Aromas de tabaco y caos Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

Una de esas tardes, mientras los dos conversaban sentados en uno de los bancos más alejados y escondidos de la finca, el cielo se cubrió de nubes.

Nubarrones grises que cegaron la luz del sol.

Un viento ensortijado y repentino hizo que el jardín se revolviera en un instante.

Los dos recogieron rápidamente y corrieron al cobertizo.

Apenas entraron, sintieron un trueno terrible que les hizo enmudecer un segundo.

Al instante, las nubes descargaron toda el agua de repente.

Margarita, asustada, se cobijó intencionadamente en los brazos del jardinero.

Él sujetó su cintura con fuerza, la elevó, y la posó con delicadeza sobre un pequeño silo de paja.

La muchacha, entre sorprendida y avergonzada, no pudo resistir la tentación.

Acarició la cara del hombre con dulzura mientras sus ojos no pestañeaban siquiera; con la mirada, pedía a gritos que la besara.

No necesitaban las palabras. Poco a poco, sus finas y señoriales manos, que con tanto cariño rozaban el rostro del chico, fueron acercando la cara del hombre hasta la suya.

Ella dejó caer un escueto beso sobre sus labios.

El jardinero, sorprendido, desplazó con un movimiento lento su cuerpo hacía atrás, pero Margarita volvió a atraerlo, sujetándole por la solapa.

Ambos cayeron sobre la hierba seca. Retozaron por ella entre besos y caricias que por momentos iban en aumento.

La pasión ya era desmedida, no podían, no querían controlar sus impulsos.

Ambos estaban enamorados y se deseaban. Ambos sabían que solo aquellos ratos clandestinos, secretos, ocultos, velados y robados a sus diferentes vidas eran lo que iban a poder disfrutar juntos.

Ambos habían soñado con un instante como ese y al fin había llegado.

Sus corazones latían rápida y acompasadamente.

Margarita notó cómo las manos cálidas y ásperas del muchacho recorrían sus muslos y sintió como su sexo se humedecía a medida que aquella mano lo acariciaba lenta y suavemente.

Se dejó llevar por sus impulsos y comenzó a desabrocharle la camisa; sin pensarlo metió su mano por la cinturilla del pantalón del chico y la deslizó con lentitud hasta que sus dedos encontraron el miembro de su pareja.

Bajó la cremallera del pantalón e intentó soltar el botón que liberaría por completo aquello que anhelaba, pero la ansiedad por conseguirlo no le dejaba hacerlo.

De un tirón, lo arrancó. Poco a poco, con vergüenza y a la vez con unas ganas inmensas, iba descubriendo el cuerpo del hombre y, también, el suyo.

Todas las inquietudes, las preguntas y las dudas que tenía sobre el sexo se resolvieron en aquel momento.

Cuando el muchacho, a la vez que recorría su cuerpo llenándolo de besos y caricias, introdujo su miembro en ella, Margarita se sobrecogió y, al mismo tiempo que sintió como su himen se rompía, un débil dolor le hizo soltar un quejido.

Apretó con fuerza la espalda del muchacho hasta clavar en ella las uñas y continuó moviendo su pelvis sin dejar de hacerlo ni un instante.

No tenía muy claro qué podía pasar, pensaba que aquello era lo máximo que podía llegar a sentir, pero una explosión de gozo la llenó por completo e hizo que su cuerpo se retorciera de placer.

Al recordar aquella sensación, Margarita apreció que su bello se erizaba. El escalofrío que recorría su cuerpo le indicaba que estaba viva aún. Su memoria nunca había vuelto a aquel instante con la misma intensidad con que lo estaba haciendo ahora.

Se revolvió en el sillón y continuó recordando, pero sus pensamientos ya no eran tan agradables.

Después de aquello, vinieron tiempos oscuros y llenos de penas.

A su cabeza se acercaron las palabras pronunciadas por la cocinera, aquella tarde de febrero en la que se enteró de que él se había casado.

Nunca entendió por qué lo había hecho. ¿Por qué no había luchado por ella?

Jamás le propuso llevarla lejos de allí.

A ella no le hubiera importado vivir otra vida.

Y, después, con el paso de los meses, cuando supo que estaba embarazada, fue incapaz de enfrentarse a su padre.

Él seguía trabajando esporádicamente en la casa y, cuando hablaban, lo único que le preocupaba era que Elías no se enterara de que él era el culpable de su embarazo. Constantemente, repetía:

—No se te ocurra decirle que soy el padre.

Yo voy a estar contigo, te lo prometo. Más tarde o más pronto, estaré contigo, pero a mi modo, tengo que seguir con mi vida aunque no me guste.

Estaremos juntos, pero, mientras tu padre viva, nunca seremos un matrimonio.

Confía en mí. Veremos crecer a nuestro hijo juntos, pero es mejor que lo tengas tú sola, tu padre seguro que lo arreglará, él sabrá cómo hacerlo para que nadie piense que eres una cualquiera, ya lo verás.

Y le hizo caso. Pero tuvo que enfrentarse sola a la situación y mentir en cientos de ocasiones. Elías se cansó de preguntar quién era el padre, ya que ella, una y otra vez, se negaba a contestar.

Estuvo cinco meses metida en casa, sin salir.

Viendo la luz del sol tras los visillos, oculta en su habitación si alguien acudía a visitar a su padre.

No tuvo ocasión de sentir el viento en su cara más que a escondidas tras los inmensos ventanales.

Nadie debía saber que estaba embarazada.

Su padre, desde el momento en que se enteró, le dejó bien claro lo que se iba a hacer al respecto.

—De acuerdo, si no quieres dar el nombre del sinvergüenza que te ha dejado embarazada, te quedarás en tu habitación hasta el parto.

Cuando nazca, y te hayas recuperado, saldremos para México, allí podemos decir que te casaste en España y tu marido falleció.

Quizá, con un poco de suerte, encontremos algún tonto que quiera cargar contigo y con ese bastardo que llevas dentro.

Sin decir más, cerró la puerta de la habitación y salió. Hasta después del nacimiento, no volvió a verle. Las lágrimas recorrían el rostro de Margarita, recordar aquellos momentos la llenaron de desolación. ¡Todo lo que había tenido que pasar, para nada!

La pequeña nació muerta. No pudo ni verla. Se desmayó en el último momento y, cuando despertó, aquella mujer, la comadrona que la asistió, lo único que le dijo fue:

—Lo siento, niña, pero la chiquilla estaba muerta. Su padre ya se la llevó.

Las pisadas fuertes y decididas de Elías hicieron que el corazón de Margarita se acelerara. No quería que la viera llorando, no era el momento de responder ninguna pregunta. Decidió hacer que dormía. Cerró los ojos y escondió parte de su cara entre los orejeros del sillón.

Elías, al ver que su hija estaba traspuesta, se acercó hacia el teléfono con intención de hacer una llamada.

Antes de que la operadora contestase, colgó.

No era buena idea llamar desde allí, quizá su Margarita, entre sueños, pudiese escuchar la conversación.

Pero tenía que saber cómo iban los trámites de la herencia de su capataz, era necesario recuperar las tierras y el ganado; de no ser así, se arruinaría.