Aromas de tabaco y caos Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

Con relación a la identidad de la mujer, tampoco había dudas. Según lo indagado, la persona que le había dejado la misiva no podía ser otra que la hermana de Lipe.

Su cuñado se había encargado de localizarla y de espiarla. Sabía donde vivía, cuáles eran sus costumbres y la fama que tenía. Eran datos más que suficientes para saber con quién estaba tratando.

Dio una vuelta alrededor del Mercado de la Esperanza, admirando el sinfín de puestos y personas que por allí transitaban.

Se adentró en la zona baja del mismo y recorrió tranquilamente los puestos de pescado, que exponían todo tipo de variedades.

Escuchó los reclamos de las tenderas que solicitaban a voces su atención y reparó con curiosidad en la delicada práctica de la limpieza del pescado.

Al cabo de un rato, decidió salir de nuevo.

Se detuvo durante un instante y observó cómo iba la construcción de la Iglesia de San Francisco.

Ya tomaba forma. Hacía diez años que había comenzado su edificación.

Lo recordaba, porque había visto cómo se iniciaban las obras cuando vino al entierro de su madre.

Continuó tranquilamente y decidió subir por la entrada que daba a la Travesía Los Escalantes.

Y eligió, para llegar a la parte superior del mercado, la escalera situada a la derecha.

Antes de comenzar a ascender, admiró detenidamente el letrero, “Mercado”, y recordó a su buen amigo Eduardo Reynals, uno de los arquitectos que había proyectado aquel hermoso edificio y con el que había tenido ocasión de disfrutar de ratos de ocio y fiestas en su juventud.

El puesto de la mujer que buscaba estaba situado en la parte izquierda. Pero él, decidió entrar por la derecha e ir poco a poco. Era pronto, seguro que en algún momento lo encontraría.

Debió de confundirse al recordar la situación, pues apenas había dado treinta pasos cuando leyó, en uno de los letreros, el nombre que él buscaba.

Tenía a bastante gente esperando. Las mujeres, alborotadas, conversaban en voz alta.

Tras el mostrador, una chica joven atendía con más ganas que destreza los pedidos de la concurrencia.

Elías la miró atentamente. Lo hizo desde una distancia prudencial, para evitar que la muchacha se diera cuenta de que era observada.

Aquella no era la persona. La descripción que le habían dado de la mujer a la que él buscaba nada tenía que ver.

Decidió dar otra vuelta. Pero, cuando se disponía a hacerlo, vio como otra mujer se situaba en el despacho.

Esta sí que era la persona que buscaba. La foto que le habían entregado estaba tomada casi desde el mismo lugar donde él se encontraba. No había dudas, era ella. Esperó.

El ir y venir de clientes era constante, Elías pensó: “Tiene clientela la elementa esta”. Pero, de repente, en un abrir y cerrar de ojos, Engracia salió del despacho y caminaba acelerada por el estrecho pasillo abarrotado de gente.

La mujer iba limpiándose las manos en el delantal cuando pasó por delante de Elías.

La mirada de ambos se cruzó. No lo reconoció.

Quizá... no lo conocía. Lo que estaba claro era que lo había visto.

Él la siguió. Aceleró el paso y, casi cuando esta se disponía a bajar las escaleras, la agarró del brazo.

—Perdone. ¿Es usted Engracia Guzmán?

—¿Quién lo pregunta?

—Elías Abascal. Creo que estaba usted interesada en hablar conmigo, ¿no es así?

Engracia se quedó paralizada. ¿Cómo era posible que supiera que era ella la mujer que había dejado la nota en su casa?

Tiró con rabia para liberar el brazo sujeto por la mano del hombre, que con fuerza la oprimía, se acicaló la ropa y, en su línea, con el remango y la prepotencia que la caracterizaban, le hizo frente.

—¡Pues, sí! ¡Así es! Me parece muy bien que haiga venido hasta aquí. ¡Así no tengo yo que pasearme que... tengo mucho que hacer pa perder el tiempo... yendo y viendo por el muelle!

—Bien, pues usted dirá. ¿Qué es eso que sabe y que cuesta cien mil pesetas? Porque... que yo sepa, no tengo el gusto de conocerla.

—Ya, pero... yo a ti sí que te conozco. Mucho.

¿Qué cosas, verdad? Dejan una preñá y luego va y se le muere al parir la criatura.

¡Qué suerte!, ¿eh? Y, ¡hala! La niña, p’al abujero.

¡Pues, no!, esta niña no fue p’al hoyo, está vivita y, por cierto, muy cerca del “señorito”.

Y yo la conozco, muy requetebién a lo demás.

¡Mire usted por dónde! ¡Ah! Y sé más cosas, como por ejemplo.

.. que el Lipe murió, ¿se acuerda del Lipe? Pues era mi hermano.

Elías se quedó mudo un instante. Su cuñado había hecho un buen trabajo. Tal y como le había dicho, esa mujer era hermana de su capataz.

Apreció que Engracia era un hueso duro de roer. Descarada, raquera, atrevida, insolente, chula... No se dejaba amedrantar. En ningún momento bajó la guardia, esperaba con los brazos apoyados en sus insignificantes caderas la contestación del hombre.

—Eso que dice, ¡es mucho decir para una vez! Además, ¿por qué tengo que ser yo el hombre que busca? Y, de serlo, ¿por qué ha de ser verdad lo que usted cuenta? Y Lipe, ¿qué pinta en esta historia?

—¡Bueno! no me haga soltar todo el chisme que, por un lado, el “señorito” ya se lo sabe y, por otro, no tengo tiempo que tengo lleno el puesto. O, ¿no lo ve?

—Está bien. Y, a cambio del dinero, ¿qué me llevo yo?

—¡Casi ná ! ¡No te digo! El nombre de la mozuca y mi silencio. ¿Te parece poco?

—Y... ¿si no hay dinero?

—Pues, entonces, la mozuca sabrá quién es su padre y su respetable hija, la Margarita, también. ¿Qué te parece?

—Bueno, “señora”, sabrá usted de mí cualquier día de estos.

Sin más explicaciones, Elías comenzó a bajar las escaleras. Desde arriba, con los brazos cruzados, la barbilla erguida y la espalda recta, Engracia le despedía con una última frase:

—No lo dejes mucho, que tengo un pisuco muy guapo apalabrao y me corre prisa.

Elías se volvió a mirarla, estaba rabioso. Aquella mujer no sabía con quién estaba jugando.