Capítulo 38 #2
—¿Una señora? Qué raro, no recuerdo, ¿dónde estaría yo? Nadie me ha preguntado por el piso de los señores esta tarde... Bueno, tú no te preocupes. Verás. Dame a mí el sobre y se lo subo yo como que lo han traído ahora. Eso sí, dime qué pinta tenía esa mujer, por si me pregunta.
—¡Oh!, Don Abelardo, ¿De verdad que haría eso por mí?
—¡Pues claro, niña, cómo no! Además, es lo más normal, al señor no le extrañará que yo suba ahora una misiva.
—Gracias, mil gracias, que majo es usted. La señora que le digo era alta y delgada. Tenía... entre usted y yo... cara de bicho, pero... de bicho malo, ¿eh?
Abelardo rió la expresión de la chiquilla. Tomó la carta y comenzó a subir las escaleras.
Toñuca se acercó hasta el comedor. Padre e hija habían comenzado a cenar hacía unos minutos. Se acercó a Don Elías y le susurró algo al oído; al mismo tiempo, posó sobre la mesa una pequeña bandeja de plata donde reposaba un sobre.
Margarita alargó su mano con intención de cogerlo, pero antes de llegar a tocarlo siquiera, su padre le ordenó que no lo hiciera.
Posó cuidadosamente el tenedor sobre el plato, se limpió los labios, tomó con delicadeza el sobre, lo miró por ambos lados, lo dobló a la mitad y lo guardó en el bolsillo derecho de su batín.
Luego, miró a su hija y comentó:
—Será algún muerto de hambre que me pide trabajo. Notas como esta me dejan en “la Gloria” casi todos los días.
Pero no era cierto. Elías estaba tan intrigado como su hija. ¿Quién le había dejado aquella nota?
Con la excusa de que había tenido un día duro, se despidió de Margarita antes de lo habitual. Nada más cerrar la puerta de su habitación, rasgó por un lateral el sobre, y leyó con atención el contenido de la carta.
Conozco tu secreto.
Sí, eso que estás pensando en este momento.
Y, además, sé hasta mucho más que tú. No hubo ninguna niña muerta, ni desaparecida.
Está viva, vivita y coleando. Pero, no te preocupes, este secreto puede seguir siéndolo si tienes la delicadeza de aligerar el bolsillo.
Sabrás de mí. Tú vete preparando cien mil pesetas y todo quedará olvidado.
Dejó caer su cuerpo sobre la cama y golpeó con el puño sobre ella con rabia.
¿Cómo podía ser? ¿Quién era aquella mujer?
Además, siempre le había asegurado que se había deshecho de la niña.
Tenía que parar eso como fuera. Debía hablar con esa persona, conocer todo lo que sabía, averiguar por qué lo sabía.
Sobre si estaba viva o no aquella niña, eso no le importaba en absoluto. Además, de sobra sabía él que vivía.
—-
Aurora y Carmen cenaban en silencio. Unas patatas fritas con unos huevos que “La Manca” había cambiado por unos lirios.
Cada vez les costaba más cubrir todos los gastos.
Les habían subido el alquiler de la casa, tenían que pagar cerca de trescientas pesetas.
Carmen estaba dispuesta a volver al estraperlo.
Al menos, con “el negocio” aseguraban la comida, pues el racionamiento era insuficiente.
Además, aquella semana, Carmen había coincidido en la cola con una vecina que acababa de quedarse viuda y tenía nada menos que cinco criaturas a las que alimentar.
Cogió sus raciones, pero esperó a su vecina a la salida para entregárselas.
Alguien también lo había hecho por sus hijos años atrás.
—¿Cómo no ha subido el Nando a cenar, mama?
—¡Ni falta que hace!
—Vaya carácter que tiene usted. ¿Qué pasó ahora, mujer?
- Ná , hoy he tenido un día de perros. He discutido con él.
—¿Por?
- Na, ná , que no importa. Que... estaba remontada, llegué a la ferretería y allí voy y me encuentro con... ¡ese!
—¿Con quién, mama?
—Con ese, ¡con el padre de la Margarita! ¡Se me revolvió el estómago, hija! ¿Qué quieres que te diga? Y... tuve un pequeño...ya sabes.
—¿Qué le dijo usted? ¿No se la habrá ocurrido hablar de papa, verdad?
—No, mujer. ¡Pero debería de haberlo hecho! Estoy harta, ¿eh?
—¿De qué? —preguntó Aurora, riendo a carcajadas, viendo las expresiones que su madre hacía.
—De tó ¿Sabes? No sé por qué, pero tengo la sensación de que el viejo ese es el único que sabe la verdad de lo tuyo. No me digas por qué. Pero... estoy segura que él tiene las respuestas que nosotras no encontramos.
—¿Usted cree? Y... ¿por qué piensa eso?
—No sé, tu padre... ¡bueno, el Lipe! en aquel tiempo no salía de la finca.
Todo el día se lo pasaba allí. Yo le notaba raro, pero como él era reservao, nunca me hablaba de lo que pensaba.
La noche que llegó contigo estaba blanco, no durmió en toda la noche.
.. bueno, esa y muchas más, porque ¡hay que ver cómo berrabas, hija!
Pero no me quiso decir más que lo que ya te conté. ¡ Ná más, hija!
La aldaba de la puerta sonó débilmente. Las dos mujeres se miraron extrañadas. No es que fuera muy tarde, pero... ¿Quién podría ser? — se preguntaban.
Ambas se acercaron sin hacer apenas ruido. Aurora entreabrió con sumo cuidado la mirilla óptica y, al ver quién estaba tras la puerta, se volvió sorprendida hacía su madre:
—Es una monja — susurró—.
—¿Una monja? Pues abre. Igual se ha equivocao. ¡Mira a ver qué quiere!
La luz de la escalera, amarilla y tenue, hacía muy dificultosa la visión de la persona que se encontraba en el descansillo. Aurora abrió la puerta al tiempo que alumbraba la pequeña entrada de su piso.
Al fijar sus ojos en los de la religiosa, reconoció en ellos a la portadora de los mismos.
Estaba mucho más delgada y el color de su piel blanquecino le aportaba un toque enfermizo y triste.
Unas ojeras profundas, enterraban sus vistosos ojos verdes, ahora ensombrecidos.
Sin mediar palabra, Aurora retiró su cuerpo hacia un lado, con la intención de que su madre pudiera ver de quién se trataba.
Carmen rápidamente la reconoció. Quieta, como si sus pies se hubieran quedado pegados al suelo, solo acertó a taparse la boca con ambos manos y a pronunciar, a la vez, un nombre:
—¡Adela!
Si, efectivamente, era ella. Adela. La muchacha esperó ansiosa a que su madre abriera los brazos reclamando su aproximación.
Arropada por ella, rompió a llorar como si de una niña se tratase.
Aurora observaba la escena emocionada, no sabía qué hacer, sentía unas ganas inmensas de abrazarla y de decirle lo que la había echado de menos, pero esperó a que las dos mujeres se recompusieran de su llantina para hacerlo.
Cuando lograron recuperarse de la emoción, Carmen y Aurora escucharon atentamente las explicaciones de Adela.
Según la chica narraba, entre sorbidos y lágrimas, con la voz entrecortada e hiposa, Carmen iba notando cómo todo su cuerpo se llenaba de rabia, cómo sus pómulos estaban enrojecidos de ira, cómo sus uñas, comenzaban a clavarse con saña en la palma de sus manos.
Aquella mujer sentía cómo su sangre hervía, y lo hacía de tal manera porque era consciente de que todo aquello que su hija había pasado como consecuencia del capricho de un señorito, iba a quedar sin castigo.
Pero Adela se secó las lágrimas con orgullo y pegó un puñetazo en la mesa. Nadie iba a reírse de ella. Permanecería en casa unos días, pensaría en qué era lo que podía hacer e intentaría, por todos los medios, arruinar la vida de Nicanor.
Aurora y Carmen intentaron disuadirla de ello, pero no escuchaba.
Solamente tenía una fijación; buscar la forma de perjudicar a aquel hombre.
Si al principio parecía aplacada y desolada, en las escasas dos horas que llevaba en casa su carácter altanero había vuelto.
En cuanto se repuso, volvieron sus aires de superioridad, sus malas contestaciones y su prepotencia a imperar en la conversación.
Hasta el punto que Aurora, alegando que ya era tarde, se retiró a su habitación para evitar entrar en discusión con su hermana.
Aprovechando que estaban solas, “La Manca” dejó que Adela se apaciguara y tomó la palabra.
—Bueno, ya estás tranquila, ¿no?
—Más o menos, ¿por?
—Pues porque ahora la que voy a hablar soy yo.
—No tengo ganas de sermones, ¿eh? Además...
—¡Siéntate! ¡Escucha y calla! ¡Que te voy a leer la cartilla, guapina!
“La Manca” la cortó como si la chica fuera de mantequilla y su voz un cuchillo afilado. Con un tono aún más hosco, continúo:
—¡He soportado durante años tus malas caras, tus chulerías, tus raqueradas, tus desaires arrogantes y tu mandona presencia!
Pero... ¡a partir de ahora, en esta casa se hace lo que yo diga!
Si estás de acuerdo, bien, y si no, ¡aire!
Te vas al Hotel Real, que seguro que allí te van a tratar como a una marquesa.
No quiero líos. Así que vete quitándote de la cabeza el hacer ná pa incomodar a Nicanor.
La culpa de tó lo que te ha pasao es tuya.
¿Quién coño te crees que eres pa meterte en la cama de ese elemento?
¡Eres tonta! Tan lista, tan lista, ¡que te pasaste, hijuca!
Mañana mismo buscas trabajo. Porque la que te habla no te va a dar de comer por la cara, ¿te queda claro?
Adela la miraba con unos ojos que se salían de las órbitas.
Tragaba saliva y apiñaba con fuerza los dientes para evitar pronunciar una sola palabra.
Sabía que su madre tenía un carácter duro y marcado, pero en casa, y menos con sus hijos, jamás lo había demostrado.
Ella la había visto discutir muchas veces en la calle con alguna vecina, en la lonja, con algún gris incluso, o en algún altercado del barrio, pero nunca la había visto utilizar ese tono en casa.
—Aplícate todo lo que te estoy diciendo.
No voy a repetirlo ni una sola vez más. Y.
.. que sepas que no voy a perdonarte jamás tus palabras y tu indiferencia cuando subí a pediros ayuda para tu hermano.
¡Te lo digo para que sepas! Que te quede claro, ¡listuca!
Eres mi hija, pero no voy a tirarme al río por ti.
¡Que me has hecho mucho daño, muchísimo daño!
¡Ah!, dos cosucas más; la Laura está saliendo con el Fonso, el frutero.
¡Como se te ocurra joderla la vida, te enteras!
Y yo, estoy con el Nando, ¡que lo sepas!
¡Y no tengo ná más que decir! Puedes dormir en el cuarto de tu hermano.
En el armario hay sábanas. Mañana saldré al encuentro de la Laura pa decirla que estás aquí.
Pa que se quede tranquiluca, la mi pobre, ¡Qué bastante ha pasao pensando en ti!