Capítulo 48
Tal y como había planeado, Lola consiguió salir antes de la fábrica.
Alegando que no se encontraba bien y después de estar durante toda la tarde quejosa y decaída, Ernesta, harta de escuchar hablar en el taller de sus dolencias, la había mandado para casa.
Eso sí, no sin antes advertirle de que, si mañana no estaba en su puesto, tendría problemas y de que, además, debía recuperar las horas que ahora dejaba de trabajar.
Aurora esperaba la visita de su amiga sentada en la cocina y conversando con su madre, a la vez que iba dando las últimas puntadas en el abrigo de Lola. Las dos hacían conjeturas sobre lo que la chica tenía que decirle.
—Cuando venga, os metéis en el cuarto. Así estáis más tranquilas.
—No. De eso nada, usted también tiene derecho a saber y, sobre todo, si es de padre. Es más, usted más que nadie. ¿Sabe una cosa? Voy a ir haciendo una tortilla de patatas y, así, pa cuando venga Lola ya la tenemos hecha.
Lola no tardó nada en llegar a la Calle del Sol.
Por suerte, se había encontrado con un conocido nada más salir de la fábrica.
El muchacho era repartidor de Cruz Blanca y, nada más verla, se ofreció a llevarla si esperaba un momento.
Antes, tenía que hacer una entrega en un bar cercano.
Lógicamente, Lola aprovechó la oportunidad y, en menos de diez minutos, ya estaba a la puerta de la casa de su amiga.
Le costó un poco quitarse de en medio al chico, del cual, por cierto, no recordaba su nombre.
Lo había conocido en una verbena en verano y no lo había vuelto a ver.
Todo el trayecto, el joven había ido echándole piropos e intentaba que Lola le diera una cita.
Pero ella solo tenía en la cabeza la conversación que debía mantener con su amiga y los motivos que la ocasionaban.
Así pues, le ofreció la mejor de sus sonrisas, le agradeció el viaje y lo despidió con cajas destempladas.
—¡Hala, chavalín! Gracias, guapín, otro diuca nos vemos, ¿eh? Que hoy no tengo tiempo pa cháchara.
La muchacha golpeó incesante y suavemente el llamador. “La Manca” se apresuró en abrir.
—¡Bueno, ya está aquí Doña Secretos! Por cierto, si solo son las ocho y media, ¿cómo es que has salido ya?
—Estoy malísima, “Manca”, ¿no ve que ojeras tengo? — Lola sonreía mientras contestaba.
—Lo que veo es que tienes una hostia bien guapa. Eso sí que lo veo. Y lo que sé es que como te vuelva a ver con ese sinvergüenza, la hostia te la voy a dar yo. Por tonta.
—¡Joé, “Manca”, cómo es usted! Ya le he dejao. De verdad, se lo juro.
—Más te vale. Que tú lo que tienes que hacer es buscar un hombre en condiciones y no un raquero como el Paco. Anda, pasa pa la cocina, que allí está Aurorín haciendo la cena.
Sin más preámbulos, Lola sacó del bolso la nota. La extendió sobre la mesa y, mirando a su amiga, la invitó a leerla.
Aurora hizo lo mismo con su madre. Le pidió que leyera con ella, pero Carmen, con un gesto, declinó la invitación:
—Tira, hija, tira... Ya me cuentas lo que pone, que no veo bien yo... esa letra.
La chica no quiso coger el papel. Tampoco se sentó. De pie, con ambas manos apoyadas sobre el tablero, comenzó a leer.
Lola y Carmen la observaban expectantes, pero Aurora no reflejaba ningún signo en su cara.
Se mostraba totalmente inexpresiva. Ante aquella situación, Lola dirigió a Carmen ciertas muecas con las que le deba a entender que no comprendía aquella actitud.
No podía creer que leyendo como estaba la que era la verdadera historia de su vida, se mostrara tan indiferente.
Cuando terminó de leer, cogió aquel papel arrugado, amarillo y roto, y lo miró por ambos lados.
Al observar que no había nada escrito en el reverso, lo posó de nuevo sobre la mesa.
—¡Di algo, mujer! — gritó Lola.
—¿Qué quieres que diga? Bueno, una cosa sí que digo...
Mientras soltaba las horquillas que sujetaban su moño y con sumo cuidado las posaba sobre la mesa iba pensando las frases que quería decir. No sabía cómo iba a reaccionar su madre. Por eso, quería ser cauta y rebuscaba en su vocabulario las palabras más adecuadas.
—¿Recuerda, madre, que dijimos que si alguien sabía quién era mi padre, ese era el viejo?
—¡Hombre! El cabrón ese lo sabe seguro.
—Pues sí, así es.
—Bueno y, ¿qué pone? Dime hija, que ya se me está saliendo el corazón por la boca con tanta espera. ¡Qué nerviosa estoy, carajo!
—“Manca”, no sé qué decir, pone lo que ya sabemos, o nos imaginamos... la carta está incompleta, seguro que en la continuación está la verdad. Pero tengo un presentimiento que en este momento me está ahogando.
Aurora bajó la cabeza. Le daba vergüenza lo que tenía que decir.
Sentía asco, estaba furiosa, rota por dentro.
Tomó aire, tanto que su pecho llegó a sentirse presionado y, aunque intentó expulsarlo suavemente, no puedo hacerlo.
Lo soltó de una vez. Al tiempo, se dejó caer sobre el viejo taburete; elevó todo lo que pudo su mandíbula, miró a los ojos a su madre y dijo:
—Mama, igual... la Margarita no es mi madre.
—¿Por qué dices eso? Entonces, ¿quién coño es?
Carmen se quedó pálida. Estiró su brazo al encuentro de la mano de Lola, quien la ayudó a sentarse.
—¡Me cago en el obispo de Santoña! ¿No va a ser posible que sepamos de quién eres, hija?
Ahora no eres de la Margarita... Pues, ¿de quién coño eres hija?
¡Qué asco! ¿Por qué todos estos ricos, hijos de su madre, se creen con el derecho de hacer estas cosas?
Pero tú, no te preocupes de nada, hija, yo estoy aquí, he sido tu madre.
.. ¡yo, “La Manca”! La que te ha dao de comer todos los días, te ha quitao los mocos y te ha curao los catarros. ¡Yo!
—Sí, madre, pues claro que ha sido usted.
Y como tal lo tengo en cuenta. ¿O qué piensa, que yo lo voy a olvidar, que voy a salir corriendo a pedirle explicaciones a vete tú a saber quién?
De eso ná . Prefiero dejarlo así. No tengo ningún interés en que se sepa.
Me da vergüenza. Esto, lo sabemos nosotras.
Solo nosotras tres. No quiero que nadie más se entere, ¿queda claro?
—Pues yo creo que debes de pedir lo tuyo.
—Lola, aquí no hablamos de dinero. Pueden metérselo todo por donde les entre. Yo no quiero ná. ¡Ná! Así que, como se te ocurra decir una palabra... ¡te corto la lengua!, ¿eh?
—Tú verás. Es tu vida. Yo no soy nadie pa decirte lo que debes hacer. Perdona, no tenía que haberme metido. Pero, bueno, al menos ahora sabes un poco más, y de boca de Lipe. Ahí te dejo el papeluco. Me voy, que mañana tenemos que madrugar.
—Espera, mujer. Tenemos la tortilla hecha. Siéntate con nosotras y cenamos tranquilamente. Así nos cuentas con más detalle qué pasó anoche con el Paco.
Aquella noche, Aurora apenas pudo conciliar el sueño.
Dio vueltas y vueltas en la cama. En algunos momentos, pensaba que debía de hablar con Elías y, directamente, preguntar por sus orígenes.
Otros, en cambio, el discurso era diferente; no diría nada, eso moriría con ella.
Por fin, casi a falta de una hora para levantarse, se quedó dormida.
Caminaban en el más absoluto silencio. Solamente el soplar del viento, que atizaba con fuerza en sus rostros, les hacía articular alguna frase suelta.
—Este viento pela, ¿eh? Fíjate que tengo hasta ganas de llegar...
—Yo también, estoy helada. Y eso que vamos rápidas, ¿eh? ¿Qué tal has dormido?
—No he dormido. Me he pasao la noche pensando.
Me duele la cabeza. ¿Sabes, Lola, lo que más me duele de todo esto?
Que voy a tener que verle la cara continuamente.
Que voy a tener que ir a su entierro cuando se muera.
Que voy a tener que invitarle a mi boda.
Que voy a tener que visitarle cuando esté enfermo.
¡Qué asco me da! Se me revuelve el hígado solo de pensarlo.
¿Sabes?, lo mejor será que deje al Manuel.
Así, no tendré que verles más la cara, en mi puñetera vida.
—Pero, ¿qué dices? ¡Tú estás loca! De eso ná . Lo que tienes que hacer es conseguir que el Lolo no tenga relación con ellos y punto. ¿Te parece que no has pasao suficiente como para que encima tengas que dejar a la persona que quieres? ¡De eso nada!
—Y, encima, para colmo, tenemos la visita a Margarita el sábado. ¡No me faltaba más! ¡Manda madre!
—Pues hazte la enferma, le dices al Lolo que estás mala y que no puedes ir. ¡Qué vaya él solo!
—No, yo pienso ir. ¡Con todas mis narices que voy a ir!
La conversación que mantenían ambas mujeres, terminó. Comenzaban a incorporarse compañeras que nada debían saber sobre aquel asunto.
Al entrar en el taller, Aurora vio revoloteando a Manuel.
Se notaba que estaba esperando su llegada.
El estómago le dio un vuelco, no era precisamente la persona a la que más le apetecía ver en ese momento.
Solo quería sentarse en su máquina y comenzar a trabajar.
Necesitaba evadirse de aquello, que su cabeza descansara, y el trabajo podría ayudarla.
Pero no pudo ser, allí estaba él. Le saludó como aquel que saluda a una persona que no le importa lo más mínimo.
El chico enseguida notó que le pasaba algo, pero no preguntó.
Le dedicó una sonrisa agradable y cariñosa y le deseó una buena jornada.
Aurora se sintió molesta con ella misma.
En el fondo, Manuel no tenía ninguna culpa de lo que había pasado.
Al levantar la cabeza para mirar cómo se alejaba, se percató de un pequeño detalle.
Aquel hombre que se alejaba, aquel hombre del que ella estaba enamorada, aquel hombre con el que hacía planes de futuro, quizá no era el indicado.
Un escalofrío recorrió su cuerpo y el cansancio, la baja moral que la acompañaba y el desánimo la hicieron sumergirse en el pesimismo.
Una suave caricia que una de sus compañeras le hizo en el brazo al pasar junto a ella la sacó de sus pensamientos y, de nuevo, puso los pies en la tierra y comenzó a trabajar.
Manuel, después del desplante que le había dado su novia, no volvió a aparecer por el taller.
Había transcurrido más de media jornada cuando comenzaron a escucharse voces en los pasillos de la fábrica.
Ernesta fue la primera en salir, los gritos sobrepasaban el sonido incesante y continuo de las máquinas.
Tras ella, un grupo de operarias se acercó a ver quiénes eran los que discutían.
Rápidamente, entró Maruja contando lo que estaba sucediendo:
—Menudo follón se ha liao ... la Flor y la Vicenta ¡tenían que ser ellas!
¡Si estas no se han podido ver en la vida!
Ya se llevaban mal la madre de una con la tía de la otra.
.. ¡Menudos cristos que montaban! Lo saben y van y las ponen juntas.
¡Pues menudo lío! Las dos de cabeza a gestión han subido.
Las ha enganchao la Ernesta por el brazo y casi las llevaba en volandas.
Lo mejor es que yo sé por qué ha sido. Ellas dirán que por la labor, ¡Ja!
¡De eso nada, monada! Resulta que el domingo estaba yo en la Austriaca, tomando un cafetucho.
.. porque una es muy elegante... y entró el novio de la Vicenta.
Sin querer, le seguí con la vista; escondida en una de las mesas del fondo, tanto que yo no la había visto, ¿sabéis quién estaba?
Pues, la Flor. ¡Tócate las narices! Por eso se ha liao la que se ha liao . .. ¡por el novio!
—Oye, Maruja... y tú, por supuesto que no se lo has contao a la Vicenta, ¿verdad?
Todas comenzaron a reír. Sabían de la afición de Maruja por llevar y traer “información”.
—¡Mira que eres, mujer! ¿Qué ganas tú con que estas dos se den una paliza?
—¡Ay, chica!, pues así le damos un poco de vida a la jornada, ¿no?
—Un día de estos te parten la cara, Maruja, ya lo verás.
Realmente, aquello, entre otras cosas, era lo que hacía más liviana y divertida la jornada.
Sería imposible soportar las largas horas de trabajo si no existieran pequeños incidentes, discusiones, comentarios y alguna que otra habladuría que corría como la pólvora por todos y cada uno de los talleres de la fábrica.
Aurora no pudo por menos que sonreír. Un montón de veces le había dicho a Maruja que guardara la lengua, pero la mujer no podía; era superior a sus fuerzas.
Era una compañera extraordinaria, siempre dispuesta a ayudar.
Eso sí, si eras amiga suya, una tumba; pero si, por el contrario, no eras santo de su devoción, podía resultar peligrosa.
A pesar de que todo el mundo sabía cómo era, la mayoría le tenía aprecio; o, quizás, era pena.
Su vida había estado llena de desgracias, era una de esas personas que había nacido con mala estrella y, a lo largo de ella, no se libraba de ninguna calamidad que pasara cerca.