Aromas de tabaco y caos Capítulo 40
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Capítulo 40

Días atrás, Laura le había comunicado a Marcela su intención de casarse.

Ello suponía tener que dejar la casa. Fonso no quería que siguiera trabajando.

El dinero que ganaba con la frutería era suficiente para vivir y, además, él tenía su casa en Canalejas, muy cerca del mercado.

Por eso, poco tiempo después de que la muchacha le diera la noticia, algo que ella esperaba y deseaba, Marcela decidió hablar con Doña Fátima.

El anuncio del casamiento de la cocinera no le cayó de sorpresa tampoco a la señora y se alegró por la muchacha, le tenía cariño.

Tras el comunicado, el ama de llaves, aguardó un momento en espera de que la señora diera instrucciones para comenzar a buscar una nueva empleada, pero esta no lo hizo.

Pensó que, tal vez, en unos días lo hiciera, pero iban pasando las jornadas y Doña Fátima no hacía mención del asunto.

Marcela extrañada, veía como el tiempo se echaba encima y, precavida, volvió a indicarle la situación de nuevo a la señora.

La respuesta de Fátima dejó terriblemente preocupada al ama de llaves.

—Lo sé. No me he olvidado. Pero el señor tiene muchos problemas.

Asuntos económicos y, además, con dolor de mi corazón, en confianza la digo que creo que vamos a tener que dejar esta casa, con lo cual, y como comprenderá, el servicio también será más reducido.

Por favor, como la he dicho, le ruego discreción con este asunto.

No sería conveniente que nadie conociera las dificultades económicas de mi familia.

Marcela se retiró y no volvió hacer alusión al tema.

A pesar de la confianza que su jefa había demostrado en ella haciendo ese comentario, el ama de llaves, desde hacía tiempo, veía cosas extrañas.

Como, por ejemplo, el adeudo de salarios; cuatro semanas al jardinero y otras tantas al chófer.

Sin olvidar la cuenta de la carnicería, la de la frutería y la pescadería, que estaban pendientes desde hacía más de un mes.

Marcela era la encargada de hacer todos esos pagos y había reclamado al señor el dinero para hacer frente a los mismos unas cuantas veces y, en todas ellas, le había puesto excusas.

Por ese motivo, comenzaba a tener problemas en el mercado.

Los tenderos la miraban mal y, a diario, y en cuanto tenían ocasión, le hacían alusión a la deuda.

Hasta tal punto que, para evitar aquella situación, la mujer tomó de sus ahorros y abonó al carnicero y al pescadero.

Fonso, como era de confianza y sabía lo que pasaba, no quiso cobrar.

La mala vida de Nicanor lo había llevado al borde de la ruina.

Sofía se lo había contado todo. En la fábrica, los obreros llevaban meses cobrando unas pocas pesetas con las que conseguía, de momento, mantener sus bocas calladas.

La misma secretaria estaba a punto de irse a la calle.

Si conservaba su puesto era porque la joven le cubría las espaldas en sus correrías.

Pero era cuestión de tiempo que todo aquello saltara por los aires.

—-

Aurora le comentaba a Lola la situación que se estaba viviendo en la casa de Pérez Galdós.

Laura se lo había contado el domingo durante la comida y Fonso, que lo sufría en carne propia, apuntillo que él no dejaba de servirles por la amistad que tenía con Marcela y por la relación con su hermana.

Lola escuchaba atónita, parecía imposible que unos señores como aquellos, con una casa como esa, pudieran estar a punto de perderlo todo.

Aquel era un día importante para las cigarreras de la fábrica.

Además de ser sábado, estaba próxima la Navidad y el ambiente era distinto.

Todos los rincones de la fábrica se veían diferentes.

Se respiraba alegría, los talleres eran adornados por las operarias con papeles pintados, estrellas y cualquier otra cosa que diera color.

Todas se encargaban de hacerlo, incluso en alguno de ellos, como en el denominado “de habanos”, un pequeño, pero coqueto, belén, a los pies de un árbol navideño, ambientaba la dependencia.

Pero, sobre todo, se esperaba con ganas la hora de cobro.

El salario de aquella quincena estaba a punto de caer en sus manos. Era espléndido, incluía la paga de Navidad, que desde hacía unos años alegraba un poco más las fiestas.

Los comentarios de las mujeres giraban en torno a las cenas que iban a preparar, las cuales, si bien no eran copiosas, sí intentaban que fueran diferentes.

Buscaban la manera de comprar un buen pollo, un pescado, unas tabletas de turrón y algún licor que solazara las noches familiares.

Pero eso había que conseguirlo de estraperlo y, unas y otras, conocían a alguien que pudiera proporcionárselo.

Además, la mayoría de ellas tenían hijos, nietos o sobrinos a los que querían regalar esos juguetes tan bonitos que se mostraban en los escaparates de Almacenes Simeón.

Aurora y Lola no podían ser menos y ya estaban haciendo planes para pasar una maravillosa tarde de comercio en comercio. Irían a casa, se arreglarían y, como si de dos señoras se tratase, pasearían por el centro de la ciudad en busca de sus regalos de Reyes.

Así lo hicieron y, a las cuatro y media de la tarde, las dos muchachas caminaban por Calvo Sotelo. Era mucho lo que les gustaría comprar y poco el presupuesto que tenían, pero eso era lo de menos. Seguro que algo encontrarían.

Lo primero que hicieron fue acercarse a “La 13”, la administración de loterías más popular de la ciudad. La cola llegaba hasta la farmacia Huerta, pero iba rápida. Allí adquirieron un décimo que compartirían con otras dos compañeras.

—No sé si tocará. Pero... hija mía, ¡cómo me ha dolido soltar las doscientas pesetas!, ¿eh? Además, pa ná, esto es como tirar el dinero. ¡Con lo que me cuesta ganarlo! — dijo Lola mientras guardaba el décimo en su cartera.

—¡Mira que eres!, ¿eh? Pa otras cosas no pones tantas pegas. ¿Y si nos toca? Además, ¿has visto qué número más bonito?

—Pues a mí no me gusta, termina en 9, 49. ¿Qué nos va a tocar? A mí me tocará quién yo te diga, ¡y... gracias!

—Tira, anda, tira. ¡Qué puñetera que eres!

Aprovechando, se acercaron hasta la mercería “La Flor de las Medias”, allí se podían adquirir las más novedosas.

Las atentas dependientas les mostraron las recibidas últimamente, tan solo hacía unos días que habían llegado.

Ambas sabían que una de las dependientas era hija de una compañera.

Se dieron a conocer y la muchacha les mostró un sinfín de medias, a cada cual más espectacular, a pesar de que sabía que las chicas no iban a poder comprar ninguna de aquellas maravillas.

Tal y como imaginaba la empleada, los precios no estaban a su alcance, con lo cual adquirieron un par de pares, uno para cada una, de las más sencillas y, en agradecimiento por su tiempo y por su trato, quedaron con la muchacha en recomendar a sus conocidas la mercería, sobre todo para el tema de coger los puntos en las medias ya que sabían que la mujer encargada de dichos arreglos era una de las mejores de Santander.

Pasaron hacía el otro lado y visitaron el Gran Bazar.

Allí, en los bajos de la casa Sepi, los escaparates aparecían repletos de género, ofreciendo una gran variedad de productos entre los que elegir.

Pero seguían con el mismo problema, el presupuesto, y, por lo tanto, debían amoldarse.

En la mayoría de las ocasiones, aquello que les gustaba no estaba al alcance de su bolsillo y optaban por buscar algo más asequible.

Poco a poco, iban adquiriendo regalos. Ya tenían casi todo comprado, faltaban unas zapatillas. Aurora iba a comprárselas a su madre y su a hermana.

Mirando los escaparates de Juan de Herrera, llegaron a la altura de la Calle Santa Clara.

Subieron las escaleras y, una vez arriba, vieron tirado en la puerta lateral de la Parroquia de la Anunciación a un pobre hombre falto de ambas piernas que reclamaba limosna con la cabeza gacha y la voz apagada.

Aurora metió la mano en el bolsillo de su abrigo y posó sobre un cartón una peseta y dos “perras gordas” que llevaba cambiadas. Sin ningún tipo de comentarios, continuaron hacia Rualasal.

Después de observar durante un momento la pequeña vidriera lateral de Calzados Catalina, entraron.

Era, desde luego, el mejor sitio para adquirir las zapatillas; además de ser buenas, estaban muy bien de precio.

Aunque recordaron que en Juan de Herrera hacía poco que había abierto otra del mismo estilo, Calzados Ocharan, y, aunque solo fuera por curiosidad, podían acercarse antes de comprar.

Tal vez los modelos fueran más atractivos.

Aunque, a decir verdad, solo querían unas simples zapatillas para andar por casa.

Así lo hicieron y allí estuvieron un tiempo ya que el comercio estaba abarrotado de gente que, en su mayoría, curioseaba igual que ellas.

Ya de vuelta a casa, al pasar por la calle Arrabal, el aroma del chocolate procedente de la churrería seducía a los viandantes.

—¡Ufff... qué olor hija, qué sincio! ¿Te apetece? Total, un día es un día.

—No me tientes, ¿eh? Pero bueno, por qué no. Así aprovecho y le llevo unos churros a “La Manca” ¡La encantan!

—¡Hija mía! Pues, con el frío que hace, van a llegar helaos.

Las dos chicas saboreaban muy despacio el dulce mientras repasaban las compras y las cosas que habían visto aquella tarde. Lola, que estaba de cara a la puerta de entrada, le hizo una mueca con los labios a su amiga, poniéndola sobre aviso. Acababan de aparecer Engracia y Adela.

—¡Mira que dos! — dijo Engracia mientras pasaban a su lado.

—¡Hombre! ¿Qué casualidad, no? — contestó Aurora.

—Casualidad, ninguna. Nosotras venimos todas las tardes a merendar.

—Pues ya podéis tener cuidao, ¡menudo culo vais a echar con tanto churro! — saltó Lola.

El comentario le costó una patada en la espinilla. Aurora le dio por debajo de la mesa a la vez que, con un gesto, le indicaba que no tenía ganas de discutir con ellas.

—¡Vale más qué sobre, que no que falte, hija! Otras parecen sacos de huesos del hambre que pasan y... no miro a nadie, ¿eh?

La respuesta de Adela y el tono de la misma no le gustaron en absoluto a Aurora que, antes de comenzar una disputa, sonrió sin más.

Al rato, las cigarreras se levantaron, recogieron la media rueda de churros que habían pedido para “La Manca” y salieron despidiéndose de ellas con un simple: “Adiós”.

Cerca de allí, en la calle del Medio, Manuel tomaba unos chiquitos con su tío, apoyados en la barra de La Cátedra.

—¿Por qué no me haces caso sobrino? Vete para México, gestióname los negocios.

¿Qué se te ha perdido a ti aquí? Allí puedes ganar mucho dinero.

Ahora he comprado las tierras y el ganado de un vecino que falleció.

Su viuda me lo vendió todo a muy buen precio y, al no estar Lipe, necesito alguien de confianza.

—No, tío. De verdad, esta es mi tierra, ya estuve allí demasiados años.

Tengo un buen trabajo, una chica que me quiere y yo a ella.

Pensamos casarnos en un par de años como mucho.

A propósito... me gustaría comprar un piso que hemos visto el otro día, pero no gano lo suficiente y el banco me pide aval.

He pensado que quizá... me puedas adelantar tú el dinero, yo te lo pagaría poco a poco, todos los meses, lo que acordemos.

Entre el sueldo de Aurora y el mío podemos pagar, pero el banco no se fía si no hay aval.

—¿Yo? Pero, ¿qué piensas? No tengo un duro, sobrino. Tengo tierras, vacas y propiedades pero... no dispongo de... ¿cuánto necesitas?

—Pues, cien mil pesetas.

—¿Sabes qué es lo que tienes que hacer? ¡Dejar a esa cigarrera! Esa no te va a sacar de pobre y... arrancar para América. Allí seguro que encuentras una guapa “chava”, morena y lucida, que te llenará la casa de chamaquitos. No seas tonto, ¿por qué no?

Manuel posó sobre la barra el vaso. Sacó un “Ideal” despacio del paquete, lo golpeó tres veces sobre la barra y lo encendió. Aspiró largamente el pitillo, llenó su boca de humo, que soltó lentamente sobre el rostro de su tío y contestó:

—Bueno, tío, por respeto no le he contestado cada vez que usted me ha hecho algún comentario despectivo de Aurora.

Pero esta va a ser la última vez que lo haga.

Esa “cigarrera”, como dice, va a ser mi mujer y quiero que la trate con respeto.

Si no, usted y yo dejaremos de tener relación.

¿Le queda claro? Además, le recuerdo que su propia hermana, o sea, mi madre, ha trabajado en esa fábrica hasta hace muy poco y no creo yo que usted considere que su hermana sea una cualquiera.

El pariente no contestó. Se limitó a mirar de arriba abajo a su sobrino, con cierto desprecio, tiró un duro sobre el mostrador y se marchó.

Últimamente, las cosas no le estaban saliendo del todo bien a Elías. No estaba acostumbrado a que le llevaran la contraria. Debía buscar la forma de terminar con aquella situación. Empezaría por poner fin al problema surgido con la tendera.

En la esquina del Río de la Pila, apoyado en el Teatro Pereda, Luciano, el padre de Manuel, lo esperaba con otro hombre.

Elías le hizo una seña desde lejos y ambos cruzaron la calle. Aquella iba a ser una noche larga. Todos los cabos estaban atados. Solo quedaba esperar.

En la barra del Riojano, tomando un porrón de tinto y saboreando cacahuetes, los tres trataban algún asunto importante que, con toda seguridad, iría buscando el beneficio de Elías Abascal.

Siempre se había salido con la suya. Nunca nadie había conseguido doblegarle. Y,en esta ocasión, tampoco lo harían.