Capítulo 35 #2
Era consciente de que le había echado en cara a Aurora su falta de confianza, pero había algo que él también está haciendo mal.
Algo que todavía era peor. Sabía dónde estaba su padre.
Sabía que estaba muerto y seguía pensando que debía decírselo a su chica.
Pero, después de lo que Lola le había contado, la cosa cambiaba.
¿Qué significaba que Lipe no era su padre?
Entonces, ¿qué era lo que había pasado? ¿Quiénes eran los padres de Aurora?
No entendía nada y, además, no sabía cómo atar cabos.
Una cosa sí que tenía segura, el único que podía dar explicaciones de todo aquello era su tío Elías.
Pero... ¿cómo conseguiría saber más sobre el asunto?
Debía buscar la manera de que confiara en él y le contara lo que había pasado.
Manuel estaba seguro de que aquel trabajo que Lipe había tenido que hacer para su tío, y por el cual le había pagado con ganados y tierras, era algo muy gordo, algo que no alcanzaba a adivinar. Algo que no pintaba bien.
Le costaba creer que su tío pudiera estar metido en problemas de venganzas, asesinatos o algo parecido. Tanto como eso, no, pero... no andaba muy lejos. La retribución había sido generosa; seguro que el trabajo había sido del mismo calibre.
Quizá, si hablaba con su prima, ella tuviera alguna idea de todo aquello, aunque.
.. no, mejor no. Lo más probable era que ella no estuviera al tanto de nada, como siempre.
Lo que sí podía intentar era poner de cebo a Aurora; quizá, si las dos mujeres hablaban, su prima se abriera a su novia y le contara algunas cosas del pasado que tal vez él no supiera.
Otra opción era su madre, pero... eso, era mejor descartarlo; rápidamente, iría a contárselo a su tío.
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Aurora y Lola, caminaban en silencio. Cansadas de la jornada, se habían acercado hasta Perines a pagar a Doña Isabel, la prestamista, los cuartos que “La Manca” le había pedido para hacer frente a los gastos del entierro de Juan.
Por fin saldaban la deuda. Semana tras semana, habían ido a cumplir con aquella mujer, usurera y déspota.
Al doblar la esquina con Floranes, las dos muchachas se toparon de frente con Cionín.
La chiquilla venía cargada con una gran caja de cartón.
Al pararse, el embalaje se le resbaló de las manos y cayó al suelo.
La tapa, con el golpe, se abrió. Tirados sobre la acera quedaron dos bonitos vestidos que contenía el paquete.
Aurora y Lola corrieron rápidamente a recoger las prendas. Con ellos en los brazos, las tres se hicieron a un lado y, cuando vieron que nadie las miraba, entraron en un portal cercano.
Como pudieron, intentaron limpiar los vestidos, pero la mala suerte había querido que uno de ellos cayera cerca de un pequeño charco.
Con un paño blanco, Aurora frotó con cuidado el paño, intentando que recuperara al menos el tono original, pero no era suficiente, estaba demasiado mojado y sucio.
El barro se había incrustado en el tejido.
La chiquilla no podía entregarlo así. Lloraba desconsoladamente, si no cumplía con esa entrega la echarían del taller.
Además, si no limpiaban el vestido hasta el punto de que no se notase, le iban a hacer pagar la prenda.
Sabedora del coste de aquellos vestidos, la carne se le puso de gallina.
¿De dónde iba a sacar ella ese dinero? No hacía más que recordar el importe que su jefa había apuntado en la nota de entrega.
Ochocientas pesetas costaban aquellas dos prendas.
Uno de los vestidos estaba confeccionado con una maravillosa seda rosa satinada que había costado mucho conseguir; un vestido exclusivo, listo para lucirse en una gran fiesta.
Posiblemente, su dueña solo lo usaría en una ocasión.
El otro, de un paño exquisito color verde; ideal para tardes de paseo o meriendas propias de las señoras de la alta sociedad santanderina.
No ganaría ella aquel dinero ni trabajando un año entero en el taller.
—Bueno, esto tiene mala pinta, chatuca, pero no te preocupes. ¿Para quién son estos vestidos? Yo subo contigo y decimos que chocamos y que por mi culpa se cayó la caja. — le dijo Aurora, intentando tranquilizarla.
—Entonces, te harían pagar a ti. Eso no vale, estamos en las mismas. Bueno, de aquí a Castelar... igual se seca, ¿no?
—¿A Castelar? ¿Cómo se llama la señora? ¿A qué número vas?
Cionín sacó del bolsillo de la raída y vieja chaqueta de punto un sobre pequeño y blanco. Extendió la mano y se lo entregó a Aurora. La muchacha lo leyó y, mientras lo hacía, sus ojos se iluminaban. Menuda suerte habían tenido, la ropa era para Doña Margarita Abascal.
—Bueno, puede que tengamos un problema, pero... ¡no es pa tanto! ¿Sabes pa quién es este encargo? — dirigió la mirada hacia ambas muchachas, esperando respuesta, pero antes de que estas pudieran decir una sola palabra, Aurora exclamó:
—¡Para la prima de Manuel! ¡Venga, vamos! Meterlos en la caja y... caminando, que vienen dando. Esto lo arreglo yo. Como me llamo Aurora Guzmán que lo arreglo...
Las tres muchachas hicieron el trayecto a paso ligero.
Iban hablando sobre la manera en que podían exponer el problema a Margarita.
Dado que era conocida de Aurora, lo lógico era que fuese ella quien hablara.
En eso, estaban de acuerdo, lo que no sabían era si subir las tres o hacerlo ella sola.
En esa deliberación estaban cuando llegaron al portal.
—Bueno, pues vamos las tres y... ¡qué Dios reparta suerte!, como dicen los toreros.
No se atrevieron a subir por la escalera principal. Lo hicieron, poco a poco, por la de servicio, como si de tres fugitivas se tratase.
Todas ellas, conocían a la sirvienta de la casa.
Era una buena mujer, vecina del barrio de toda la vida.
Primero, tal y como habían acordado durante el trayecto, le explicarían lo que había pasado y, así, le pedirían consejo.
Seguro que, al menos, les podría indicar cómo estaba de ánimo aquel día su señora.
Toñuca las recibió encantada, les hizo pasar a la cocina y les dio un café mientras escuchaba, entre sorprendida y aterrada, el relato de las muchachas.
La señora no estaba en casa, había bajado hasta San Antonio a poner una vela. Todos los días lo hacía en recuerdo a su madre.
El timbre de la puerta principal sonó dos veces seguidas. Toñuca las advirtió de que era Margarita la que llamaba.
Las tres se pusieron en pie rápidamente, pero la asistenta les pidió que se quedaran sentadas, ella le pondría al corriente de su visita y les haría pasar al salón cuando la señora estuviera dispuesta para recibirlas.
Margarita, al ser alertada por la mujer de la visita que tenía, no se quitó ni tan siquiera el abrigo. Deprisa, se acercó a la cocina.
Allí sentadas, alrededor de la mesa, estaban las tres chicas. Al verla, se sorprendieron con su aparición, no esperaban que la señora se presentara en la cocina.
—Por Dios, Aurora, ¿qué haces tú en la cocina? Bueno... ni tú, ni tus amigas, ¡por favor! Cuando me lo ha dicho Toñuca, la he regañado. Pero, ¿cómo se la ocurre a esta mujer teneos aquí? Pasad al salón conmigo, por favor.
Afortunadamente, Elías no estaba en casa. A Aurora no le gustaba nada aquel hombre. La miraba mal, con desprecio, con asco, le trasmitía una sensación extraña que no le gustaba en absoluto. Por eso, cuando Margarita dijo que su padre no estaba, se alegró.
Aurora comenzó a explicar cuál era el motivo de su visita. Sacaron los vestidos de la caja y le mostraron el desperfecto. Margarita sonrió sin dar ninguna importancia a lo ocurrido y desapareció durante un instante de la estancia, no sin antes pedir disculpas por hacerlo.
—Yo creo que esto va bien, ¿no? — susurró Lola.
—Ya ves que sí, tranquilas. Menos mal que no está el viejo. No le soporto. Y creo que ella tampoco.
—¡Calla, que viene!
La mujer entró en la sala portando en sus manos un pequeño fajo de billetes. Le pidió a Cionín la nota y le pagó el importe indicado. Luego, cogió un billete de cincuenta pesetas, donde aparecía la cara de Menéndez Pelayo, lustrosa y serena, y se lo entregó a la chiquilla diciéndole:
—Ya puedes tener cuidado, esta vez has tenido mucha suerte, si no llega a ser por Aurora, no sé cómo hubiera terminado esto. Desde luego, yo no hubiera admitido que las prendas no estuvieran en perfectas condiciones. Pero bueno, no ha sido el caso. El asunto está solucionado.
Lola no hacía más que darle las gracias, una y otra vez. Aurora, por su parte, hizo lo mismo. Cuando ya estaban dispuestas para salir de la habitación, Margarita le pregunto a Cionín los años que tenía y por qué, siendo tan joven, estaba trabajando en el taller en lugar de estar estudiando.
Antes de que la niña contestara, Aurora se encargó de aclarar todas esas dudas.
—Cionín es huérfana desde los cuatro años.
Primero, murió su padre y, a los pocos meses, lo hizo su madre.
La tía de Lola la recogió y se encargó de ella, pero murió hace unas semanas.
Ahora vive con ella — señaló a su amiga —.
Hay que trabajar, no queda más remedio. Con el sueldo de Lola no pueden vivir, tiene que pagar la casa, comer y hacer frente a los gastos.
Cionín gana muy poco pero, al menos, es una ayuda.
De todos modos, tiene la misma edad que nosotras cuando empezamos.
Lola con catorce y yo con quince entramos en la Tabacalera, pero antes, desde los once más o menos, ya nos buscábamos la vida, bien en los talleres de costura, como ella, o repartiendo, cosiendo redes, vendiendo pescao o cualquier otra cosa que salía; hasta hemos ido a coger chamarucas más de una vez.
Margarita escuchaba a Aurora con la boca abierta, ella no imaginaba que, siendo tan niñas, ya hubieran trabajado de ese modo.
—Se me ocurre algo — dijo la señora —. Imagino que, trabajando en un taller, ya sabes planchar, ¿verdad?
—Sí, señora.