Capítulo 44 #2
Vio cómo Adela sacaba de su faldriquera un sobre y se lo entregaba. Él lo abrió y comprobó el contenido; a continuación, se despidieron. Juana siguió con la mirada el camino que tomaba el hombre hasta que este se adentró en la Travesía del Cubo, perdiendo por completo su imagen.
Apenas tuvo tiempo de reaccionar. Cuando quiso darse cuenta, su sobrina subía a todo correr las escaleras.
—¡Hombre! ¿Qué hace por aquí?
Juana se puso nerviosa, por un momento creyó que su sobrina la había descubierto mirando.
—Nada hija, he venido a buscar un poco de queso y unos huevos que necesitaba.
—Bueno, pues ná ... Voy a ayudar a la Laura a recoger, que ya va siendo hora de ir a comer. ¡Adiós!
—Adiós, hija, adiós.
La mujer salió y comenzó a caminar. Absorta en sus pensamientos, que rondaban en torno a aquel hombre, intentaba recordar dónde había visto aquella cara. Además, tenía la certeza de haber hablado con él. “¿Dónde he visto yo a este elemento?”, pensaba incansable durante el trayecto.
—¡Ya está, ya sé dónde le he visto! ¡Pues claro! ¡Al entrar!
Se había parado de golpe e, inconscientemente, en voz alta pronunció aquella frase en mitad de la calle.
Las personas que se cruzaban con ella la miraban como si de una loca se tratase.
Juana recordó que se habían cruzado en la puerta de la comisaría y que ese hombre les había cedido el paso a la vez que las saludaba amablemente.
Al notar las miradas descaradas de los viandantes, la mujer se sonrojó, agachó la cabeza y continuó su camino.
Pero, ahora, estaba peor. “¿Qué estaba haciendo Adela con aquel hombre? Acaso... Sí... Es posible... Lo más seguro... Debe de ser un policía... Claro, ¡qué tonta!... Pero... ¿por qué le daba la Adela un sobre? Bueno, puede que fuera alguna documentación de Engracia que ellos habían pedido... Seguro... Es eso...”.
Las preguntas que se hacía encontraron una respuesta lógica.
Aquello la tranquilizó, decidió relajarse, olvidarse del asunto y continuar su camino.
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Aurora y Lola elaboraban sin parar. Hoy estaban juntas en el mismo taller. Sus máquinas estaban casi de frente y eso les permitía mantener pequeñas conversaciones.
Aurora recordó que su amiga no le había comentado lo que había hecho, o que era lo que pensaba hacer, con el dinero que les había tocado de la lotería. No era mucho, pero para algún capricho sí que daba.
—Oye, Lola, ¿Qué compraste con los duros que nos tocaron?
—¿Yo?... Nada.
—¿Nada? ¡Hala, venga! No me lo creo. Con lo que a ti te gusta gastar, no me puedo creer que no lo hayas fundido ya.
—No, todavía no...
Aurora conocía muy bien a su amiga y notó cómo, por momentos, se iba poniendo colorada. Aquello significaba que no le estaba diciendo la verdad.
—¡Mentira seca! Venga, que estás hablando conmigo... con la Aurora, hija.
—¡Qué te digo que no! No lo he gastao todavía, porque... se lo he dejao al Paco, le hacía falta pa una cosa.
—¡La madre que te parió! ¡Pero qué tonta eres! ¡Yo te mato!, ¿eh?
—Vamos a ver, Aurorín... ¿Se puede saber que te importa a ti lo que yo haga? Yo, con mi dinero hago lo que quiero y, si se lo he dao , pues... ¡ya está! Y... ¡chitón, guapa!
—¡No me da la gana! Eres tonta, tonta. ¡No te jode! Vas... y se lo das al sinvergüenza, vago, borracho, pegón... A ese... ¡Me cago en la leche seca!
Lola bajó la cabeza y siguió trabajando.
Mientras lo hacía, intentaba buscar la forma de quitarse de en medio a ese novio que tenía.
Era cierto, no podía seguir así. La reacción que había tenido Aurora, ella la esperaba.
Sabía que si su amiga se enteraba, le iba a decir justo lo que le había dicho.
Lo cierto era que debía terminar con aquella situación.
Aurora tenía toda la razón cuando le decía que Paco lo único que quería era aprovecharse de ella.
Menos mal que no sabía los bofetones, empujones e insultos que, de vez en cuando, Paco le propinaba.
Día sí y día no, subía pasado de chiquitos de vino y algún que otro sopapo que se perdía iba a parar sobre ella.
Había llegado el momento de poner fin a aquella situación.
Ella no necesitaba para nada a un hombre y mucho menos a uno como aquel.
—¿Qué necesitad tengo yo de ver cómo la Cionín se acongoja cada vez que escucha cómo este me sacude? Se lo he prometido, tengo que dejarlo. Total, hombres sobran, y seguro que mucho mejores que él” — se dijo para sí mientras colocaba los cigarros en la batea.
Ernesta se asomó a la puerta del taller y dio un par de palmadas.
Todas sabían lo que significaba aquello.
Al momento, vieron aparecer al Jefe de la Fábrica.
Como siempre, Don José María visitaba los talleres acompañado de su “séquito”.
Con la bata blanca colocada sobre los hombros, observaba atentamente.
A su lado, los otros ingenieros y los Encargados de Talleres; todos hombres, por supuesto, que le indicaban, con todo tipo de zalamerías, los detalles del paseo.
El personal obrero masculino despojaba su cabeza de las boinas, en señal de respeto, para saludar al Jefe.
Las mujeres se levantaban de su puesto, se colocaban al lado de la máquina o junto a su labor correspondiente y, mientras sacudían sus delantales, disimuladamente, con sus pies, intentaban esconder recortes u hojas caídas.
Al paso del mando superior, saludaban con un leve movimiento de cabeza.
Cuando Don José María quería hacer notar algo, se lo decía a cualquiera de las personas que lo rodeaban. Estos, a su vez, se acercaban a la operaria, mozo, o cualquier otro obrero y le indicaban las órdenes que el señor había dado.
Durante el tiempo de la visita, los trabajadores permanecían quietos junto a su puesto de trabajo. Igual que si de un reconocimiento militar se tratase.
Dos palmadas, de nuevo desde la puerta, indicaban que el recorrido había terminado y que todos podían seguir con su labor.
Aurora y Lola estaban frente a frente. Sus miradas, al cruzarse, decían lo que pensaban de aquellas visitas. Lo habían comentado tantas veces que no era necesario hablar para que ambas supieran en qué estaban pensando. No soportaban aquella situación. Les hacía sentir como esclavas.
No solo ellas se molestaban, sino todas las mujeres.
A pesar de ser las que llevaban el peso de la factoría, eran tratadas como seres menores.
Vivían en un mundo de hombres, donde las normas y las leyes no eran igual para todos.
No solo los salarios eran menores, también el trato era muy distinto.
La poca permisividad que había estaba reservada a los hombres.
Cuando ellos podían, por ejemplo, fumar tranquilamente en la fábrica, a las mujeres les estaba totalmente prohibido hacerlo.
Si ellos descansaban, ellas lo hacían muchísimo menos.
A los hombres se les entregaba, para su consumo, tabaco y, en ocasiones especiales, una caja de Farias.
Sin olvidar que, desde mediados de los años cuarenta, por norma de la compañía, cuando una joven se casaba debía abandonar su puesto de trabajo.
Eso significaba perder un sueldo y, aunque eran muchas las que cumplían con aquella norma, otras intentaban alargar en el tiempo un posible matrimonio que las obligaba a perder su puesto.
Las mujeres, intentaban que todo aquello cambiara, pero no podían olvidar que vivían en un país machista, donde el hombre era el dueño y señor.
No obstante, lo intentaban y, en ocasiones, se rebelaban contra el sistema.
Las cigarreras, muchas veces de manera clandestina, se juntaban en algún taller y mantenían asambleas.
Las mayores se ocupaban de cubrir a las más jóvenes.
Y, mientras estas reuniones se producían, ellas vigilaban para que nadie las descubriera; si alguien aparecía, raudas se ocupaban de avisar.
Lola estaba absorta en sus pensamientos y no notó que se acercaba por detrás Ernesta. Hoy estaba de muy mal humor y se dedicaba a ir máquina por máquina, poniendo pegas a todas las operarias. La visita no debía de haber ido del todo bien.
—¡Qué, guapa, despierta! Y carga esta tolva que está casi vacía o, ¿no lo ves? Me han llamado la atención por tu culpa.
—¿Qué te pasa, Ernesta? ¿Hoy no comiste o qué? ¿No ves que tiene de sobra, hija? Que, si no, se me atasca...
—¡Oye, a mí tú no me contestas!, ¿eh?
—¡A ti y a cualquiera que venga a tocar las narices!, ¿eh?
—¿Cómo? ¿Pero quién te crees que eres? ¡Ya te vas a enterar tú! ¡Ya verás, guapina!
—¡Hala, que te zurzan! No te digo, me viene a tocar las narices, la coño tonta esta... — susurró entre dientes Lola mientras se alejaba ofendida Ernesta.
Aurora no pudo ocultar la sonrisa. No se explicaba cómo Ernesta se atrevía a llamar la atención a su compañera.
Era mucho mejor que ella, sabía mucho mejor que nadie cómo y qué hacer con el tabaco.
De hecho, Ernesta, tenía el puesto de maestra por otros motivos.
No precisamente por destacar como operaria, si no por pelota y correveidile.
—Vamos a descansar un poco, ¿no? Que ya nos toca... — le dijo Aurora, acercándose a ella.
—¿Has visto la tonta esa lo que me dice? No tiene ni idea.
—¡Va, déjalo estar! Ya sabes cómo es. Tiene que demostrar que es Maestra, hija. ¡Venga! Vamos, que quiero ver al Manuel. Tengo de decirle una cosa.
—Decirle una cosa o... ¿darle una cosa? ¡Anda, que seguro que lo que quieres es buscar un rincón para daros un achuchón! ¡A mí me la vas a dar tú!
Aurora sonrió. Precisamente, era eso lo que quería.
A la salida del taller, se tropezaron con Gerardo “El Muecas”. El hombre, como siempre, las saludó animadamente.
—Hola, guapinas. ¿A descansar un poco?
—Sí, Gerardo. Vamos p’allá .
—Muy bien, niñucas. ¡Oye, Lola! Me he enterao que hay por ahí un mozo nuevo que se muere por tus huesos, ¿ehhh?
—¿Ah, sí? Pues nada, a ver si me dices quién es. Igual me conviene el chavaluco.
—Ya te diré, ya. Aunque... mira las veces que te he invitao a salir y me has negao el paseo. No sé yo si recomendarte...
—Ya sabes tú, Gerardín, que yo te quiero mucho. Pero tu mujer te quiere mucho más, ¿o no?
—Pero... ¡qué cabrona eres!
Las dos muchachas, riendo a carcajadas, continuaron por el pasillo en busca de Manuel.