Aromas de tabaco y caos Capítulo 31
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Capítulo 31

Carmen caminaba precipitadamente. No había tiempo que perder. “La Manca”, por fin, iba a recuperar sus joyas.

Había estado ahorrando durante meses y, poco a poco, había conseguido, con mucho esfuerzo, las seiscientas pesetas que necesitaba.

Toda una fortuna, pero merecía la pena, sobre todo por la pulsera.

Durante todo el tiempo que la había tenido en la casa de empeños, no había dejado de pensar que, en cuanto la recuperase, se la iba a regalar a Aurora.

Pero ahora tenía un dilema; Laura había vuelto y era su hija, la más pequeña, cómo iba a dársela a Aurora que, al fin y al cabo, aunque la quería como a una hija, realmente no lo era.

Por otro lado, era la única que se había preocupado de ella, la que estaba a su lado y la que siempre la ayudaba en los momentos de apuros económicos.

Cuántos meses era de su sueldo de donde salía el pago del alquiler, del recibo de la luz o cualquier gasto imprevisto que surgía.

Gracias a esas ayudas, ella había juntado las “perras” para desempeñar las alhajas.

Pero lo importante en ese momento no era cómo, sino que por fin iba a recuperar la pieza y la guardaría para más adelante.

Se la entregaría a la primera que se casara, así no podría parecerle mal a ninguna.

Eso haría, el domingo cuando las dos estuvieran juntas, lo comentaría.

Antes de acercarse al Monte de Piedad, pasó por la ferretería.

Quería que Nando supiera que por fin iba a recuperar su pequeño tesoro.

El hombre, como la mayoría de las veces, estaba ordenando la trastienda.

Carmen lo sabía y en más de una ocasión le había llamado la atención por dejar solo el despacho.

En lugar de levantar la parte móvil del mostrador, pasó por debajo de ella sin hacer ruido, quería asustarle.

Con cuidado, recorrió los estrechos pasillos hasta que encontró en un rincón a su “Nanduco”.

Dio la vuelta y, escondida entre las estanterías, se colocó tras él.

—¡Oiga, arriba las manos!

El hombre botó del susto y “La Manca” empezó a reír a carcajadas.

—¿Eres tonta o qué te pasa? ¡Joder! Casi me muero del susto, ¡coño!

El enfado no era tal, ni mucho menos. Al ver como se reía alborotada la mujer, Nando salió corriendo tras ella. “La Manca” intentaba escapar, escondiéndose entre los estantes del establecimiento como si de dos chiquillos se tratase hasta que, por fin, los brazos del hombre la atraparon.

Desde la tienda, se escuchó la voz de un hombre que reclamaba la atención del ferretero. Nando le pidió silencio con un gesto a la mujer y salió a atender al cliente.

Carmen escuchaba la conversación de los dos hombres.

La voz del comprador llamó su atención. Aquel tono le resultaba frío y desagradable, hasta el punto de sentir curiosidad por ver su cara y su aspecto.

Tanto, que no pudo aguantar más en el lugar donde estaba y, poco a poco, fue situándose cerca de la puerta de la salida; con sumo cuidado, asomó la cabeza, pero no consiguió ver la cara del individuo.

El hombre buscaba un determinado candado que Nando no tenía en ese momento, pero le pidió el nombre y la dirección y le dijo que se los conseguiría y se los llevaría a su casa.

Al escuchar el nombre, “La Manca” recordó: Elías Abascal. Ese era el patrón de Lipe. El amo de la finca donde su marido acudía a trabajar cuando no había faena en la mar. No había ninguna duda, era él. La voz ronca, quebrada y autoritaria de aquel hombre se le había quedado grabada.

Tuvo el impulso de salir y preguntar por Lipe, siempre había tenido el presentimiento de que Elías había tenido algo que ver con la fuga de su marido. Pero, claro, ¿cómo podía ella demostrar tal cosa?

De igual modo, pensaba que aquella niña de ojos avellanados y sonrisa triste que su marido le había puesto en los brazos no era, para nada, hija de ninguna fulana.

Eso no era más que una historia que Lipe se había inventado.

Él sabía que estaba enamorada hasta las cejas y que perdonaría cualquier cosa.

Ella siempre había pensado que la niña venía de esa casa y que Elías era el responsable de aquel abandono.

No sabía cuál podría ser la relación... Tal vez la hija de alguna criada a la que cortejó y dejó embarazada, de alguna prima, sobrina, hija o, a saber.

.. Pero nunca de una puta, ¡qué tontería!

bastaba con mirar a Aurora para ver que su madre había sido una señora.

¿De dónde había sacado el porte, el estilo, la clase y la elegancia que tenía su chiquilla?

Pero, ¿qué iba a conseguir? Si era cierto lo que ella pensaba, no podía pretender que le dijera la verdad, ¿Por qué iba a hacerlo?

Ese hombre no la conocía de nada, la tomaría por loca.

Decidió seguir escuchando la conversación y, cuando el hombre se despidió, salió de la trastienda corriendo y se acercó a la puerta.

Quería comprobar si era él realmente, el patrón de su marido.

Nando, sorprendido, rápidamente le preguntó por lo que estaba haciendo. Carmen le dio pocas explicaciones, tampoco era cuestión de dar demasiadas, sobre todo teniendo en cuenta que nadie sabía si Aurora era, o no, su hija biológica. Le contó hasta donde pudo.

Nando se sorprendió con lo que le decía y le preguntó:

—Pero... ¿tú no sabes quién es este señor?

—Pues ya te lo estoy diciendo, hijo. Creo que el patrón que tenía el Lipe en la casa que arreglaba en el Alta.

—No. Bueno, igual sí. Pero... este hombre es el tío del novio de la Auroruca. El que ha venido de México.

—¿Qué me dices? ¿De verdad? ¡Joder, joder! Pero, ¿qué me dices? ¡Me cago en el obispo de Santoña! Pero... ¿tú estás seguro de eso? ¿De qué te queda?

—Coño, Carmen, que manía tienes, ¿eh? Siempre estás desconfiando de mí. El otro día estaba en “La Gloria” jugando la partida y entró él con el Manuel. Y, precisamente, fue el chavalín el que me dijo que era su tío.

Carmen frunció el ceño, se despidió de Nando y continúo su camino.

—-

En la fábrica, estaba siendo un día muy complicado. El crío pequeño de Isabelita, una de las operarias, había muerto después de una larga enfermedad. Desde que nació, el pobre niño estuvo enfermo y no consiguieron dar nunca con su mal.

Como solía suceder en estas ocasiones, las maestras colocaron sobre el banco de madera de entrada a fábrica una caja de cartón bien cerrada, con una ranura en la parte superior, para que todos aquellos compañeros que lo deseasen colaboraban con alguna peseta y, así, poder llevar unas flores que, como siempre, la Conce se encargaba de comprar en Las Floristas y de llevar al funeral del chiquillo.

Lola estaba especialmente sensible. Al fallecimiento aún reciente de su tía, ahora había que unir el del pequeño Tomasín.

Lo sintió mucho, conocía a Isabelita desde que eran niñas y, además, era prima carnal de Paco.

Por ese motivo había tenido mucho trato con el pequeño y lo había sentido como si de un familiar se tratase.

Cuando, al acabar el turno, la maestra abrió el cajón, este estaba repleto, así que se podría comprar una corona preciosa de flores blancas.

La solidaridad y el compañerismo eran la base fundamental de las cigarreras, siempre apoyándose unas a otras en los momentos difíciles, los cuales, por desgracia, eran mucho más habituales que los fáciles.

Pero la vida continuaba y los cigarros esperaban ser elaborados.

A pesar de las circunstancias en las que Isabelita se encontraba, sus compañeras no podían acompañarla en los actos fúnebres y lo que hacían era rezar un rosario bajo la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro que presidía uno de los talleres de la fábrica.

Aquella imagen, conocida por todas, guardaba el secreto de su procedencia.

No se sabía muy bien cómo había llegado hasta allí.

Unas decían que la habían dejado las monjas Clarisas en recuerdo de su paso por aquel precioso convento.

Otras creían que había sido regalo de alguna operaria, o de algún jefe, pero a ciencia cierta no se sabía.

El caso es que llevaba allí los años suficientes para que los azulejos pintados a mano que formaban el mosaico que representaba la imagen de la Virgen estuvieran lo suficientemente descoloridos y el marco de forja considerablemente roñoso.

Pero era su Virgen y como tal la veneraban.

Cada 27 de junio, las cigarreras se congregaban bajo la imagen y oraban piadosas y agradecidas para festejar tan señalada fecha.

Lola estaba intranquila, tenía un gran problema.

Desde la vuelta de Paco, no había podido salir ni en una sola ocasión con Ricardo y el “Dandy” se estaba empezando a poner nervioso.

Ella inventaba excusas que ya comenzaban a ser absurdas; que estaba triste, que tenía que recoger la ropa y enseres de su tía, que su prima estaba enferma.

.. Unas y otras, pero todas sin mucho sentido.

El muchacho se estaba dando cuenta perfectamente de ello.

Por otra parte, Paco había vuelto con ganas de casarse.

El dinero que había ganado, por primera vez en su vida, lo había guardado y, aunque no era mucho, ya que solo habían sido cuatro o cinco meses los que había estado fuera, se lo había entregado a Lola para que ella lo administrase.

Aurora la animaba en la medida que podía.

Ella siempre había sido muy crítica con Paco pero, si tenía que elegir, le prefería a él para su amiga antes que a Ricardo.

Además, tuvo la ocasión de ser testigo de una escena subida de tono de la cual eran protagonistas Ricardo y una nueva chica que apenas llevaba tres meses en la fábrica y a la que su fama de libertina la precedía.

El día anterior, Aurora se había acercado hasta el oreo.

Al entrar en aquel espacio frío y húmedo lleno de estantes, donde el olor del tabaco era tan intenso que, además de impregnarse en su ropa, producía un picor que al poco rato raspaba como un estropajo su garganta, la muchacha había escuchado unos susurros que venían de la esquina más alejada.

El primer impulso fue salir, pero, cuando iba a hacerlo, reconoció la voz de Ricardo y se acercó poco a poco, quería ver quién era la mujer que estaba con él.

Sin embargo, en el último momento prefirió salir de la sala.

Casi tras ella, salió la mujer y Aurora pudo comprobar de quien se trataba la persona que gemía junto a Ricardo.

Cuando el muchacho salió, Aurora continuaba allí, frente a la puerta, mirando, esperando su salida. Él se dio cuenta perfectamente de que había sido descubierto. Al pasar junto a Aurora, con la chulería que le caracterizaba, le dijo:

—¿Qué? cuando quieras... también hay para ti — le guiñó el ojo y le hizo un gesto señalando el oreo —. Por mí encantao, ¿eh? Ya sabes dónde paro.

Aurora se revolvió de tal manera que Ricardo se sorprendió, no esperaba que aquella rubia de ojos claros y manos finas tuviera tanto carácter escondido, y, entre “lindezas”, le contestó con un desprecio desmedido:

—No, hijo. ¡No está hecha la miel para la boca de los cerdos!

Aurora no le dijo nada a Lola, pero la veía tan agobiada con el asunto que pensó que, quizá, sería bueno que lo supiera; al menos tendría una excusa para romper la relación absurda que mantenía con él.

Como cada viernes, al terminar su turno de mañana en la fábrica, las dos mujeres bajaron por Garmendia, camino a la plaza de la Esperanza. Aurora aprovechó para contar a su amiga lo que había visto. Lola se paró, se acercó a ella y la besó.

—¿Te he dicho alguna vez que te quiero mucho? — Aurora, sorprendida se sonrojó.

—Qué tonta que eres. Te lo he contado para que se lo digas, no te lo puede negar porque él sabe perfectamente que yo les vi. Aprovéchalo y quítate del medio a ese chulín.

—Lo sé, y te diré más, voy a casarme con Paco. Él todavía no lo sabe, pero yo sí — sonrió —. Pero, ¿sabes? Necesito que mi prima trabaje en la fábrica como sea y él es el camino más rápido.

—Bueno, no te vayas a lanzar, ¿eh? ¡Tranquiluca, hija!

Ya veremos. ¿Y por qué no hablamos con Sagrario o con Tina?

Ellas pueden ayudarte con lo de la Cionín, te tienen en estima, te conocen de toda la vida, eran amigas de tu madre.

.. Habla con ellas y déjate de historias.

Este es un cantamañanas de mucho cuidao, te lo digo yo.

—Ya lo he hecho, ¿qué crees? Pero me han dicho que no puede ser, que ahora no es momento. Por eso sigo con el baboso este.

Hacía meses que Aurora no pasaba por el puesto de su tía y, sin saber bien por qué, decidió acercarse.

—¡Hombre, la señorita de la Tabacalera! Hija, pareces la mujer del Ingeniero, más que... una simple cigarrera.

—Usted siempre tan simpática y tan amable. No sé si es envidia, rabia o qué, pero, ¡qué desagradable resulta verla!

—¡Bueno, la señorona ahora parece que se ha vuelta filósofa! Hija, con eso de que tienes un novio rico... bueno, sobrino de un rico, ¡pues vaya tonta que te pones! Lo que tenías que hacer es preguntarle al ricachón por dónde anda el hermano mío.

—¿Mi padre? ¿Qué pinta en esta historia?

Engracia se dio cuenta de que su lengua había sido mucho más rápida que su cabeza y que había metido la pata.

—Pues nada mujer nada, tonterías mías, era broma.