Capítulo 34
Margarita y Elías, después de reposar la comida y dado que el tiempo no acompañaba, decidieron no salir aquella tarde.
Para entretenerse, jugarían una partida de cartas.
Pero, antes, Elías debía solucionar algún asunto pendiente.
Margarita decidió leer un rato mientras su padre arreglaba aquellos temas.
La novela que tenía entre sus manos no le interesaba demasiado y, más que leer, pasaba sus ojos sobre las líneas escritas sin prestar atención a su contenido.
Su cabeza se negaba a recoger lo que su vista leía y, sin apreciarlo, poco a poco se fue centrando en sus recuerdos.
El contenido de aquel libro parecía que relataba su vida.
La primera vez que Margarita llegó a Santander fue después del fallecimiento de su madre.
Elías, inmerso en un profundo dolor, perdió durante un tiempo el interés por todo.
Los negocios y su hija pasaron a un segundo plano.
Hundido, triste y perdido en sus pensamientos pasaba horas sentado en el gran porche de la casa.
Desde el mismo, con la mirada ausente, parecía observar aquel inmenso paisaje día y noche.
La exorbitante llanura que rodeaba la mansión por momentos lo envolvía, le hacía pequeño, le absorbía las fuerzas y le secaba las ganas de existir.
Aquella situación le produjo ataques de ansiedad que a punto estuvieron de costarle la vida.
Los doctores, conocedores de que la solución pasaba por una mejoría anímica, le incitaron a viajar, a cambiar de aires por un tiempo.
Era necesario que abandonara aquel lugar lleno de recuerdos y penas.
Al fin, Elías accedió a las recomendaciones de los galenos y, junto a su hija, partió. Pasaron unos meses recorriendo Europa, pero su falta de interés y sus pocas ganas de vivir lo llevaban de una ciudad a otra como si de una marioneta de tratase.
Margarita, con el paso del tiempo, se había dado cuenta de la nula atención que su padre prestaba en aquellos lugares. Años más tarde, cuando la muchacha le recordaba algún rincón, museo, concierto o cualquier detalle de aquellos días, el hombre no recordaba absolutamente nada.
Sin embargo, ella guardaba con gran cariño todas aquellas imágenes y, a pesar del penar por la pérdida de su queridísima madre, todo lo que descubrió la colmó de dicha.
El bello París, majestuoso, la cautivó; lleno de sonidos, de luces, de aromas.
Aquel Londres frío, gris y húmedo en su climatología, pero al mismo tiempo acogedor, atento, serio y ceremonioso en sus gentes.
Y... ¡cómo olvidar la divina Roma!, donde sus calles bulliciosas, alegres, joviales y divertidas le hicieron pasar los mejores momentos de su juventud.
Después de aquellas semanas, por fin, Santander.
Tenía tantas ganas de llegar, había oído hablar tanto de ella desde que había nacido, que se consideraba una santanderina más.
Su padre le contaba cómo era, con detalle y admiración, y ella escuchaba embelesada todas y cada una de las explicaciones que este le daba.
A tal punto, que cuando al fin pudo verla con sus propios ojos, descubrió que era capaz de reconocer sus rincones, sus calles, sus fuentes, su bahía y hasta su aroma.
Cierto era que, después de la grandiosidad de las capitales visitadas, aquella ciudad nada tenía que ver con las anteriores.
Le pareció que todo era más pequeño y, como consecuencia de ello, se notaba más la cercanía de sus gentes.
Podía aspirar el olor del mar en cada esquina, el aire del Nordeste calaba tan hondo en su cuerpo que llegaba con bravura hasta sus jóvenes huesos.
El ambiente distinguido y real inundaba sus calles y avenidas de elegancia y señorío.
Sin embargo, la grandeza mundana de aquellas gentes convivía en armonía con sus habitantes que, en su inmensa mayoría, distaban de esa clase social que les acompañaba durante el verano.
Los señoritos se paseaban por el muelle y los raqueros, sentados al borde de la bahía, a su paso, les proponían: “¡Eh, señorito!, si me tira una moneda la cojo antes de que llegue al fondo”.
Asombrados con la propuesta, los señores accedían y atónitos, observaban como los chiquillos se lanzaban tras ellas para, en escasos segundos, ascender a la superficie y mostrar risueños su captura.
¡Qué maravilloso tiempo aquel vivido! ¡Qué contenta llegó y que tristeza y dolor se llevó cuando se fue!
En esta ciudad aprendió a amar con brío y perdiendo el aliento en ocasiones, pero también conoció el odio y la desesperación como nunca creyó que se podía percibir.
El dolor la embargó por un momento, pero apartó aquel recuerdo.
Aún no era tiempo, antes de pasar por aquel calvario, había vivido días plenos de felicidad y quería recordarlos.
Cerró el libro que sus manos sujetaban y lo posó sobre sus piernas.
Recostó la cabeza en el sillón, cerró los ojos y se dejó llevar por los pensamientos.
Cuando por fin se establecieron en la finca del Alta, su padre celebró varias veladas festivas, todas encaminadas a presentar en sociedad a su queridísima niña.
Las familias más selectas de la ciudad fueron invitadas.
Padres que, junto a sus hijas e hijos, aspiraban a encontrar un “buen partido” para desposarlos, departían divertidos en busca de pareja.
Pero el destino quiso que ella encontrara el amor fuera de aquellos salones.
Lejos de las fiestas a las que era invitada, alejada por completo de su clase social.
Aquello le costó muy caro. Tanto que perdió hasta el cariño de su padre que solo por conservar las apariencias no la recluyó en algún convento lejano y olvidado, como había sido su primera intención.
Con una sonrisa en los labios, recordó la primera vez que lo vio.
Aquel hombre, arrodillado sobre la tierra húmeda del jardín, hacía hoyos pequeños en el suelo con una azada chiquita.
Junto a él, un cesto lleno de semillas que arrastraba con débiles toques según iba avanzando.
Margarita le observaba desde la ventana del salón y sintió curiosidad por lo que hacía.
A medida que se acercaba, iba haciéndole gracia la vestimenta del muchacho.
Casi no le veía la cara. Una boina negra cubría su testa, un pañuelo ladeado tapaba su garganta y una casaca de cuadros con grandes bolsillos, donde de vez en cuando limpiaba sus manos llenas de tierra, eran su atuendo.
Al sentir la cercanía de Margarita, el hombre se levantó rápidamente, se quitó el resguardo que cubría su cabeza y lo arrugó entre sus manos, llenándolo completamente de tierra.
Con la cabeza gacha y voz entrecortada, saludó:
—Buenos días, señorita, soy el jardinero.
Aquella frase, ella se la repitió muchas veces, todas las que quiso hacerle rabiar.
Como si de un juego se tratase, Margarita solía acompañar al jardinero todos los días, al menos durante un rato.
Su padre, en más de una ocasión, le preguntó qué era aquello que tanto le llamaba la atención y recriminaba la conversación que le daba al sirviente.
Pero la chica, al principio, solamente buscaba aprender, le gustaba la jardinería y deseaba cultivar sus propias flores.
Por eso, todos los días intentaba descubrir algo nuevo y en una pequeña libreta iba anotando las indicaciones del jardinero o las respuestas que este daba a sus preguntas.
Margarita comenzó a sentir una necesitad imperiosa de ver todos los días al chico.
Esperaba la hora de llegada sentada junto a la ventana y, en cuanto lo veía pasar, esperaba unos minutos para que él tuviera tiempo de recoger los aperos.
Luego, cuando consideraba que ya era suficiente, salía a su encuentro.
Poco a poco, fue pasando el verano. El otoño comenzaba a hacer de las suyas y el jardín se llenaba de hojas secas que formaban una enorme alfombra.
No era tiempo de plantar ni de regar y el jardinero dejó de acudir a diario.
Margarita echaba en falta las conversaciones y las risas, pero afortunadamente aún quedaba trabajo y, al menos una vez por semana, el muchacho acudía a limpiar la finca.
Margarita quería aprovechar los pocos días que el muchacho subía a atender el jardín y buscó una excusa que la sirviera para pasar ratos con él.
Decidió interesarse por el cultivo de las rosas.
Escuchaba atentamente cómo debían plantarse y le trasmitía constantemente su deseo de que las suyas fueran las más bonitas de Santander.
Él, al ver su interés, le prometió que buscaría las mejores semillas y, en primavera, prepararía una zona del jardín para que la muchacha cumpliera su pequeño sueño.
Hablaban de rosas pero, realmente, no era de eso de lo que trataban.
Hablaban de ellos en silencio, de su vida y de sus sueños.
Margarita se había enamorado loca y tontamente de aquel hombre y, aunque sabía que esa relación no iba a llegar a buen puerto, no le importaba.
Era una joven caprichosa y consentida que siempre conseguía lo que quería y pensaba que quizá su padre accediera a esa relación.
Pensaba que, ya que él había sido también un joven de familia humilde, no habría olvidado sus orígenes, al menos eso era lo que él decía siempre.
Pero el jardinero sabía que eso era producto de su imaginación, él conocía a aquel hombre desde hacía años, había sido amigo de su padre en la niñez y estaba convencido de que nunca consentiría que su hija estuviera con un hombre de su clase.