Aromas de tabaco y caos Capítulo 39
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Capítulo 39

Sentado en un noray cercano al Palacete del embarcadero, con la vista puesta en Pedreña, Manuel, absorto en sus pensamientos, sintió como una ráfaga de nordeste se colaba por el cuello de su gabán.

El escalofrío que le produjo aquel helador viento, le hizo volver de su abstracción.

Pero continuó allí sentado admirando la bahía y pensando en un pasado tan cercano que era capaz de tocar con sus dedos.

En ningún caso había tenido la intención de enamorarse de Aurora y, sin embargo, lo que había empezado como un juego, se había convertido, al menos para él, en algo más.

Nunca había tenido las sensaciones que sentía cuando la veía.

Ahora sí que sabía lo que era el amor y lo que significaba sufrir por él.

Pero tenía dudas, no tenía muy claro que ella sintiera lo mismo por él.

Por eso, después del encontronazo que habían tenido por la falta de confianza que le había demostrado, pensó que quizás ella no le correspondía y decidió dejar pasar el tiempo, olvidarse de aquella relación y empezar de nuevo.

Aunque, por una parte, no podía y, por otra, no quería.

A pocos pasos de allí, Aurora observaba al muchacho.

Decidía, inquieta y dubitativa, si recorrer la escasa distancia que la separaba de él.

Podían más sus ganas que su orgullo. Cierto era que Manuel tenía motivos para estar enfadado, pero no era menos cierto que, de haber querido, también él se podía haber acercado a ella en lugar de evitar por todos los medios coincidir.

Algo le indicaba que aquel era el momento oportuno para el encuentro.

Decidió cruzar al otro lado e intentar arreglar aquel mal entendido.

Por detrás, alguien tocó su hombro. Al girarse y ver la figura de Aurora, Manuel hizo ademán de sorpresa y se incorporó rápidamente.

Olvidó de repente que llevaban muchos días enfadados y su cara reflejó la alegría del momento.

Al ver frente a él a “su rubiuca”, con la sonrisa cincelada en los labios, la mirada se le iluminó y sus ojos se mostraron chispeantes y vivos.

Se incorporó ágil y rápidamente. El nerviosismo y la emoción le hicieron olvidar la cercanía del noray al borde y a punto estuvo de caer a la bahía.

Aurora no pudo aguantar y soltó una carcajada.

Él, al sentirse en tierra firme, también rió abiertamente.

Después, el silencio se apoderó del instante.

Los dos querían hablar, pero ninguno lo hacía.

Tanto la una como el otro no tenían claro si aquello era una reconciliación o, solamente, el encuentro de dos antiguos amigos.

—No sé si lo que voy a decir es una tontería, pero... ¿qué te parece si... hacemos las paces? — rompió el hielo Manuel, con voz temblorosa.

—Ufff... No sabes las ganas que tenía. Lo he pasado muy mal. En la fábrica apenas te veía, solo de lejos. Yo iba pa un taller y tú pa otro... ¡Cualquiera diría que te escondías!

—Ya, bueno, es que... de verdad, me dolió mucho que no me contaras tus cosas. Pensaba que significaba algo para ti y resulta que, al parecer, solo soy uno más.

—No te hagas el mártir, ¿eh? ¡Que... la tenemos otra vez! Tú eres un cabezón y yo también. Punto. Ahora, pasamos página o, ¿qué hacemos?

—¡Pues, mira! Vamos hacer una cosa. Dejarlo claro. Desde hoy, eres mi novia. ¿Cómo lo ves?

—Desde luego, chavaluco... ¡Qué poco romántico eres, hijo!

Después de un largo abrazo lleno de susurros, envuelto en deseo e interrumpido por la llamada de atención de un municipal que pasaba junto a ellos, los dos tomaron el mismo camino.

Entre bromas y veras, iban retomando todo aquello que había quedado anclado desde hacía días.

Eran muchas las novedades que quedaban por contar.

Bajo un sol que, si bien no calentaba con fuerza, aportaba al otoñal y fresco día una sensación térmica superior a la que realmente había, la pareja caminaba tranquilamente por el Paseo de Pereda, sin un rumbo concreto pero con una intención común, consolidar su relación y apoyarse el uno en el otro ante cualquier contratiempo.

Cerca del Ayuntamiento, se toparon con Laura y Fonso. La muchacha estaba exultante de alegría.

—¡Mira! — exclamó Laura mientras alargaba su mano izquierda y mostraba su dedo anular. En él, lucía una pequeña sortija de oro con una piedrecita azul.

—Y... ¿eso? No me digas que...

—¡Síii!, te lo digo, ¿verdad Fonso?

Aurora abrazó a su hermana ante la mirada de los dos muchachos que, sorprendidos con tanta efusividad, las miraban perplejos.

Las dos parejas decidieron ir al encuentro de “La Manca” y ponerla al tanto de las noticias. Seguro que iba a alegrarse por ellas y, además, falta hacía un poco de alegría y algo que celebrar en aquella casa.

Las dos hermanas subieron primero. Debían pedir permiso a su madre para que autorizara la entrada en casa de los muchachos. Ni qué decir tiene que Carmen, antes de que estas le solicitaran su aprobación, se acercó a la ventana y gritó:

—¡A ver, elementos, subir p’acá ! Que... creo que hay algo que tenéis que decirme, ¿no?

Adela, que estaba más amargada que de costumbre, más distante y quejosa que nunca, permanecía en su habitación casi continuamente. Al escuchar el alboroto que unos y otros estaban formando, salió de la misma.

El pasillo pequeño, estrecho y oscuro de la casa, estaba lleno de gente.

Ellos callados; ellas hablando a la vez a su madre que, cogida del brazo de Nando, era incapaz de prestar atención a lo que le decían.

Básicamente, sabía de lo que hablaban, pero estaba más atenta de los gestos y las miradas de los muchachos que de lo que sus hijas comentaban.

Adela abrió la puerta y, con ese tono arisco suyo tan característico, chistó solicitando silencio.

Todos callaron al momento. Carmen, sin intención alguna de entrar en debates ni disputas con ella, le contó lo que pasaba y le dijo que era el día perfecto para celebrar aquellas dos buenas noticias y que no había nadie capaz de estropear ese momento.

Aquella era su casa, ella era la cabeza de familia y nadie tenía nada más que decir.

La imagen de una mesa llena de gente le hizo recordar años pasados, cuando sus hijos eran pequeños y todos juntos compartían los pocos víveres que tenían.

Recordó entonces cómo les contaba historias para entretenerles y conseguir con ello que sus pensamientos no se centraran en el hambre que tenían.

Poco más tenía ahora, pero era diferente. Ver a sus hijas tan felices la llenaba de alegría.

Ya en la sobremesa, cuando todos estaban más tranquilos, Aurora y Laura recogieron y fregaron los platos mientras “La Manca”, entre risas, colaba el café, por supuesto mezclado con achicoria, en una manga oscura y desgastada.

Nando bromeaba con ella y le reclamaba que usara la nueva, la que hacía unos días él mismo había subido de la ferretería.

Pero ella prefería utilizar aquella, decía que tenía solera y que el café estaba más rico.

Adela continuaba sentada en una esquina de la mesa.

No había abierto la boca durante toda la comida.

Sus miradas habían sido como cuchillos afilados, deseando rasgar.

Carmen se había dado cuenta y, en más de una ocasión, con un gesto, había apaciguado la rabia de esa mirada.

Con el café humeante y aromático y un bote de leche condensada sobre la mesa, en el que todos metían sus cucharas para saborear el dulce, Adela pronunció sus primeras palabras:

—Bueno, pues ná . A la vista de los acontecimientos, tendré que felicitar a mis hermanas. Digo yo, Manca, que... sacarás la botelluca de coñac que el otro día te subió el Nando, ¿no?

Carmen asintió con la cabeza. “Esto no pinta bien, pero no es plan mandarla callar”, pensó.

—Pues, lo dicho. Felicidades. ¿Quién me iba a decir a mí que estas dos se iban a casar antes que yo?

Parecían dos mosquitas muertas y... ¡míralas cómo han cazao!

¡A lazo! Pues ná , yo me voy. Aquí sobro.

Lo he notado desde el primer día. Ayer hablé con la Engracia y me ha dicho que me vaya con ella.

Voy a trabajar en el puesto. Así, os dejo tranquilas a todas y con la compañía de vuestros hombrones.

Un ir y venir de miradas se cruzaban por encima de aquella mesa. La insolencia y la prepotencia con la que Adela hablaba no las sorprendía, pero la noticia, sí.

Ninguna de sus hermanas tuvo nada que decir, pero Carmen lo hizo.

—Pues... ¿sabes una cosa? Me parece estupendo. Dos perros no se muerden nunca. Y... ¿cuándo has dicho que te vas?

Adela se levantó y se aproximó hasta el lugar que ocupaba su madre. Nando hizo lo mismo y se colocó cerca de Carmen. Esta alargó su mano y separó al hombre, que intentaba protegerla.

—Y tú... ¿te las das de madre? ¿Qué has hecho tú por mí en esta vida más que odiarme?

—Yo no te odio. Ni a ti ni a ninguno de mis hijos.

Pero tú, parece que tengas dentro el demonio.

Eres egoísta, envidiosa, dominante, prepotente, eres.

.. un puto bicho. Así que, ahora que sabes lo que pienso, ya puedes largar.

Ya sabes dónde está la puerta. ¡Vete con esa elementa, eres igual que ella y que la zorra de su madre!

Los ojos de “La Manca” a duras penas intentaban contener las lágrimas, pero dominó la emoción como pudo y, plantando cara a su hija, le hizo una última pregunta:

—¿Qué, hija, necesitas que te ayude a recoger tus cosas o puedes tú soluca?

—-

La semana comenzó con un día oscuro, frío y lluvioso.

Elías desayunó muy temprano y salió de casa.

No quería dar explicaciones a su hija de su destino y, mucho antes de que esta se levantara, el hombre ya caminaba sosegadamente por la ciudad.

No tenía demasiada prisa por llegar, quizás era mejor hacerlo con la mañana un tanto avanzada.

El murmullo de la gente le serviría en parte de escudo; además, si estaba concurrido en ese momento el puesto, tendría más opciones para poner nerviosa a su presa.