Aromas de tabaco y caos Capítulo 27
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Capítulo 27

A medida que los días pasaban, Laura se iba poniendo más nerviosa y preocupada por la falta de noticias de su hermana.

Ya había pasado cerca de un mes desde que se había ido y seguía sin saber nada de Adela.

Por su cabeza comenzó a rondar la idea de preguntarle a Don Nicanor pero, rápidamente, la descartó.

Si tenía la mala ocurrencia de preguntarle algo, su trabajo podría terminar.

Ella estaba convencida de que aquel hombre sabía que Laura conocía el estado en el que su hermana se encontraba, pero no tenía certeza de ello.

Jamás le insinuó nada y, en ocasiones, igual que hacía al principio, acudía a tomar un café y a charlar con ella a la cocina.

Si bien la relación no era la misma que antes, él se mostraba atento y educado con ella, aunque más distante.

La cocinera decidió preguntar a Marcela. Quizás ella supiera algo, era la encargada de recoger el correo y pudiera darse el caso de que alguna carta de su hermana hubiera llegado y por algún motivo se hubiera extraviado o... a saber, miles de cosas que podían pasar.

—Señora Marcela, ¿usted no habrá recogido ninguna misiva de mi hermana, verdad?

—No, hija, ¿qué crees, que viéndote como te veo, preocupada con lo de Adela, si llegase una carta de ella iba a olvidar dártela? Yo también estoy deseando saber de la chica, por muy bicho que sea. Bueno, no te ofendas, pero sabes que no digo ninguna mentira. Yo también estoy preocupada.

—No me ofendo, es verdad, un poco bicho sí que es. Pero es mi hermana y me siento en parte culpable.

—¿Culpable tú? No digas tonterías, ¿eh? Pero bueno, ella sola se ha metido en la boca del lobo, ella sola se ha puesto las trampas, nosotras nada tenemos que ver.

—Pero, ¿usted sabe...?

—¿Yo? Yo sé de todo, menos ladrar. Llevo muchos años y he visto de casi todo por las casas donde he trabajao, pero chitón, niñuca.

Oír, ver y callar. Lo que la pasa a tu hermana, ya lo he vivido yo.

Sin ir más lejos, con una prima mía segunda.

Esa no tuvo que dejar la casa, tuvo que dejar hasta el pueblo.

No sé qué habrá sido de ella, la pobre, que penuca daba, porque a esa la pasó por tontuca, no era muy espabilada y, en lugar del amo, fue el hijo quien se la lió.

¿Ya se lo has dicho a tu madre y a tu hermana?

No sea que pase algo de verdad y... yo creo que tienen que saberlo.

—Sí, aunque yo no se lo dije, lo sabían. Subió mi hermana el otro día y estuve hablando con ella. Tengo que bajar por casa, me dijo que la vieja se había caído en la calle y que estuvo en la Casa Salud Valdecilla.

—Y, ¿todavía no has bajao? ¡Poca vergüenza tienes!

—-

Mientras, en la capital, Adela estaba tranquila.

Enriqueta y Lisardo la trataban de maravilla, nunca hubiera imaginado que iba a vivir tan bien.

Lo que le molestaba era que no tenía suficiente libertad.

Cada vez que decidía salir a pasear, la mujer se le pegaba como una lapa aludiendo que, al ser nueva en la ciudad, podía perderse por sus calles.

Pero salvo en eso, el resto iba estupendamente.

No realizaba ninguna tarea en casa; ni limpiaba, ni cocinaba, ni fregaba, de todas esas cosas se ocupaba Enriqueta.

De las compras y los recados se encargaba Lisardo y no había día en que no le preguntara si necesitaba alguna cosa.

Incluso, le subía novelas de Corín Tellado y, cada semana, el “Hola”.

Aquellos detalles le encantaban, para que negarlo; poco a poco, estaba consiguiendo su propósito de convertirse en una señora.

Una noche, Adela comenzó a sentirse indispuesta.

Se levantó de la cama y se acercó a la cocina.

Allí estaban los dos sentados, parecía que la estuvieran esperando.

No notó sorpresa en sus caras al verla aparecer, a pesar de la hora avanzada de la madrugada.

Enriqueta rápidamente le ofreció una manzanilla que Adela aceptó esperando que su malestar pasara.

El sabor amargo del primer trago le hizo sentir una pequeña arcada que a punto estuvo de hacerle vomitar.

Tomó lentamente la infusión, como ambos le indicaron, y, una vez terminada, estuvo un rato conversando con ellos mientras esperaba que el dolor remitiera.

Se estaba quedando fría y decidió acostarse de nuevo.

Enriqueta la acompañó hasta la habitación y estuvo un rato con ella.

Cuando Adela se quedó dormida, la mujer apagó la luz y salió despacio para no hacer ruido.

Con sumo cuidado, cerró la puerta de la habitación.

La noche transcurría muy lentamente para Adela, en realidad no estaba dormida cuando Enriqueta se marchó, pero hizo como que lo estaba.

No tenía ganas de seguir hablando con la mujer.

El dolor, en lugar de remitir, cada vez era más intenso.

Decidió levantarse, quizás al cambiar de posición el mismo cediera.

Al incorporarse de la cama, sintió que su tripa se abría en dos; el dolor fue tan agudo que le hizo mareare un momento.

Intentó levantarse y, cuando casi estaba erguida, comenzó a notar cómo por sus piernas resbalaba algo, caliente y pegajoso.

Al mirar hacia abajo, observó como su entrepierna estaba completamente cubierta de sangre.

Un pinchazo profundo le hizo desvanecerse.

El sonido de unas voces que parecían lejanas la despertaron.

Al abrir los ojos, no reconoció el lugar donde estaba.

Las paredes blancas, una pequeña ventana y un olor intenso y característico le hicieron comprender que estaba en un hospital.

¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Cuánto tiempo hacía de ello?

Eran preguntas que la mujer se hacía y a las que no encontraba, por el momento, respuesta.

Acarició su barriga y apreció de repente que el dolor había desaparecido. Había sido tan intenso que su cuerpo aún estaba resentido pero, afortunadamente ya había pasado.

La puerta de la habitación se abrió. Tras ella apareció una monja pequeña y regordeta.

Miró por encima de sus gafas y vio que Adela ya se había despertado.

Cuando la chica le preguntó cómo estaba y qué era lo que había pasado, la mirada que la religiosa la dedicó fue penetrante y dura, iba cargada de odio y rabia.

Su boca solo pronunció una palabra, “asesina”, y salió de la habitación.

Adela estaba desconcertada, no comprendía nada, no entendía lo que pasaba y no acertó a escuchar con claridad lo que la monja masculló entre dientes mientras la miraba de aquella manera tan horrible.

Apenas transcurrieron unos diez minutos cuando de nuevo la puerta se abrió.

En esta ocasión, eran dos las personas que entraban; otra monja y un hombre alto y delgado con una gabardina beige y un sombrero marrón.

Entre los labios llevaba un cigarro casi apagado; lo tomó entre sus dedos, abrió la ventana y tiró lo poco que de él quedaba.

Mientras la cerraba, de espaldas a la mujer, le preguntó.

—¿Es usted Adela Guzmán Balbuena?

—Sí, ¿qué pasa y quién lo pregunta?

—Aquí las preguntas las hago yo. Tú contesta y punto. Bueno, pues... ¿por dónde empezamos? Vamos a ver, ¿de dónde es usted?

—De Santander.

—Ah, de Santander. Bonito, Santander, yo no he estado nunca.

Un compañero mío trabajó allí un tiempo, pero como llovía mucho decidió pedir el traslado.

Decía que le dolían los huesos con la humedad, seguro que eran tonterías, aunque soportar el agua todo el día a mí tampoco me gusta, no sé cómo pueden aguantar.

—Otras cosas tenemos, no solo llueve, también sale el sol.

—Psss... calladita, calladita, Adelita. Bueno, y una vez que ya hemos mantenido una conversación civilizada, vamos a comenzar. ¿Qué es lo que has tomado?

—¿Lo que he tomado? no le entiendo, ¿a qué se refiere?

—Vaya, la santanderina nos ha salido lista. Pero, no tanto como ella piensa. ¿Qué has tomado para matar a la criatura?

Adela no podía creer lo que estaba escuchando, aquel hombre le estaba diciendo que había perdido a su hijo. No solo eso, insinuaba... no, no lo insinuaba... afirmaba que ella lo había matado.

Alterada, nerviosa y descompuesta, le miró y, con los ojos llorosos e intentando asimilar lo que acababa de descubrir, le contestó:

—Usted me está diciendo... ¿Qué he perdido a mi hijo?

—No, señorita, lo que la digo es que usted ha matado a su hijo y quiero saber cómo lo ha hecho. ¿Es suficientemente clara la pregunta? Pues venga, estoy esperando ansioso, saber la respuesta.

—Está equivocado, yo anoche comencé a encontrarme mal. Pregunte a Enriqueta y a Lisardo, ellos viven conmigo... bueno, mejor dicho, yo vivo en su casa con ellos. Ellos se lo pueden decir, yo me desmayé, seguro que me trajeron al hospital. Estarán por ahí fuera; llámelos, verá como se lo dicen.

—No te molestes en gritar, ahí no hay nadie. Te trajo la policía, te recogió de la calle, estabas tirada en un banco. Vuelvo a preguntar de nuevo, ¿qué tomaste para deshacer el feto?

—Nada, no he hecho ná . ¡Tiene que creerme, por favor!

—Está bien, mañana seguramente estarás recuperada, de aquí al calabozo. ¡Estas rojas, no quieren enterarse de que en esta nación no se matan niños!

El hombre agarró el sombrero por el ala y se lo colocó sobre su testa. Al mismo tiempo, con un leve movimiento de cabeza, le indicó a la monja que debían abandonar la estancia. Ni los gritos desgarrados de Adela ni sus suplicas sirvieron de nada.

El desconcierto se unió a la desolación.

No comprendía absolutamente nada. De la noche a la mañana, lo había perdido todo; el hijo que esperaba, la libertad, los compañeros de piso.

Precisamente en ellos centró su atención, no alcanzaba a comprender por qué la habían dejado tirada en la calle.

Y... ¿eso que decían? ¿eso que le preguntaban?

— “¿Qué has tomado, qué has tomado?” — Al momento, la lucidez hizo aparición y la muchacha empezó a ver con claridad.

Tantas atenciones, tanto empeño por acompañarla, el no dejar que saliera sola, el no saber apenas donde vivía, el no moverse más que por los alrededores de la casa donde habitaba.

.. Eso respondía solamente a una cuestión.

Todo estaba preparado, todo estaba orquestado por él. .. Tenía que ser “él”.