Aromas de tabaco y caos Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Margarita comenzó a llorar. El silencio solo se rompía con el sonido de sus sollozos. Aurora cogió su mano y la acarició con cariño.

—Lo siento. Te prometo que vendré a verte y, si quieres, te llevo a las monjas para que aprendas a coser — le dijo, sonriendo.

Margarita levantó la cabeza y sonrió abiertamente a la chica.

—Venga, tontuca, con todas las cosas que tengo yo en la cabeza y ahora también te tengo que tener a ti, ¡vaya cruz!, ¿eh?

—Te imaginas que papelón se me presenta con mi padre si se me ocurre decirle que voy a ir a un taller de costura.

Las carcajadas de las dos muchachas se escucharon en la habitación contigua, donde Elías y Manuel platicaban animosamente.

—Bueno, parece que las mujeres se lo están pasando de maravilla, continuemos... Dime, ¿qué te parece la proposición que te estoy haciendo?

—Pues, la verdad es que no está nada mal, me gustaría tener un taller, pero el problema es que no tengo ni idea de coches, ¿qué iba yo a hacer?

—¿Y eso te parece un problema? dejará de haber cantidad de muchachos que saben de ellos.

Ten en cuenta que los coches van a más, poco a poco irá subiendo el parque automovilístico de la ciudad y serán necesarios más talleres con todas las herramientas precisas para las reparaciones.

Por los gastos del montaje no tienes que preocuparte y, en cuanto al local, menos, tengo unos cuantos, es cuestión de que los veas y escojas el que más te guste.

—Bueno, ya veremos, lo pensaré.

—Pensar, pensar, pero... ¿qué tienes que pensar? Te ofrezco la oportunidad de tu vida, la posibilidad de salir de casa de tus padres y poder vivir junto a esa muchacha que tienes ahí, como un marqués, ¿qué tienes que pensar?

—Bueno, yo tengo ahora la vida que quiero.

Aurora y yo trabajamos en la fábrica y tenemos un sueldo cada uno, ya veremos cómo nos arreglamos.

La verdad es que estoy pensando en decirla que nos casemos.

De momento podemos vivir con su madre, a mí me quiere mucho y yo a ella lo mismo.

Total, están solas en la casa, allí podemos estar los tres y, si tenemos niños, seguro que “La Manca” se hace cargo de ellos mientras Aurora esté trabajando.

—Parece que no quieras prosperar en la vida.

.. Te estoy dando una oportunidad que ya quisieran muchos.

Estoy seguro de que bajo al bar, ahí mismo, a “La Gloria”, y cualquiera de los muchachos que estén allí con un chiquito en la mano soltaría el vaso y saldría corriendo conmigo.

Es la oportunidad de tu vida y tú me dices que eres feliz en esa tabacalera. .. ¡No me lo puedo creer!

—¡Bueno, ya está bien!, te digo que lo pensaré. Vamos con las mujeres, se hace tarde y mañana tenemos que madrugar. Algunos, tío, trabajamos y nos levantamos muy pronto para ello; y, además, nos gusta lo que hacemos, aunque solo sean puros.

—Eso, porque quieres. Pero... espera un momento, tengo otra cosa que preguntarte, ¿le has comentado algo a la chica?

—¿Algo de qué?

—No me jodas, no te hagas el tonto, de sobra sabes de lo que te hablo. De su padre — susurró Elías por miedo a que le pudiera escuchar alguien.

—No, no he dicho nada. Pero no me parece justo que vayas a quedarte con su dinero y aún me parece peor que no la digas que su padre murió y que tú sabes dónde había estado todos estos años.

—No entiendes nada. Además, esas tierras y los animales en realidad eran míos, se los di en pago a un trabajo. Ya te lo dije.

—Sí, pero no me dijiste cuál fue el trabajo. No estaría mal que me lo contaras, ¿no te parece?

Elías se levantó y se dirigió a la salida. El hombre sujetó la puerta a la espera de que su sobrino pasara. Todo esto, sin pronunciar una palabra.

Cuando Aurora entró en casa, la risa de su madre le hizo alegrarse.

Llevaba días triste, apagada, sin ganas de nada.

Pero la sorpresa fue mayor cuando descubrió que la persona que conversaba con ella era su hermana Laura.

No pudo evitar sentir una felicidad enorme, sabía lo que suponía para ella aquella visita.

Aurora se acercó a su hermana y puso sobre su mejilla un beso largo y cariñoso que Laura agradeció cogiendo su mano con fuerza.

La muchacha estuvo contando cosas divertidas de la casa.

Las comidas que había aprendido a hacer con ayuda de “La Fani”, las rarezas de la señora, los ronquidos ensordecedores de Marcela.

.. Pasaron un rato divertido mientras comían unas castañas que asaban en la chapa de la lumbre y que hacían las delicias de las tres.

Por un momento, el tiempo retrocedió y aquella escena le recordó los inviernos de su niñez, cuando su madre les sentaba a los cuatro alrededor de aquella mesa y les contaba historias de pescadores y piratas.

Pero esos tiempos ya quedaban muy lejanos, eran solo un recuerdo.

Su hermano ya no estaba, su madre estaba mayor, cansada y triste.

Laura había crecido, ya no era aquella niñuca inocente a la que los tres engañaban con cualquier cosa, y ¿Adela?

Adela simplemente no estaba y, además, pensando fríamente, nunca estuvo.

En sus recuerdos no conseguía encontrar un solo momento alegre provocado por ella, ni un solo dicho gracioso, ni una sola palabra amable.

Al contrario, ella siempre era la que causaba los encontronazos entre los hermanos, la que metía cizaña, la que provocaba los enfados de su madre.

Ella era así, con ese carácter negativo, duro y desagradable.

Laura, a pesar del rato ameno y placentero que estaba compartiendo con su familia, comenzó a llorar; se notaba que no quería hacerlo, pero no pudo aguantar más.

Sus lágrimas brotaron abiertamente. “La Manca”, asustada, se levantó corriendo y abrazó a su hija.

Quería saber qué era lo que le pasaba, por qué lloraba con tanta amargura.

Pero Laura estaba tan acongojada que tuvo que esperar unos minutos para poder hablar con tranquilidad.

—¡Ay, mama! Tengo mucho miedo por Adela.

Ya sé que tú estás enfadada con ella... bueno, ella la verdad es que no se ha portado bien, pero tengo miedo de que la pase algo.

No quiero perderla también a ella, lo pasé muy mal con la muerte de Juanín y si ahora a la Adela la pasa algo, me muero.

Ella no es mala, solo que... bueno, está un poco avinagrada, eso es verdad, pero no es tan mala, mama, de verdad.

—Pero, ¿por qué piensas eso? ¿Qué ha pasado? — preguntó Aurora, que era la más serena de las tres.

—No lo sé, es una pre... premudición . Bueno, eso, ¡como se diga! A mí me lo parece... vamos, que tengo una corazonada. ¡Eso!

—¿Cuándo hace que se fue?

—Va pa dos meses, ya tiene que estar casi de cuatro — dijo, mirando a su madre de reojo. Aunque tenía claro que la mujer conocía a la perfección el estado de Adela.

—Ni te escribió ni ná , claro... ¿ Pa qué? Pero, ¿qué esperabas? Esa estará viviendo como Dios, parece mentira que sufras por ella. Es una sinvergüenza, una desagradecida, una hija de... que Dios me perdone.

Carmen estaba fuera de sí, estaba tan dolida con su hija que no podía controlar su rabia.

—Bueno, mama, que se desboca, si se muerde la lengua se envenena, ¿eh? Vamos a escuchar a Laura, mujer. Usted tranquila, ¿eh? Venga, cuenta, anda.

—Si es que no tengo nada que contar, no sé nada de nada de ella. Si está bien o si está mal. Salgo todos los días a toda velocidad cada vez que escucho llegar al cartero, corro despavorida escaleras arriba cuando suena el teléfono... Pero, nada. ¿Qué podemos hacer?

—¿Quién, nosotras? Pues nada, ¿qué vamos hacer?

esperar que se le ocurra dar señales de vida — Las tres permanecieron un momento en silencio.

La preocupación no era solo de Laura, ni que decir tenía que, a pesar de las cosas que por la boca de Carmen brotaban sobre su hija, le dolía en el alma pronunciarlas.

El no saber donde estaba, si le iba bien o mal, si su embarazo le estaba dando problemas, si estaba bien atendida, bien cuidada, si comía, si.

.. miles de cosas venían a su cabeza. No podía evitarlo, en el fondo era su hija, ella la había parido y le dolía enormemente la situación, aunque, por otro lado, su orgullo de mujer no le permitiera reconocer su sufrimiento y prefiriera envolverse en un velo de dureza y rabia para no demostrar el sufrimiento.

No obstante, aquella fue una tarde maravillosa.

Iba para cinco meses sin ver a su hija Laura y no tenía palabras para describir lo que había sentido cuando, al doblar la esquina de su calle, la vio apoyada en el portal, charlando con Luisa.

Por suerte, no había estado mucho tiempo donde Nando.

Si así hubiera sido, Laura quizá no hubiera esperado.

Despidieron a la chica con pesar. Habían compartido en poco tiempo muchas cosas, pero Laura tenía que irse, la esperaban a las ocho y media, su hora de entrada, y no podía llegar tarde.

Se despidió con un abrazo de las dos y prometió bajar la próxima semana después de comer.

Esperaba tener buenas noticias que contar o, simplemente, poder decir que había escrito o llamado.

Su madre le dio el número de teléfono de la ferretería de Nando.

Si necesitaba algo o había novedades podía llamarle a él con toda tranquilidad.

Desde la ventana de la cocina, Aurora y Carmen vieron alejarse a Laura. La chica en poco tiempo desapareció de su vista; iba rápido, pues el tiempo se le echaba encima.

Madre e hija se dejaron caer en las mismas sillas que estaban sentadas anteriormente y, después de un pequeño silencio, “La Manca” le preguntó a su hija mayor.

—Y tú, ¿qué piensas de todo esto, Aurorín?

—Mire, mama, no sé qué decirla. Por un lado, me da miedo, igual que a Laura.

.. ¿Qué puede hacer esta en Madrid? ¡Dios mío, solo de pensar estar en su pellejo, se me ponen los pelos de punta!

Pero, por otra parte, todo lo que la pase la está bien por prepotente, mandona, dominante y bicho, mama.

.. porque es un bicho, ¿eh? ¡No me diga que no!

—Sí, hija, pero es mi sangre, Aurorín, mi sangre, y en este momento me hierve dentro, me abrasa viva. Noto como circula lentamente y, cuando atraviesa mi cabeza, parece que me levanta la tapa los sesos. No sé qué hacer... ¿Qué hacemos, hija?

—Nada, ¿qué quiere que hagamos? Dos mujeres solas, sin dinero, con trabajos a los que tenemos que atender.

Porque claro, estaría muy bien largar pa Madrid e intentar encontrarla, pero ¿cómo?

Yo tengo que trabajar, buenas están las cosas como para faltar, y más si se enteran que es por algo así.

Deja, deja... yo, desde luego, no puedo.

—Y... ¿si le preguntas a la Margarita esa, la prima del Loluco? Igual ella conozca a alguien en la capital y nos puede ayudar.

—Pero, qué está diciendo, está loca... Cómo la voy a decir a esa señora que: “Mira, Margarita, que mi hermana está preñada del señor de la casa donde trabajaba y, entonces, el elemento este la ha largao a Madrid pa quitársela del medio. No sé donde vive ni nada, pero igual conoces tú a alguien que la pueda encontrar”. .. ¡Venga, mama!

—Ya, tienes razón, hija. Bueno, pues ná , esperaremos y ya veremos lo que pasa.

Ahora, una cosa sí te digo... — Carmen guardó silencio un instante — Cuando la cabrona de ella vuelva, me va a oír.

¡Esa se va a enterar cómo se las gasta la hija de mi madre!

¡Por estas! — dijo “La Manca” mientras besaba su dedo pulgar que, apoyado sobre el índice, formaban una cruz.