Capítulo 29
Al contrario que en otras ocasiones, aquella semana se estaba haciendo interminable.
Semana de tarde, horrorosa. La lluvia era incesante y la luz natural ya escaseaba; apenas soportaban un par de horas y las luminarias de la fábrica pronto se encendían, sobre las cuatro de la tarde los electricistas conectaban todos sus focos, aunque había lugares en los que eran insuficientes.
Afortunadamente, se decidió bajar las luminarias ponerlas mucho más cerca del puesto de trabajo y eso ayudó en gran medida a las operarias, que no tenían que forzar tanto la vista.
No obstante, con luz o sin ella, había que producir y eso era lo que hacían; las que estaban bien alumbradas y las que no lo estaban.
Durante esos días se produjo una pequeña epidemia intestinal que afectó a muchas trabajadoras de la fábrica.
Hubo que reorganizar el trabajo y Aurora y Lola pasaron de modo provisional al escogido.
Trabajo que ellas ya conocían de sobra y donde estaban muy a gusto, si bien había que tener en cuenta que el salario no era el mismo.
Perderían la prima por producción de esos días y aquello les molestaba.
Por eso, ambas se acercaron hasta el despacho del Jefe de Taller y le expusieron su queja.
No sirvió para nada; el hombre, muy atento, las escuchó, les dijo que él mejor que nadie sabía que eran unas estupendas cigarreras, pero que no tenía más opción que ponerlas a escoger, precisamente porque conocían como nadie esa labor.
No obstante, les prometió que hablaría con el Ingeniero Jefe e intentaría, si cabía la posibilidad, compensar económicamente el agravio que sufrían.
Más o menos, las muchachas se quedaron conformes con la explicación y sin más, atravesaron de nuevo los pasillos de la factoría, y volvieron a su puesto de trabajo.
Quedaba ver si, en su próxima nómina, aquello prometido por el encargado quedaba reflejado.
A otras sí se les abonaba esa diferencia, pero, como para todo, había operarias y “operarias”.
Y ellas, precisamente, no eran santo de la devoción de algunas maestras, las cuales mandaban mucho más de lo que a simple vista parecía.
Para algo eran las encargadas de llevar y traer los chismes que se comentaban por los talleres.
Sentadas frente a las manillas de hojas que debían desvenar, las dos muchachas conversaban animadamente.
Lola hablaba sin parar, era mucho más parlanchina que Aurora y siempre llevaba la voz cantante.
Terminaba un asunto y comenzaba el siguiente sin dar apenas cuerda a su compañera.
Como quien no quiere la cosa, Lola dejó caer que había recibido carta de Paco y, aunque su intención no era la de comentar en exceso el hecho, no tuvo más remedio que contestar a las preguntas de Aurora.
—¿Qué me dices, muchacha? ¿Estarás contenta, no? Hacía mucho que no te escribía y... ¿qué te contaba?
—Va, nada, ya sabes...
—Venga, anda, no me digas que nada. Cuenta, mujer, que somos de confianza.
—No, pues que está un poco triste. No se acaba de hacer a aquello, dice que es una ciudad fría y triste y que el trabajo no está bien pagao. Que echa mucho de menos el mar y a los amigos, y a la familia y, bueno... también a mí, claro.
—Hombre, sobre todo a ti, de eso no me cabe ninguna duda. Y tú, por supuesto, te lo has creído. El pobre, ¡qué pena!, ¿eh? — le replicó Aurora, sarcásticamente.
—Desde luego, hija, ¡cómo eres! No puedo decir nunca nada de él, cualquiera diría que te ha hecho algo. Pues es muy buen chaval, a mí me ha ayudao siempre mucho, guapina.
—¡Ah, sí! Y ¿a qué te ha ayudao a ti?, si se puede saber...
—Mira, déjalo, mejor hablamos de otra cosa.
—No, no me da la gana, hablamos de tu Paco. Y escucha porque te voy a decir por enésima vez que ni te ha ayudao a nada, ni te ha dao ná . Algún palo que otro, eso sí, y quitarte todas las perras que ha podido. ¡Esa es la ayuda! A caer te ha ayudao a ti ese.
—Porque somos amigas que, si no, no te volvía hablar en la vida. Eres una lumia de mucho cuidao, ¿eh?
—Bueno, siguiente, ¿y tú, qué? ¿Le has contestao?
—Que te he dicho que ya no te digo más, ¡ pa qué! Pa que me eches la bronca. Pues nada, chitón.
Aurora la miró de reojo con media sonrisa.
Ella se lo decía por su bien. Lola, desde niña, había estado enamorada de Paco y él, que era consciente de ello, la exprimió al máximo.
Había sufrido con ella cantidad de desplantes, mentiras, riñas e incluso palizas, y quería tanto a su amiga que prefería que esta estuviera enfadada con ella un rato, porque no era más que un momento, a no decirle nada y callar sobre lo que pensaba de aquel muchacho.
Ricardo entró en el taller de desvenado como acostumbraba, con los cuellos del buzo subidos que le daban un toque “dandy” muy singular, el pelo bien engominado y repeinado hacia atrás y sus característicos andares altaneros y chulescos.
Lola le lanzó una sonrisa provocadora a la vez que le guiñaba un ojo.
Se limpió las manos al delantal y se acicaló el moño.
Aurora la miraba sorprendida y, a la vez, molesta con su actitud, y no pudo por menos que darle un codazo que le hizo soltar la hoja que tenía entre las manos.
—Pareces tonta, hija. Te quedas mirándole como las vacas miran al tren, ¡Desde luego!
—No empieces otra vez, menudo día que tienes, guapa.
Carmen canturreaba en la cocina “lirio le llaman por nombre y ese nombre bien le está, por un cariño cariño tiene las ojeras morás, la la la la”
—Bueno, pero ¡cuánto hacía que no la oía yo cantar! — le dijo la muchacha mientras la abrazaba y besaba sin pasar.
—Quita, zalamera — respondía “La Manca” sin ninguna gana de que su hija le hiciera caso.
—Pero, ¿qué fiesta es hoy? ¿Merluza y cerveza de Cruz Blanca?
—Pescadilla guapina. Me quedó esta mañana y, en vez de darla más barata, me dije: “esta nos la comemos la chiquilla y yo pa cenar”... y, mira, se lo estaba contando al Nando y me dijo: “pues toma, pa acompañar”.
—Pues me parece muy bien; voy a quitarme la ropa, estoy reventada, menos mal que acaba pronto la semanita.
—Antes me acerqué a ver cómo iba la Sole, la pobre ya no me conoció.
Yo creo que no pasa de esta noche. Por cierto, que maja es la sobrinuca ¿verdad?
, no veas con qué cariño la trata, hija.
¿Ya la podrá colocar la Lola en la fábrica?
La vendría muy bien a la chiquilluca y, de paso, también a la ella, podrían vivir las dos como reinas.
Aurora escuchaba a su madre con atención mientras se ponía la bata y recordó con pesar que no había tenido el detalle de preguntar por su tía a su amiga. No contestó a su madre. Esta continuó canturreando “la lirio, tiene la lirio la la la”...
Tal y como auguró Carmen, Sole falleció aquella misma noche. Las dos chicas estaban a su lado cuando la anciana expiró. Pero ahora tenían que amortajarla, no ponían esperar al amanecer; el cuerpo se quedaría frío y sería imposible hacerlo.
Lola le pidió a su prima que fuera preparando la ropa. Ella se acercaría hasta la casa de su amiga para pedir su colaboración en aquella penosa, pero obligada faena. Estaba convencida de que Carmen lo haría encantada.
Había caminado menos de la mitad del trayecto cuando escuchó como el reloj de los Carmelitas daba las tres de la madrugada.
¿Cómo iba a despertar a su amiga a aquellas horas?
Decidió volver a casa, no eran horas de molestar.
Lola andaba, pesarosa y cansada. Al levantar la vista, advirtió en la distancia cómo se acercaba un hombre.
Sintió un poco de miedo y se resguardó al amparo de una esquina.
Desde allí, observó si aquella persona era conocida. Afortunadamente, así fue.
Luisín, el primo pequeño del Paco, regresaba de su trabajo. Lola no lo pensó y salió a su encuentro. Le explicó al muchacho lo que había sucedido y el chaval, a pesar de su corta edad, rápidamente se ofreció a ayudar, algo que, lógicamente, Dolores aceptó.
Cuando subía las escaleras, Luisín se dio cuenta de que jamás había tocado un muerto, es más, ni tan siquiera había visto ninguno salvo en fotos.
Además, recordó que no le hacían demasiada gracia, pero ya no podía dar marcha atrás, ¿qué pensaría Lola de él?
Le pondrían en el barrio un cartel de cobarde de mucho cuidado.
Así pues, continuó ascendiendo, siguiendo los pasos de la muchacha.
Cionín ya tenía la ropa preparada y había peinado a su tía.
La fallecida, a pesar de su extrema delgadez, presentaba un buen aspecto.
Su tez aún conservaba un poco de color que, aunque comenzaba a amarillear, no era llamativo, y su calor corporal, débilmente, pero se mantenía.
Solo quedaba vestir el cuerpo inerte de la mujer.
Y para eso era para lo que necesitaban la ayuda del muchacho.
Le mandaron colocarse a los pies de la cama y coger las manos de la difunta.
Después, tirar de ella hacia él, mientras Lola aguantaba por la espalda y Cionín la quitaba el camisón.
Al levantar el cuerpo, este expulsó todo el aire que tenía dentro, produciendo un estruendo que asustó de tal manera al muchacho que soltó las manos de la muerta y salió corriendo como alma que llevaba el diablo.
A pesar del triste momento por el que las muchachas estaban pasando, no pudieron aguantar la risa.
La cara de pánico de Luisín era un poema.
Un muchachón como era aquel, capaz de cargar con un tronco si era necesario y, sin embargo, el pánico le hacía huir sin despedirse tan siquiera.
A las seis de la mañana, Aurora y Carmen ya estaban acompañando a las muchachas en el velatorio.
—Era lo mejor que la podía pasar, los dolores eran insoportables, tanto que la mujer pedía a gritos que se terminara aquella agonía. — comentaban sus sobrinas a todos aquellos que se acercaban al domicilio.
Como el deceso se había producido en casa, tal y como la mujer había solicitado, el velorio también se celebró en la vivienda.
Los operarios de la Funeraria Montañesa colocaron en el portal una mesita rectangular y la cubrieron con una tela negra de terciopelo con borde dorado.
Sobre ella, un crucifico, una pequeña caja trasparente y un libro de firmas.
No olvidaron colocar en la puerta del portal la esquela donde se indicaba la defunción y los datos del funeral y sepelio.
Al entrar, Aurora se quedó parada frente a la mesa.
Por más que pasaba el tiempo, no conseguía superar que sus entrañas se encogieran cada vez que veía una de aquellas mesas.
De pequeña, siempre había creído que, con la edad, aquella sensación se le pasaría, pero ya tenía años suficientes y, cada vez que las veía, aunque no tuviera relación con el extinto ni con sus familiares, el vello se le ponía de punta, y su cuerpo se estremecía.
“La Manca” se ofreció a preparar café, de este modo las chiquillas podrían atender a las visitas.
Vertió los granos de café con cuidado en el pequeño molinillo de madera y le dio vueltas y más vueltas a la manivela dorada que tenía.
Cada poco, abría el cajoncillo donde iba cayendo la semilla molida, esperando encontrar el punto exacto de trituración.
Hasta seis medidas volcó en el agua que contenía el puchero, lo puso en la lumbre y esperó a que hirviera; según trascurría el tiempo, el olor iba apoderándose de la casa.
Más de uno se había acercado por la cocina a la espera de que le ofrecieran una tacita, pero aún no estaba terminado.
Mientras, Carmen fue preparando, con la ayuda de Luisa, unas tazas de loza.
Junto al puchero, la manga de tela blanca para colar el café en una preciosa cafetera que alguien había acercado hasta la casa.
Con ella, servirían el aromático y sabroso caldo, que ya era esperado.
El silencio reinaba en el pequeño piso. En la habitación principal, el Padre Fermín oraba por el alma de Sole.
El cuerpo inerte de la mujer, embutido en el féretro y escoltado por dos grandes velones que infringían una tenue luz, acompañaban su descanso.
Solo el susurro de las mujeres al contestar el responso del cura daba vida al lugar.
Lola sintió que alguien se detenía en la puerta.
Al elevar la mirada, notó que su corazón se paraba.
Bajó rápidamente la vista, para volver a subirla al momento.
No podía creer lo que estaba viendo. Frente a ella, allí mismo, en su casa, estaba Paco.
El hombre había regresado tal y como le decía en su carta.
Pero, como las sorpresas no vienen solas, tras él, y abriéndose paso entre los asistentes, apareció Ricardo.
Este traía un pequeño ramo de claveles blancos que colocó a los pies del ataúd.
Los dos, cada uno desde un lado de la habitación, la observaban.
Ella bajó de nuevo la vista y continúo rezando.
Ya pensaría cómo salir de aquel embrollo.