Aromas de tabaco y caos Capítulo 44
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Capítulo 44

“Detenido el asesino de Engracia Guzmán”.

El titular del periódico no dejaba lugar a dudas.

Con el diario bajo el brazo, Juana se acercó hasta la casa de su cuñada para que esta, o cualquiera de sus sobrinas, la acompañaran a comisaría.

Quería saber más sobre aquella noticia. Seguramente, la policía les daría explicaciones más concretas sobre el detenido.

Fue Aurora la que acompañó a su tía. Estuvieron esperando dos largas horas.

Sus nervios iban en aumento y su paciencia decreciendo cuando la puerta que tenían enfrente se abrió.

Un inspector con cara sonriente, ojos saltones, mentón afilado y orejas de soplillo las hizo pasar a su despacho.

Durante más de diez minutos, el hombre se limitó a leer con atención y detenimiento el escueto dossier del caso.

Daba vueltas y más vueltas a las cuatro hojas que contenía y asentía con la cabeza.

De vez en cuando, levantaba la vista, dirigía la mirada al frente y susurraba:

—Interesante caso. Muy interesante.

Aurora miraba a su tía, la cual, con una cara de asustada que comenzaba a preocuparle, ni tan siquiera pestañeaba.

Cada vez que aquel inspector hacía el comentario, Juana se ponía derecha en la silla y todos los músculos de su cuerpo se tensaban a la vez, el tono de su piel enrojecía y, en segundos, blanqueaba por completo.

Y Aurora se iba poniendo más y más nerviosa por momentos.

Comenzó a morderse las uñas. Hacía años que había dejado de hacerlo y hasta ella misma se sorprendió.

El hombre levantó la vista y movió la cabeza, a la vez que hizo un ruido con su boca en señal de incómodo por el gesto que Aurora estaba teniendo.

Ella retiró su mano de la boca y cruzó los brazos.

Pero ya no soportaba más aquella situación.

—Perdone, inspector, ¿va usted a decirnos algo o tenemos aquí para mucho rato? Porque, seguramente, usted tiene mucho que hacer y yo tengo que ir a trabajar.

—Señorita, ciertamente tengo mucho trabajo. Es más, no tendría que estar aquí atendiéndolas, ya que no hay ningún motivo para darles a ustedes ningún tipo de información. Pero... lo voy a hacer por deferencia a ustedes.

Después de unos segundos, cerró el dossier, se colocó la corbata, entrelazó sus dedos y comenzó a hablar:

—Bueno, bueno, bueno... Por ahora, no tenemos datos suficientes.

Lo único que podemos decir es que hay una persona detenida por el momento, pero es muy probable que salga en un ratuco, veinte minutos todo lo más.

No tenemos suficientes pruebas que justifiquen su detención.

El resto forma parte de la investigación.

Cuando sepamos algo más, lo pondremos en su conocimiento.

Eso sí, no se molesten ustedes en venir por aquí.

En caso de que haya algo, nosotros las informaremos.

—¡Perdone!, ¿me está diciendo que llevamos aquí mi tía y yo dos horas y media, que voy a tener que ir a trabajar sin comer y... que no nos dice nada? Y, además, nos dice que va a salir en libertad el asesino. Y... si es el asesino de mi tía... ¿Qué?

—Lo siento, es lo que hay. Ahora, señora, señorita, tengo mucho que hacer. Como les acabo de decir, las pruebas no son concluyentes; por lo tanto, es posible que el juez le deje salir. Adiós.

Las dos mujeres se levantaron airadamente y, sin despedirse de aquel arrogante, abandonaron la estancia. Aurora estaba convencida de que el hombre que las había atendido, por decirlo de alguna manera, no tenía ni la más remota idea del caso.

Se despidió de su tía y salió corriendo hacía su casa. Allí cogió una lata de sardinas y un cacho del pan que, como siempre, Teresa la panadera había dejado colgado de la manilla y salió corriendo.

Lola la esperaba en el lugar de siempre. Y, al verle comer el bocadillo mientras bajaba corriendo, le hizo un gesto con las manos abiertas, pidiendo una explicación.

—¿Qué pasa, hija? Pues, ¿cómo bajas con el bocadillo? ¿Ónde has estao para no comer como Dios manda, hijuca?

—Calla, ¡que menudo día llevo! He estado con mi tía la Juana toda la puñetera mañana en la comisaría. Nos ha tocao un tonto de inspector que... he estao a punto de tirarle de los pelos y todo, hija. Dos horas de espera y pa ná. ¡ Pa ná, hija, pa ná!

—¡Uf!, cualquiera te tose hoy... ¡Menudo café tienes! ¡Madre de Dios!

—¡Hombre! No me digas que, después de estar dos horas, va el babión de él y nos dice que no sabe nada. ¡Mira, no lo arrastré de misericordia!, ¿eh?

—Oye, ¿fuiste a ver a la Margarita? ¿La gustó la novela a la señora?

—No, mujer. Lo hemos dejao p’al sábado próximo. Además, si estamos de tarde, ¿cuándo puñetas vamos a ir... por la mañana, a desayunar?

—¡Bueno, bueno, compañera! ¡Qué yo no tengo la culpa!, ¿eh? ¡Anda, tira!... come y calla.

Adela seguía en el mercado, con el puesto abierto, pero atendido a su manera.

Le estaba costando mucho controlar las compras a los proveedores, recopilar las facturas, hacer la caja.

.. todo era un problema para ella. Además, había que añadir las pocas o nulas ganas de trabajar, innatas en ella.

A pesar de contar con el apoyo de Juana, la muchacha no se aclaraba con los asuntos del negocio.

Sabía lo justo de cuentas y lo poco que sabía no lo había ejercitado mucho.

Buscar, comprar y regatear no era lo suyo, como tampoco lo era vender.

Su carácter seco y déspota no le reportaba beneficios.

Por eso, optó por poner a Laura de cara al público.

Su hermana sí se desenvolvía con destreza.

Además, era amable, dispuesta y, sobre todo, alegre.

Con su presencia, en pocos días volvieron a formarse colas frente al mostrador.

Las lecciones de Fonso, que ya llevaba muchos años tratando a la gente, le sirvieron en gran manera, pero lo cierto era que ella valía para aquello e iba ganándose la confianza de su clientela.

No obstante, su novio no estaba de acuerdo; prefería que Laura se dedicara a ir arreglando todo lo relativo a su hogar.

Y, si lo que quería era trabajar, prefería que lo hiciera con él.

Otra cosa era el trato con el resto de tenderos de la plaza. Las veían como dos usurpadoras que habían aprovechado el trágico fallecimiento de su tía para quedarse con el negocio. Por eso, a la menor ocasión, ponían todas las trabas posibles para fastidiar a las muchachas. En especial a Adela.

Nadie le perdonaba el talante con el que había llegado al mercado.

Sabedoras de lo que había pasado en casa de los Trebyllente, algunas tenderas se mofaban de ella.

La apodaban “La Señorona”, en tono despreciativo y mofoso.

Adela no sabía cómo, pero el cotilleo había corrido de puesto en puesto.

Sin saber de qué manera, la gente se había enterado de su problema.

Ella pensaba que había sido su tía Engracia la que, quizás, en confianza, se lo había contado a alguna de ellas y esta, a su vez, había corrido el chisme.

Juana llegó sudando a la plaza.

—Madre mía, que mañanuca traigo.

—¿Qué pasó, tía? ¿Cuánto han tardao, no? ¿Fue la Aurora con usted?

—Sí, hija, la mi pobre. Se ha tenido que ir pa la fábrica sin comer. Hemos estado en la comisaría ¡más de dos horas! Y... ¡ pa ná !.

—¿Cómo es eso?

—Nos tocó un simple que no tenía ni idea del asunto. Vamos, que leemos la Hoja del Lunes y nos enteramos de más, hija. Y, ¡no te lo pierdas! Le van a soltar. No hay pruebas de que sea él.

—¡No me lo puedo creer! Y, ¿entonces, lo que decía el diario... de dónde lo han sacao?

—A saber. Yo creo que no nos quieren decir ná. Vamos a dejarlo... que me pongo mala solo de pensarlo. ¿ Ónde está la Adela?

—Deje, deje... La mandé a tomar el fresco. ¡Qué mala leche tiene mi hermana! Si la dejamos mucho aquí, va a tener que cerrar usted el puesto. Se lleva mal con el personal, con las clientas, no se libra ni el apuntador... ¡Qué mujer!

—Esta chica... Mira que es torón, es como una mula, la condenada. Oye, Laura, ¿tú crees que ella quiere el puesto? Porque me acabo de encontrar con la Conce, la nieta del pescatero, y me ha dicho que me lo coge ella.

—¡Uf!, no lo sé... Y, es más, no seré yo quien se lo pregunte. ¡A saber lo que pasa por esa cabeza! Como dice usted, es como un caballo percherón.

—Bueno, pues ya veré cómo se lo digo. Es que no quiero dejar pasar la oportunidad. Me ha ofrecido unas muy buenas pesetas. Y, aunque aún no he arreglao los papeles de la Engracia, puedo ir preparando el camino, por si las moscas, ¿no te parece?

—Usted verá, tía. Yo, desde luego que no lo quiero. Ya sabe que el Fonso tiene el suyo en Miranda y, con eso, tenemos bastante.

—Oye, Lauruca. Si yo le doy a tu madre las perras de la herencia de la Engracia... ¿las cogería? A mí me gustaría dárselas. Yo, a “La Manca” la quiero mucho. Y bastante ha trabajao toda la vida. Además, yo no necesito mucho... Con lo que tengo, me basta y casi hasta me sobra.

—Pues tampoco sé que decirla. De todos modos, ya sabe como es mi madre, tiene mucha boca pero es un cacho de pan, la mujer. Yo se lo agradezco mucho, tía, pero... ¿Me hace un favor?

—Claro, hija, dime.

—Esto que acaba de decirme, no se la ocurra contárselo a la Adela, porque seguro que la arma. ¡Menuda es!

—¡No, mujer! ¡ Ónde vas a parar! Ni loca... Esto queda entre nosotras.

Juana cogió unas cuantas cosas que necesitaba para el consumo propio y se despidió de su sobrina.

Al bajar las escaleras que daban a Isabel II, vio a Adela conversando con un hombre a la puerta de La Conchita.

Se le notaba nerviosa, sofocada y alterada.

Juana, intrigada, subió de nuevo y se quedó medio escondida.

Desde allí no podía escuchar lo que decían, pero sí observar los gestos de su sobrina.

La cara de aquel hombre la resultaba conocida, pero por más que intentaba recordar, no conseguía adivinar dónde lo había visto.