Capítulo 46
Cionín trasteaba por la habitación de Don Elías y, animosamente, canturreaba “Tatuaje” como si de la mismísima Concha Piquer se tratase:
Él vino en un barco, de nombre extranjero. Lo encontré en el puerto un anochecer, cuando el blanco faro, sobre los veleros, su beso de plata dejaba caer.
Margarita le había pedido que recogiera toda la ropa usada, tanto de su padre como de ella. Después de revisarla, la tenía que llevar a San Antonio. Pero, si había alguna cosa que ella o cualquiera de su familia necesitara, podía quedarse con la prenda.
Su canción quedó interrumpida, de repente, cuando por la puerta de la habitación asomó Don Elías.
—¿Muy contenta está usted? ¡Aquí se viene a trabajar! No a dar cantinelas y a molestar.
—Sí, señor, perdone. No era mi intención molestar.
—¡No me falta más! Una “cantante” de pacotilla rondando por la casa.
La chica se puso nerviosa. La visita de Elías la había cogido por sorpresa. No entendía por qué aquel hombre le tenía tanta manía. Ella solamente se ocupaba de trabajar, pero aquel hombre la odiaba. Continuó con su labor en silencio. Pero, para sus adentros, siguió cantando.
Revisaba los bolsillos de las prendas, tal y como su señora le había indicado.
Al meter la mano en uno de ellos, en una vieja chaqueta del señor, notó que había dentro unos papeles.
Los sacó y los posó sobre la cama. Cionín apenas sabía leer; lo justo.
Le costaba un gran esfuerzo descifrar lo que ponía.
La letra no era muy clara, el papel estaba muy estropeado y se había borrado un poco la tinta.
No obstante, la curiosidad le pudo. Tuvo la sensación de que allí ponía algo interesante.
Para evitar ser descubierta, volvió a doblar los papeles y los metió en el delantal.
Durante toda la tarde estuvo pensando en el contenido de aquellos trozos de papel.
Estaba deseando llegar a casa y mostrárselos a Lola.
Entre las dos, seguro que eran capaces de leer lo que en ellos estaba escrito.
Para evitar que se le olvidaran, se acercó hasta el cuarto de servicio y los escondió en el bolsillo interior de su viejo abrigo.
La tarde se le hizo terriblemente larga.
Además, como Toñuca no se encontraba bien, tuvo que encargarse de la cena.
Puso el servicio en la cocina, tal y como le había indicado Margarita, limpió los fogones y dejó sobre la lumbre un par de pocillos con sopa y unas tortillas francesas.
Sobre la mesa, dos manzanas asadas. Don Elías, no tardaría en llegar y la cena aún estaría caliente.
En cuanto todo estuvo preparado, se quitó el delantal y lo colgó, como siempre, detrás de la puerta de la despensa.
Agarró el abrigo y salió corriendo del piso por la puerta de servicio.
Bajaba las escaleras de dos en dos cuando, a medida que iba llegando al portal, escuchó hablar y reconoció al momento la voz ronca y prepotente de Don Elías.
Conversaba con otra persona a la que no conocía.
Bajó poco a poco las escaleras y, por el hueco, miró hacia abajo, intentando divisar al otro individuo.
Después de un rato de espera, y a pesar de agudizar su oído al máximo, no conseguía escuchar con claridad la conversación que ambos hombres mantenían.
Pero sí que pudo apreciar, cuando el otro personaje alzaba un poco la voz, que tenía acento extranjero. Parecía mejicano.
Cionín bajó un par de escalones más, para ver si podía divisar a aquel hombre y, por fin, lo logró.
Fue solo un instante, porque los hombres ya se despedían.
Elías mantenía las puertas exteriores del ascensor abiertas mientras hablaba con aquel sujeto.
Le hizo un gesto de desgana, se dio la vuelta y se metió dentro.
El hombre se quedó durante un momento viendo como ascendía el elevador y, luego, se marchó.
La chiquilla salió detrás de él. Tenía que verle la cara.
Estaba intrigada por saber quién era aquel hombre.
Echó a correr tras él y, al llegar a su altura, tropezó ligeramente con él, fingiendo que se caía al suelo y se daba un batacazo.
Él se volvió, sobresaltado y molesto, pero al apreciar que se trataba de una chiquilla que, distraída, lo había golpeado sin querer, se agachó con idea de ayudarla.
Cionín se levantó antes de que el hombre pudiera echarle mano.
Pidió excusas y continuó su camino. Subió las escaleras que daban a Juan de la Cosa para evitar ir por delante de él.
Los ojos negros y profundos de aquel hombre habían helado su sangre.
Su mirada tétrica la había atravesado y su aspecto la había acongojado.
Era muy corpulento y musculoso. Tenía la barba muy cerrada y estaba a falta de afeitado de varios días.
Su pelo era negro y abundante, además de largo y desmadejado.
Y su voz, gruesa, atravesó sus oídos, solo con aquella escueta frase.
La chica lo había reconocido. Era un hombre que llevaba días deambulando por Canalejas y Tetuán.
Ella le había visto, en varias ocasiones, entrar y salir de las tabernas y bares de la zona.
Siempre solo, cubierto con un abrigo de paño oscuro que casi llegaba hasta sus pies y con un cigarro habano entre sus dedos.
Pero... ¿Qué demonios hacía aquel extraño hablando con Don Elías?
La chiquilla cada vez tenía más claro que el viejo no era trigo limpio.
Cuando llegó a casa, Lola no estaba. Sacó del bolsillo los papeles y los posó sobre la cama. Estaba cansada, había sido un día largo, apenas había parado un momento. Se dejó caer en el catre y no pudo evitar que sus párpados se cerraran.
El sonido de la puerta al cerrarse hizo que se incorporara, asustada y apresuradamente. Su cuerpo adormilado casi tropezó con el de su prima. Las dos se sorprendieron con el encontronazo y rieron por el incidente.
—Hija, casi me dejo la nariz. ¿Qué andas haciendo? ¿Preparaste algo pa cenar?
—¿Qué hora es? He llegao, me tiré en la cama y me he quedao dormida, prima.
—Estás tú preparada pa la vida moderna. ¿Tanto has trabajao, mujer? ¡Ya te digo yo a ti lo que es trabajar de verdad! Como consiga algún día meterte en la fábrica, ya te puedes preparar, que tú eres capaz de quedarte dormida encima de la máquina.
—¡Jolín, Lola! estaba cansada, no he parao en todo el puñetero día, ¿eh? De verdad.
—Anda, anda... tira pa la cocina y vamos a cenar, que tengo un hambre que me muero.
Mientras trasteaban y buscaban algo que cocinar, Cionín puso al corriente a su prima del hallazgo de las notas.
Lola quería cenar. No le estaba prestando demasiada atención a la chiquilla.
Para acallar su conversación, le dijo que después verían que contenían aquellos papeles.
Pero, de poco le sirvió, la muchacha tenía ganas de conversación.
—Oye, Lola. ¿Tú no has visto por ahí a un tipejo melenudo con una gabardina que casi le llega hasta las pies?
—¿Uno muy grande con unos ojazos negros preciosos?
—¿Preciosos? ¡Meten miedo, hija! A mí no me gustan.
—Pues, a mí, sí. Está guapísimo el mozo. Le he visto varios días en el bar de Uco, cuando he ido a por el cuartillo de vino. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque ha estado hablando con el viejo. Les he pillao esta tarde hablando en el portal.
—¿Sí? Pues es raro, ¿eh? Según me dijo el Uco, por lo visto es uno de la Secreta que ha venido de Madrid pa investigar el caso de la tía de la Aurora.
—¿De verdad? Y, entonces, ¿qué carajo hacía hablando con el puñetero viejo?
—Igual el Elías se ha cargao a la Engracia — Lola soltó una carcajada al ver la cara de pánico que se le ponía a su prima.
—¡Qué tontuca eres, hija! No me faltaba más, ¡con el miedo que yo le tengo! Aunque, porque no tenían nada en común que, si no, a mí no me extrañaría nada que el cabrón ese se haya cargao a alguien alguna vez.
Ya estaba la mesa servida cuando alguien comenzó a aporrear la puerta. Cionín se levantó con idea de ir a abrir, pero Lola le hizo sentarse de nuevo. Ella iría a abrir.
Lo hizo sin preguntar, pensando que podía ser alguna vecina, pero quien tocaba con tanta insistencia era Paco.
—¿Qué coño haces tú aquí a estas horas?
—Ya ves... A hablar contigo, a cenar algo y... a quitar el frío. O... ¿piensas dejarme sin cenar?
—Te dije el otro día que esto se había terminao. No quiero saber nada de ti. Asín que... arreando, ¡qué corra el aire, guapín!
Al ver que la muchacha no iba a permitirle el paso, Paco empujó a la chica y se coló dentro de la casa.
Cionín, en cuanto reconoció la voz, salió de la cocina y corrió junto a su prima. Lola, con la puerta abierta, le instó de nuevo a irse y volvió a repetirle que no quería saber nada de él. Pero Paco, como no podía ser de otra manera, iba pasado de vinos y se abalanzó hacia la mujer como un loco.
La cogió con fuerza por el brazo y empujó con su pie la puerta.
Esta se cerró de golpe. Lola quedó arrinconada.
Ante los intentos de la joven por liberarse, él le propinó una bofetada que la hizo tambalearse.
Cionín intentaba separar a aquel hombre de su prima, pero también sufrió su ira.
Un codazo intencionado fue a parar a la mandíbula de la chiquilla, que cayó sobre sus posaderas.
Como si de un rayo se tratase, Cionín se levantó y corrió hacia la cocina.
Allí agarró la pequeña sartén donde solo hacía un instante habían hecho la cena y le arreó todo lo fuerte que pudo a Paco con ella; en la espalda, en los brazos, en las piernas.
.. hasta que, al ver, que no soltaba a su prima y que seguía golpeándola como si de un saco se tratase, le atizó con ella en la cabeza lo más fuerte que pudo.
El hombre cayó desplomado. Ambas se miraron pensando que lo había matado.
Lola saltó sobre el cuerpo de Paco y se abrazó a su prima.
Ninguna de las dos se atrevía a acercarse a él y, durante un instante, permanecieron juntas e inmóviles.
Cionín pasó la mano por la cara de Lola con intención de limpiar la sangre que manaba de su nariz. Esta la apartó, cogió la sartén, se acercó a la cocina y llenó la misma de agua. Dejó caer sobre la cara del maltratador todo el contenido de la misma y este, al momento, reaccionó.
Con un cuchillo de grandes dimensiones en la mano, Cionín, al ver que el hombre se incorporaba, le advirtió en actitud amenazante:
—No se te ocurra acercarte, porque... ¡por la madre que me parió que te rajo de arriba abajo como si fueras un bocarte!
Paco dirigió la vista hacía Lola y, mientras pasaba su mano por su cabeza dolorida, volvió a amenazarla otra vez más.
—No creas que esto queda así. Tú y yo... ya nos veremos.
La muchacha, más que mirarle, clavó sus ojos llenos de odio sobre los de él, levantó la cara ensangrentada por los golpes recibidos e intentó que su párpado derecho se abriera, ya que estaba casi cerrado por completo. Sin temblarle la voz, dijo:
—Estas son las últimas hostias que me has dao. No me mires más, no me sigas más, no me hables más. Olvídate de que existo. Porque, si vuelves tan siquiera a mirarme alguna vez, ¡te juro por mi puñetera madre que te mato, hijo de puta!
—¡Uf, que miedo! Pero qué payasa eres... Te salvas, so puta, porque mañana me voy de aquí. Si no, ya íbamos a ver si te miraba, te tocaba y lo que me diera la gana. ¡Adiós, so pendones! ¡Que os jodan!
Cionín acompañó a Lola hasta la cama. La muchacha apenas podía sostenerse en pie. Con cariño y cuidado, limpió las heridas de su prima y colocó sobre su maltrecho ojo un paño húmedo y frío que cambiaba constantemente.
Lola se quedó dormida. La chiquilla cerró lentamente la puerta de la habitación y volvió a la cocina. Allí, rompió a llorar. Lloraba de miedo, de rabia, de impotencia, de odio... Lloró desconsoladamente durante un rato, hasta que el cansancio hizo que se quedara dormida sobre la mesa.
Lola se levantó al cabo de tres horas y no se atrevió a despertar a la muchacha.
Cubrió su cuerpo con una vieja manta y se sentó a tomar un vaso de leche.
Al fijar la vista sobre la mesa, vio las notas que tan insistentemente Cionín había intentado que leyera.
Por curiosidad, más que por ganas, comenzó a leer.
Amada Margarita:
Llevo años guardando en mi pecho una pena que ahoga mis entrañas. Han sido muchas las ocasiones en las que he intentado hablarte, contarte este secreto, destapar, de una vez por todas, esta historia cruel que mi ser protege, pero no he podido ni he sabido hacerlo.
Por eso, ahora, he decidido escribirte estas letras. Vaya por delante mi solicitud de perdón. Nunca he tenido intención de hacerte sufrir y, quizás, ese ha sido el motivo fundamental por el que he callado tantos años.
El mismo día que nació nuestra pequeña, nació otra niña más en aquella casa.
Recordarás que había una chica trabajando en la casona que estaba embarazada igual que tú.
No consigo recordar su nombre. Apenas hablé con ella un par de veces.
Pues bien, esa mujer tuvo una niña y, aquella noche, tu padre puso en mis brazos el cuerpo diminuto de una recién nacida.
Primero, pensé que era nuestra hija, pero él me aseguró que no.
Me dijo que, afortunadamente, aquella bastarda había nacido muerta.
No sabes que dolor sentí. Con aquella criatura en los brazos, me pidió que me deshiciera de ella.
Yo no entendía por qué debía hacerlo y, ante mis incesantes preguntas, tu padre, sin decir palabra, me dio una nota y volvió dentro de la casa.
Pero no tuve valor. Sin saber qué hacer, no se me ocurrió más que llevarla a mi casa.
Ahora, seguro que te estás preguntando qué tienes tú que ver con esa criatura y por qué tu padre me pidió aquel disparate.
Hasta ahí llegaba el texto que Lola podía leer, se notaba que formaba parte de una carta más extensa, faltaban hojas que completaran aquella historia.
Le dio la vuelta al papel, esperando encontrar algo más, pero estaba en blanco.
No aparecía ninguna fecha, ni se veía la firma.
Aunque estaba claro que quien la había escrito era Lipe, el marido de “La Manca”.
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Tenía que poner al corriente de aquello a su amiga.
Lola desconocía los datos que ya tenía Aurora sobre su nacimiento.
Desde que había tenido aquella metedura de pata con Manuel, no habían vuelto a hablar del asunto.
No sabía muy bien cómo iba a contárselo.
Además, tendría que esperar, ya que justo al día siguiente había pedido permiso para cambiar su turno y no iba a coincidir con su amiga.
Y, por supuesto, la fábrica no era el mejor lugar para hablar de ese asunto, cualquiera podría escuchar la conversación y, como la pólvora, correría de boca en boca.
Dobló el papel con cuidado y volvió de nuevo a la cama. Eran las cuatro de la mañana. Con la luz del día, tendría las ideas más claras y, seguramente, se le ocurriría algo.