Capítulo 35
Como cada miércoles, al salir de trabajar, Aurora y Lola comieron un bocadillo sentadas tranquilamente en el comedor de la fábrica.
Después, a seguir con la labor. A coser a la Purísima. Aurora estaba a punto de terminar un abrigo para Lola y, aunque a esta no le gustaba en absoluto la aguja, su amiga la obligó a que la acompañara, al menos, para quitar hilvanes.
Lola estaba deseando que su amiga le diera razón de aquello que con tanto celo guardaba. Se había pasado la mañana pensando en lo que podía ser.
Durante la comida, no había querido hablar. Otros días, el comedor estaba vacío pero, precisamente hoy, cuatro o cinco compañeras se habían quedado también a comer y podían escuchar la plática. Por eso, no había sacado el tema.
Ricardo se asomó a la puerta. Desde allí, pudo ver a las dos chicas. Ellas, sentadas de espaldas a la misma, no se dieron cuenta de su presencia.
El joven se acercó despacio y, en tono alegre, mientras le tapaba los ojos a Lola, preguntó irónico:
—¿Quién soy?
Lola sacudió la cabeza como poseída, se puso en pie y le soltó un bofetón que retumbo en toda la estancia. Los presentes se volvieron y, disimuladamente, retomaron lo que estaban haciendo, dando a entender que no se habían percatado del hecho.
—¡Un imbécil, ese eres tú! ¿Quieres más?
Ricardo, enfadado, se acercó a la chica, la cogió por el brazo y, justo cuando se disponía a devolver la bofetada, una voz tras él lo dejó parado.
—¡Quieto, chaval! Te recuerdo que esto es un centro de trabajo. Como la pongas la mano encima... vas a la calle, seas quien seas. ¿Queda claro?
Quien hablaba de aquella manera no era ni más ni menos que el Jefe de la Fábrica.
Ricardo se volvió e intentó explicar lo que había pasado, pero Don José María no quiso atender ninguna explicación.
Solamente comentó que “mañana, a primera hora” quería verle en su despacho. Después, miró a Lola y le dijo:
—Y, a usted, la digo lo mismo. Esto no es un patio de colegio, ni una plaza de barrio. La próxima vez, la mando a casa.
Ricardo salió tras don José María. Intentaba justificar la escena, pero el hombre se volvió y repitió:
—Mañana hablaremos. Ahora, tengo que irme.
Las dos chicas recogieron y salieron deprisa de la fábrica. Con el miedo atravesando hasta sus huesos, Lola no era capaz de pronunciar palabra. Aurora, para quitar hierro al asunto, comenzó a hablar.
—No te preocupes, aquí el único que tiene un problema es él.
Veremos qué pasa mañana. ¡Hombre, echarle.
.. no creo que le eche! Pero seguro que le va a leer la cartilla de lo lindo.
¡Mira, le está bien! Con eso, igual... se le bajan los humos al señorito.
Venga, y ahora prepárate que vas a dar un montón de puntadas porque, si no, no vamos terminar ni para el día del juicio.
—Pues sí, hija, lo que tenga que ser, será. Pero como me manden pa casa por culpa de ese tonto, le corro a... correazos por tó Santander ¡Por la madre que me parió!
—¡Anda calla, calla! Tú lo que tienes es la boca muy grande y, además, se te va la fuerza por ella. ¡Que le vas a arrastrar, le vas a arrastrar... donde yo te diga! Tira p’alante , anda. ¡Que parece que tengo una hija más que una amiga!
El taller estaba muy concurrido aquella tarde.
Un grupo de chicas nuevas cosían incansables lo que luego supieron que iba a ser un manto para una virgen.
Todas atendían las explicaciones de Sor Isabel, una monja que cosía de maravilla y sabía todo lo necesario para confeccionar cualquier tipo de prenda.
Aurora absorbía las palabras de la monja como si fuera una esponja, anotaba lo más rápido que podía aquello que desconocía y que le podía ser de utilidad en cualquier otra ocasión.
A Lola se le pasó el susto rápidamente. Ahora, estaba esperando a que su amiga se decidiera a hablar. En un par de ocasiones, le lanzó dos preguntas a propósito del asunto, pero Aurora estaba tan entretenida que no le contestó.
—¡Oye! ¿A qué esperas para empezar a contarme lo que te pasa, no pensarás que se me ha olvidao ? Estoy esperado que largues por esa boca, ¿eh?
—Sí, es verdad, espera un poco. Creo que estas chicas de aquí se marchan ya, así podremos hablar con más tranquilidad — observó Aurora.
—A este paso... no me lo cuentas, ¡ya verás!
Pasados unos minutos, las tres muchachas que estaban junto a ellas recogieron sus cosas y se marcharon. Aurora no quiso demorar la conversación y comenzó a contar a su amiga lo que pasaba, desde el principio. Todo, desde que su abuela Rita le había contado la verdad.
Lola no daba crédito a lo que escuchaba. Miraba con la boca abierta a su amiga y, en ocasiones, asentía con la cabeza. Cuando Aurora terminó de hablar, Lola no sabía que decir.
—Bueno, di algo, chica, parece que te hayas quedao muda. Necesito saber qué opinas, ¿qué te parece? ¿Qué hago?
—¿Qué haces? Vaya pregunta, guapina. Ahora mismo, no sé qué decir, tengo que pensar.
—¿Pensar? Eso estoy haciendo yo desde hace meses y no sé por dónde tirar. Todavía tengo pendiente la conversación con mi madre. Igual, entre las dos, conseguimos algo.
—Pero, entonces... ¿tu padre sí es tu padre? Vamos, ¿que es el Lipe, no?
—¡Jo, hija! No te enteras, ¿eh? No, mi padre no es él.
.. bueno, según mi abuela, que ella tampoco sería mi abuela, no lo es.
Según mi madre, sí, pero claro, mi madre no sabe que mi abuela me dijo que lo de la fulana se lo había inventao el Lipe.
El caso es que no sé ni quién es mi madre ni mi padre.
Pero... ¡necesito saberlo! La solución pasa por encontrar a mi padre.
.. bueno, al Lipe. Pero lo más que sé es que está en México.
O, al menos, eso me dijo mi abuela. No sé.
.. Bueno, vamos a recoger, que ya es un poco tarde.
Al salir, encontraron a Manuel. Allí estaba, con los cuellos de su chaqueta subidos y fumando un cigarrillo tranquilamente, sentado sobre el sillín de su moto. Aurora lo saludó, pero mientras lo hacía recordó de repente que había olvidado la bolsa de trabajo.
Le hizo un gesto de espera con la mano y subió las escaleras corriendo. Lola se acercó al chico.
—¿Qué pasa, chavalín? No sabíamos que venías.
—Pues ya ves, tampoco yo sabía que tú venías a coser. Fíjate, no sé por qué, pero... como que a ti no te veo yo muy costurera. No tienes pinta.
—No la tengo porque ni lo soy, ni me gusta. Pero la Aurora me está ayudando a coser un abrigo y no me queda más remedio que venir. Aunque hoy no he dado puntada, chico. Menuda historia tiene esta mujer, ¿verdad?
—¿Historia? ¿A qué te refieres? A...
—A lo del padre. Mira que no saber quién es tu padre... ni tu madre, hijo. Pobre Auroruca, con lo buenísima que es.
Manuel asintió como si supiera de lo que Lola hablaba. Esperó por si contaba algo más y decidió seguir la conversación como si tal cosa.
—Ya, es una faena. Pero tiene que estar tranquila, esas cosas... ya sabes, cualquier día aparece.
Aurora se acercaba a ellos y tuvo la impresión de que Lola había hablado más de la cuenta. Y así fue.
—¿Quién tiene que aparecer? — preguntó Aurora, esperando estar equivocada en su apreciación.
—¡Pues, tu padre, chica! ¿Quién si no? — contestó Lola, que daba por hecho que Manuel estaba al tanto de la historia.
La mirada de Aurora traspasó a su amiga. Igual que si de un alfiler se tratase, Lola notó como se clavaba en ella. Al momento, se dio cuenta de que, realmente, tenía la lengua muy larga.
Manuel, por su parte, miraba a las dos muchachas esperando que alguna continuara hablando. Dirigió su vista hacia Aurora, moviendo la cabeza y diciendo, sin hablar, que estaba molesto por su falta de confianza.
Aurora se sonrojó. Nerviosa, miró al muchacho, e intentó justificar la situación, pero él se despidió bastante molesto:
—Ya hablaremos. Si quieres, porque... visto lo visto, parece que no te fías de mí. Algo tan importante para ti y no has sido capaz de compartirlo conmigo. Me parece que no tenemos la relación que yo pensaba. Hasta mañana.
Lola no sabía cómo pedir disculpas. ¿Cómo iba ella a imaginar que Manuel no tenía ni idea de aquello?
Aurora no quiso continuar con la conversación. La culpa era de ella, tenía que haberle dicho a su amiga que él no lo sabía y, no solo eso, no lo sabía y, además, ella no quería que lo supiese.
Después de dar un montón de vueltas con la moto, Manuel por fin encontró a su grupo de amigos.
Los jóvenes estaban tirando unos bolos en la Carmencita y, cómo no, entre ellos estaba Ricardo que, en cuanto le vio llegar, se acercó y le contó lo que había pasado por la mañana con las dos muchachas y lo preocupado que estaba con la conversación pendiente que debía mantener con el Jefe al día siguiente.
El chico estaba asustado, Manuel nunca le había visto así. Por el tono de voz, dedujo que aquello no iba a ser una simple reprimenda. Ricardo no mostraba la prepotencia y la chulería de la que en otras ocasiones hacía gala. Se podía decir que temía las consecuencias.
Manuel le recriminó y le indicó que habían sido muchas las veces que se lo había advertido, no podía ir haciendo lo que le daba la gana.
Tenía el apoyo de la persona más importante y, sin embargo, en lugar de aprovecharlo para desarrollar su carrera profesional, lo utilizaba para ligar con las chicas y ejercer sus privilegios sobre ellas.
Como no tenía muchas ganas de cháchara, le dio a Ricardo una mala contestación y se lo quitó de en medio. Pidió en la barra un chiquito de vino y se sentó solo en un rincón.