Capítulo 45
Carmen estaba feliz. Tenía a sus hijas en casa y a Nando rondando todo el día tras ella.
Se encontraba muy bien. A pesar de ser esas las primeras navidades que no estaba Juanín, se sentía contenta.
Lógicamente, lo echaba en falta. Pero, los últimos años, más que un hijo, había sido un calvario para ella.
Quizá, lo que había pasado fue lo mejor.
No obstante, no pudo evitar sentir dolor por su pérdida y notó cómo por sus mejillas resbalaban lágrimas amargas, llenas de dolor y tristeza, pero, a la vez, envueltas en un aura de tranquilidad.
Una contradicción que la desconcertaba, era como si su cuerpo y su alma sintieran de diferente manera.
El llamador le hizo volver a la realidad.
—Hola, Luisina, ¿qué tal, hijuca?
—Bien, he subido a verte porque, si no, tú no bajas, ¿te debo algo o qué?
—No, mujer, que tonta eres. He estao muy liada.
—Pues yo te he estao esperando toda la tarde para contarte una cosa y... nada, tú sin aparecer.
—Y, ¿qué me quieres contar? ¡Habla, hijuca! Ahora, ¿no pensarás dejarme en ascuas, no?
—La hija de la Cuca... ¡Está preñada! — soltó Luisa como quien deja caer una bomba.
“La Manca” dejó lo que estaba haciendo y, con los brazos en jarras, soltó una carcajada burlona y forzada. Las dos mujeres continuaron con su conversación entre risas.
“La Cuca” era una vecina, criticona y cotilla, que de todos hablaba y de todo sabía.
Esta vez, el centro de las críticas y de los cotilleos iba a ser ella.
Su inmaculada hija, que atesoraba desde niña aires de grandeza, había cometido el mismo error que otras muchas chicas del barrio.
Tantas veces su madre había recriminado el hecho en otras muchas que, ahora, le esperaban comentarios de todo tipo.
Se rumoreaba, además, que la moza no tenia novio conocido por más que “La Cuca” se empeñara en decir que era un abogado de Madrid que su hija había conocido en verano.
—¡Mira que te lo he dicho! Un día la cae todo en la boca. Las que tenemos hijas no podemos hablar ¡que un calentón lo tiene cualquiera, Luisa! Y, si no... que nos lo digan a nosotras, ¿eh?
—Calla, calla, que menudas pájaras éramos tu y yo, hija.
—Y ahora, porque ya estamos viejas, que si no.
.. ya te digo yo. Menudos hombres que se ven por ahí, hija.
¿Te acuerdas... el día que te perdiste con.
.. aquel carbonero que estaba pa comerle hasta los deducos.
.. ¡Joder, tu madre!... qué palos te dio al doblar la esquina.
No se me olvidará en la vida... Yo que me asomo, la otra que me ve y.
.. “¡Manca! ¿Está la Luisa contigo?”... Yo no sabía dónde meterme y vas tú y apareces, en pleno diciembre, con unos coloretucos que bueno. .. ¡y el abrigo en la mano!
—Calla, calla, menudo filete que nos habíamos dao . Di que, con los palos que me dio mi madre, se me pasó el calentón en un momento.
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Afortunadamente, la sirena de la fábrica sonó.
Aurora no recordaba un día en el que hubiese tenido tantas ganas de escuchar ese sonido como las que tenía hoy.
Recogió sus cosas corriendo y salió rápidamente hacía el vestuario.
La cola de registro de mujeres iba rápida.
Había ganas de volver a casa. Cuando Aurora y Lola salieron, Manuel las esperaba.
Los tres, bien abrigados, comenzaron a descender por Monte Caloca, cruzaron la estrecha Fernández de Isla y se dirigieron hacía Jesús de Monasterio.
Al llegar a la altura de la Sala Narbón, dos chiquillos apostaban por ver cuál de ellos se mojaba más las ropas bajo el canalón roto que incesantemente soltaba agua.
Aurora reconoció a uno de los críos. Era hijo de una compañera. Al pasar junto a ellos, le dijo:
—¡Verás que contenta se pone la Pepi cuando te vea llegar! ¿Qué la vas a decir, que llovía a mares?
El crío la miró con el ceño fruncido, sintiendo la amenaza. Se apartó del canalón y, con aire descarado y amenazante, contestó:
—Y tú, ¿de qué conoces a mi madre, chavala?
—¡Oye, mocoso! Un respeto, ¿eh?
Aurora miró a sus acompañantes al notar que ambos se reían de la contestación del chiquillo.
—Y, a vosotros, ¿qué os pasa?
—Te está bien, rubiuca. ¿Quién te ha dao a ti vela en este entierro?
—Pues mañana se lo digo a la Pepi. ¡Vaya que se lo digo! ¡No te digo, el mico este! Ahora, hasta los gatos quieren zapatos, ¡hombre!
—Mejor no la digas ni mú. Que lo mismo va y te pone pingando por llamar la atención al chiquillo. Ya sabes cómo es...
—Ya, es verdad. Pues, ¿sabéis qué os digo? ¡Que les den! Al niño y a la madre... por si las moscas.
—Por cierto, Loluco, ¿qué tal va el Racing? Desde que no estoy con Paco, no sé cómo va...
—Bien. En casa ni tal mal. Hemos ganao todos los partidos menos uno, con el Barcelona. Pero ¡ojo! empatamos a dos. ¡Es la leche! Por cierto... ¿queréis venir conmigo a Bilbao? Vamos este mes a San Mamés, verás qué paliza le damos a los bilbaínos.
—¿Qué dices, hombre? ¿Qué se nos ha perdido a nosotras en el fútbol?
¡Lo que faltaba, las cigarreras también en el fútbol!
Aunque, a mí, la verdad que me gustaría ir.
.. Pero cualquiera... Menudo cómo nos iban a poner, ¿te imaginas, Lola?
Pero, tú vete y ya nos lo cuentas que...
ya veremos nosotras lo que hacemos mientras tú no estás. ..
—¿Qué me estás amenazando, rubiuca?
—¿Yo? No, hijuco... Tú vete a ver al Racing, vete, que la Lola y yo ya sabemos dónde tenemos que ir. Y... ¿cómo vas?
—En autobús. ¿Qué pensabas, que íbamos a ir andando?
—Pues, mira, no os vendría mal el paseo. Bueno, pues ya dirás qué domingo es para hacer nosotras planes.
—Eso te lo digo ahora y, así, lo vas preparando. El día 21 de enero, guapina — dijo con retintín Manuel mientras le guiñaba un ojo a su amiga.
—-
Adela andaba inquieta. El plan no había salido, en absoluto, según lo planteado.
Cuando aquella tarde Engracia, después de tomar unas cuantas copas de anís, le había contado lo que tenía entre manos, ella había urdido un plan para quedarse con las cien mil pesetas que esta iba a recoger.
Su tía la puso al corriente de dónde y cuándo iba a recibir el dinero; por lo tanto, todo estaba perfectamente atado.
Pero nunca pensó que aquello iba a torcerse de la manera que lo había hecho.
Su intención nunca había sido la de hacer desaparecer a Engracia. ¿Cómo podía haber pasado aquello?
Por mediación de un conocido poco recomendable encontró a un hombre dispuesto a darle un susto a su tía y robarle el botín.
A cambio, le daría diez mil pesetas. Pero, antes de que este hombre pudiera asaltar a Engracia, pudo ver desde la esquina de Rualasal con la calle San José como era otro quien lo hacía.
El hombre contratado por Adela era un conocido delincuente de la ciudad y, por ese motivo, fue retenido en comisaría.
Pero, afortunadamente para ella, no dio ningún dato sobre la mujer.
Lo que sí hizo, nada más salir, fue amenazar a Adela con contar su posible implicación en el asesinato.
La advirtió de que, si no le pagaba lo acordado, le diría a la policía que ella le había contratado y que, posiblemente, también habría requerido los servicios del matón que había terminado con la vida de su tía.
Pero ella no estaba dispuesta a pagar. Lo primero, porque no tenía dinero y, lo segundo, porque el hombre no había cumplido con el recado.
Pero, en realidad, lo que sentía Adela era miedo, estaba aterrada.
¿Quién le podía asegurar a ella que ese hombre no había matado a su tía, se había quedado con las cien mil pesetas y, ahora, encima, intentaba sacarle los cuartos a ella?
Cuando su tía le había contado aquel asunto, ella se había mostrado atenta al relato, pero sin hacer hincapié en el motivo.
No había preguntado, directamente, cuál era el secreto que guardaba.
Ni quién era la persona tan rica y conocida a la que estaba chantajeando.
Todo aquello era secundario en ese momento.
Escuchó “pesetas” y no quiso saber nada más.
Ahora, se sentía acosada por aquel ratero oportunista que quería a toda costa su dinero por no hacer nada y, encima, había sido detenido por la policía e interrogado.
Por eso, le entraron dudas. Aquella vez no había dicho nada, pero, quizá, de volver a ser retenido podría contar que ella le había contratado para asustar a la mujer y.
.. Se volvía loca, no hacía nada más que dar vueltas a su cabeza con el mismo asunto.
Lo peor era que no tenía a quien recurrir. No podía contarle a nadie aquello.
Elías por su parte, estaba tranquilo. Vio el artículo del periódico sobre la detención de aquel hombre y pensó que el asunto estaba zanjado.
Su compinche ya estaba fuera de escena, no tenía de qué preocuparse.
Su secreto quedaba guardado. Posiblemente, nadie más con vida sabría de aquel hecho.
Lipe, su hermana, quizá su madre, pero todos estaban muertos.
Muertos y enterrados, por lo tanto... ¿quién más podía saberlo?
Ya nadie iba a destapar jamás aquel oscuro episodio de su vida.
Margarita esperaba ansiosa la visita de Manuel y de Aurora, que se había ido posponiendo. Primero, compromisos de unos y, luego, una pequeña dolencia de la mujer, habían hecho del encuentro una tarea compleja.
Pero, por fin, ya iba a producirse. La señora estaba deseando ver la cara de la muchacha cuando le entregara el regalo que le había comprado.
Un exclusivo bolso de piel negro, con doble asa y tres bolsillos interiores.
El cierre era de imán y, para abrir, se presionaba un precioso broche-botón que, a la vez, adornaba su exterior.
Además, no había podido resistir la tentación y le había comprado también un pañuelo de cabeza con estampados florales que conjuntaba perfectamente.
Intentaba que todo estuviera preparado para recibirlos, no quería olvidar ningún detalle. Igual que cuando preparaba grandiosas fiestas en México, aunque, a diferencia de aquellas, a esta solo asistirían dos personas.
Con tal fin, le había encomendado a Cionín varios recados para ese día.
Debía recoger las flores en Rebolledo; estar pendiente de la entrega de los pasteles; hacer un buen chocolate, por supuesto del Horno San José, se lo había repetido en varias ocasiones; y colocar sobre la mesita del salón los paquetes con los regalos para los chicos.
Para colmo, la visita sería más que placentera, ya que su padre le había comunicado durante la comida que ese día no estaría en casa.
Las sensaciones que Margarita tenía cada vez que veía a Aurora eran distintas a cualesquiera de las que pudiese experimentar con otras personas.
Sentía que eran afines, aunque la chica se mostrase reticente.
Estaba dispuesta a llegar a entenderse con ella, costara lo que costase.
Le gustaba pensar que podría ser aquella hija que había perdido.
Tendría su misma edad, de haber vivido. Y, además, era curioso, pero se veía reflejada en ella cuando era joven.
La forma de sus ojos era idéntica y sus manos, largas y finas, eran similares.
Sabía que era imposible, pero en ocasiones pensaba que podría ser su hija.
Aunque, al momento, recordaba aquel pequeño cuerpo inerte que abrazó una sola vez contra su pecho; la piel blanca y suave de su carita, sus diminutos dedos aún calientes, los cuales ella intentaba mover, buscando que se asieran al suyo con fuerza y, de nuevo, el corazón se le encogía hasta provocarle un dolor intenso, una pena que no había conseguido quitarse nunca y que, posiblemente, la iba a acompañar toda su vida.