Capítulo 47 #2
Dulce estaba, como cada semana, repartiendo en el vestuario los huevos que traía de casa. Aurora recogió su docena y le pagó las quince pesetas.
—¿Qué, Aurora, emparentaremos o no? Estos no parece que se animen.
—Sí, mujer, igual el año próximo. Ahora, buscando la casa, ¡están como niños con zapatos nuevos!
—¡Pero si les ha dicho mi tía la Nuncia que pueden vivir con ella! Asín la hacen compañía y, luego, seguro que se la deja al Fonso. No ves que es el niño de sus ojos. Aunque, también te digo, no vivo yo con la vieja ni por un chon de oro. ¡Menuda mala hostia que tiene!
—Pues no sé, la verdad. Ya nos dirán pa cuando.
Aurora se había quedado un poco sorprendida con lo que Lola le había dicho. ¿Qué era aquello qué tenía que enseñarle?
Manuel estaba hablando con algunos compañeros a la puerta de la fábrica y, al verla salir, se acercó a ella.
—Rubiuca, ¿quieres que te acerque a casa?
—No, que está chispeando y si no, en la moto, me pillo una chupa de mucho cuidao. Y, además, ya sabes que no me gusta mucho sentar el culo de medio lao , me siento ridícula.
—¿Qué vas hacer esta tarde?
—Voy a coser un poco. No tengo ganas de salir. ¿Y tú?
—Voy a ir a tirar unos bolos. Este año voy a jugar la liga.
—Otro tinglao que te has buscao. ¡En invierno el Racing y, en verano, los bolos! ¡Pues estamos apañaos !
—Bueno, no es seguro. Me lo han pedido porque necesitan gente y no les voy a dejar tiraos, ¿no te parece?
—A mí no me parece ná . Tú verás lo que haces. Pero esto no es plan, hijo.
Manuel, como hacía siempre, comenzó a lanzarle piropos y a hacerle carantoñas para intentar paliar el enfado de la chica.
—Anda, zalamero... ¡Déjame! ¿Cuándo vamos por fin a ver a tu prima?
—¡Ay!, se me olvidaba. Este sábado, sin falta, vamos. Quedé a las cinco. ¿Qué tal te va la hora?
—Bien, ya tengo ganas de quitármelo del medio.
—Mira que eres... Si la Margarita es buena chavala. No sé por qué la tienes tanta manía.
—¿No lo sabes?... ¿De verdad? ¡Anda que...! tengo que oír cada cosa sabiendo lo que sabes.
El chico bajó la vista avergonzado; Aurora tenía razón. La besó en la mejilla y cruzó la calle en dirección al grupo con el que conversaba.
Aurora decidió caminar. La angustia la invadió.
A medida que iban pasando los días, más le costaba asimilar todos los datos que había descubierto.
Y, ahora, además, había que añadir lo que Lola tenía de decirle.
No le cabía ninguna duda de que sería algo importante.
Si Cionín había encontrado algún documento en la casa, sin duda sería relevante.
Mientras caminaba, pensaba en Margarita.
No era cierto que le tuviera manía ni nada por el estilo.
Al contrario, sentía una pena inmensa por ella.
Era una mujer a la que su padre, su propio padre, le había arrebatado a su bebé.
¿Cómo tenerle rabia? Pero, a su vez, tenía dudas.
Si Lipe había vivido cerca de ella todos estos años, ¿cómo no le iba a contar que su hija estaba viva?
De camino, atisbó por delante de ella, a no mucha distancia, a Dora, otra de las hijas de Luisa. Aurora gritó su nombre un par de veces y, al mismo tiempo, echó a correr tras ella. La chica se volvió al escuchar como la llamaban y, al ver de quién se trataba, la esperó.
—Hola, ¿qué andas tú por aquí a estas horas? Y la niñuca, ¿qué tal está?
—Hola, hija. Pues, ya ves, vengo de ahí — dijo señalando el edificio —. De la Casa Socorro, tengo que ponerme una inyecciones todos los días y, como un pariente de mi marido es enfermero, me las ponen gratis. ¡Menos mal, que, si no, otro pico! Todo son gastos y ahora, con la pequeña, no veas.
—¿No trabajas, verdad?
—No, chica, estoy por buscar alguna casa, pero ahora estoy un poco débil, me está costando un poco pelar esto.
Menos mal que Gumer sí que tiene faena, al menos con el jornal de él vamos tirando.
Está en la Ibero Tanagra. Ahí le tengo haciendo platos, chica.
No está muy contento, pero... ¿qué le vamos hacer?
—Pues yo pensaba que se estaba bien allí, ¡tenéis economato y todo! Al menos, eso contaban el otro día en la fábrica unas compañeras que tienen allí parientes.
—Sí, mujer, si no está mal. Pero este... me ha salido un poco vago. Además, estoy preocupada, lleva unos cuantos días viniendo con unas melopeas de no te menees. Y yo, hija, ya sabes cómo soy; vamos, que no estoy dispuesta a soportar borrachos.
—Bueno, ten un poco de paciencia, igual lo deja.
—¡Qué va a dejar! Como no le deje yo un día de estos en la puñetera calle...
Las dos continuaron el camino, hablando de sus problemas. Aurora tenía mucho cariño a Dora y, aunque era unos años mayor que ella, siempre se habían llevado de maravilla. Había tardado en casarse y, al parecer, no había acertado.
Luisa y Carmen estaban en la calle con la chiquilla. Cuando las chicas las vieron, se extrañaron y, corriendo, se acercaron hasta ellas.
—¿Qué haces aquí con el frío que hay? ¡Me vas a matar de frío a la chiquilla!
—No te pongas farruca, ¿eh? — contestó Luisa, que parecía enfadada — ¿Qué voy hacer? Se me cerró la puerta y dejé dentro las llaves...
—Pero, si siempre la tenemos abierta. ¡Vaya cabeza que tienes! y la chiquilla... ¿helada de frío, no?
—Pues no, ¿igual te crees que llevo aquí una hora? He estao con “La Manca” en su casa.
Aurora y Dora se miraron y sonrieron. Ambas sabían que la fuerza se les iba por la boca. Seguro que habían salido a contarse alguna historia y la corriente había cerrado la puerta. Menos mal que, al menos, tenía a la chiquilla en brazos, que, si no, se hubiera quedado sola.
Al entrar en casa, el olor del guiso era espectacular. Aurora reconoció al momento lo que estaba oliendo.
—¡Besugo! Qué rico. ¡Con el hambre que tengo! Y, ¿a qué se debe tal acontecimiento, “Manca”? ¿Le ha tocao la lotería o qué?
Carmen se volvió hacia su hija y subió la barbilla. Con las manos sobre sus caderas y poniendo cara de interesante, dijo:
—Ya ves. Un flete nuevo que me he echao — y rió a carcajadas —. No mujer, me lo ha regalao el Fideluco. Que, por cierto, menudo disgusto me ha dao también. Me ha dicho que su madre, la Fidela, ¿te acuerdas de ella?, está muy mal la mi pobre.
—¡Cómo no! Siempre llevaba en los bolsillos del delantal caramelos y nos daba a todos los chiquillos.
—Pobrezuca, está hecha una mierda. No debe de quedarla mucho. Voy a ver si un día de estos me acerco a la Albericia, que está donde la hija. Por lo visto, ya no está pa estar soluca.
Esperaron un rato hasta que apareció Laura y las tres se sentaron a comer.
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Cionín estaba fregando los platos cuando sintió que alguien se ponía detrás de ella. Notó un pellizco en el brazo que la hizo saltar de dolor. Al volverse, pegado a su cuerpo, estaba don Elías.
El hombre la sujetó por los hombros. La chiquilla no podía moverse. Elías la zarandeó un par de veces y, después, la empujó contra una silla. Ella cayó al suelo, era incapaz de levantarse. El hombre la obligó a hacerlo.
—¿Dónde tienes lo que has encontrado en mi chaqueta el otro día? ¿Dónde está?
—¿El qué, señor? No sé de qué me habla. Yo no tengo nada.
La levantó del suelo, cogiéndola por el brazo y la arrinconó contra la pared.
Los ojos se le salían de las órbitas, estaba fuera de sí.
Cionín estaba muerta de miedo, no soportaba la cercanía de aquel hombre.
Él se retiró unos pasos de la chica y, por un momento, pareció calmado.
Pero como si el demonio se apoderara de él, volvió de nuevo a abalanzarse sobre la chiquilla, la cogió con las dos manos por el cuello y comenzó a apretar.
—Como aparezca ese papel en manos de quien no debe estar... ¡Date por muerta!
La empujó a la vez que la soltaba y, como si fuera una muñeca de trapo, la chica volvió a caer al suelo.
Cuando consiguió recuperarse del susto, se quitó la ropa de servir, se vistió y salió corriendo.
Ni tan siquiera se acercó a decirle a la señora que tenía que irse.
No podía, ni quería, encontrarse de nuevo con el señor.
Bajó las escaleras como si de un lince se tratase y, constantemente, volvía la cabeza hacia atrás por si aquel energúmeno la seguía.
Al llegar al portal, Abelardo estaba hablando con un hombre al que ella, rápidamente, reconoció. Era el inspector de policía.
Pasó por delante de ellos y, apenas sin voz, se despidió. Pero, en el momento en el que iba a salir, escuchó que Abelardo la llamaba.
—Cionín, niña, espera... este señor quiere hablar contigo un momento.
—¿Conmigo? No, no, yo no sé ná . Yo no tengo ná que decir.
Y echó a correr como si las ánimas del purgatorio la persiguieran.
Tras ella, y dejando con la palabra en la boca al portero, el hombre salió.
Le bastaron unos metros para alcanzar a la muchacha, la cual, sofocada y a punto de perder la respiración, ante los gritos del hombre para que se detuviera, decidió hacerlo.
—¡Cómo corres, chamaquita! Solo quiero hacerla unas preguntas.
—Yo no sé ná, poco le voy a poder decir.
—Bueno, déjeme decidir a mí si son o no son importantes sus respuestas. ¿Cuánto hace que trabaja en la casa?
—Apenas un mes y medio.
—¿Ha notado usted algo extraño en el comportamiento del señor?
—Yo ná , qué tengo yo que notar, apenas hablo con él. Yo estoy con la señorita Margarita. Con el señor no tengo ná, ná de ná ... y ni lo quiero, que menudo cascarrabias es.
—¿Quién suele visitar la casa?
—Alguna vieja... Perdón, alguna señora que viene a ver a Margarita, su primo y poco más. ¡Ah, bueno! y los chicos de los recaos que nos traen las cosas de la tienda; el lechero, la panadera...
—Ya, ya veo, pero yo me refiero al señor. Ha visto usted por casualidad alguna vez en la casa, o rondando por aquí, a esta persona.
El agente sacó del bolsillo interior de su abrigo una foto que mostró a Cionín. La muchacha la miró atentamente durante un rato. Mientras lo hacía, con la cabeza negaba reconocer a la persona que le mostraba.
—No, no he visto en la vida a este señor. Es guapo, si le habría visto me acordaría, seguro.
El hombre tiró de la fotografía, que aún sujetaba Cionín, y volvió a guardarla en el bolsillo.
—Ya, ya, muy guapo... Si ve a este hombre me gustaría que me tuviera informado. ¿Tiene usted algún inconveniente en hacerlo?
—No, a mí no me importa, si le veo ya se lo digo. Me voy, que tengo mucha prisa, porque... ¿ya está, verdad?
—Sí, ya está. Bueno, una cosa más. ¿Vio usted por aquí a Engracia Guzmán?
—¿Y esa quién es?
El agente sacó otra foto y se la mostró. —Es la mujer que apareció muerta — dijo.
—¡Ah! Esta es la tía de la Aurora, no la conocía... ¡Qué cara de bruja tiene, madre! No, no la vi yo a esta por aquí. No la vi en mi vida. Y eso que suelo ir a la plaza pero en el puesto de ésta se conoce que nunca he comprao ná.
—¿La tía de quién dice que es? ¿De Aurora?
—Sí, es amiga de mi prima la Lola. Pero... ¡oiga! La Aurora es una buenísima muchacha, ¿eh? No piense usted en ná raro, que ella va a lo suyo.
—Entonces, ¿nunca la vio hablar con el señor?
—Otra vez, ya le he dicho que no. No la vi nunca. Y me voy, ¿eh? Que se me hace tarde...
Cionín no esperó la respuesta del hombre y continuó su camino a paso ligero.
Su prima tenía razón. Era un policía. Si no, ¿por qué iba a hacer las preguntas que hizo?
Había hecho bien diciendo que no la había visto nunca.
O, quizá... debió decir que Engracia había traído una nota para Elías.
Bueno, mejor en estos casos no decir ni mú.
El viejo era un peligro. Pero ella no pintaba nada en esa historia.
Siguió caminando mientras pensaba en la conversación que había tenido con el agente y en cómo iba a hacer para recuperar la carta que había sacado de la chaqueta de Don Elías.
Lo mejor iba a ser colocarla en otro bolsillo.
Tenía miedo de lo que aquel hombre pudiera hacerle.
La chiquilla entró en casa, llamando a gritos a su prima.
Al no obtener respuesta, recordó que Lola estaba trabajando.
Se dirigió a la cocina en busca de la misiva.
Pero allí no estaba. Revolvió sin resultado la habitación y toda la casa, pero no aparecía por ningún lado.
Posiblemente, Lola ya la habría visto y se la habría guardado.