Aromas de tabaco y caos Capítulo 43
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Capítulo 43

Tinuca entró corriendo en el taller de habanos en busca de Aurora. Miraba para ambos lados como una loca, intentando localizarla, cuando desde lejos escuchó la voz de Ernesta:

—¡Chocho!, ¿a quién buscas?

—¡A la Aurora!, ¿la ha visto?

—Está en el uno. Hoy la mandaron p’alla .

—Gracias, p’allá voy.

Iba a bajar las escaleras, pero estaba tan contenta que decidió dar rienda suelta a su felicidad y se dejó caer por la baranda de madera de las mismas.

No hizo más que posarse sobre él cuando de la portería de hombres salió el Portero Mayor en dirección al taller número uno.

Pero ya no había vuelta atrás, estaba descendiendo a toda velocidad.

La muchacha se puso nerviosa, perdió el equilibrio y cayó a sus pies.

El hombre se apresuró a ayudarla. Cuando Tinuca se puso de pie y pudo comprobar que no le había pasado nada, la regañó.

Mientras, desde la puerta del taller, sus compañeras asomaban la cabeza y reían a carcajadas.

Don Pío se volvió hacia ellas y preguntó, en tono ceñudo:

—¿Ustedes no tienen nada que hacer?

Todas volvieron a las máquinas y continuaron con la labor. Tinuca, colorada como un tomate, entró en el taller. Al momento, localizó a Aurora. Al fondo, junto a la ventana, su compañera cargaba la tolva de la máquina.

—¡Guapina, que nos ha tocao la lotería!

—¿Qué me dices? ¿Cuánto?

—¡Mil pesetas! ¡Las dos últimas del Gordo!

—¿A cada una?

—No, mujer; a las cuatro.

—Jo, ¿solo cincuenta duros pa cada una?

—Pues sí. Pero, todo vale p’al convento. ¿O no? ¡Menos da una piedra, hija!

—No, visto así, la verdad es que no está mal.

—Con lo contenta que yo venía chavala y... me has dejao de piedra. ¡Qué sosa, coño!

—Es que te conozco, eres una acelerada. ¡Lo mismo no es ni verdad! Que tú, a veces, oyes campanas y no sabes dónde suenan. ¿A ver, que número tocó el Gordo?

- Pos mira, listuca, lo tengo aquí anotao. Me lo apuntó el chiquillo de la mi hermana anoche. El 45749. ¿Ves? 49, como el nuestro.

—Ah, pues sí. ¡Mira que bien, pa la cena!

—Pues yo voy a comprar unos zapatos que vi el otro día en el Botín de Oro preciosos; y... un vestiduco, pa ir guapa al baile. ¡A ver si, con un poco de suerte, encuentro novio!

Mucho tendría que adornarse Tinuca para encontrar novio, pensó Aurora, pero no dijo ni media palabra. Solo sonrió al comentario.

La mujer salió en busca de las otras compañeras que también habían sido agraciadas en el sorteo, pero volvió de nuevo. Había olvidado decirle a Aurora que después, por la tarde, quedarían para ir a cobrar el décimo. Además, no le había dado el pésame por el fallecimiento de su tía.

—Por cierto, menudo panorama con lo de tu tía la de la plaza, ¿eh? Me lo contó mi prima, la Espe. ¡Me quedé de piedra! Lo siento.

—Bueno, ya sabes que nosotras no teníamos mucha relación con ella. Era un poco bicho. Que Dios me perdone, pero... tenía tela, la elementa.

Aurora tenía ganas de salir. Ella no había podido asistir al sepelio y estaba deseando que su madre y Laura le contaran cómo había ido el entierro de su tía.

Y si, por casualidad, se tenía alguna noticia sobre el asesino.

Además, quería ayudar en la elaboración de la cena aunque su hermana ya se había encargado de casi todo.

Mientras recogía la labor, pensó en Margarita.

Manuel se había acercado muy de mañana para decirle que su prima había estado la tarde anterior en casa de sus padres, visitando a la familia.

La mujer le había invitado a que el próximo martes fueran a tomar café, charlar y celebrar la Navidad.

Además de eso, el chico le había insinuado que su prima le había comprado un regalo y quería dárselo.

Aquello no le hacía ninguna gracia a Aurora.

Ella sabía que Margarita no tenía ni la más remota idea de quién era.

Estaba convencida de ello, pero no soportaba estar junto a ella.

Por un lado, se sentía bien, pero, por otro, notaba desasosiego, miedo, una sensación terriblemente extraña que le infundía temor, aun sin saber por qué.

Y, después de los datos que conocía, la situación era aún peor.

Tal y como habían quedado por la mañana, las cuatro chicas esperaron a la puerta de la administración para cobrar su décimo. Pero no eran las únicas. Unas diez personas iban por delante de ellas, a la espera de recibir su tan ansiado premio.

Aurora tenía prisa por volver a casa, pero antes tenía que comprar algo. Se despidió de Tinuca y de Dulce, pero le pidió a Lola que la acompañara.

—¿Vienes conmigo? Quiero comprar algo.

—Joder, hija, ¡qué suerte! Ya vas a gastar los cincuenta duros, ¿eh?

—Bueno, tengo que comprar un regalo para Margarita y, también... ¿sabes qué me gustaría llevar esta noche a casa, así, de sorpresa...?

—¿El qué?

—Un cocodrilo de esos de mazapán. De esos que están dentro de una caja, con piñones por encima haciendo de escamas, y los ojos rojos con dos guindas, y adornados alrededor con frutas de esas... escanchadas, o como se diga, y bien doradito, y...

—¡Calla, hija! que me estás poniendo los dientes largos.

—¡Pues eso es lo que quiero! Pero, no sé si podré, ¿cuánto costará?

—¡Uf, a saber! Lo mismo no te llega con los cincuenta duros.

—¡Hala, chavala! Qué exagerada eres, hija. Bueno, igual tienes razón, aunque ¡cualquiera diría que es de oro!

—Bueno, vamos y lo preguntamos. De la que vayamos pa casa, paramos en la confitería Varona, que allí tienen y, además, tienen una pinta de ricos que no veas.

—Sí, pero antes tenemos que ir a la librería Estvdio, tengo que comprar un regalo.

—¿ Pa ti? Joer, chica, como te estás volviendo de fina.

—No es pa mí, tonta. Anda, acompáñame. Y... vamos a darnos prisa, que va a llover y nos vamos a coger una chupa de mucho cuidao.

Las dos muchachas buscaban en las estanterías algún libro para Margarita. No tenían mucha idea de lo que querían ni de qué tipo de lectura pudiera entretenerla. Después de mucho rato, Lola ya estaba cansada de dar vueltas y le propuso a Aurora que le preguntara a algún dependiente.

Un muchacho muy atento le hizo a Aurora una serie de preguntas que ella fue incapaz de contestar con exactitud; ¿Novela, poemas...? ¿Le gusta la Historia? ¿Le gustan de aventura, de amor, de miedo, de intriga...?

Aurora comenzaba a sentirse un poco agobiada con el tema. El dependiente notó la incertidumbre de la muchacha y le hizo un gesto de espera. Se acercó hasta una pila que tenía sobre el mostrador y tomó un ejemplar de los que allí había.

—Mire, señorita; creo que lo mejor es que se lleve este. “El Camino”, de Miguel Delibes. Acaba de salir y está muy bien. Además, la historia se sitúa en Molledo. Seguro que le gustará. Es mi pueblo... — dijo con orgullo mientras le guiñaba un ojo.

Las dos se miraron sonrientes y aceptaron la recomendación.

La vuelta fue rápida. Recorrían las calles refugiándose donde podían.

Llovía a mares. Aurora cubría con sus brazos el paquete que acababa de adquirir para protegerlo del aguacero.

Tanto la una como la otra llevaban un hombro empapado, ya que no era suficiente cobijo un solo paraguas.

Y gracias que al menos tenían uno. La casualidad hizo que, al salir de la librería, se cruzaran con una compañera que les prestó el que llevaba, ya que iba con su hermana y podían taparse las dos con el que esta llevaba.

Al entrar en la confitería Varona, el olor endulzó el momento.

El local estaba lleno de gente y aprovecharon para ir mirando el expositor.

Allí, diferentes pasteles, bombones, bollos, pastas, turrones y, por supuesto, mazapanes hacían las delicias de quienes los admiraban.

Una variedad de dulces que hicieron chispear los ojos de las muchachas y que inundaron de saliva sus bocas.

Cuando Aurora entró en el portal de su casa, el pollo que Laura cocinaba se podía oler desde allí.

Subió aspirando aquel aroma. Contenta, nerviosa e incluso sofocada se metió en su habitación y descubrió el dulce.

Tenía unas ganas terribles de enseñarles lo que había comprado.

Deshizo el paquete y se plantó delante de la puerta de la cocina, portando en ambas manos la bandeja con el mazapán.

Las exclamaciones de las mujeres de aquella casa, seguramente, se escucharon desde la calle. Nunca hubieran imaginado que en el humilde piso de la calle del Sol pudiera entrar algo como aquello.

En la calle, aquella noche lluviosa y fría, se respiraba alegría.

En las casas, el calor de los fogones caldeaba las estancias.

En las calles, las luces de las viviendas, prendidas, iluminaban a los viandantes.

Poco había en los platos, pero mucho en los corazones.

Aun así, sin nada, se escuchaban villancicos y risas.

Se repartían besos, abrazos, y los deseos de felicidad corrían de boca en boca, incansables y alegres.

Se lloraba la ausencia de los seres queridos y se dibujaban sonrisas de compromiso que envolvían los problemas, las penurias y las dificultades que todos, en una medida u en otra, tenían.

Aquella era noche de jarana, de sentirse bien y de hacer que los que te rodeasen lo pasaran lo mejor posible.

Era tiempo de disfrutar, de unirse con la familia, de celebrar en torno a una mesa, con un pollo y poco más, la festividad de Nochebuena.

Era momento para apartar los problemas, para alejar los inconvenientes y para olvidarse del resto de asuntos; solo cabía la alegría, los brindis y los deseos de prosperidad.

En la casa de Aurora no podía ser de otra manera. Y todas las mujeres que formaban aquella familia, en la medida de sus posibilidades, habían colaborado.

“La Manca” había salido por la mañana sin decir ni media palabra.

Sin pausa, pero sin prisa, se acercó hasta la panadería de Carus, en el Arrabal.

Allí, compró dos barras de pan para tostadas, que eran consideradas las mejores de Santander porque podías empapar bien las rebanadas, su miga absorbía la leche al máximo.

Quedaban jugosas, ricas y esponjosas, eran unas de las recetas que mejor sabía hacer la pescadora.

Desde bien pequeña, trajinaba con su abuela en la cocina y, con ella, había aprendido a hacerlas.

Con los panes en la cesta, Carmen continuó su camino.

Se dirigió rauda hacia la casa de su cuñada Juana.

Carmen quería que pasase la noche con ellos, pero la mujer no quería ir.

“La Manca” no estaba dispuesta a permitir que una noche como aquella estuviera sola.

Después de un buen rato insistiendo, consiguió convencerla.

Laura había pasado gran parte del día en la cocina.

Preparó el pollo, el brazo de gitano y vistió una mesa digna de la alta sociedad.

En pago a sus servicios, ya que Doña Fátima no disponía de dinero, le propuso que cogiera la vajilla y la cubertería de diario, así como la cristalería.

Por tanto, no encontró mejor ocasión que la de ese día para lucirla con su familia.

Adela trajo del puesto quesos y embutidos que hicieron las delicias de todos. Y, Aurora, apareció con su cocodrilo y con una botella de Sidra el Gaitero que, no sabía muy bien cómo, una compañera había conseguido.

A ellas se unió Nando, por supuesto. Y, más tarde, también lo hicieron Manuel y Fonso.

A ratos, lloraron recordando aquel año. Un año que jamás iban a olvidar.

Eran tantas las cosas que habían pasado en tan poco tiempo, tanto el dolor que habían sufrido y tantas las pérdidas que pidieron, en silencio todos y cada uno, que no volviera a repetirse jamás.

Aurora fijó la vista en la ventana. Abandonó por un momento, con el pensamiento, aquel lugar y su mente recordó a Margarita.

Manuel, sentado a su vera, agarró la mano de la chica y besó su mejilla.

Algo la conocía y sabía en lo que estaba pensando, pero no quiso decirle nada. Solamente, la miró y sonrió.