Capítulo 30
Adela continuaba ingresada en el hospital. Era vigilada día y noche por las monjas que se ocupaban de su recuperación. Había pasado unos días horribles, tanto anímicos como físicos.
Saber que había perdido a su hijo y, con él, la posibilidad de vivir una maravillosa vida en la que solo ella había creído, debido a una infección producida por algún tipo de sustancia por determinar.
El desconocimiento de dicho veneno había sido el motivo por el cual los médicos no habían sido capaces de radicar antes la dolencia aguda que la mujer sufría.
En dos ocasiones más, el inspector de la policía la había visitado, y, como la primera vez, volvía a preguntar: “¿Qué es lo que has tomado para deshacer el feto?”.
Pero, en aquellas ocasiones, no lo hacía por el motivo inicial.
Era a instancia de los médicos que, desesperados por encontrar un remedio que pudiera mejorar su estado, habían solicitado al policía su ayuda.
Pero ella no tenía respuesta, no sabía lo que era y repetía, una y otra vez, que solo había tomado manzanilla.
Durante días, la fiebre fue muy alta y le produjo delirios. En esos momentos, junto a su cama, la hermana Clementina trataba de ayudarla con paños helados y analgésicos que en poco ayudaban.
Con el tiempo, afortunadamente mejoró. Poco a poco iba remitiendo la calentura y se encontraba más animada y fuerte.
Hasta cierto punto, tuvo la suerte de contar con la hermana Clementina.
Era una mujer joven, de ojos azules y mirada triste.
Continuamente tenía en sus manos una pequeña Biblia que leía y releía sin parar.
Noche y día, estuvo a la vera de la muchacha y ambas se tomaron cariño.
No obstante, cuando entraba algún médico, enfermera o el mismo inspector, Sor Clementina cambiaba totalmente de registro e interpretaba un papel que nada tenía que ver con el trato que realmente le daba.
Adela se había dado cuenta, pero no preguntó por qué se comportaba así; entendía a la perfección la actitud de la religiosa.
Una tarde, cuando ya el trasiego de personas había terminado, Sor Clementina le aconsejó a Adela que se levantara, era necesario que fuera saliendo de la cama.
Adela se sorprendió, no hacía ni tres horas que acababa de escuchar cómo la monja le decía al inspector de policía que aún estaba débil y que era aconsejable que guardara cama al menos durante tres o cuatro días más.
La monja notó la desconfianza en la cara de la muchacha y la tranquilizó:
—Haz caso, el peligro ya pasó. Estás bien, pero débil. Necesito que te sientes y me cuentes cosas de ti. Sabes, yo te creo. Estoy segura de que tú no hiciste nada para perder el bebé y, ¿sabes por qué te creo?
Adela la miraba atentamente, no era capaz de articular palabra, sus ojos cubiertos de lágrimas le impedían una visión nítida de Sor Clementina. La monja continuó hablando después de ayudar a la joven a sentarse en el sillón y poner sobre sus piernas una manta raída y vieja.
—Te creo porque he pasado muchas horas a tu lado.
He escuchado tus palabras, fruto del delirio que padecías.
Has llorado y, mientras lo hacías, llamabas a tu madre desconsoladamente.
Has pedido perdón cientos de veces, a Laura y a Aurora, les decías que vinieran a buscarte, que te ayudaran.
Has reído, soñando con tu pequeño, y movías tus brazos acunándole como si en ellos lo tuvieras y, a la vez, le cantabas una canción que, de tanto escuchar, me he aprendido.
Ayer te vi que subías, por la alameda primera,
luciendo la saya blanca, y el pañueluco de seda.
Dime dónde vas, morena, dime dónde vas, salada;
dime dónde vas, morena, a las dos de la mañana.
La monja guardó silencio e incitó a Adela a continuar.
Voy a la fuente de Cacho, a beber un vaso de agua,
que me han dicho que es muy buena, beberla por la mañana.
Las dos repitieron el estribillo en tono muy bajo para evitar ser escuchadas. Sor Clementina continuó:
—¿Lo ves?, me la he aprendido. Ahora quiero que me cuentes tu historia. Quiero que me digas la verdad, que relates con pelos y señales lo que has vivido estos últimos meses. Necesito que lo hagas, no temas; lo que me cuentes, para bien o para mal, no saldrá de estas cuatro paredes. Ten fe, créeme.
Adela bajó la cabeza y entrelazó sus manos. Respiró hondo y comenzó a contar su historia. La religiosa ni preguntaba ni interrumpía su narración. En ocasiones, cuando la mujer no podía continuar, ahogada por el llanto, apretaba con fuerza su hombro.
Pasaron cerca de dos horas en las que Adela no cesó de hablar.
No solo contó su pequeña historia de amor, sino que también habló de sus hermanos, de su madre, del abandono de su padre, de su ciudad, de su mar, de los colores y del olor intenso de su bahía, de las horas que pasó cosiendo redes sentada en el muelle, de tantas cosas y tantos recuerdos que, al final, su mirada perdida y fija sobre las blancas paredes de aquella habitación, se volvió hacía la monja para decir:
—Eso es, hermana. Esa ha sido mi vida y mi pecado. Mi soberbia me ha traído aquí, mi cabezonería, mis aires de grandeza... Y, ahora, ¿qué puedo hacer? ¿Cómo voy a decirle a mi madre que estoy encerrada? No puedo...
—Escucha, es muy importante que prestes atención.
Voy a ayudarte. Como bien dices, tu destino es la cárcel y, si no hubieras sufrido esa terrible infección, haría días que tus huesos estarían tirados en una celda húmeda y sucia.
No disculpo tu actitud, pero sí soy consciente de que has sido engañada.
Al negarte a abortar voluntariamente, ese hombre tramó contra ti.
Te alejó de la ciudad y buscó cómplices aquí.
Las personas que te acogieron te dieron la manzanilla con el veneno que a punto ha estado de causar, no solo la pérdida de tu bebé, sino tu muerte, y de todo eso eran conscientes.
Pero ahora tenemos que buscar la manera de que no vayas a la cárcel, estoy segura de que allí no sobrevivirías.
Adela estaba asustada, pero la monja la tranquilizó.
Sor Clementina había terminado su labor en el hospital.
En dos días vendría otra monja a cubrir su vacante y ella volvería al convento.
Era entonces cuando podría ayudar a Adela.
Lo primero que tenía que hacer era fingir un empeoramiento en el estado general de la muchacha, de modo que la permanencia en el hospital estuviera garantizada.
Después, y una vez que la otra monja estuviera establecida y todo el mundo pensara que ella ya se había ido, volvería a buscarla.
Usando su hábito conseguirían salir del centro sin llamar la atención.
Pero había que buscar la manera de hacerlo.
Si la monja que enviaban era la que ella esperaba, no tendrían problemas, estaría de su lado.
Si, por el contrario era otra, deberían organizarse ellas solas y las posibilidades de éxito serían escasas, aunque no nulas.
Adela agradeció el ofrecimiento de la religiosa.
Pero, una vez en la calle, ¿a dónde podía ir?
No tenía dinero, ni ropas, ni amigos... No tenía nada y, además, sería una fugitiva de la justicia, la buscarían y, si la localizaban, sería mucho peor; además de la pena por el aborto, tendría que añadir la de fuga.
Pero Sor Clementina ya tenía todo eso preparado. Esa sería la parte más sencilla. Debía confiar en ella.
La chica se levantó lentamente, ayudada por la monja, y ambas se fundieron en un abrazo largo y cariñoso.
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Desde que Adela se había ido de la casa de Pérez Galdós, Marcela acompañaba a Laura al mercado. Cada mañana, las dos se acercaban a la plaza.
Comenzaban a enfilar Barrio Camino cuando vieron, a lo lejos, subir a Servando. El hombre tiraba del carro y del burro con ahínco. Los adoquines de la calle, al estar húmedos, hacían que el animal resbalase. Marcela le dijo a Laura que fuera entrando, ya que ella iba a esperar a su pariente.
Laura se sentía feliz cada vez que iba al mercado.
Conocía a la perfección a todos los tenderos: Paco el carnicero, Lupe la quesera, Lucía la huevera, Teresa la panadera, Maruja, Pepi.
.. todos la apreciaban, porque la chica se hacía querer y, además, habían notado un gran cambio en su trato desde que su hermana no la acompañaba.
La relación con todos ellos se había vuelto más cordial, más cercana y más real.
Para ir más deprisa, se habían repartido la compra. Marcela se encargaba de la carne, que era lo que tocaba hoy en la casa, y a ella le tocaba comprar las legumbres y la fruta.
Laura se acercó al puesto de Fonso que, con su alegría acostumbrada, atendía a unas y a otras entre bromas y risas. Cuando la vio aproximarse, se sonrojó. Laura, que fue consciente de ello, también notó como su cara enrojecía.
Las mujeres que esperaban turno en la frutería rápidamente se dieron cuenta y, de inmediato, comenzaron a tomar el pelo al tendero. Lina, fuera la primera:
—¿Qué pasó, Fonsuco? ¿Te dio un sofoco, hijo?
—Pues debe ser que hace calor, porque aquí atrás alguna también se puso colorada.
—Lo que hay que hacer, niñuco, es lo que hay que hacer, y dejarse de sandeces, hombre. Yo no sé a qué esperas pa casarte, con las niñucas tan guapinas que hay.
—Pero si Fonsuco tiene novia, Lina, que le he visto yo muchas veces pasar por delante de casa.
Fonso se volvió y, como un rayo, contestó:
—No tengo novia. Ya no. Además, esa solo era una amiga. Una amiga de mi hermana que paseaba de vez en cuando conmigo, tres o cuatro veces fuimos al cine y un par de ellas a bailar, pero ¡bah!, que no hay ná . A mí me gusta otra.
—¡Uy, chaval! muy parlanchín estás tú hoy, nos lo cuentas a todas o... ¿es a alguna en particular?
Fonso ya no contestó. Las mujeres se habían dado cuenta perfectamente de por dónde iba el muchacho e incluso alguna, al escuchar el comentario del frutero, se había vuelto hacia donde Laura estaba y le había hecho un gesto cómplice.
Por suerte, el puesto quedó vacío cuando le tocó atender a Laura.
Fonso se acercó a ella y la saludó como si acabara de verla.
No tuvieron más conversación que la propia de la compra; las manzanas que no estén muy verdes, las peras de agua para el señor, los plátanos para los niños.
.. esa era la conversación que mantenían cuando Marcela apareció.
Su presencia provocó nerviosismo en los dos jóvenes y la mujer lo advirtió. Fonso estaba terminando de colocar el género dentro de la bolsa y Laura preparaba el dinero, rebuscando en el monedero las pesetas que le faltaban para completar el importe de la misma, cuando Marcela les dejó sin aliento:
—Bueno, ¿vosotros no pensáis ir nunca a dar un paseuco juntos, o al cine, o a misa si es necesario?
—Marcela, por favor, que este hombre tiene novia. — se apresuró a contestar Laura.
—¿Novia? — preguntó la mujer, dirigiendo su mirada claramente hacia Fonso.
—No, no tengo novia, pero me gustaría tenerla.
—Y... por casualidad, no será esta muchachuca que tengo a mi derecha. — dijo socarronamente el ama de llaves.
—Pues... va a ser que sí. — dijo él sin mirar y sin dar demasiada importancia a las palabras que acababa de pronunciar.
—¡Carajo a la vela! ¡Acabáramos! Bueno, voy saliendo, trae p’acá la bolsa, paga y... no tardes mucho.
Marcela comenzó a caminar y, de repente, se volvió y les dijo a los dos:
—Como se te ocurra salir de aquí sin quedar con él, no te doy libre en tres semanas. Y tú, como sigas haciéndote el interesante y no la convides a algo, no te vuelvo a comprar ni una miserable cebolla. — y continúo su camino.
Los dos estuvieron conversando solo unos minutos. Eran mucho más expresivas sus miradas y sus gestos que las palabras y halagos que entre ellos se dedicaban. Por fin, quedaron. El domingo, Fonso pasaría a buscarla por la casona a las cuatro de la tarde.
Cuando Marcela la vio salir, no tuvo que preguntar nada, los ojos chispeantes y la sonrisa fija que lucía Laura daban respuesta a todas las posibles preguntas que el ama de llaves pudiera tener.