Aromas de tabaco y caos Capítulo 25
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Capítulo 25

El tren hizo sonar sus sirenas en señal de aviso de llegada.

Adela, desde hacía un buen rato, no había apartado la vista de la ventanilla.

Sonrió maliciosamente cuando, ante ella, apareció el letrero de la estación donde se encontraba: Madrid.

¡Por fin había llegado! El andén estaba repleto de gente; niños llorosos, señoras acicaladas, sirvientes cargados de maletas y bultos, jóvenes ataviados con ropas militares que eran despedidos o recibidos por sus madres, novias o esposas.

.. Besos y abrazos se repartían a lo largo y ancho de la estación.

Adela esperó tranquilamente a que el resto de pasajeros despejaran los pasillos y, cuando lo consideró oportuno, recogió su maleta y salió.

Como no podía ser de otra manera, había adquirido un billete en Primera.

Nicanor había cumplido su palabra y le había dejado un sobre repleto de billetes de diferentes valores, incluso de cien; todos juntos sumaban la jugosa y generosa cantidad de veinte mil pesetas.

Dinero suficiente para establecerse con tranquilidad y disfrutar de los meses que restaban hasta que diera a luz, sin tener que preocuparse por nada.

El viaje le había resultado agradable, al igual que la compañía. Había compartido vagón con dos hermanas de Torrelavega, de muy buena familia, que iban a Madrid a estudiar. Una cursaba abogacía, ya era su tercer año. La otra, comenzaba farmacia.

Adela había dejado volar su imaginación y se había inventado una vida que no era la suya ni muchísimo menos, concluyendo que iba a vivir a Madrid porque su marido era un gran ingeniero y había sido contratado por la Compañía Telefónica Nacional.

Durante las horas de viaje, la conversación estuvo cargada de variopintos asuntos y la mujer, en ocasiones, tuvo algún que otro problema para contestar a las preguntas de las muchachas, aunque solventó la entrevista como buenamente pudo.

Caminó por aquel bullicioso andén admirando la cúpula de acero que lo cubría.

Aquella estación nada tenía que ver con la que ella había dejado en Santander.

Allí dentro había más gente que la que un domingo transitaba por el Paseo de Pereda.

Intentó fingir que aquello que la rodeaba era algo a lo que ya estaba acostumbrada, no quería resultar la típica paleta que llega a la capital con su maleta de cartón llena de sueños.

Justo cuando iba a atravesar la gran puerta de salida, un hombre la interceptó.

—¿Eres Adela Guzmán?

—Sí, ¿Quién lo pregunta y por qué?

—Tranquila, mujer. Soy Lisardo Robledo, el amigo de Nicanor. He venido para llevarte a casa. Los planes han cambiado y no puedes ir a casa de la tía de Nicanor. Por lo tanto, y de momento, vendrás a vivir con nosotros. Mi hermana nos espera.

—Está bien, pero, ¿cuándo podré ir a mi casa?

—¿A tu casa?... Más adelante. Hay que hacer algunos arreglos.

Los dos salieron de la estación y se subieron en un coche que estaba esperando junto a la puerta.

El recorrido no fue muy largo. Adela miraba sorprendida la cantidad de vehículos que circulaban por aquella ciudad.

Aunque intentaba mantener la calma, estaba nerviosa y desconcertada.

No entendía muy bien a qué se debía el cambio de planes.

Nicanor le había dicho que el piso estaba en condiciones para vivir y no le había indicado que fuera a vivir con ninguna otra persona, ni tampoco le había comentado que alguien iba a ir recogerla.

La calle en la que el vehículo se paró era vulgar, algo sucia, oscura y estrecha.

Adela buscó sobre las paredes de los edificios el nombre de la misma, pero no encontró ninguna placa que pudiera ayudarla.

El edificio antiguo donde estaba la vivienda nada tenía que ver con la idea que ella se había hecho sobre lo que iba a ser su casa.

Subieron hasta el tercer piso por una oscura y estrecha escalera. El descansillo tenía dos puertas enfrentadas. Lisardo abrió la que estaba a la derecha, junto a las escaleras según subían, y le dijo que esperase un momento fuera. Ella se quedó allí parada, a la espera del hombre.

En apenas cinco minutos, la puerta se abrió y apareció una mujer entrada en años y carnes, con el pelo cardado de una manera extravagante y vestimenta anticuada y florida.

Sus labios pintados de un rojo intenso remarcaban en exceso su boca y sus ojos, matizados de azul, le hacían parecer una fulana.

Adela se asustó con aquella visión. Por un momento, le entraron unas ganas inmensas de echar a correr escaleras abajo pero, ¿qué podía hacer? No quedaba más remedio que pasar aquel umbral y comenzar su nueva vida.

El hombre las dejó a las dos en el piso y salió sin despedirse. Enriqueta dirigió a la muchacha hasta la que iba a ser su habitación y le ofreció una taza de achicoria caliente. Adela declinó la invitación, alegando que estaba cansada del viaje y necesitaba reposar.

Cuando la puerta de la habitación se cerró, la muchacha se dejó caer sobre la cama y, sin saber muy bien el motivo, comenzó a llorar.

Aquello no era lo que ella esperaba, necesitaba hablar con Nicanor, le costaba creer que él la hubiera dejado en aquella casa.

Por un momento, dio la razón a Laura y sintió no haberle hecho caso, pero solo durante un momento.

Su soberbia y su prepotencia le hicieron volver a reafirmarse.

Lisardo buscó en su bolsillo. De un pequeño billetero, descolorido y ajado, sacó un papelito doblado varias veces. Colocó el auricular sobre su oreja y marcó los números que aparecían en el mismo. Al otro lado, Nicanor contestaba la llamada.

—Buenos días, señor, la chica ha llegado y está en casa.

—¿Ha puesto muchas pegas la moza?

—No, solo se ha molestado un poco al ver que no iba a una casa que dijo que era suya.

—¿Suya? No me faltaba más, ni caso. Y, lo demás, ¿está preparado?

—Bueno, vamos a dar un poco de tiempo, dejaremos que se confíe y después actuaremos. No se preocupe. No tiene por qué haber problemas.

—Eso espero, no voy a pagar las pesetas que me habéis pedido si los resultados no son los deseados.

Espero que eso lo tengáis claro porque, si no, ni una sola perra gorda recibiréis.

Bien, pues ahora está en vuestras manos.

No quiero que vuelvas a llamar hasta que todo esté terminado.

Cuando eso sea, una persona de mi confianza te hará llegar lo acordado. Adiós.

Sin más explicaciones y sin querer escuchar ninguna respuesta, Nicanor colgó el teléfono, no le interesaba en absoluto tener más trato que el justo con Lisardo.

Había llevado el asunto hasta el momento con sumo cuidado y tenía que continuar igual.

Aquello podía causarle problemas y, para evitarlos, lo mejor era que nadie conociera su identidad.

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Ni que decir tiene que, a pesar de la prohibición de Carmen, Aurora iba a subir a hablar con su hermana. Debía saber qué era lo que estaba pasando y si realmente la loca de Adela se había quedado embarazada de Nicanor.

Se sentó en un banco cercano a la Iglesia de los Redentoristas, desde donde podía divisar perfectamente el principio del paseo de Pérez Galdós; por él, su hermana acudía a diario al mercado.

Esperó más de media hora. Se estaba quedando helada de frío.

El aire era fresco y, aunque a ratos el sol hacía acto de presencia, no era suficiente como para calentar el cuerpo de Aurora.

Por suerte, vio a lo lejos la figura de su hermana que, acompañada de otra mujer, se acercaba por el paseo. Se levantó y se dirigió a su encuentro.

Laura advirtió su presencia a lo lejos y se sorprendió con la visita. Se paró y algo le dijo a la mujer que la acompañaba. No había terminado de hablar con ella, cuando Aurora ya estaba a su vera.

—Buenos días, hermana — le dijo Laura en un tono apagado y triste.

—Hola, niña. Muy buenas, soy Aurora — se presentó a la acompañante de su hermana.

—Hola, mucho gusto, yo soy Fani. Bueno, lo siento pero tengo que irme ya se me ha hecho un poco tarde. Entonces, Laura, si te parece el martes por la tarde subo y seguimos.

La mujer besó en la mejilla a la muchacha y se despidió de ambas amablemente.

—Adiós Fani, y muchas gracias. Nos vemos el martes, tendré preparado todo lo necesario para que me enseñes a hacer el helado.

Cuando las dos hermanas se quedaron solas, Laura rompió el silencio, sabía perfectamente el motivo por el que su hermana se había acercado, aunque intentó posponer la conversación. Con esa intención, comenzó a explicarle que era lo estaba haciendo con Fani.

—Ha estado trabajado desde cría en Las Carolinas, una casona maravillosa que hay en el Alta. Es una cocinera estupenda, es prima de Marcela y me está enseñando algunos platos. Es una maravilla de mujer.

—Ah, pues... eso está bien, ¿no? ¿Es la mujer de Servando?

—¿Le conoces?

—No, yo no, pero madre sí. Ya ves, casualidades de la vida, ¿no? Pero bueno, no he venido hasta aquí para hablar de esto. Dime, ¿dónde está Adela? ¿Es cierto que está embarazada y que se ha largado?

Laura se quedó mirándola, los ojos se le humedecieron y el gesto de su cara cambió. Asintiendo con la cabeza baja, comenzó a hablar muy despacio y entre sollozos.

—No me hizo caso. Un montón de veces la dije que lo dejara, que estaba haciendo el tonto.

Pero ya sabes cómo es, siempre tiene que tener razón, nunca la puedes decir nada.

Me dijo que el señor la había puesto una casa y que allí iba a vivir de maravilla.

Total, que hace casi una semana que se largó.

No sé nada de ella, me dijo que él la había pedido que no llamara a la casa, aunque quedó en escribir, pero no lo ha hecho todavía.

No sé nada, Aurora. Bueno, lo que sé... bueno, que más que saberlo me lo imagino, es que todo es un cuento, no sé qué pasará con ella.

Tengo miedo que la pase algo y no nos enteremos.

¿Tú crees que un señor como este la va a mantener?

¿A qué fin? ¿Por qué? ¿Por qué se quedó preñada? La muy tonta...

—Bueno, tranquila. Entonces, todo lo que nos han contado es verdad. Y, ¿tú no sabes donde vive? ¿No te dio la dirección, un teléfono? ¡Algo!

—Nada, Aurorín, no sé nada.

—Bueno, no te preocupes, ya veremos. Tengo que preguntar a alguien, quizás algún conocido tenga parientes en Madrid y nos ayuden a encontrarla.

Me bajo, entro a las dos y antes tengo unas cosucas que hacer.

Dame un besuco y baja cuando quieras a ver a mama, seguro que se pondrá contenta con la visita.

Pronto será su cumpleaños y está un poco fastidiada, anteayer se cayó en la plaza José Antonio y la tuve en Valdecilla, pero parece que va mejor.

—¿Tú crees que me dejará entrar?

—Pues claro, tontuca, ya la conoces. Si es todo boca.

Mientras regresaba a casa, Aurora no podía dejar de pesar en la conversación que había tenido con su hermana y, de una manera inconsciente, iba pensando en alguien que conociera y que pudiera ayudarla a dar con el paradero de su hermana en Madrid.