Capítulo 28
Aurora se sorprendió mucho con la visita que había tenido de Margarita.
Cuando su madre le contó lo que había pasado, no le hizo demasiada gracia su presencia en casa.
Aquella mujer nada tenía que ver con ella y lo mejor que podía hacer era dejarla tranquila.
Por eso la chica había ido dejando pasar los días, esperaba que Margarita encontrara otras ocupaciones y se alejara de ella, pero estaba visto que no iba a ser así.
El sonido de la Vespa de Manuel le hizo asomarse a la ventana, era raro que el chico se acercara por allí; ni habían quedado, ni nada por el estilo.
—¿Qué haces por aquí a estas horas?
—Voy donde mi tío y he pasado a buscarte; ¿igual te apetece acompañarme? Me ha dicho mi prima que hace mucho que no vas y creo que quiere decirte algo. ¡A saber que la pasa a esta ahora!
—Pues no me apetece mucho, acabo de subir con mi madre del ambulatorio y estoy un poco cansada, además quiero terminar una falda que me estoy haciendo.
—¡Venga, mujer! no seas así, ven conmigo y... luego te invito a un chocolate; anda rubiuca vístete, te espero.
—No sé por qué, pero siempre tengo que hacer lo que tú quieres. Ahora bajo.
Por la ventana de la cocina se asomó “La Manca”.
—¡Loluco, guapo! Llévate a la Aurorín a dar una vueltuca hijo, que, si no, esta hija mía no se mueve de casa. Yo estoy como una rosa y, además, me bajo ahora mismo a ver al mi Nanduco, que me está esperando.
—Ahora mismo me la llevo, ¡como si quiere que me la lleve a dormir a casa!, ¿eh?... Yo encantao — le dijo a la mujer, con doble sentido. Sabía que en cuanto le tiraba un poco de la lengua, “La Manca” saltaba.
—No me busques, ¿eh? Que ya sé yo lo que quieres tú. Lo de todos, ¡buenos sois! Pero oye, eso ella dirá, ahora... como venga con una barriga ya te puedes preparar.
Los dos rieron a carcajadas. Eran bromas que Manuel siempre le gastaba a la mujer y ella le seguía la corriente.
Ya en Castelar, Manuel dejó la moto a la entrada del portal, de tal modo que entorpecía el paso de los vecinos.
Como siempre, Abelardo, el portero, salió y le llamó la atención.
Era costumbre de Manuel ponerla demasiado cerca de la entrada y, como sabía que le molestaba y que siempre estaba atento, lo hacía por hacerle rabiar.
—¡Niño! ¿Cuántas veces tengo que decirte que no pongas ahí esa moto? Haz el favor de colocarla más lejos, ¿no ves que a los señores les molesta?
—¡Hombre, Abelardo! Era para ver si estabas atento, pero ya veo que no se te escapa una, ¿eh?
—¡Dichoso chaval! Anda, ponla p’allá . Además, parece que lo haces adrede, tengo a la mujer fregando el portal y justo vienes tú.
—Pues lo siento por ella, aunque la Sara tiene mejor carácter. Al menos ella no me llama la atención cada vez que me ve pasar.
Tras el hombre, apareció Sara con la escoba en la mano.
—¡Pero qué guapos están! Hola niña, hace tiempo que no te veía, el otro día estuve con tu madre, la cogí unos lirios que, por cierto, estaban buenísimos, frescos era poco, ¡casi saltaban, hija!
—Muy buenas, me alegro de verla Sara. No es porque sea mi madre, pero no hay quien tenga el pescado más fresco que ella.
—Bueno, ya está bien de charla, mujer, seguro que los chicos tienen prisa y les estamos entreteniendo. La señorita Margarita hace un rato que ha llegado y don Elías hoy no ha salido de casa, ¡espero que esté bien!
—Yo creo que sí, me ha mandao un recao para que venga, pero estará bien, seguro.
Manuel se acercó al hombre y, en voz baja, le dijo:
—Ya sabes, Abelardo, bicho malo...
El hombre movió la cabeza en señal de desaprobación por el comentario del muchacho.
Las puertas del ascensor se cerraron. Como no podía ser de otro modo, aprovecharon el trayecto para regalarse un buen achuchón.
Había que disfrutar las pocas ocasiones que se presentaban y, aunque el habitáculo tenía unas preciosas puertas de cristal, el transcurrir entre los pisos permitía ciertas alegrías que los jóvenes no dejaban pasar.
Estaban en pleno apogeo cuando sintieron como el aparato se paraba en seco y la luz se apagaba.
Sus cuerpos se separaron solo un instante; sin decir una palabra y sin mostrar preocupación por lo ocurrido, continuaron con sus arrumacos.
La concentración del momento la rompió el sonido de los pasos acelerados y la voz de Abelardo que, apresuradamente, subía las escaleras alertando a los chicos del apagón que se había producido.
El hombre debía ascender hasta el último piso para poner de nuevo en servicio el elevador.
Tras un momento de pausa para contestar al portero, continuaron con lo suyo.
Aurora ya no sabía cómo sujetar las manos de Manuel, que ascendían lujuriosas por la entrepierna de la muchacha.
Él no encontraba ni las palabras ni la manera de que ella le dejara recorrer su cuerpo sin frenar sus manos cada vez que lo intentaba.
Pero, de repente, y cuando menos lo esperaban, igual que se había parado, volvió a ponerse en funcionamiento el ascensor.
Aurora recompuso su atuendo y se arregló con los dedos el pelo, mientras Manuel intentaba abrir las puertas del elevador.
La chica le pedía que fuera despacio en esa tarea y, antes de salir, solicitó su atención para que este repasara si tanto los botones de su blusa como las costuras laterales de la falda estaban en su sitio.
Sacó de su pequeño bolso una barra de su carmín y repasó sus labios.
Justo cuando Manuel iba a abrir la puerta, se dio cuenta que el chico tenía en el cuello de su camisa la marca inconfundible de la pintura de sus labios.
Para aquello ya no había solución; por más que Aurora frotaba la prenda con su pañuelo, no conseguía limpiarlo.
Manuel le pidió que lo dejara y volvió a intentar abrir las pequeñas puertas interiores, pero estas no abrían.
Desde afuera, el portero les pedía tranquilidad y les indicaba que no hicieran nada.
—No intentes forzar las puertas, chaval, tengo que hacerlo yo desde aquí. Tranquilos, voy a por la herramienta y ahora mismo os abro.
Los dos, más tranquilos ya, tomaron aliento e intentaron respirar con normalidad. Esos minutos les venían de maravilla para recuperar el tono de su piel, que lucía enrojecido y sofocado por el magreo.
Una vez solventado el incidente, Manuel y Aurora volvieron a echarse un vistazo el uno al otro. Todo estaba bien. Ya podían llamar a la puerta.
La muchacha de servicio los dirigió hasta el salón donde se encontraban Margarita y Elías.
Ella tenía entre sus manos “Sotileza”. Acababa de descubrir a Pereda y leía con atención sus novelas, intentando con ello comprender mejor el carácter de las gentes de la provincia.
Elías ojeaba, sin prestar mucha atención, el Diario Montañés.
Al notar la presencia de los muchachos, los dos se levantaron.
—¡Ojos que os ven! — exclamó la mujer con un retintín que sonó molesto, tal y como Margarita pretendía.
Elías intervino rápidamente para evitar que su hija continuara con los reproches que a él ya le había comentado.
Tampoco le había gustado la ausencia de su sobrino durante tantos días y, mucho menos, que ahora hubiera venido con Aurora.
Estaba visto que no iba a dejar a la muchacha y que el riesgo de que esta se enterase de la muerte de su padre y, sobre todo, del lugar donde había estado viviendo, era cada vez más probable.
—Bueno, ¿os apetece un café? Me han traído unas pastas de mantequilla riquísimas, son de la pastelería Frypsia, ¿La conocéis, verdad? Margarita pasó al poco de llegar por el salón de té del Paseo Pereda y ahora me hace acompañarla casi a diario.
—Pues, la verdad, tío, no creas que es uno de los sitios que más frecuentemos. Algún domingo sí que hemos tomado allí un chocolate, pero todos los días no podemos.
—¡Qué tontería, sobrino, será por dinero! Cualquiera diría que estás en la más absoluta pobreza.
—No, no lo estamos, pero... Bueno, que más da. ¿Qué quería? Me dijo mi madre que me mandó recado para que me acercara a verle.
—¡Ah sí! Ven, vamos a mi despacho, así dejamos a las mujeres hablar de sus cosas. Seguro que tienen mucho que contarse.
Las dos mujeres se quedaron a solas en la sala. Margarita le sirvió una caza de café a la chica. Aurora disfrutaba del aroma que se desprendía de la cafetera cuando Margarita, molesta, comenzó a hablar.
—¿Por qué has dejado de venir a verme?
—He estado ocupada, sabes que trabajo a turnos.
Además, ahora, cuando estoy de mañana, por las tardes me voy a coser.
Las monjas de la Purísima han creado un taller donde enseñan a bordar y a coser.
Sobre todo, lo han hecho con idea de que las jóvenes casaderas pueden ir preparado su ajuar, pero otras, bueno la mayoría, vamos a confeccionar prendas.
Nos hemos juntao un grupo de compañeras y vamos todas.
A la salida del trabajo, comemos un bocadillo y ¡hala!
al ratuco ya estamos dale que te pego a la aguja.
Ya te conté que me gustaba coser y, si me hago yo la ropa, me ahorro unas pesetas, que no me sobran.
Eso por una parte y, por otra, que mi madre no está del todo bien, no sé que la pasó el otro día que se me cayó en mitad de la calle.
—Ya, pero, algún rato tendrás, ¿no? ¡Digo yo!
Sabes que estoy muy sola, aquí no conozco a nadie, me cuesta mucho hacer amigas.
Yo pensé que tú y yo íbamos a compartir cosas, íbamos a salir juntas, íbamos.
.. Bueno, no sé, quizás estaba equivocada.
Yo me encuentro muy bien a tu lado, Aurora, me pareces una chica encantadora, diferente a todas las que he conocido.
—Lo siento mucho, no pensé en tus sentimientos; a decir verdad, no quería resultar pesada. Me parecía que estaba entorpeciendo tu vida. ¿Cómo iba yo a imaginar que una mujer como tú necesitaba de mi compañía?