Aromas de tabaco y caos Capítulo 26
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Capítulo 26

Manuel no conseguía quitarse de la cabeza la conversación que había tenido con su tío en Solares.

No podía entender hasta dónde quería llegar.

No le parecía justo que Aurora no conociera el fallecimiento de su padre y dudaba entre revelar esa conversación a la mujer o, por el contrario, guardar silencio.

Pero cada vez le resultaba más difícil sobrellevar la situación.

Margarita y Elías se establecieron en su nueva casa. En lugar de fijar su residencia en el Paseo de Pereda, como en principio había sido su intención, la mujer había preferido hacerlo en Castelar. Después de semanas decorando y amueblando el piso, por fin estaba terminado.

La ayuda de Aurora había sido muy importante para Margarita.

Con ella, se sentía muy a gusto, era como esa hermana que nunca tuvo.

Aurora la acompañó a todas las tiendas que ella necesitaba, le consiguió los obreros, le enseñó las calles y recovecos de la ciudad; las iglesias, las plazas, los mercados, todos esos lugares que para ella eran nuevos.

En México, apenas salía de casa. Vivía en una finca inmensa, llena de sirvientes pero, en el fondo, vacía.

Ahora, por fin, tenía una amiga. Una joven diferente a ella y a todas las mujeres con las que acostumbraba a relacionarse.

Sin embargo, Elías no estaba para nada de acuerdo con aquella relación.

Cada vez que se enteraba de que su hija salía con Aurora, o que esta había estado de visita en la casa, se enfadaba con ella y le reprochaba esa amistad.

Le repetía, una y otra vez, que tenía que pasear con mujeres de su clase.

Santander estaba llena de mujeres de buena posición con las que poder relacionarse y ella tenía un nombre y pertenecía a la clase alta de la ciudad; por lo tanto, debía hacer valer esa condición y dejarse de amistades de medio pelo que nada le iban a aportar.

Esas palabras molestaban profundamente a Margarita, harta de las órdenes de su padre, cansada de cumplir todos sus caprichos, aburrida de aquella vida.

Una vida que realmente no había sido la suya, sino la de él.

Un hombre egoísta y dominante, una persona que no había sido capaz de superar la muerte accidental de su mujer y que, como consecuencia de ello, había ido amargando la de todos aquellos que estaban junto a él, incluida por supuesto la de su propia hija.

Por su culpa, había perdido la juventud, no había tenido marido, ni hijos, ni tan siquiera una vida propia.

No la dejó casarse con el hombre que amaba, tuvo que mantener siempre en secreto la única relación que había tenido.

Todo porque ese hombre no era de su misma clase social.

Aunque Margarita estaba convencida de que eran excusas, trabas que él inventaba para mantenerla siempre a su lado.

No quería perderla, la quería solo para él, no soportaba la idea de quedarse solo.

Pero ya no estaba dispuesta a seguir cumpliendo al pie de la letra los mandatos de su padre y, como hacía días que no sabía nada de Aurora, decidió acercarse a su casa.

No tenía claro cuál era la dirección exacta, sí que era en la calle del Sol, porque ella misma se lo había dicho una tarde que visitaron la iglesia de los Carmelitas.

Y, aunque le hizo un pequeño gesto indicando cual era su portal, Margarita no había prestado la atención suficiente como para recordarlo.

La mujer iba mirando cuidadosamente, intentaba acordarse de algún detalle que le indicara que ese era el lugar. Se paró delante del numero 26 y entró.

Estaba mirando los nombres que aparecían en los buzones cuando notó que alguien se acercaba.

Un poco avergonzada, intentó disimular enredando dentro de su bolso, como buscando algo.

Cuando pensó que aquella persona iba a continuar su camino, se volvió para mirar, solo por curiosidad.

Los ojos claros de la vecina del inmueble estaban fijos en Margarita:

—Buenas tardes, señorita. ¿Busca usted a alguien?

—Oh, sí, muy buenas tardes. Estoy buscando a Aurora Balbuena.

—Vaya, y... ¿quién la busca?

—Perdone, pero ¿vive o no vive aquí?

—Pues sí, vive, y otra vez pregunto yo: ¿Quién la busca? Es la chiquilla mía, ¿qué quiere?

—¿Señora Carmen? ¡Qué gusto conocerla! He oído tanto hablar de usted. ¡Qué alegría! Perdone que me presente así, pero estaba un poco preocupada, hace días que no sé nada de Aurora y pensé que... ¡Huy! pero... lo siento, qué tonta, yo soy Margarita Abascal.

—¿Margarita?, pues no sé... ¿qué eres, compañera de mi hija de la tabacalera?

—No, no no no ¡Qué va!

Margarita mostró una sonrisa molesta. Para nada su aspecto era el de ser una compañera de Aurora o, al menos, eso creía.

—Soy la prima de Manuel, el novio de su hija. ¿No le ha hablado ella de mí?

- Pos mira, hijuca, ahora mismo... no caigo, igual sí. Sí, es verdad, alguna vez me ha dicho algo. ¡Ah, sí! Me contó que unos familiares del Lolo estaba en un hotel, en Solares, creo que sí, en el Balneario ese tan elegante, ¿no?

—Sí, eso es. Pero de eso ya ha pasado un tiempo. Ahora vivo en Santander, desde hace unas semanas. Bueno, pensé que igual le había hablado de mí.

Margarita se dio la vuelta y se encaminó a la salida. Iba un poco ofendida, no podía creer que la que ella ya consideraba su amiga no hubiera sido capaz de contarle a su madre la relación que tenían. Sin volverse, se despidió de la mujer y, con mal tono, le dijo:

—Si no es mucho pedir, si se acuerda usted, dígale que vine a buscarla. Ah, y también le puede decir que no es para nada importante.

Al salir, tan molesta y altanera como iba, no se dio cuenta del pequeño escalón que había y cayó de bruces.

Carmen, asustada con el golpe que la mujer se había dado, se acercó corriendo a ella.

Margarita estaba sangrando por las rodillas, sus medias estaban rotas y, como consecuencia, se habían formado unas carreras interminables.

También su gabardina estaba completamente sucia.

Había caído dentro de un charco que estaba justo delante del portal.

—Pero, mujer ¡Vaya cacharrazo que te has dao ! A ver, déjame, que te ayudo. Los críos míos, de pequeños, se han caído tós en este puñetero charco.

—No, deje, no hace falta, puedo yo sola ¡perfectamente! No necesito que nadie me ayude.

—Anda, no digas tonterías, ahora subimos pa casa, te pongo un poco de macromina en esas rodillas y te dejo unas medias de la chiquilla. Aunque claro, no son tan güenas como las tuyas, pero harán el servicio.

—Le he dicho que no. Muchas gracias.

Al ir a estirar las piernas, notó un dolor agudo. Miró hacia sus rodillas y comprobó que, ciertamente, estaban destrozadas.

—Bueno, pos ná , tú veras, pero a mí me parece que deberías de subir. Tampoco me parece a mí pa tanto que la Aurora no me haya hablao de ti mucho. Mi hija es muy reservada, no creas tú que me cuenta muchas cosucas.

Carmen se había dado cuenta enseguida de que la mujer se había ofendido mucho y, en parte, se sentía un poco responsable de su caída. Su indiferencia ante aquella dama había cumplido con creces el objetivo de “La Manca”, pero quizá se había pasado un poco.

Margarita se quedó mirándola y aceptó su mano. Juntas, subieron al piso.

Aurora estaba un poco irritada con Manuel; bueno, más bien, muy enfadada con él.

Desde que su tío estaba en la ciudad, el muchacho había cambiado, al menos eso le parecía.

Algo en él le hacía sentirle diferente, pero no conseguía adivinar lo que era.

Para colmo, el buen señor le había regalado el carné de la temporada para ir a ver al Racing.

El equipo por fin estaba en Primera División y los mejores de la liga española visitarían el estadio santanderino.

Por lo tanto, todos los domingos que había partido los dos hombres iban juntos a los Campos de Sport.

Después de cada encuentro futbolero, Manuel se acercaba a buscarla o le pedía que fuera a su encuentro pero, a pesar de ser las siete de la tarde, a Aurora le resultaba un poco tarde, sobre todo cuando estaban de mañana al día siguiente.

Desde que había comenzado la liga, un domingo sí y otro no, apenas tenían tiempo más que para dar un pequeño paseo y, además, Manuel la volvía loca.

Se pasaba todo el rato comentando las jugadas, los goles, las faltas que se habían cometido en el encuentro.

Que si las faltas que tiraba Nemes eran espectaculares y que ahora su sustituto no era igual.

Que si el paradón de Juanito había sido fundamental.

Que si Teruel era un defensa cojonudo. Que si necesitaban que Joseíto, Herrero y Mathiensen se recuperaran de las lesiones.

Que menudo gol de Revuelta... Así transcurría el paseo y la mujer estaba aburrida de escuchar lo mismo, porque lo que realmente le hubiera gustado a Aurora era ir con él al campo y disfrutar juntos de ese sentimiento racinguista al que Manuel hacía mención siempre que ella le reprochaba aquella afición.

—Tú no lo entiendes, rubiuca, esto hay que sentirlo, no se puede explicar — le decía una y otra vez.

Al menos, esta semana, habían ganado. Le metieron cuatro goles al Murcia y, de alguna manera, alegraron al personal.

La semana anterior, el bochorno había sido espantoso, nueve goles habían recibido en el campo del Atlético de Madrid, la mayor goleada de su historia.

Así, sin parar todo el rato y Aurora se desesperaba.

Pero también era cierto que, poco a poco, iba tomando afición al equipo y los domingos que el Racing jugaba fuera ponía la radio para escuchar cómo iba el representativo.

Notaba que la tiraba, por un lado, le molestaba; pero, por otro, estaba deseando poder ir al fútbol, aunque claro, no era muy normal que las mujeres fueran a los partidos, aquello era cosa de hombres.

.. aunque Aurora estaba convencida de que cualquier día iría con su Manuel a ver al Racing.

El chico entró en el taller y se acercó a ella.

—Rubiuca, ¿No se te va a pasar en cabreo? Si tú sabes que yo te quiero mucho, pero, el Racing... Ya sabes, es una oportunidad, encima de que me ha regalao el carné, no le voy a decir que no voy.

—Pues nada, tú vete al fútbol y, cuando quieras algo más, vas a la gradona, seguro que allí encuentras algún voluntario que se te quiera arrimar, listuco.

—¡Guapa! Pero... ¡qué chula es mi rubiuca, madre! Luego te espero, que quieras o no quieras, te voy a llevar a casa y, además, te pienso robar un besuco... o mejor, un par de ellos.

—Anda, arranca, no ves que nos está mirando la Ernesta... y luego seguro que me dice algo, la pájara de ella.

—Esa lo que tiene es envidia, ¿cuánto hará que no come caliente? — le dijo Manuel mientras le guiñaba un ojo.

—Arranca te digo, que me la voy a cargar.

Manuel se despidió de la muchacha, dejándole como recuerdo un reservado y disimulado azote en el trasero, al cual Aurora contestó con una mirada amenazadora que provocó una pequeña carcajada en el muchacho.

Al final de la jornada, Aurora tardó más de lo normal en cambiarse, estaba cansada, no le apetecía que Manuel la llevara a casa; a pesar de las bromas y las carantoñas que el chaval le había dedicado durante toda la tarde, continuaba enfadada.

Pero su tardanza no le sirvió de mucho. Tal y como le había dicho, allí, sentado sobre su flamante y única Vespa, aguardaba a la muchacha.

—Mucho has tardao, cualquiera diría que no querías venir conmigo.

—Ya ves, estoy cansada.

—Por eso estoy yo aquí, pa llevarte a casuca, pa que no vayas andando. Sube, rubiuca.

Aurora no tenía ganas de discutir y, aunque no la gustaba nada pasearse en moto, accedió sin rechistar.

Era la única que había en la ciudad y todo el mundo se volvía a su paso, llamando en exceso, según su punto de vista, la atención, sobre todo de los hombres.

Menuda ocurrencia la de su tío; seguramente, hubiera estado mejor que el dinero que había costado traerla desde Italia se lo hubiera regalado a Manuel.

La joven, con más pesar que gana, se colocó el pañuelo en la cabeza, se subió el cuello de su abrigo y se sentó como acostumbraba, de medio lado. Asió por la cintura a su chico y dijo:

—Lista, Loluco, tira.