Aromas de tabaco y caos Capítulo 37
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Capítulo 37

—¡Tápate bien, qué vas agarrar una chupa de mucho cuidao, llueve a mares, hija! ¡Me duelen todos los huesos del cuerpo! Puta humedad. — gritó Carmen a la chica cuando iba a salir de casa.

—Hasta luego, ya voy tarde mama. Ponga la lumbre y siéntese un ratuco cerca.

—Sí, claro, y... ¿Y quién va a trabajar por mí, niñuca? ¡Adiós, hija, a ver si nos toca la lotería de una puñetera vez y salimos de pobres!

Aurora sonrió con el comentario de su madre. Toda la vida le había escuchado decir lo mismo. Pero lo cierto era que solo compraba una participación en Navidad. Así, mal iba a tocar.

Bajó corriendo la cuesta. El viento y el agua azotaban por todos lados. El paraguas servía de poco y optó por cerrarlo. Si no, lo único que iba a conseguir era que el viento doblara sus varillas y lo rompiera.

Lola la esperaba como siempre, mirando los carteles del cine embelesada. “Pequeñeces”, ese era el título de la película que estaban poniendo aquella semana.

Hacía más de un mes que no había ido. No podía, tenía que pagar el entierro de su tía e iba justa de dinero.

Aurora lo sabía y, aprovechando que el siguiente domingo jugaba el Racing en casa y Manuel iba al fútbol, había pensado en invitar a su amiga. Pero no quería decirle nada. Sería una sorpresa.

El camino se hizo insoportable. El invierno, más que despuntar, había llegado con ganas. Las dos mujeres, cogidas del brazo, caminaban aceleradamente. Cobijadas bajo el mismo paraguas, ya que Lola se había negado a cerrarlo, conversaban sobre los acontecimientos que podría deparar la jornada.

La cigarrera estaba nerviosa, tenía que ver al Jefe de la fábrica y no sabía qué podía pasar. Aurora intentaba tranquilizarla, solo le había hecho una observación. Por lo tanto, deducía que no sería tan grave lo que le iba a decir. Una simple regañina y listo.

—No te preocupes más. No seas pesada, hija. Verás cómo no pasa nada. Ahora, el Ricardo... ese, no sé qué decirte.

—Ya, es verdad, me da un poco de pena. ¡Mira que si le echan!

—Si le echan no será por lo de ayer. Él va de listo, está dejando en evidencia a don José María. Bueno, ya veremos. Otra cosa... ¿Cómo vas con el Paco? ¿Trabaja o no?

—Pues, mira, está buscando, pero no le sale nada. De momento, va con los primos en el barco a pescar y... algo saca.

—¡Mira que eres tonta!, ¿eh? Ese lo único que pesca es a ti. Te va a sacar hasta los ojos. ¿Te ha vuelto a calentar?

—No, no me ha puesto un dedo encima. ¡Bueno, no empieces! ¿Qué culpa tengo yo de que me guste tanto lo que me da? Solo con pensarlo se me pone la carne de gallina, chica. Por cierto, que un poco de “chichi” necesitas tú, ¡que estás mas apagá que una vela mojá!

—Anda, calla. Eso es lo que te pierde a ti. La jodienda, que te gusta más que a un tonto un caramelo.

—¡Qué le vamos hacer, hijuca! Como decía mi tía... “la jodienda no tiene enmienda” y, desde luego, yo no se la voy a poner.

Las dos rieron a carcajadas.

Por la calle San Pedro, subía Manuel como todas las mañanas. Y, como todos los días, le esperaba la misma mujer. Apoyada en el quicio de la puerta, luciendo toda la carne que el clima le permitía, lanzaba reclamos a todos aquellos que pasaban junto a ella.

Manuel siempre contestaba lo mismo a la invitación que ella le hacía. Al pasar junto a la mujer, su mirada se clavaba en el suelo y sus mejillas se sonrojaban como si fuera un chiquillo. Aquella madura fulana le hablaba, aun sabiendo que siempre él decía lo mismo.

—Chavaluco... Hoy ya es mañana. Sube conmigo, tontuco. ¿Dónde vas tú a encontrar una entrepierna más caliente y más barata?

—Mañana, que... hoy trabajo. — contestaba Manuel, casi entre susurros. Le podía la vergüenza.

La mujer se carcajeaba y repetía:

—Qué pena, chavalín, ¡lo que daría yo por tenerte encima! ¿Y si te lo hago gratis?

Manuel ya no contestaba ni se volvía. Continuaba ascendiendo la calle San Pedro con la vista puesta en el empedrado que pisaba.

Al doblar la esquina, levantó la cabeza y vio a escasa distancia a Lola y Aurora.

Sintió ganas de gritar el nombre de su “rubiuca”, pero recordó que estaba enfadado con ella. Además, le tenían que haber visto cuando subía. Ralentizó la marcha con intención de crear una distancia mayor entre ellas y continuó su camino.

Las noticias en la Fábrica corrían como la pólvora.

Por lo tanto, el suceso del día anterior ya no era ningún secreto.

Todos estaban al tanto de lo que había pasado y estaban a expensas de saber qué era lo que iba a ocurrir después de la conversación que Ricardo tenía que mantener con don José María.

No tardaron mucho en conocer el desenlace de aquel encuentro. A los cinco minutos de llegar el Jefe, Ricardo fue avisado para que se personara en el despacho.

Un momento después, el personal de portería se encargó de trasmitir que el chico se iba.

Según el propio Ricardo contó, había decidido abandonar la fábrica. No quería trabajar más allí. Subió a la oficina de personal y solicitó la cuenta. Pidió permiso para recoger sus cosas y pasó a despedirse de alguno de sus compañeros.

Era más que evidente que, cuando traspasó el portón de acceso, todo el mundo conocía la noticia. Según caminaba en dirección al taller de mantenimiento, las miradas, en su mayoría despreciativas ya que no tenía demasiados adeptos, iban crispando al muchacho.

La decisión, evidentemente, no había sido propia.

Se había visto obligado a tomarla siguiendo el “consejo” de su protector.

El talante con el que había trabajado en la fábrica no era el más recomendable.

José María se lo había advertido en más de una ocasión, pero la gota que había colmado el vaso fue la actitud en la que este le sorprendió el día anterior.

No obstante, ya se había preocupado de buscarle un nuevo trabajo y, aprovechando sus contactos, lo había colocado en la Nestlé, en la fábrica que tenían en la Penilla.

Lola no pudo evitar sofocarse cuando llegó a sus oídos la noticia. Paró la máquina y salió del taller en busca de Ricardo. No tardó en encontrarle.

De frente, él se acercaba con paso decidido y ágil. La mujer se quedó parada. Por un instante, tuvo miedo, pensó que iba a su encuentro, pero Ricardo pasó junto a ella sin mirarla tan siquiera.

—Ricardo, espera.

El chaval se volvió y retrocedió lo andado. Con la misma chulería de siempre, se acercó tanto a ella que esta podía notar su respiración.

—¿Qué quieres? ¿Estarás contenta, no? Ya estoy en la calle.

—Lo siento, no pensé que podían echarte.

—¡A mí no me ha echado nadie! ¡Que te quede claro! ¡A ti y todos estos que nos están mirando! ¡Me largo porque me da la gana!

Se arrimó aún más a Lola y le susurro al oído:

—Eres una “calienta braguetas”. ¡Zorra!

Lola se retiró, lo observó con odio, con desprecio, con rabia contenida. Si hubiera estado en la calle, le hubiera clavado las uñas hasta arrancarle la piel de la cara. Pero decidió comerse su orgullo y callar.

Ambos continuaron su camino. Él, plantó la sonrisa en sus labios, subió el cuello del buzo de trabajo y caminó con chulería desmedida a lo largo del pasillo.

Manuel andaba toda la mañana intentando esquivar la posibilidad de tener que ir al taller de habanos.

Allí era donde Aurora estaba. La manera de conseguirlo le vino de la mano de Santi, su encargado.

Este le mandó, junto con otros dos compañeros, a poner en funcionamiento las tiruleras Dubrul que estaban dando problemas.

Aurora estaba intrigada, no hacía más que buscarle con la mirada.

Tenía que hablar con él y aclarar aquel asunto.

No entendía por qué se había molestado tanto.

Se acercó a la pila a lavarse las manos con idea de salir del taller, tenía tiempo para ir al servicio y dar una vuelta por la fábrica para ver si le encontraba.

—¡Hola, linda!, parece que trabajamos en diferente sitio, ya no hablamos ná . ¿Qué tal está “La Manca”? — le pregunto Tinuca.

Ambas chicas habían comenzado a trabajar juntas. Entraron el mismo día y, por aquel entonces, eran vecinas del barrio.

—Bien, guapina. Además, de veras... ¡madre el tiempo que hace que no hablamos! Con eso de que te has cambiao de casa. ¿Qué tal por la Albericia? ¿Te haces a la casuca?

—Sí, ahora ya sí, los chiquillos de mi hermana están tó’l día en la calle.

No veas cómo se lo pasan. Yo, pues... bueno.

Me cuesta un poco, ¿eh? Cuando bajo a Santander es.

.. como un acontecimiento, chica. Bueno.

.. bajar, bajo tó los días, pero a trabajar.

Pásame la rodilla pa secarme las manos. Bueno, voy p’allá , que le tengo que pedir a la Sandra que me deje un bolso pa la boda de una vecina que se casa el domingo y, ya sabes, esta tiene de tó .

—Vale, Tinuca. Hasta otro ratuco. Yo voy a ver si me clareo un poco.

—-

Carmen tenía un día muy malo, no se encontraba bien. Bajó hasta la lonja por dar un paseo y ver qué había por allí. Sabía que no podía permitirse el lujo de no trabajar, pero no podía cargar con el cesto. Hoy no, las cervicales le dolían a rabiar.

Buscó a algún conocido que pudiera regalarle algo de pescado para comer y se fue hasta la ferretería.

La mujer, después de hacer varios recados, subía con desgana, cansada y dolorida por Santa Lucía. Al llegar a la entrada del Sanatorio Madrazo, vio en la puerta, en lo alto de las escalerillas, a “La Sarda”. El estómago se le revolvió, no soportaba a esa mujer.

Ella, sin embargo, siempre la saludaba con una sonrisa falsa y socarrona. Era sabedora de lo poco que le gustaba a la gente, pero, así y todo, intentaba resultar agradable y simpática.

Carmen levantó la cabeza en señal de saludo, sin apenas mirar.

—¿Qué estará haciendo ahí? Seguro que ya ha pillao acomodo.

La muy putón, ¡hija de su madre! A base de joder a los demás, ha medrao hasta colocarse.

— No pudo reprimirse y, en voz baja, hizo el comentario.

Posiblemente, los que pasaron junto a ella pensarían que estaba loca, pero. .. le daba lo mismo.

Nunca iba a perdonar lo que le había hecho.

Al poco tiempo de desaparecer su marido, Carmen se acercaba como todo el mundo, cada semana, a la fila del racionamiento.

Con picardía, guardó la cartilla de Lipe y, al tenerla, conseguía una ración de más.

Ella, con el estraperlo, no iba del todo mal y siempre tuvo un plato en la mesa para sus hijos.

Pero sus vecinas, Luisa por ejemplo, no estaban tan sobradas y Carmen, siempre que podía, les daba algo.

En concreto, esa ración de más que conseguía con la cartilla de su fugao marido.

Un día, mientras hacía cola, vio que quien estaba repartiendo aquella semana era “La Sarda”. Era vecina del barrio y sabía más que de sobra que en su casa había cinco bocas, y no seis, a las que alimentar.

Cuando le tocó el turno a “La Manca”, sucedió justo lo que ella se temía.

Intentó esquivar a la mujer y, para ello, dejó pasar a dos o tres personas que estaban por detrás en la fila, para evitar que esta le diera sus raciones, pero no lo consiguió.

“La Sarda”, que la había visto esperando, estuvo pendiente y, cuando otra compañera iba a coger las cartillas de Carmen, esta se las quitó de la mano y señaló:

—Deja, hijuca, que la atiendo yo.

Carmen la saludó sonriente, esperando que pasara inadvertido el número de permisos que tenía; pero no fue así.

“La Sarda” acercó cinco raciones de cada al mostrador y fue metiéndolas en la bolsas de “La Manca”.

—Bueno, Carmina, ahí tienes, cinco cosucas de cada. Porque, ¿sois cinco, verdad? O... ¿volvió el Lipe?

—Sí, somos cinco. De sobra lo sabes tú.

—Bueno, pues, me quedo con esta... total, ¿falta no te hace no? — le dijo mientras se abanicaba con la cartilla de Lipe.

Carmen tuvo que salir del centro sin rechistar. A ambos lados del mostrador, dos grises vigilaban que no hubiera asaltos ni incidentes.

—De no haber sido por la presencia policial, le hubiera dado dos buenos chuletones. — volvió a decir en voz alta.

Desde aquello, no podía ni verla. Recordó que Luisa le había dicho que se había colocado como criada en casa de un viejo ricachón fascista madrileño, que tras la guerra se había trasladado a Santander.

Por eso estaría a las puertas del Sanatorio, ya que, como también le había comentado, el hombre estaba bastante enfermo.

Continuó caminando, pero ahora, además de desganada, cansada y dolorida, estaba de muy mal humor. Recordar aquel episodio hizo que su sangre hirviera. Todavía hoy, le entraban unas ganas terribles de arrancarle los pelos cada vez que la veía.

Entró en la ferretería. Nando atendía amablemente a un hombre mayor, elegantemente vestido. Cuando Carmen saludó, el comprador se volvió para devolver el gesto. Carmen hizo un excesivo ademán de trascendencia al comprobar la identidad de aquel hombre.

Era Elías Abascal quien, con tono hosco, le preguntó a la mujer de qué se sorprendía.

Carmen frunció el ceño, apretó los labios y contuvo en la medida que pudo su respuesta.

—Yo, de ná . ¿Por qué lo dice?

—Porque parece que ha visto usted al demonio.

—¿Quién sabe? ¡No hace falta tener cuernos para serlo! ¡No te digo!

Nando no sabía dónde meterse. Conocía el carácter de Carmen y se temía lo peor. Intentó cortar la conversación, que comenzaba a tomar un derrotero harto desagradable.

—Bueno, Don Elías, entonces, en cuanto esté aquí el pedido, no se preocupe que yo me encargo de que se lo hagan llegar.

Elías no se volvió hacía Nando cuando le habló. Continuó observando a Carmen, intentando, con ese gesto, intimidarla. Pero ella mantenía sus ojos clavados en él, su mirada impertinente y desafiante increpaba al hombre, quien no pudo soportar más sus desdenes y habló con desprecio incontenido.

—No tengo ganas ni tiempo para discutir con una pescadora de Puertochico. — le dijo, a la vez que sus gestos denotaban un descrédito total por ella.

—¡Oiga! A la hija de mi madre no la trata nadie con desprecio. ¡Sí! Soy pescadora, y a mucha honra. ¡No te jode, el señoritongo de tres al cuarto este!

Después de pronunciar aquellas palabras, “La Manca” salió de la ferretería mucho más alterada de lo que había entrado. Definitivamente, aquel no era un buen día.

—Será mejor tirar pa casa y poner la lumbre. Porque, si no... la que voy a arder voy a ser yo — se decía para sí mientras caminaba deprisa, no por la premura de tiempo, sino por la mala leche que llevaba.

La Capa

Es la cubierta externa del puro. La que está a la vista formada por hojas especiales que dan al tabaco su aspecto, color, y aroma. Debe ser atractiva y bien veteada, de textura uniforme

y suave al tacto.