Capítulo 42
Nicanor fue enterrado en la intimidad. La familia procuró no dar conocimiento del suceso para evitar habladurías. Ni tan siquiera su esquela apareció publicada en la prensa.
Tres días después de dar sepultura a su marido, Fátima recogió sus cosas y partió hacía Segovia. Allí viviría con su familia.
Marcela se encargaría de cerrar la casa y continuaría en ella hasta que la misma cambiara de propietarios. Quizá, los nuevos dueños necesitasen de sus servicios. Si no, la mujer volvería de nuevo a su pueblo.
Laura regresó a la calle del Sol junto a su madre y su hermana Aurora. Sería durante un tiempo, ya que debido al desarrollo de los últimos acontecimientos, Fonso insistió en casarse lo antes posible.
Carmen estaba triste, se acercaba la Nochebuena y, aquel año, era el primero en el que no iba a poder estar con su hijo. Laura la notaba decaída e intentaba animarla. Por ese motivo, le hizo arreglarse y le pidió que la acompañara.
Fueron al encuentro de Luisa y le pidieron un buen pollo. Estaban seguras de que ella era capaz de conseguirlo, conocía a una vecina de Monte que los criaba para Navidad. De ir a buscarlo se encargaría ella.
Luego, las dos de acercaron hasta Barrio Camino.
Laura quería preguntarle a Fani, la mujer de Servando, la receta del brazo de gitano.
Un postre exquisito que en una ocasión la mujer había subido a la casa de Pérez Galdós como regalo para Marcela y que esta, como siempre hacía, había compartido con sus compañeras.
De vuelta a casa, la chica no sabía muy bien cómo proponer a su madre algo que llevaba días pensando.
Tenía ganas de compartir la cena con su hermana Adela, pero sabía que “La Manca” no estaba muy contenta con ella y, por ese motivo, no se decidía a hablar del asunto.
Pero no hizo falta; como si hubiera leído su pensamiento, su madre se lo propuso.
Decidieron acercarse juntas hasta la plaza de la Esperanza para invitar a la muchacha.
El puesto estaba atendido solamente por Adela. “La Manca” lo agradeció, no le hacía ninguna gracia encontrarse con su cuñada. Cuando Adela atendió a los clientes, salió del despacho y se acercó hasta ellas. Estas, pacientes, habían estado esperando hasta que la chica estuviera libre.
Adela tenía cara de cansada, unas ojeras negras como la noche sostenían sus ojos verdes, estaba despeinada y su aspecto general no era nada vital. Se limpiaba las manos en el delantal sin ganas y poco le faltaba para arrastrar los pies al caminar. Carmen se lo hizo notar a Laura.
—No os acostumbréis, ¿eh? Pero me alegro de veros. Estoy reventá.
—Sí, tienes una cara de cansada que bueno, hija... ¿Estás sola, no está la tía?
—¿La tía?, daba yo dinero por saber dónde anda.
Adela les contó que no sabía nada de ella desde hacía tres días. No tenía ni idea de donde se habría metido. Estaba preocupada. También la tía Juana andaba buscándola desde ayer y hoy, como último recurso, se iba a acercar a la comisaria para dar parte de su desaparición.
Las tres mujeres hablaban sobre el asunto cuando vieron cómo se aproximaba Juana acompañada por dos hombres que parecían escoltarla. Venía llorando desconsoladamente, apenas podía caminar. Abrazada a su pecho, traía una bufanda que Adela reconoció al instante.
—¡Dios mío! ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!
—¿Qué pasa, Juana?... ¿Qué?
—La Engracia. ¡Está muerta! ¡Muerta! La mi pobre... Apareció tirada en la escombrera de la obra de la Caja de Ahorros. ¡Como un perruco, la mi pobre!
—Pero, ¿qué dices? — exclamaron todas al unísono.
Los dos hombres que acompañaban a Juana eran policías vestidos de paisanos y confirmaron lo que la mujer estaba diciendo. Sin tener en cuenta el dolor que la noticia podía ocasionar en ellas, solicitaron a las tres que los acompañaran a comisaría.
Las mujeres, asustadas, se miraron. Carmen, “La Manca” dijo desafiante:
—¿Quién, nosotras? ¿A qué santo? ¡Mis hijas y yo no hemos hecho ná y no vamos a ningún sitio!
—¡Señora, cállese! No monte aquí espectáculo. Que nadie está diciendo que ustedes hayan tenido nada que ver. Solo queremos hacerles unas preguntas para ver si conseguimos aclarar este asesinato.
—¿Asesinato? ¡Me cago en el obispo de Santoña! Pero, ¿qué coño dice?
—¡Señora, no blasfeme!
Adela tiró con fuerza de la persiana del puesto y, junto a su madre, su tía y su hermana, se dirigió a la comisaría.
Por el camino, Juana les iba dando detalles del suceso.
—Ayer, los obreros encontraron el cuerpo de Engracia tirao en un hoyo dentro de la obra.
Como no se había presentao ninguna denuncia y la mujer no llevaba documentos, estaba en el depósito de cadáveres a la espera de ser reconocida.
¡La mi pobre! Además, ya la habían practicao la autopsia y esta reveló que había fallecido porque alguien le había partido el cuello.
Con lo cual, hijas, no hay lugar a dudas.
.. ¡Me la han matao! ¡Ha sido un asesinato!
Antes de acercarse a comisaría, acompañaron a Juana hasta su casa.
La mujer estaba desecha. En unos meses, había perdido a su madre, a su hermana y también a su sobrino.
Necesitaba desahogarse y continuó narrando la desgraciada experiencia vivida aquella mañana.
Para ello, agarró el brazo de Adela, las piernas le flojeaban y buscaba el apoyo y la ayuda de la chica.
Ver a su hermana posada sobre aquel mármol oscuro y frío, donde indolente descansaba, le había revuelto el estómago.
—Os juro, hijucas, que nunca voy a poder olvidar la sensación que he sentido cuando el inspector, un hombre por cierto muy desagradable, levantó aquella sábana blanca.
¡Mira! La imagen de aquella caruca sin expresión, con la piel blanca como la leche, parecía.
.. ¡de cera! Luego, la nariz afilada como un lápiz y, ¡hay madre!
La... esto — dijo mientras se tocaba la mandíbula — ¡toda caída!
, con la boca abierta. ¡Ah!, y toda la cara llena de pequeñas cicatrices, seguro que se las hizo al caer al hoyo.
Bueno, eso dijo el médico que estaba allí.
¡Y no solo eso! además, unas espantosas marcas moradas alrededor del pescuezo.
¡Horrible, Manca, horrible! Y, ¿sabéis que me pasa ahora?
— esperó la pregunta de sus acompañantes; fue Laura quien la hizo — Mira Lauruca, ¿sabes qué me pasa?
Pues que intento recordar a mi hermana y solo consigo ver esa estampa horrorosa.
Fíjate cómo será que hasta el olor de aquel sitio lo tengo metido en la nariz.
—Bueno tía, no se preocupe por eso. Seguro que en unos días se la pasa. Ya verá como sí.
—Pero, de todo, de todo, lo peor ha sido que sentí unas ganas inmensas de acariciar aquel rostro, ¡ay, madre!
y lo hice. Mira, guapina, ¡qué sensación!
Cuando pasé la mano sobre ese semblante acerao del cuerpo sin vida de la pobre Engracia, el frío de aquella carne muerta traspasó mi piel, ¡oye!
, se coló en los huesos. Sentí que la sangre se me helaba y.
.. no recuerdo más, porque me caí desplomada.
—Tranquiluca, Juana. Ahora subes pa casa y te tumbas un ratuco. Luego, yo te traigo un calduco, que lo tengo recién hecho. Verás que bien te sienta.
Cariñosamente, Carmen besó la mejilla de su cuñada. Juana, sin haber recuperado del todo el aliento después de la narración, se despidió de sus sobrinas y de su cuñada y les pidió que no la olvidaran.
—Me he quedao sola en el mundo. Por favor, acordaros de mí. Sé que os hemos hecho muchu daño. Perdón, Carmen. No me dejéis soluca, por el amor de Dios.
Carmen miró con pena a su cuñada. A fin de cuentas, aquella mujer jamás le había hecho nada. El único error que había cometido había sido dejarse llevar por su madre y por su hermana.
—No, Juana, ni soy tan mala como tu madre me pintó ni una santa. Pero no te preocupes que soluca no vamos a dejarte, hija. ¡Hala! sube p’arriba y descansa. Luego me acerco pa ver cómo andas.
Las mujeres caminaban hacia la comisaría sin mediar palabra. La narración de Juana, a pesar del poco o nulo cariño que tenían a Engracia, también les había revuelto a ellas las tripas.
Sentadas en un banco de madera, duro y desgastado, una a una fueron pasando a un despacho donde fueron interrogadas, aunque pocos fueron los datos que pudieron aportar.
Adela indicó que había escuchado como su tía abandonaba la casa cerca de las once de la noche y que, desde entonces, no había tenido noticias de ella.
Carmen y Laura nada sabían. Hacía mucho tiempo que no tenían relación y no se veían.
Tras la declaración, salieron conmocionadas de la comisaría, asustadas y temerosas.
—Esto me da mucho miedo, ¿eh? Todo sea que esta idiota estuviera metida en algo sucio y ahora se metan contigo — indicó Carmen a su hija Adela —.
—No, madre. ¿Conmigo? Sí yo acabo de aparecer como quien dice. Yo no sé ná .
—Ves, no se puede ir por la vida de chula, mira cómo ha terminao, tirada en un pozo. ¡Qué Dios me perdone!, pero... bueno, ¡qué nos espere allí muchos años!
—¡Jo, madre! No sea así, mujer.
—Mira, Lauruca, no sabes, ni sabrás nunca, porque ya no viene a cuento criticar a una muerta, lo que esta elementa me ha hecho pasar. Si yo hablara...
—-
Durante toda la mañana, el tema de conversación en la fábrica había sido el asesinato de la mujer.
Si bien no sabían de quién se trataba, el hecho de que una mujer apareciera muerta en la ciudad era, por lo menos, algo extraño y, por supuesto, inhabitual.
Unos comentaban que había aparecido desnuda, otros que tenía la cabeza casi separada del cuerpo, otros que era conocida en la ciudad, otros, sin embargo, decían que se trataba de una vagabunda que solía mendigar a la puerta de la iglesia de la Consolación.
.. y, otros, que era un fulana de la Calle San Pedro.
Eran muchas las conjeturas y ninguna cierta.
Aurora no acababa de llegar a casa. Pasaban las tres de la tarde y no era normal en ella la tardanza.
Carmen la esperaba nerviosa. Pensaba que quizá la policía había ido a buscarla a la fábrica para hacerle alguna pregunta o que igual se la habían llevado a comisaría, o.
.. a saber la cantidad de cosas que pasaban por su cabeza en aquel momento, sugestionada por los avatares del día.
No pudo resistir más la espera y, al ver que no llegaba, se colocó sobre los hombros una toquilla de lana negra y bajó a su encuentro.
Apenas salió del portal, vio como su hija conversaba con una vecina unos metros más adelante. Cesó su paso y esperó a que la muchacha se acercara a ella.
—¿Qué pasa? ¿Dónde vas?
—¡A buscarte, carajo! ¡Ya estaba negra, hija!
—Pero, si... son las tres ná más — dijo mirando su reloj — Me estuve un rato con esto de la muerta, ¿ya sabe, no? Ha aparecido una mujer muerta...
—Ya, ya, ya lo sé. Pero... ¿a qué tú no te imaginas quién es la muerta?
—No me asuste, ¿eh? ¿Quién?
—¡La Engracia, hija! La misma, tu tía la Engracia.
—¡La madre que me parió! ¿Qué me cuenta?
—Eso. Tira p’arriba y te cuento. ¡Esta ha dao la nota hasta pa morirse... ¡No va y se muere la mismísima víspera de Nochebuena!
—¡Jo, mama! ¡que la han matao!
—Tira, anda hija, que hace un frío que pela. Y ya solo falta que pillemos una pulmonía.
—-
A la entrada del cementerio de Ciriego, el agua y el viento sacudían por todos los lados.
Carmen acudió al entierro por acompañar a sus hijas y a su cuñada. Pero no sentía absolutamente nada por aquella mujer que quedaba bajo tierra. Una total indiferencia la acompañaba. Estaba más preocupada por preparar la cena del día siguiente que por rezar el responso que el cura recitaba.
Laura notó la indolencia de su madre y la recriminó con la mirada. Ella, bajó los ojos y levantó los hombros en señal de desgana.
Apenas veinte personas asistieron al sepelio. Y, en el rostro de la mayoría, se notaba que su asistencia era mero compromiso. Más con Juana que con la fallecida.
El sonido de la tierra mojada golpeando el ataúd, al caer sobre el mismo, produjo un estremecimiento en Carmen.
Se apartó del reducido grupo de personas y se dirigió hacia la tumba de su hijo.
Los claveles que llevaba en la mano los posó sobre su lápida.
A pesar del chaparrón que estaba cayendo, “La Manca” sacó de su bolsillo un pañuelo blanco y limpió el nombre de su hijo.
Cuando se volvió, tenía a su espalda a sus hijas, que se pusieron a su lado.
—Manca, ¿me perdonas? Debí ayudarte con el problema de Juanín y no lo hice, lo siento. Lo siento mucho, de verdad.
Carmen acarició la cara de su hija y asintió sin mediar palabra. Adela cogió la mano de su madre la aproximó a sus labios y besó su palma.
Esperaron pacientes, y un tanto alejadas, a que el enterrador terminara su trabajo.
Laura se aproximó y tomó a su tía Juana del brazo.
La mujer, a pesar del desasosiego, era consciente de los problemas que se le venían encima con los asuntos de su hermana.
Ante aquella situación, le pidió a Adela que continuara con el puesto.
Nunca había sido problemático, tenía buena clientela y siempre había vendido bien, no tenía deudas y además estaba abarrotado de productos.
Incluso, planteó la posibilidad de que Laura trabajara con ella, pero la chica no estaba dispuesta.
Si tenía que trabajar en algún sitio, sería con Fonso.
Aunque, por unos días, al ver la cara de pena que ponía su tía, ayudaría gustosa a su hermana.