Aromas de tabaco y caos Capítulo 41
79%

Capítulo 41

El revuelo en la planta de arriba de la casona alertó a Marcela. Sigilosamente, ascendió las escaleras, aunque no necesitó acercarse en exceso para poder oír claramente lo que allí sucedía. El jaleo que escuchaba lo protagonizaban los señores en su habitación.

Discutían con vehemencia. La puerta de la estancia se abrió y la mujer no tuvo tiempo de esconderse.

Don Nicanor, con un empujón, apartó de su camino a Marcela, que quedó apoyada sobre la pared por el golpe recibido.

Tras él, Fátima, llorando a voz en grito, le rogaba que esperase, que escuchara todo lo que tenía de decirle.

Marcela no sabía hacia dónde dirigirse. Agarró a su señora como pudo por miedo a que esta, histérica como estaba, cayera por la escalera y también ella reclamó por favor la atención de Nicanor.

Pero este, desde la puerta del salón, con una maleta en su mano, le pedía perdón e intentaba tranquilizarla en un tono que, más que trasmitir sosiego, lo que hacía era incitar la irritación, el acaloramiento y la exaltación de Fátima.

El golpe seco que produjo la puerta cuando Nicanor la cerró, sirvió para que Fátima cejara de llorar.

Marcela abrazó a la mujer y la acompañó hasta su alcoba. Una vez allí, la ayudó a recostarse en la cama, recogió todo lo que había tirado por el suelo y se dispuso a salir. Pero Fátima le pidió que se quedara:

—Nos ha abandonado y, además, me ha dejado en la ruina, Marcela.

¡Este canalla ha perdido jugando todo nuestro dinero!

Solo me quedan deudas. He soportado todos sus desmanes, sus infidelidades, sus caprichos, sus malos modos hacia mi familia, todo.

.. Incluso estaba dispuesta a perdonar este descalabro.

—Pero, ¿qué ha pasado? ¿Por qué se ha marchado? — preguntó el ama de llaves, esperando que su señora le contara la verdad sobre lo ocurrido.

—Yo estaba al tanto de muchos de sus asuntos, pero esperaba que cambiara.

Mi primo debía auditar las cuentas una vez cada dos años, mi padre nunca se fió de Nicanor y así lo dejó dicho.

Pero, cuando hemos querido darnos cuenta, ya era demasiado tarde.

Hemos perdido la fábrica y, posiblemente, tengamos que dejar la casa.

Eso referente a los negocios. Lo otro es peor, Marcela.

¡Qué vergüenza de hombre! ¿Con quién estoy casada?

—Pero, señora, ¿qué es lo otro? ¿Qué pasa?

—¿También tú vas a engañarme? ¡No soy tonta! Puede que sea una pobre idiota enamorada de un sinvergüenza sin escrúpulos. Pero tonta, de eso no tengo rastro y tú lo sabes. Hablo de lo que le hizo a la niñera, a Adela. O, acaso, ¿vas a decirme que no lo sabes?

—Sí, lo sé. Lo sabemos todos. Pero Adela está bien, aquello ya pasó. ¿Cómo se ha enterado usted?

—De la manera más tonta. Encontré a Adela ayer, iba con una mujer a la que yo no conocía.

Pensé que tal vez fuera su madre, o su tía.

No lo sé. Ella se hizo la despistada pero yo me acerqué a saludarla.

No pude articular palabra. Su acompañante, llena de rabia y de ira, con los ojos desencajados, me soltó a la cara que mi marido era un cerdo que había dejado embarazada a su sobrina y que.

.. ¡había intentado matarla! Yo me quedé perpleja, no daba crédito.

Gracias a Dios, en este momento mis amigas estaban atendiendo unos asuntos y no se percataron de ello.

Fue bochornoso. Esa mujer también me dijo que si no creía sus palabras hablara con Sor Clementina.

Y así lo hice. Y mi querida prima me confirmó que todo aquello era verdad.

Le rogué que me contara. Su relato fue tan escalofriante que aún estoy conmocionada.

Esa misma tarde, y nada más colgar el teléfono, recibo la llamada de mi primo poniéndome al corriente de la situación económica.

Creí morir. ¿Qué demonios iba hacer? En cuanto he tenido ocasión, le he soltado todo en su cara.

Y, ahora, se ha ido. Lo he perdido para siempre.

—Señora, creo que acaba de poner en peligro a Adela. Ella estaba amenazada. El señor no sabía que había vuelto a la ciudad. Él pensaba que estaba en el convento con su prima.

—No, no hay miedo. Si se le ocurre hacerla más daño, yo misma iré a la policía.

—Y, ¿dónde ha ido el Señor?

—Ni lo sé, ni me importa en absoluto. Pero una cosa puede tener clara. En este país está muerto socialmente. Mi familia se encargará de cerrar todas las puertas y ventanas que pueda tener a su alcance. Se ha ido. Para mí, murió. Y así se lo haré saber a sus hijos.

El elegante Fiat 1400 circulaba a gran velocidad por las calles de la ciudad.

Sin un rumbo fijo, absorto en sus pensamientos, exaltado, furioso, consumido por el odio y la rabia, Nicanor conducía sin prestar atención a lo que estaba haciendo.

En su cabeza daban vueltas imágenes de la discusión mantenida con su mujer.

Todas sus cartas habían quedado al descubierto.

Sabía que no iba a ser posible continuar.

Iba a perder su posición, el nivel que ocupaba en la sociedad, quedaría relegado a la nada.

Su conducción era acelerada e insegura. La poca visibilidad, el piso mojado y la velocidad no eran buenos aliados para personas que, como él, no eran diestras en el manejo de automóvil.

No obstante, no levantó el pie del acelerador y comenzó a descender por la cuesta de Castelar como un poseso.

Todos los ingredientes necesarios para sucumbir en un accidente se estaban dando en ese momento y, como no podía ser de otro modo, perdió el control de vehículo.

Instintivamente, pisó el freno hasta abajo, pero las ruedas se deslizaron e hicieron que el auto reculara.

Por más que movía hacia un lado u otro el volante y por más que su pie tocaba el pedal no conseguía enderezar la dirección del mismo.

El muro de la fábrica del gas hizo de freno.

Nicanor recibió un tremendo golpe, pero no perdió el conocimiento y, consciente del peligro que corría, quiso salir.

Sus intentos fueron en vano. Sus piernas estaban atrapadas y la parte derecha de su cuerpo completamente inmóvil.

Sintió ganas de vomitar y lo hizo. Su boca expulsó un gran coágulo de sangre.

Se sintió cansado; más que eso, agotado.

Recostó la cabeza donde pudo. Sintió un tremendo sosiego por el que ya no le importaba nada.

Estaba tranquilo, no sentía dolor, ni angustia, ni ansiedad, solo paz y. .. ganas de dejarse llevar.

—-

Aurora estaba envolviendo los regalos que había comprado cuando escuchó a lo lejos el sonido de una moto.

No tenía dudas, era Manuel. El joven paró justo debajo de la ventana de Aurora y lanzó un caramelo contra la misma esperando que esta abriera.

Pero ella, que ya estaba atenta, estuvo a punto de recibir un golpe con el dulce en toda la cara.

—¡Estás tonto! ¿Qué quieres, sacarme un ojo?

—Joder, ¡casi te doy!

—¿Qué haces aquí tan tarde? ¿Qué quieres?

—Baja, tengo que hablar contigo, quiero contarte una cosa.

—¿Tan urgente es que no puede esperar a mañana, hijo?

—¡Baja, no seas pesada, coño!

—Hace un frío que pela. Sube tú.

—¿Estás sola?

—No, está mi madre. Pero ya está en la cama. Sube anda, que me estoy quedando como un chorizo.

Aurora calentó un poco de leche y se la sirvió a Manuel. El hombre agarró con ambas manos el vaso. Las tenía entumecidas de frío.

—Bueno, ¿qué era eso tan importante que tenías que decirme?

—¿Lo quieres saber?

—Definitivamente, o estás tonto o estás borracho. ¡Pues claro!

—La verdad, rubiuca, no tengo nada que contarte, solo tenía ganas de verte.

—Y para esto... ¿tanta historia? ¡Qué has estado a punto de dejarme bizca y todo, hijo!

Manuel agarró a la joven del brazo, la atrajo hacia él y la sentó en sus rodillas. Las heladas manos de Manuel se deslizaron por la entrepierna de Aurora, que se levantó de golpe al sentir su tacto.

—¡Estás tonto! Que está mi madre en la cama y a veces se levanta.

—Estará dormida, tonta. Venga, solo un poco, mujer. No seas así, si tú también lo estás deseando, te lo noto en los labios, están ardiendo.

—¡Qué no, hombre! Si llego a saber esto... no te dejo subir.

Desde la habitación contigua, la voz de “La Manca” sobresaltó a ambos.

—¡Loluco! que te estoy oyendo, ¿eh? ¡Niña, ponle la leche fría pa ver si se le pasa el calentón!

Una carcajada salió al unísono de la boca de ambos. La Manca sabía perfectamente qué decir en cada momento. Clara y llanamente.

—¿Lo ves? Te lo dije. Menudo oído tiene. Venga, toma la leche y vete.

—Bueno mujer, deja que me lo tome tranquilo, ¡está abrasando, coño!

¿Sabes? estuve esta tarde con mi tío y le comenté que si me podía dejar el dinero para el piso.

Pero el muy cabrón poco menos que se rió de mí y, en lugar de contestarme, se limitó a decirme lo que tenía y no tenía que hacer.

Vaya manía que tiene con que deje la fábrica.

Yo no sé qué piensa que es aquello... Es un idiota, le estoy cogiendo una tirria que ni te imaginas.

—¡Vaya que si me la imagino! Yo no le puedo ni ver.

—¿Y eso? ¿Qué ha pasao? ¿Te ha dicho alguna vez algo? ¿Se ha metido contigo?

—No, hombre, no seas mal pensao. Solo que... No me gusta. No me gusta cómo me habla, cómo me mira... No me gusta. ¿Tú sabes que mi padre trabajó para él, cuando era joven, en la casa que tenían en el Alta?

—Sí.

—¿Sí? Y... ¿por qué lo sabes, quién te lo ha dicho?

Manuel se quedó callado. Quizás era el momento de contar lo que sabía.

—Contesta, ¿por qué lo sabes?

—Rubiuca, voy a contarte lo que yo sé. Pero no quiero que pienses mal. Si puedo ayudarte en algo, sabes que lo voy hacer, pero sobre todo, no se te olvide en ningún momento que te quiero. Por cierto, ¿te lo he dicho alguna vez?

Aurora sonrojada, sonrió.

—¡Calla, tonto! Me das miedo, ¿Qué tienes que decir?