Capítulo 47
Elías estaba malhumorado. No le había gustado nada la visita de aquel agente. Si bien las preguntas no habían sido del todo directas, algo le hacía pensar que podía ser sospechoso del asesinato de Engracia.
Él había intentado dejar todo bien atado para que ninguna pista le delatara pero, al parecer, algo había fallado o alguien se había ido de la lengua.
Aunque lo que más le había llamado la atención fueron las preguntas que le había hecho con relación a Lipe.
No le había dado ningún nombre, pero las circunstancias que había descrito y el modo de interrogar apuntaban hacia ese asunto.
Además, el acento de aquel hombre era mejicano, él lo conocía de sobra y, aunque lo había intentado disimular, era perfectamente reconocible.
La mañana, como de costumbre, dada la época del año, era húmeda y fría.
Igual que aquellas en las que Elías, muy temprano, apenas salía el sol, se sentaba en el porche de su opulenta casa a contemplar la inmensidad de sus terrenos.
En ese momento, recordó que solía utilizar una chaqueta de lana gorda, en la cual, por cierto, había guardado una nota importante.
Su corazón se aceleró aún más de lo que ya estaba y comenzó a buscar en su armario aquella prenda.
Sacó casi todo su vestuario del ropero y lo fue tirando sobre la cama.
La prenda no aparecía. Nervioso, entró en la cocina y, a voz en grito, preguntó a las mujeres si sabían dónde estaba.
Cionín, aterrada, le contestó que, siguiendo las instrucciones de Doña Margarita, ella misma la había llevado aquella mañana a los Capuchinos junto con otras, viejas y en desuso.
Elías enfureció. Salió de la estancia como alma que llevaba el diablo y, al momento, las dos mujeres escucharon el estruendo que la puerta de la calle produjo al cerrarse.
Cionín estaba colorada como un tomate. ¿Y si el motivo por el cual el señor buscaba aquella chaqueta era por el papel que había en el bolsillo? ¿Qué iba a hacer si le preguntaba, si había visto algo en ella?
—Vamos, ¿quién, yo? La hija de mi madre no ha visto ná . Ná de ná . Por mis huesucos. ¡Yo no he visto ná ! ¡Como si tengo que jurar delante la Biblia! — repetía a media voz Cionín mientras fregaba, remangosa, el suelo de la cocina.
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Carmen no perdía la costumbre de bajar a la lonja cada mañana. Lloviera o hiciera sol, la pescadora se adentraba en el local y conversaba durante largo rato con unos y otros.
—¡Coño, “Manca”, cuánto tiempo sin verte!
—¡Hombre, Fideluco! ¿Pues cómo tú por aquí a estas horas? ¿Qué tal la Fidela? Dale recuerdos y dila que a ver si se anima y viene a vernos.
—La vieja está muy jodida. No sabemos muy bien, pero algo la entró que la está destrozando. Ha bajao como veinte kilos. No es ni su sombra. Se nos apaga, “Manca”...
—¿Qué me dices? ¡Si no sabía ná ! ¿Está contigo en el Astillero o sigue en el Arrabal?
—Está con la Monse en la Albericia. Hay que atenderla. Ella ya no puede hacer ná .
—¡Vaya, hijo! Pues ya lo siento... ¡Joder, vaya mierda de vida! Toda la puta vida tirando del carro pa que ahora nos pasen los bueyes por encima. Dala un besuco muy grande de mi parte.
—Ya se lo digo, no creas que se me va a olvidar. Toma, llévate este besugo y se lo pones a las chiquillas pa comer, todavía está vivo el cabrón.
—¡Ya lo veo! Muchas gracias, Fideluco. Y no te olvides de besar a tu madre de mi parte, ¿eh, hijín?
La Fidela apenas tendría dos o tres años más que ella.
Junto a Luisa, las tres, habían corrido de feria en feria, habían trabajado de sol a sol desde bien pequeñas y habían criado a los hijos.
Una sensación de pena se apoderó de ella.
No hacía tanto que la había visto por última vez, quizás en el Carmen, y si bien no tuvo ocasión de saludarla, no le había parecido que su aspecto fuera malo.
Bajó hasta el muelle a recoger un poco de gasoil que Nando le había pedido y, con las mismas, se acercó hasta San Antonio. Recordaba que la Fidela le tenía gran devoción al santo casamentero y quiso poner una vela para pedir por su mejoría.
Carmen se dirigía a la salida de la iglesia, cuando vio a Elías conversando con uno de los curas capuchinos. El hombre gesticulaba en exceso, parecía enfadado. El cura, por su parte, intentaba calmar sus ánimos.
Carmen procuró no ser vista, pero Elías, en uno de sus gestos, volvió la cabeza y se topó con ella.
La mirada se hizo oscura, preñada de un odio irracional, casi demente.
La mujer, amedrentada, hizo caso omiso de la misma y, como aquel que nada ha visto, continuó su camino saliendo de la iglesia deprisa.
El padre de Margarita caminaba a paso ligero.
Por suerte, había recuperado lo que buscaba, pero no por completo; solamente una parte de aquella carta que Lipe había remitido a su hija.
Con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, era la viva imagen de una persona totalmente desquiciada.
Releer de nuevo aquello le había traído recuerdos para él desagradables.
Decidió tirarla, no podía consentir que cayera en manos de Margarita.
Pero consideró más oportuno quemarla tranquilamente.
Así, no quedaría ni rastro de ella. Su ira iba en aumento; faltaba una parte de aquella nota y no recordaba que era lo que ponía en ella.
Dejó atrás el portal de su casa y, ensimismado en sus pensamientos, ni tan siquiera se percató del saludo de Abelardo. El portero, aun siendo consciente del agrio carácter del hombre, se sorprendió con su falta de educación.
Iba pensando en qué era lo que podía haber hecho con aquel asqueroso papel.
Maldecía la confianza que había depositado en Felipe.
Le había estado mintiendo durante años. Había sido él, sin duda, el culpable del embarazo de su hija y, además, de una manera directa, también lo había sido de que ella jamás aceptara casarse con nadie.
¡Cómo iba a hacerlo si había vivido un romance con el criado durante años!
Años en los que él había estado engañado, en los que un raquero cualquiera se había estado riendo de un señor como él.
Había confiado también en él para deshacerse de aquel bebé, fruto de sus devaneos con aquella pasiega alta y delgaducha y, en lugar de eso, se había quedado con aquella niña y se lo había contado a su madre, a su hermana y solo Dios sabe a cuantas personas más; además de intentar desvelarle a Margarita todo aquello.
Se había aprovechado de él para pasar el resto de sus días con Margarita y, a cambio, le había traicionado una y otra vez.
Gracias a que había interceptado aquella carta, su hija nunca había llegado a enterarse de sus trapos sucios.
Había sido una suerte que le entregaran a él la nota; por eso, y por curiosidad, a pesar de venir a nombre de su hija, había conseguido verla antes que ella.
De no haber sido así, Margarita le hubiera repudiado.
¿Qué puede pensar una hija de un padre capaz de cometer cualquier tipo de atrocidad por salvar su pellejo?
Pero, ahora, todo estaba manga por hombro. Tenía serias dudas de que no llegara a ser descubierto. No solo pesaba sobre él un asesinato, el de Engracia, sino también el de Lipe. Según los datos que aquel policía le había dado, ya se sabía que la muerte del criado había sido un homicidio.
Pero, ¿qué podía hacer él? No tuvo más remedio que quitarle del medio. No podía consentir que su hija se enterara. Y, sobre todo, tenía que vengar la honra de su apellido, manchada por un simple pescador de tres al cuarto.
Se reafirmaba él mismo en lo que había hecho.
Aquellos asesinatos estaban totalmente justificados.
Además, su posición social lo ampararía, sin duda; y sus amigos, jueces, políticos, abogados y gente de cuna, sin duda, le ayudarían en todo lo que necesitara de surgir algún problema con la justicia.
El dinero lo podía todo. Y él, de eso, aún tenía.
Debía encontrar aquel maldito trozo de papel antes de que cayera en manos de cualquiera.
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—¡Lola!, ¿estás tonta o qué?
—Perdona, hija, que tengo prisa.
Lola empujó la puerta oscilante de la portería de mujeres sin fijarse en si pudiera haber alguien tras ella. A decir verdad, la pequeña ventana que tenía para tal fin le quedaba un poco alta y, con las prisas, había presionado la misma sin miramientos.
Subió las escaleras a todo correr y se dirigió hasta el taller. Según iba llegando, divisó a su amiga al fondo del mismo.
—¡Uf, menos mal que eres siempre la que más tardas en salir!
—¿Qué te pasa? Vienes ahogada, hija.
—Luego, a la noche, cuando salga, voy pa tu casa. Tengo algo que enseñarte.
—Pues enséñamelo ahora, ¿no?
—No. Aquí no es el sitio, ¡que estas paredes oyen! A la noche, en tu casa. Me bajo, que ya voy tarde.
—¡Espera, mujer! Que yo también voy pa bajo contigo. Pero, ¡qué misterio te traes! Y... ¿Qué coño te ha pasao en el ojo? Otra vez el cabrón ese, ¿no?
—Sí, pero eso... ya está solucionao. Lo que tengo que contarte es algo tuyo. Sobre tu padre.
—¿Sobre mi padre?
—Sí. Cionín me trajo ayer un papel que encontró en una vieja chaqueta. Te va a dejar de piedra. Pero luego lo ves. Saldré a todo correr. Es más, si puedo, voy a ver si me pongo mala y me puedo ir pa casa antes.
—Ten cuidao, que no están las cosas pa hacer el tonto. Por menos te ponen en la puñetera calle.
—Tú déjame a mí, anda. Bueno, adiós.
Ernesta, la maestra, como siempre, con el carácter que la identificaba, esperaba a la puerta del taller número uno, con los brazos cruzados, a que todas sus operarias se situaran en sus correspondientes puestos.
—¡Dolores Ceballos! Como siempre con el tiempo pegao al culo, ¿eh? ¡Venga, que te estoy esperando!
—¡Ya voy, mujer! Es que hoy me encuentro de mal... Fíjate que ayer por la noche me maree y mira que leche me pegué contra la mesa de la cocina, casi me saco un ojo.
—Tienes tú más cuento que Calleja. Pasa, que se te enfría la máquina.