Capítulo 38
Sor Clementina volvió al convento. Afligida por la pérdida de su madre, no conseguía reponerse del todo. Además, la conciencia la remordía. Era el momento de buscar la paz interior. Para ello, debía volver a poner su vida en orden, pedir perdón y refugiarse de nuevo en su interior.
Debía pagar sus culpas. Había decidido renunciar a su cargo como Madre Superiora y pedir al Obispo el permiso necesario para ingresar en clausura total, de por vida.
Después de dar cristiana sepultura a su anciana progenitora, decidió visitar a su primo. Le agradeció los favores prestados y le puso al corriente de las acciones que iba a llevar a cabo con relación al cometido que él le tenía impuesto.
La conversación fue tensa. No consiguieron llegar a ningún acuerdo.
Él mantenía que Adela debía permanecer en el convento de por vida y Clementina se negaba a ello.
Pero, lo cierto era que ya no había motivo ni razón por el cual la religiosa tuviera que cumplir y, a pesar de ser amenazada, no estaba dispuesta a mantener durante más tiempo a aquella muchacha encerrada.
Ella sabía lo que era estar en un lugar como aquel sin querer estar.
El tiempo le había enfriado la sangre, aplacado las fuerzas y mermado las ganas de vivir.
El tiempo y la imposibilidad de salir de allí.
Cumplió con la promesa que a su madre hizo y dedicó su vida al Señor.
Pero, con una mujer sacrificada así, era suficiente.
Ella no era absolutamente nadie para negar la libertad a otra persona.
Ni ella ni, por supuesto, su primo, por muy señor que se considerase y por mucho dinero que tuviera.
No tenía la más mínima intención de someter a nadie, a aquella vida.
Hablaría con Adela, si ella decidía quedarse, la ayudaría. Si, por el contrario, escogía irse, se lo permitiría.
Una vez tomada aquella meditada decisión, no quiso demorar la conversación con Adela y, nada más acaldar sus cosas, salió a su encuentro.
La chica estaba descansando en su celda.
Sor Clementina pensó que ese era el lugar ideal para el tipo de conversación que debían mantener.
La religiosa entró sin llamar. Adela estaba tumbada sobre el camastro, con la mirada clavada en el techo.
La frágil luz de la vela, que destellaba con dificultad, se apagó con la corriente producida al cerrar la puerta.
—Lo siento, no quiero molestar. Pero es necesario que hable contigo. — esas fueron las palabras que Sor Clementina pronunció, con la voz apagada, igual que lo estaba la fría celda que tenía asignada la muchacha.
Adela se sentó y le pidió a la monja, con un gesto, que hiciera lo mismo.
Después de escuchar con atención el relato, Adela se derrumbó.
La rabia, el orgullo y la pena la invadieron.
No había una sola palabra para describir lo que sentía.
Engañada, traicionada, manipulada, totalmente ninguneada por aquel hombre, así se sentía.
Un hombre que había estado a punto de matarla.
Que la intención que había tenido era la de quitarla de en medio desde el momento en que ella se había negado a deshacerse de la criatura.
¿Cómo alguien pudo maquinar tal cosa? Quería dejarla presa, cargando con una culpa que no había cometido o, incluso, que muriera.
—¿Qué piensas? Dime algo. Lo siento tanto.
Te traje aquí porque era la única manera de librarte de la cárcel.
Es la única forma que encontré de ayudarte.
Créeme, fue una suerte que te llevaran al mismo sanatorio donde yo estaba.
De no haber sido así, en estos momentos estarías encerrada en Ventas y, créeme, sin visos de salir.
Adela no tenía ni lágrimas. La ira corría por sus venas a tal velocidad que comenzaba a calentar su sangre.
Sabía que lo único que había hecho Sor Clementina era paliar el sufrimiento que Nicanor le tenía reservado.
Tomó la mano de la monja y solo tuvo fuerzas, y ganas, para decirle una palabra: “Gracias”.
—No, gracias no. Al contrario, perdóname tú por colaborar con esta crueldad.
Mil perdones, Adela. Ahora, lo que quiero es ayudarte.
Ya lo sabes todo. Te aseguro que no he ocultado nada.
Ese es mi primo. Un hombre sin escrúpulos, carente de humanidad, falto de sentimientos.
Egoísta, traidor, ruin... Todo eso y mucho más, créeme.
Por eso quiero que te alejes de él. Qué no vuelvas nunca a Santander.
Si sabe que estás en la calle y que, además, estás en la ciudad, va a buscarte y va a terminar contigo.
Cuídate de él, por favor. ¿Por qué no te quedas aquí?
No es necesario que te vayas. De verdad, aquí estás a salvo de él. Al menos durante un tiempo.
—¡No! Ni en broma pienso quedarme aquí. Este no es mi sitio.
Yo no pinto nada en este convento. Se lo agradezco, hermana.
Bastante ha hecho por mí. Pero ahora tengo que rehacer mi vida.
Tengo que... ¡acabar con ese cabrón! — perdón — ¡Ese no sabe con quién se ha metido!
¡A la hija de “La Manca” no la putea nadie!
— Perdón, hermana, pero soy así, una deslenguada.
—-
Cionín se acopló de maravilla a Margarita. Esta le indicó cuales iban a ser sus labores diarias en la casa y los recados que cada jornada debía hacer. Muchas tardes acompañaba a su señora a misa, otras paseaba con ella y otras, simplemente, le hacía compañía en casa.
El timbre sonó dos veces seguidas. Cionín posó la prenda que tenía entre las manos y se dirigió hacia la misma. Por las tardes, hacía las labores que Toñuca dejaba. La mujer ya estaba muy mayor y Margarita decidió que era mucho mejor que descansara o paseara mientras sus piernas se lo permitiesen.
Al abrir la puerta, la muchacha encontró a una señora alta, delgada, con el pelo recogido y bien vestida, aunque sin grandes prendas.
Más bien se podía decir que se había puesto el abrigo “de los domingos”, pensó Cionín.
Antes de que la chica pudiera preguntar, la mujer lo hizo y, con tono fatuo, pidió ver a Don Elías.
—Lo siento mucho, señora, pero, el señor no se encuentra en casa en este momento.
—¿Ah, no? No se encuentra, ¿eh? Y... ¿cuándo va a encontrarse “tu” señor?
—No sé decirla, depende. Pero si usted quiere, yo le puedo comunicar su visita. ¿Quiere que le diga algo?
—No, niñuca. Lo que tengo que decir, se lo digo yo. Pero... vas a darle esto de mi parte. Imaginaba que no iba a estar y lo he traído preparao.
La mujer sacó del reluciente bolso negro que colgaba de su brazo un sobre, se lo entregó y le dijo:
—Chavalina, se lo das a él. Única y exclusivamente a él. O sea, en propia mano. ¿Te ha quedao claro?
Cionín movió la cabeza afirmativamente, tomó el sobre y se lo metió en el bolsillo de su blanco delantal. Sin despedirse de la muchacha, la señora se acercó con paso decidido al ascensor, abrió la puerta y se metió dentro.
Al llegar al salón, Margarita la preguntó con curiosidad quién era la persona con la que hablaba.
La chica no sabía muy bien qué contestar; posiblemente, al no estar acostumbrada a recibir, había podido cometer algún error.
Respondió que no sabía quién era ya que no se le había ocurrido preguntar su nombre y que aquella mujer preguntaba por Don Elías.
Pero, sin saber muy bien por qué, omitió el asunto de la carta.
Las dos continuaron con lo que estaban haciendo sin dar mayor importancia a aquella visita inesperada.
Elías llegó de jugar su partida a la misma hora de siempre. Como si de un reloj suizo se tratara, a las siete en punto la puerta se abría y hacía su aparición en el saloncito aquel hombre de mirada jactanciosa, porte arrogante y sonoras pisadas que tanto cohibía a Cionín.
Nada más sentir la puerta, la chiquilla se puso en pie y comenzó a recoger todas sus cosas.
—¿Qué haces, Cionín, se puede saber a dónde vas?
—Voy a la cocina, señora, a Don Elías no le gusta que esté aquí sentada con usted. Y... me ha dicho que, al menos cuando él esté en la casa, no quiere verme a su lado.
—¡Este viejo cascarrabias, gruñón y desaprensivo! Es arrogante a más no poner. No le hagas ni caso. Si yo digo que te quedes, te quedas. No te preocupes, ya... ya hablo yo con él.
Elías asomó la cabeza en la estancia y saludó a su hija. A continuación, dirigió sus ojos penetrantes y negros hacía Cionín. La muchacha se sofocó al sentir aquella mirada apabullante sobre ella.
—Papá, no la mires así. La he dicho yo que no quiero que se mueva de donde está. Me hace compañía, ¿lo entiendes?
—Tú verás, en lugar de buscar la compañía de mujeres de tu clase, prefieres rodearte de sirvientas, cigarreras y populacho. ¡Haz lo que te dé la gana!
Cerró la puerta con dureza. El portazo retumbó en los oídos de las mujeres, que cruzaron una mirada cómplice y una escueta sonrisa.
Después de ayudar a Toñuca con la preparación de la cena, Cionín salió corriendo de la casa.
Al pasar frente a la Comandancia de Marina, recordó que no había entregado el sobre que aquella extraña mujer le había dado para Don Elías.
Metió la mano en el bolsillo y comprobó que la llevaba con ella.
Titubeó durante unos segundos y decidió volver.
De camino, pensaba como podía entregárselo. La iba a regañar, estaba segura. Ya en el portal, seguía dando vueltas al asunto. ¿De qué manera podía hacérselo llegar? Como una aparición, la puerta de la portería se abrió y salió Abelardo.
—¡Hombre, Cionín! ¿Qué pasa, niña, todavía andas por aquí?
—Sí, Don Abelardo, es que... olvidé que esta tarde vino una señora y me entregó un sobre para Don Elías y... me da un poco de miedo subir ahora. Va a darse cuenta de que se me había pasado y me va a regañar.