Aromas de tabaco y caos Capítulo 35 #3
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Capítulo 35 #3

—¿Te gustaría trabajar aquí, en mi casa?

—¡Pues, claro que sí! yo soy muy dispuesta, además de planchar sé hacer muchas más cosas; lavar, cocinar y... todas las labores.

—Entonces, haremos una cosa. Déjame que hable con mi padre, seguro que está de acuerdo, pero necesito decírselo. Mañana por la tarde, sobre esta hora, vienes y ya te podré dar una contestación.

Aurora la miro agradecida. A Lola poco la faltó para besarle las manos; y Cionín, sollozando de alegría, repetía una y otra vez:

—Gracias, señora, gracias.

Las tres muchachas recorrían Castelar, alegres y risueñas. No acostumbraran a tener días como aquel.

La verdad es que había sido una jornada extraña, llena de problemas, de líos, de angustias pero, al final, un hecho tan simple como había sido la visita a Margarita y la posible contratación de Cionín en su casa, habían hecho que fuera positivo.

Cuando uno está acostumbrado a recibir palos, a que todo sea negativo y gris, el que de repente un rayo de sol entre por alguna rendija e ilumine un camino hace tener la sensación de que las cosas pueden cambiar. Aunque, al doblar la esquina, vuelvas a recibir otro batacazo.

Pero eso, mejor dejarlo, no pensar en esos ratos de pesadumbre.

Ahora tocaba sonreír y era el momento de hacerlo.

Cionín, contenta como estaba, decidió que la espléndida propina de Margarita iba a servir para invitar a su prima y a su amiga a tomar un chocolate con churros, o un café con pastas, en la mejor cafetería de Santander.

Por el camino, iban saboreando la maravillosa merienda.

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Carmen trajinaba en la cocina cuando Aurora entró en casa. La muchacha, como siempre, se dirigió a su habitación y desde allí escuchó como “La Manca” conversaba con Nando.

El hombre cenaba en casa desde hacía varias semanas y la mayoría de los días también comía.

Aurora se quitó la ropa y la colocó con sumo cuidado sobre una de las sillas que había en la habitación. Se puso su bata de “guatiné” azul marino y se dirigió a la cocina.

Sentado junto a la mesa, con la espalda apoyada en la pared, Nando leía tranquilamente una de las novelas de Silver Kane que tan famosas se habían hecho en los últimos años.

“El primero de los cien días” era el título, y parecía tenerle totalmente embobado.

Carmen posó la botella de tinto, dando un gran golpe con ella sobre la mesa, y sobresaltó al hombre.

—¡Joder, qué susto, mujer!

—Estás atontao con tanta novela, ya tendrás tiempo de leer cuando estés en tu casa, ¡digo yo, vamos! No has abierto la boca en tol rato, hijo.

—Pero, ¿qué quieres que te diga, mujer? Si tienes hoy un día que no se te puede ni toser al lao .

—¡Venga, quita! que ya ha venido la Aurora y tiene que cenar, que mañana madruga. Coge los platos, anda.

Aurora entró en la cocina, sonriente. Le divertía ver a su madre discutir con Nando. Él siempre callaba y ella, como una loca, reñía sola.

Como en otras ocasiones, Nando la miró y le guiñó el ojo mientras sonreía.

—Bueno, mama, que raro, no hay día que no eche la bronca al pobre Nando, ¿eh?

Cogió la novela que estaba posada en la mesa y comentó:

—Uf, ¿qué interesante, no? “El primero de los cien días”. Qué título más... ¿misterioso? No me ponga mucha cena, mama, he estado tomando chocolate con churros en La Austriaca, la Cionín nos ha invitao.

Aurora les contó todas las peripecias que habían tenido durante aquel día.

Carmen no puso buena cara cuando Aurora le relató lo que había pasado con los vestidos.

Desde que se había enterado que Elías había vuelto, y tras la conversación con su hija en la que los datos que la muchacha le había aportado habían hecho florecer la rabia contenida durante tantos años, su carácter había cambiado.

También ella tenía necesidad de saber, de conocer la verdad, de descubrir todos los datos necesarios para despejar las dudas que durante tanto tiempo la habían amargado y que, aún hoy, eran una losa pesada y negra que debía levantar.

Quien sabía y podía contar, estaba muerta, su suegra, la Rita.

Pero Engracia, su cuñada, sabía algo, tenía que saberlo. .. Carmen estaba convencida de ello.

Levantó la cabeza y miró a su hija. La muchacha leyó en sus ojos y enseguida descifró el mensaje.

—Que sí, “Manca”, que tenemos que hablar... y, no solo eso, vamos a saberlo todo. ¡Por la madre que me parió que nos enteramos!

Cuando el silencio y la oscuridad inundaron su habitación, Aurora intentó cerrar los ojos.

Procuraba dejarse llevar hacia los brazos de Morfeo, pero sus pensamientos impedían que conciliara el sueño.

Quizás era mejor olvidar todo aquello. Obviar la nota y las palabras de su abuela y no volver jamás a ocuparse de ello.

¿Qué más daba? ¿Qué iba a sacar en limpio?

A saber dónde estaba aquella mujer. Ese asunto le iba a dar más problemas que otra cosa.

Dio otra vuelta más sobre el colchón de lana, buscando mejor acomodo, e intentó dejar su mente en blanco. Poco a poco, dando vueltas a ese pensamiento, sus párpados cayeron. El sueño, por fin, la acogió entre sus brazos, acunándola como si de un bebé se tratase.