Aromas de tabaco y caos Capítulo 33
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Capítulo 33

Aurora y Lola habían llegado muy pronto a la fábrica aquella mañana.

Ambas se habían sentado junto a otras compañeras en el banco de madera que había a la entrada.

Allí, sin querer, se habían enterado de los últimos chismes que corrían por la factoría.

Por mucho que se quisiera guardar un secreto, este, de una manera u otra, siempre salía a la luz y corría de boca en boca hasta ser conocido en el más alejado de los talleres de la fábrica.

Socorrito, que era una cuartillera muy dada a los dimes y diretes, describía recreándose con su narración. El otro día, una vecina le había contado que su hija estaba a punto de entrar en la Tabacalera. Lo iba hacer de la mano de un muchacho con el que hablaba desde hacía tiempo. Un tal Ricardo.

Como por todas era conocido el tonteo que Lola y el muchacho tenían, las miradas de las mujeres que estaban atentas a la conversación se volvieron hacia la chica. Lola, con el desparpajo que la caracterizaba, no se quedó callada:

—¿Qué miráis, tengo monos en la cara o qué? A mí lo que haga el Ricardo ni me va, ni me viene, ¿eh? Además...

Aurora, que conocía a su amiga de maravilla, la sujetó por el brazo para que callara y se apresuró a decir:

—Bueno, guapinas, nosotras nos vamos pa dentro, que ya va siendo hora.

Se levantó airosa y se dirigió al chapero. Tomó del mismo la 279 que era de Lola y la suya, la 308. Buscó a su amiga con la mirada y, pasando de una mano a otra las chapas, le gritó:

—¡Venga, hija, que tengo prisa!

Lola se levantó rápidamente. Aurora tenía razón, era una tontería discutir con ellas.

Pasaron dentro y se pararon delante de la gran escalera de mármol blanca. Para templar los nervios de su compañera, Aurora le dijo:

—¿Sabes qué es lo que me gustaría hacer? Es algo que tengo metido en la cabeza desde la primera vez que vi esta escalera.

—¿El qué? ¿Qué pasa con ella?

—¡Bajar por el barandal! ¿No me digas que tú no lo has pensado nunca? mira, es perfecto. ¡Fíjate que madera! Daría algo por poner el culo sobre ella y dejarme caer, ¡Uf, qué ganas!

Lola se quedó mirando a su amiga. Estaba entre sorprendida y asustada. Por un momento pensó que a Aurora se le había ido la cabeza. Si había una persona en este mundo seria y cabal era ella, y escuchar lo que estaba saliendo por su boca la dejó totalmente perpleja.

—¡Pero...! ¿Tú estás bien? ¡No, qué va, a ti te ha sentado mal la achicoria!

— soltó una carcajada tan exagerada que hizo que Tina, que estaba sentada junto a la ventana que había en el rincón escondido de la portería de mujeres, se asomara por los pequeños cristales de la puerta abatible para ver de quiénes eran aquellas risotadas.

Las dos muchachas se dieron cuenta y rápidamente comenzaron a subir la escalera en dirección a su taller. Mientras lo hacían, no podían dejar de reír.

—No te rías, es algo que me gustaría hacer, chica, ¿qué quieres que te diga?

—¡Pues baja, mujer! no te quedes con el “antojo”, no vaya a ser que te salga el chiquillo con un balaustre en la frente.

—¡Qué tonta eres!, ¿eh? Por cierto, Lola, tengo que hablar contigo de algo muy serio. Algo que me está destrozando desde hace meses. Algo que... la verdad, no sé, no sé cómo decir. Bueno, que quiero contártelo e igual tú me puedas ayudar.

Lola se volvió hacia ella, asustada. No tenía ni idea de que a su amiga le pasase algo.

—¿Qué te pasa? Es con el Manuel, seguro, ¡otro espabilao!

—No, ¡Qué va! no tiene nada que ver con él, bueno... no, nada que ver. Es algo mío. De mi vida... Bueno, más bien, de mi nacimiento.

—Hija, qué misteriosa. Me estás asustando. Entre lo del barandal y, ahora, el secretuco... no sé qué pensar. Pero... ¡dime algo! Si no, estaré pensando todo el día en lo que te pasa...

—No te preocupes, no es que me vaya a pasar nada, más bien tiene que ver con mi pasado, con mis orígenes.

Las dos observaron cómo Ernesta las estaba esperando a la puerta del taller. La plática no podía continuar. Otro momento y, sobre todo, otro lugar serían mucho más indicados para aquella conversación. Ambas se despidieron y dejaron en el aire aquel asunto.

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Los días transcurrían cansinos y lentos, Adela no encontraba respuesta a lo que estaba pasando.

Se había convertido en la criada del convento.

Pasaba los días limpiando, fregando, barriendo, cultivando la huerta, cosiendo y rezando.

No era ese el futuro que ella había planeado ni el que estaba dispuesta a tener.

Había intentado, por activa y por pasiva, hablar con la hermana Clementina, pero todos sus intentos habían sido fallidos.

El resto de las monjas le ponían mil y una excusas, cientos de trabas, que hacían imposible el encuentro.

Solo la veía en las horas de oración y, lógicamente, no podía hablar con ella, siempre estaba rodeada de un grupo de monjas mayores que la protegían de las demás.

Indagando un poco, y a pesar de las escasas respuestas que obtenía, había llegado a la conclusión de que Sor Clementina era la hermana superior del convento y no una simple monja como a ella le hizo creer.

Pero no comprendía el porqué de ese afán por mantenerla alejada de ella.

La había ayudado a salir del hospital, evitando la cárcel segura y, sin embargo, ahora la tenía recluida entre aquellos gruesos y fríos muros, omitiendo el lugar donde estaba ubicado exactamente aquel cenobio.

Lo poco que veía a través de las minúsculas ventanas no le ofrecía ninguna pista, era un lugar desconocido para ella, árido y solitario.

Al dolor agudo que sentía por la pérdida de su hijo, se unía la desesperanza por la soledad.

No podía comunicarse con el exterior, no sabía a quién y a dónde acudir.

Lo intentó en un par de ocasiones con el Padre Rodrigo, un viejo cura que acudía diariamente a dar misa y a confesar a las hermanas.

Pero el hombre no le hizo ningún caso, le dio muy buenas palabras y le dijo que estaba en el lugar apropiado; allí iba a pagar por sus faltas y conseguiría tener las puertas del purgatorio abiertas en su día.

Para Adela, el tener abiertas o cerradas las puertas le era indiferente, nunca había sido de misa y rosario y nadie iba a conseguir que lo fuera.

Estaba dispuesta incluso a terminar con su vida si no encontraba la manera de salir de allí.

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El teléfono sonaba incesantemente. Sofía corrió a contestar, no quería que su jefe volviera a llamarle la atención por dejar sonar tanto rato el aparato.

—Despacho de Don Nicanor Faz de Trebyllente, ¿dígame?

—Buenas tardes, soy Sor Clementina Faz de Trebyllente, quiero hablar con Don Nicanor ahora mismo, por favor.

—Buenos días, hermana, el Señor en este momento está reunido, yo le diré que usted ha llamado.

—No, señorita, creo que no me ha entendido bien, quiero hablar con él ahora mismo, ¡vaya a buscarle ya!

—Un momento, por favor.

Sofía salió corriendo en busca de su jefe.

Tal y como le había indicado a su interlocutora, el hombre estaba reunido y había dado órdenes expresas de no ser interrumpido bajo ningún concepto.

La secretaria iba con miedo a tocar la puerta, sabía que le iba a costar otra reprimenda de Don Nicanor.

Pero aquella mujer, además de ser monja, debía de ser por lo menos prima del jefe, ya que ella sabía que no tenía hermanas.

Con lo cual, podría tratarse de algo urgente.

Sofía tuvo suerte ya que, justo cuando iba a tocar la puerta, esta se abrió y apareció Nicanor.

La muchacha, sobresaltada por lo inesperado, se quedó parada un instante.

—¿Qué pasa? ¿Qué haces detrás de la puerta, ahora te dedicas a escuchar o qué?

—No, señor, ¡por Dios, cómo voy a hacer eso! Venía en su búsqueda, tiene usted una llamada de Sor Clementina.

Nicanor no dejó a la muchacha terminar la frase y le pidió que saliera del despacho. Se sentó cómodamente en su sillón y tomó el auricular después de carraspear un par de veces.

—¡Queridísima prima! ¡Qué alegría escuchar tu dulce y armoniosa voz!

—Déjate de cumplidos y vamos al grano. He intentado hablar contigo tres veces, parece que me rehúyes.

Tengo a esta pecadora en el convento desde hace casi un mes.

¿Me vas a decir qué quieres que haga? Anda tras de mí todo el día, ya no sé dónde meterme.

No sé por qué no la dejaste en la cárcel, allí hubiera estado mejor.

—No, primita, donde está muy bien es ahí.

Justo donde la tienes. De la cárcel, hubiera salido más pronto que tarde y me hubiera causado muchos dolores de cabeza.

Además, no creo que tengas queja, la aportación a tu convento ha sido generosa.

Está muy bien pagada su estancia. Y, por cierto, confío en ti para que la hagas jurar sus votos, no quiero verla nunca más en la calle, ¿queda claro?

... ¡Ah! Y, además, hay que tener en cuenta la donación a tu Orden.

Yo creo que he cumplido con el resto del trato, tu madre se encuentra en uno de los mejores sanatorios del país y la tumba de tu padre luce una majestuosa lápida de mármol.

Ahora, “hermana”, le toca cumplir a usted.

—Pero, Nicanor, si hablamos con ella seguro que entra en razón, recapacita y se olvida de lo sucedido.

Estoy segura de que desaparecería de tu vida.

Sé que es una pecadora, pero el Señor no quiere siervas involuntarias, me traerá problemas.

Ha hablado con el cura y le ha contado cosas, por suerte está medio sordo y un poco demente y he podido calmar su curiosidad, pero si sigue hablando con él no va a permitir que tome los votos.

—Ese es, pues, tu trabajo. Tu gran obra.

Por algo eres la Hermana Superiora, algo en lo que, por cierto, he colaborado.

.. que mis buenos cuartos me ha costado convencer al Obispo.

Y, ahora, perdona, tengo mucho trabajo y creo que tú también.

Así que, hasta pronto Sor Clementina, que la luz de Dios nuestro señor la ilumine y así, de paso, me dejarás a mí tranquilo.

Nicanor no espero a escuchar la respuesta de la monja. Colgó el auricular con un golpe y llamó a gritos a Sofía.

Sor Clementina posó el auricular despacio.

Su cabeza iba recordando las palabras que su primo había dicho.

El tono altanero, prepotente y desconsiderado que había utilizado le dolía enormemente.

Ahora entendía por qué Nicanor la había ayudado con su madre.

No lo había hecho por amor, como ella pensaba, sino porque quería conseguir el favor de la religiosa.

Sor Clementina sabía que lo que hacía con Adela no estaba bien, era solo una pobre muchacha a la que su primo había engañado.

Y ella era cómplice de todo aquello. Desde el primer momento creyó la versión de la muchacha; realmente, Adela no abortó, habían sido las personas con las que vivía quienes le provocaron la pérdida del bebé con alguna pócima.

Estaba empezando a ver claro el asunto. Pero, ¿qué podía hacer?

De algo sí estaba segura, ella no iba a colaborar en lo que su primo quería, no iba a permitir que Adela tomara los hábitos.

Esperaría un tiempo, el suficiente para que las aguas volvieran a su cauce, y luego hablaría con la chica, le contaría todo lo que ella sabía y, entre las dos, tomarían la decisión más adecuada.

Adela sintió cómo alguien se acercaba por el oscuro y largo pasillo.

La muchacha, de rodillas, limpiaba con ahínco el suelo de madera del mismo.

Levantó la cabeza cuando notó la cercanía.

A lo lejos, vio aparecer a Sor Clementina que, con paso cansino y la cabeza gacha, se acercaba al lugar donde ella estaba.

Llevaba tanto tiempo esperando ese momento que, rápidamente, se puso en pie y caminó rauda a su encuentro.

La monja levantó la vista y con la mano por delante frenó el caminar de la muchacha.

Las dos mujeres, frente a frente, se miraron a los ojos sin articular palabra durante escasos segundos.

Sor Clementina puso una mano sobre el hombro de Adela y le dijo:

—Te ruego que no me preguntes. Hay que dejar que el tiempo pase. Entonces, hablaremos. Mientras tanto, y aunque entiendo que no comprendas lo que está pasando, perdóname.

La Madre Superiora continuó su camino cabizbaja. Adela, sorprendida con las palabras de la monja, no acertaba a saber qué era lo que ocurría, pero algo le decía que debía confiar en aquella mujer.