Capítulo 36
En la casona de Pérez Galdós, las cosas no iban de todo bien para Laura. De un lado, estaba la incertidumbre, que iba día tras día en aumento, por la desaparición de su hermana. De otro, el trato que recibía por parte de Nicanor.
El hombre, desde que Adela se había marchado, se mostraba con ella mas “estirado” y, en ocasiones, había llegado a criticar sus guisos, lo que le había supuesto alguna que otra regañina por parte de la señora.
Quien también estaba contrariada con la situación era Marcela.
Empezaba a ponerse nerviosa con el asunto de la niñera y, aunque no quería estar constantemente diciéndole cosas a Laura, se mantenía muy atenta, sobre todo cuando el señor hablaba por teléfono.
Ella le conocía muy bien, sabía que era capaz de cualquier cosa con tal de quitarse del medio a la muchacha.
Tenía clavada una espina, sabía, aun sin tener pruebas, que la llamada de la monja algo tenía que ver con la desaparición de la chica, pero no tenía nada que pudiera apoyar su intuición.
El timbre de la puerta sonó y Marcela corrió a abrir. Era Sofía, la secretaria de Don Nicanor.
Marcela la conocía desde niña, había sido ella quien le había conseguido el trabajo. Era hija de una prima suya con la que tenía muy buena relación.
Al verla, se sorprendió, no era normal que la chica fuera a casa. Sofía llegaba cargada con un montón de documentos para su jefe. Sonrió a Marcela y entró en la casa.
—¡Guapina, pero qué gusto verte hija! ¿Qué te trae a ti por esta santa casa? El señor no está. Pero eso... ¿ya lo sabes no? Está de viaje.
En voz baja, y mirando a ambos lados, la chica contestó:
—¿De viaje? Sí, a las Chimbambas, ¡no te digo! Vamos pa la cocina y me das un café, que ¡tengo un sincio que bueno! y... allí, hablamos. ¿Estás sola no?
—Sí. Bueno, está Laura, la cocinera, pero esté planchando en el cuartito. Vamos, sígueme.
Tal y como le había dicho, Laura estaba planchando en la parte de abajo de la casa y no podía escuchar la conversación. Desde la cocina se podía oír el ronroneo del aparato de radio que la muchacha tenía encendido.
Intrigada con la respuesta que Sofía le había dado, referente al paradero de Nicanor, Marcela se apresuró a poner el café. Las dos se sentaron junto al gran ventanal de la cocina y comenzaron a charlar. Solo hizo falta una pregunta de Marcela y la muchacha empezó a contar las hazañas de su jefe.
Con gran interés, el ama de llaves escuchaba las palabras que la secretaria pronunciaba.
El bueno de Nicanor estaba hecho un pájaro de cuidado.
Si bien Marcela sabía que no era trigo limpio, por detalles que ella había descubierto y conversaciones telefónicas oídas, desconocía su pasión por el juego, las juergas y, sobre todo, las mujeres.
Afortunadamente, Sofía no era su tipo, le gustaban más altas y delgadas y, aunque en un par de ocasiones le había hecho alguna que otra insinuación, ella se había hecho “la momia albardada” — le dijo riendo a Marcela — y él había desistido.
En conclusión, el señorito ni estaba de viaje ni nada parecido. Estaba en casa de un amigo donde, junto con otros, habían preparado una gran juerga.
Marcela miraba atónita y escuchaba con cierta incredulidad lo que la chica le contaba.
—Sí, sí, como te lo cuento... No me mires con esa cara de lela, hija, que te estoy diciendo la verdad.
Este hombre no tiene ná más que líos. Porqué, luego.
.. está el tema de la fábrica, cualquier día explota, ahí no hay ni una perra chica.
Se lo funde todo. Por otro lado, están las llamadas misteriosas de una monja, que no veas de qué humor se pone cada vez que la sor llama, hija.
—Una monja... ¿La hermana Clementina?
—Sí, hija, esa. Yo no sé qué demonios tendrá con ella, pero... ¡cómo se pone el señorito! ¡Inaguantable! Te digo que, como encuentre otro trabajo, me voy y... ¡que le aguante Rita la Cantaora, hija!
—Ehhh... Escucha una cosa. Y dices... ¿qué la monja llama mucho? Será para preguntar por la familia, mujer, son primos carnales.
—Ya, ya sé que son primos. Pero esta no llama por eso.
Hay algo que tienen entre manos. El otro día, él le decía: “ Tú verás cómo lo haces, pero tiene que tomar los votos. ¡Y no me vuelvas a llamar!” Este.
.. fíjate lo que te digo, lo mismo hay alguna que le estaba dando la lata y la ha mandao con la monja a un convento.
Marcela al momento, pensó en Adela. Sofía seguía hablando.
—Yo he descubierto que él paga la clínica donde está ingresada la madre de la monja.
Todos los meses yo hacía un pago que no sabía lo que era, pero el otro día, cuando estaba en la cola esperando para mandar el giro, delante de mí había unas mujeres hablando.
Casualidades de la vida, una de ellas iba a girar la misma cantidad que yo y al mismo sitio.
Pegué la oreja bien y me enteré que la señora esta tenía a su suegra en un sanatorio para ancianos, en la provincia de Burgos.
Con lo cual, me dije: ¿si este no tiene padres?
¿A quién paga el asilo? A los pocos días, salí de dudas con la llamada de la monja.
¡Pero este lo hace por algo!, ¿eh? Porque él, además, decía algo así como que.
.. de alguna manera... la monja tenía que corresponder con el favor que le hacía cubriendo los gastos de su madre.
Marcela estaba perpleja. ¿Iba a ser capaz aquel hombre de tener en un convento a Adela? Poco necesitó para contestarse ella misma que sí. Era capaz de eso y de mucho más.
Sofía se levantó.
—Bueno, guapina, esto lo dejas en el despacho de “la firma” de señor que tienes. Yo me voy, que he quedao con una amiga pa dar un paseo. Otro día cosemos otro traje... Pero, mejor en la calle, ¿eh? No me gusta nada venir aquí.
Marcela cerró la puerta y, durante un buen rato, se quedó pegada a ella. Iba recordando todas y cada una de las palabras que la secretaria le había dicho y, aunque no quería creerla, lo cierto era que ella también sabía de las andanzas del señor.
Nunca fue trigo limpio. Ella lo sabía muy bien, desde pequeño había tenido innumerables problemas.
Marcela llevaba muchos años junto a él. Se podía decir que le había criado.
Nicanor tenía once años cuando su padre murió y Marcela entró en la casa para hacerse cargo, principalmente, de su madre.
La mujer no gozaba de buena salud y esta empeoró tras la pérdida de su esposo.
Nicanor, siempre fue un niño mimado. Amparado por su abuelo y sus tíos consiguió librarse de la guerra. Mientras los chicos de su edad luchaban en uno u otro bando, él vivía descuidado, trapicheando y buscando lucrarse de la desgracia de los demás.
Encontró una mujer de buena familia, de clase alta y afín al régimen para poder vivir tranquilamente. Pero su mala cabeza, su adicción al juego y sus malas compañías le habían llevado a una situación límite.
La fortuna de su mujer estaba siendo lapidada.
Doña Fátima no tenía ni la más remota idea de aquella situación.
Pero Marcela, ahora, tras la conversación con Sofía que lo único que hizo fue confirmar sus sospechas, ya conocía todo aquello, porque en más de una ocasión había escuchado tras la puerta las conversaciones que mantenía con sus asesores.
Ellos, una y otra vez, le rogaban que cambiara de actitud, que dirigiera los negocios de otra manera y que abandonara los costosos vicios que tenía si quería conservar, al menos, la fábrica.
Pero él se reía en su cara e ignoraba los consejos que le daban.
Por todo ello, y conociendo de lo que era capaz, estaba convencida de que la mujer a la que hacía referencia Sofía era Adela.
Laura entró en la cocina canturreando, iba cargada con el cesto de la ropa recién planchada. Notó que algo le pasaba a Marcela y, rápidamente, le preguntó, pero la mujer contestó con evasivas, recogió la ropa que Laura había posado sobre la mesa y se dispuso a llevarla a las habitaciones.
Por el gran ventanal semicircular de la estancia, vio como Fonso se acercaba a la puerta de servicio; traía el pedido, como hacía casi todos los días.
Desde que Adela no estaba, el frutero se lo acercaba a la casona.
Laura corrió hacia la habitación, se arregló la cofia, sacudió su delantal blanco, tomó la barra de labios, la pasó suavemente sobre sus labios, se pellizcó las mejillas, esbozó una gran sonrisa ante el espejo y volvió corriendo a la cocina.
Al salir, Fonso ya estaba dentro. Los dos, frente a frente, se miraron.
Los ojos de ambos brillaban, se sentían enamorados y felices.
El hombre depositó el cajón de madera cargado de viandas en el suelo y, apenas lo hizo, agarró a Laura por la cintura.
La muchacha, entre bromas y risas, intentaba soltarse sin intención alguna de hacerlo; Fonso dejaba caer sobre la cara y el cuello de la Laura pequeños besos que ella recibía con ganas.
Regalándose carantoñas estaban cuando un carraspeo intencionado les hizo retomar la compostura. Marcela acababa de entrar.
—Vaya con los tortolitos, costó juntaros, pero... si tardo un poco más...
—Doña Marcela, vaya pensando que tiene que buscar una cocinera, a esta moza me la voy a llevar yo en breve.
Laura se volvió hacia Fonso al escuchar aquella frase y, sorprendida, preguntó:
—¿Qué dices?
—Pues eso, hija. Que el frutero quiere casarse contigo. Que conste que me alegro en el alma, sois tal para cual, y una cosa te voy a decir, Fonso... esta niña es un cielo, como la hagas daño no vas a vender ni una lechuga más. De eso... me encargo yo.
Tras un rato de conversación, Fonso se despidió de las mujeres y volvió a su trabajo, aún le quedaban varios encargos por entregar.
Laura le acompaño hasta el portón de entrada y allí mismo le regaló un escueto beso.
Marcela, desde la casa, les observaba y, al ver la escena, no pudo por menos que recordar que ella también había sentido lo mismo que aquellos jóvenes.
Una gran nostalgia la invadió, pero, a la vez, una infinita alegría la llenaba por ver aquel amor que los muchachos se proferían, en parte, gracias a ella.
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La madre Clementina estaba en oración. El sonido de unos pasos acelerados que se acercaban hasta ella rompió su concentración e hizo que su cabeza girara.
Al oído y pidiendo perdón por la interrupción, una novicia le indicaba que había una llamada urgente para ella.
Posó sobre el pasamanos del reclinatorio el misal y el rosario y salió apresuradamente.
Las noticias no podían ser peores. Su adorada madre acababa de fallecer. La monja se derrumbó. Por su cabeza comenzaron a rondar muestras de remordimiento. Tenía que haber cuidado, ella misma, a la persona que le había dado la vida.
Dios, en su infinita bondad, seguro que perdonaría la falta de atención hacia su madre durante aquel tiempo.
Pero, ahora ya era tarde, demasiado tarde para reprocharse nada.
Había elegido las obligaciones que el convento le exigía antes que los cuidados a su amada madre.
Solo podía llorar su pérdida, rezar por su alma y rogar por su perdón.
Debía prepararse para partir lo antes posible.
La había dejado sola en su enfermedad, pero no iba a dejarla sola en su último adiós.
Al salir del despacho, tropezó con Adela que, como cada tarde, limpiaba los suelos de aquel largo y estrecho pasillo.
La chica, al ver la cara desencajada de la religiosa, se asustó y preguntó qué era lo que pasaba.
Sor Clementina se abrazó a la chica y le comentó lo sucedido.
Adela se ofreció a ayudar en lo que fuera necesario y acompañó a la monja a su celda.
Ambas, en el más absoluto silencio, oraron por el alma de la difunta.
Después, mientras la monja se aseaba, Adela metió en un pequeño maletín los enseres personales que esta le había indicado y se despidió de la religiosa, deseándole buen viaje.