padre una carta dirigida a mí que estaba abierta.
La leí con atención y, para no levantar sospechas y que mi padre no supiera que conocía el contenido de aquella misiva, sobre todo por miedo, la copie como pude y la guardé.
Necesitaba tenerla. Aunque el horror de aquellas palabras me hizo enfurecer, tomé una decisión.
Primero, hablaría con Felipe; después, te buscaría y, por último, me encargaría de mi padre.
Pero nunca pude tener una conversación con Lipe sobre este asunto.
El destino, hasta para separarme de mi amor, fue duro, injusto y cruel.
Desde entonces, he soñado con este momento.
¡No sabes lo que significó para mí conocer tu existencia!
¿Por qué crees que dejé México y vine de nuevo? Lo hice por encontrarte.
—¡Un momento, no sigas! ¿Me estás diciendo que soy tu hija? ¿Y la hija de Lipe? Es eso lo que dices, ¿verdad?
—No, qué más quisiera yo que eso fuera así. Es más duro, más cruel y mucho más patético.