Capítulo 24
Carmen comenzaba a notar que el otoño hacía acto de presencia.
Sus huesos deformados y maltrechos le producían unos dolores horrorosos.
La humedad no era en absoluto aliada de su reuma y las grageas de Optalidón que, de dos en dos, se tomaba, cada vez le hacían menos efecto.
Muchas veces, no sabía cómo colocarse para paliar la molestia.
Lo que sí había comprobado era que el calor le venía de maravilla.
Por eso, y a pesar de que aún los fríos intensos no habían llegado, prendía la cocina económica para secar el ambiente dentro de la casa y, en ocasiones, sobre todo por las tardes, se sentaba de espaldas a ella para recibir así un calor seco y agradable que la reconfortaba en gran medida.
Antes de acoplarse cerca de la candela, encendía la radio.
Era una de sus pocas pasiones, raro era cualquier momento del día en el que, estando en casa, el soniquete constante de anuncios, canciones o noticias no se escuchara en aquella cocina.
Conocía todas las sintonías que acompañaban a cualquier programa o anuncio.
El de Cola-Cao, el flan chino Mandarín, Magefesa, Netol.
.. esas melodías pegadizas y divertidas le hacían mover las caderas.
Alguna tarde, cuando sentía la puerta, se apresuraba a secar sus ojos que lloraban amargamente las aventuras y desventuras de los personajes de las radionovelas que tanto le gustaban.
Aurora la regañaba y siempre le decía lo mismo.
—Pero, madre, ¿no puede usted entretenerse con algo divertido, que bastante lloramos ya nosotras?
Pero Carmen, entre sollozos, y con voz alta y cantarina como correspondía a una buena santanderina, mientras remendaba alguna prenda ajada o deshilachada de Nando, le respondía:
—Pero, hija, si es tó mentira. Ná más que una es muy llorona, ya lo sabes.
Desde el día que Aurora la había descubierto despidiéndose del ferretero, Carmen estaba más tranquila.
Saber que su hija conocía su secreto y que aceptaba la relación, le había hecho feliz y le había quitado un gran peso de encima.
De tal modo que, la mayoría de los domingos, Nando subía a comer a casa y pasaban la tarde juntos tranquilamente, jugando a la brisca o, en otras ocasiones, se permitían el lujo de dar un paseo sin miedo a las habladurías.
Él era un hombre sin compromiso, soltero; ella, una mujer abandonada desde hacía años, a la que todas sus vecinas le recomendaban que se buscara un compañero y, cuando comenzaron a verlos juntos, la mayoría de ellas se alegraron y le aplaudieron el gusto.
Pero Carmen seguía teniendo una pena, la de no ver a sus hijas.
El saber que a ninguna de las dos les importaba lo más mínimo lo que pudiera pasar en su casa, la llenaba de dolor.
A pesar de vivir con Aurora y sentirse protegida y acompañada, sentía que le faltaba todo.
En poco tiempo, había perdido a sus tres hijos naturales y, aquello, le llevaba a pensar continuamente en qué era lo que había hecho mal o, simplemente, en qué era lo que no había hecho.
Ella, por suerte, sabía de las muchachas.
Servando, un vecino de Barrio Camino, subía a segar la finca donde las chicas servían y, como era pariente de Marcela, esta le ponía al corriente de cómo iban las cosas por la casa para que pudiera informar a “La Manca”.
El ama de llaves sabía que las chicas no se llevaban con su madre y notaba que Laura sufría mucho con aquella situación; le daba pena porque sabía perfectamente que la muchacha estaba deseando hablar con su madre, pero Adela se negaba rotundamente a mantener ningún tipo de relación con ella.
El hombre también llevaba la leche a la casa de los Trebyllente y, como Laura era la cocinera, tenía que encargarse de recoger los pedidos.
Servando, siempre que tenía oportunidad, conversaba con ella unos minutos, pues sabía que si encontraba a Carmen, esta le preguntaría por sus “niñucas”.
Coincidían muchas mañanas; él iba a su trabajo como ordenanza en la Diputación y solía cruzarse con la pescadora, que cargada con su carpancho recorría las calles.
Servando, si tenía noticias de ellas, aunque solo fuera algún detalle insignificante, se lo contaba.
Una de esas mañanas, al salir de la Plaza del Este, Carmen se cobijaba del calabobos que caía sobre la ciudad bajo los arcos del edificio de Dóriga. Desde allí, vio pasar a Servando.
El hombre caminaba deprisa y, al escuchar la llamada de “La Manca”, la saludó con un gesto de cabeza y cruzó a su encuentro.
Allí, cobijándose de la lluvia, estuvieron un momento hablando, no más de diez minutos.
Las palabras que Servando le transmitió, la dejaron sin aliento.
La mujer le agradeció, como siempre, la información y se despidió cabizbaja.
“La Manca” comenzó a caminar sin pensar a dónde iba, ni lo que tenía que hacer. Su mente se quedó totalmente el blanco. En su cabeza, lo único que daba vueltas eran las escasas palabras que Servando le había trasmitido.
Llegó como pudo a la Plaza de José Antonio, bajó el cesto de su cabeza, lo posó en el suelo, apoyó el cuerpo en el respaldo del banco de madera situado frente a la tienda de Zubieta y dejó que su mirada se perdiera en la foto de unos novios que, con cara de alegría y ojos enamorados, se exhibía en el escaparate del estudio fotográfico.
Permaneció así un buen rato, absorta en sus pensamientos.
El frío y la humedad hicieron que Carmen reaccionara.
Su cuerpo estaba completamente empapado, el chaparrón que caía sobre ella había traspasado su chubasquero azul marino y, en su cara, las gotas de lluvia se fundían con sus lágrimas, arrastrándolas por sus mejillas.
Sus brazos, caídos a lo largo del cuerpo, no tenían fuerza suficiente ni para conseguir que sus manos alcanzaran el rostro y despejar del mismo los cabellos calados que cubrían su faz.
Destrozada, helada, cansada y sola, no pudo evitar que su cuerpo cayera y chocara bruscamente contra el empedrado.
Aurora corría despavorida por la calle Alta en dirección a Valdecilla. Unos pasos más atrás, Luisa la seguía.
Había sido una suerte que la mujer pasara por la plaza de José Antonio cuando la ambulancia estaba recogiendo a alguien.
La curiosidad le pudo y se acercó al corrillo que formaba un grupo numeroso de personas.
Ni por un momento hubiera imaginado que quien estaba siendo asistida era su gran amiga “La Manca”.
La gente se arremolinaba y hacía imposible que Luisa pudiera acercarse a su amiga para decirle que estuviera tranquila, porque ella estaba allí.
En cuanto la ambulancia se puso en marcha, la mujer tiró sin pensarlo hacia la Fábrica de Tabacos.
Sabía que Aurora estaba de mañanas porque la había visto salir de madrugada.
Apenas tuvo que esperar frente al portón de la fábrica cinco minutos.
Enseguida vio cómo Aurora atravesaba el pequeño pero coqueto patio.
La mujer acudió rauda a su encuentro y le explicó lo que había visto.
No pudo darle muchas explicaciones, ya que solo había tenido tiempo de ver a “La Manca” cuando la metían dentro del furgón sanitario y, al no ser familia, no le habían dado ningún tipo de razón sobre su estado.
La lluvia incesante y molesta era la única compañía que llevaban las dos mujeres. Agua limpia y fresca que iba golpeando cada vez más fuerte sobre sus paraguas.
Al entrar en el pabellón de la Casa Salud, Aurora sintió como su piel se erizaba.
No le gustaban los sanatorios, no soportaba el olor, el ambiente la superaba; pero no era momento de pensar en esos detalles, era hora de enfrentarse con la realidad.
No sabía si estaba preparada para recibir una mala noticia, no sabía qué hacer si su madre enfermaba y, en el peor de los casos, si le comunicaban que su madre.
.. ¡Oh, no!, era mejor no pensar. Intentaba mantener su mente libre de conjeturas, pero no podía.
Sentada en la sala de espera, le daba vueltas y más vueltas a lo mismo.
Luisa intentaba entretener a la chica hablándole de su nieta, pero ella no escuchaba ni una sola palabra. Estaba atenta a la puerta de entrada y, cada vez que alguien con bata blanca se acercaba, elevaba su cuerpo con intención de ir a su encuentro.
Transcurrieron dos horas hasta que una monja mal encarada, estirada y con gesto de soberbia pronunció el nombre de su madre.
Aurora se levantó y se acercó a la religiosa. A su espalda, pegada como una lapa, Luisa la escoltaba. La hermana Leonila le dijo que la acompañara.
Al empezar a caminar y notar que Luisa también iba con ellas, la monja se volvió y, mientras colocaba sus gafas con intención de imponer respeto, miró fijamente a la mujer y le preguntó si era familia; tras la respuesta de Luisa — “es mi hermana” — la monja miró con desconfianza a Aurora, pero al no apreciar ningún tipo de gesto en su cara, frunció el ceño, se acicaló el cordón del hábito con unos ligeros golpecitos y siguió caminando más erguida aún.
Entraron en una gran estancia, alargada y un tanto estrecha.
Las paredes blancas, azulejadas por abajo y blanqueadas hasta el techo, infundían frialdad al ambiente.
Las camas, a ambos lados, ofrecían una visión triste y amarga.
La mayoría de las personas que ocupaban las mismas eran ancianos que, doloridos y quejosos, rompían el silencio de la sala.
Casi al final de la misma, a mano derecha, Aurora vio a su madre.
Carmen tenía la cabeza vendada y un brazo entablillado. Al momento, la mujer las vio acercarse e intentó incorporarse.
—Madre, pero... ¿qué ha pasado? ¿Cómo está?
—Bien, hija, un poco dolorida, pero bien. Pero lo peor es el disgusto que me he llevao, esta hija me va a matar, ¡la muy zorra!
—Pero, ¿qué pasa, de quién hablas, de Adela? ¿Qué te ha hecho? ¿La has visto?
—Si la veo, la hostio, ¡eso por la madre que me parió! ¡Me cago en el obispo de Santoña! Pero, ¡qué hija puta!...
Los ojos de Carmen se llenaron de lágrimas y su cara tomó un tono acalorado que iba en aumento a medida que la mujer encadenaba insultos y frases mal sonantes, sin dejar uno sin uso. Aurora y Luisa estaban asustadas. No podían frenar la lengua de Carmen.
La hermana Leonila se acercó a la cama e increpó la actitud de Carmen, amenazando con ponerla en la calle si no se callaba. Las tres mujeres miraron a la monja con ganas de responder, pero era mejor guardar silencio y no entrar en debate con el clero.
Carmen lloró amargamente durante un rato. Cuando Aurora vio que su madre ya estaba más tranquila, volvió a preguntar.
—Bueno, ahora que está más tranquila, cuente, ¿qué ha pasado?
La mujer, a pesar de sentirse acongojada, comenzó a explicar lo sucedido con la voz entrecortada.
—La muy puta — pronunció en voz baja para evitar que la monja volviera a llamarle la atención— ¡está preñada! Y lo peor de todo es que debe de ser del señor. ¿No me digas que no es pa matarla?
Las dos mujeres enmudecieron, no podían creer lo que Carmen les estaba contando.
—Pero, ¿qué dices? ¿Quién te lo ha contado?
—Servando, el de Barrio Camino. Por él sé de las chiquillas; le suelo preguntar cuando le encuentro, porque alguien me dijo que era familia del ama de llaves y un día se lo pregunté y, como me dijo que su mujer y ella eran primas, cuando le veo le pregunto por ellas.
¡Pero eso no es lo peor! Se va a Madrid, el hombre no sabía mucho, pero la parienta le había contado que iba a trabajar a casa de unos amigos de la familia.
Pero, ¡vamos a ver! lo que está claro es que se la quitan de en medio y punto.
—¿Y Laura? ¿Sabes algo de ella? — preguntó Luisa.
—La chica está bien, disgustada pero...
—Escucha, mama, no podemos creer lo primero que nos cuentan, igual es mentira. En cuanto salga de aquí, voy pa la casa y hablo con Laura, seguro que ella me puede decir si es verdad o no.
—Tú no vas a ningún lao, que se apañen solas. ¿No es eso lo que quieren? pues que arreen.
—Pero mama...
—Ni mama, ni mamo, ¡tú no vas! ¿Me oyes?
—Pues, ¡no sé por qué! Laura puede contarme lo que ha pasado, quizá no sea como te lo han dicho a ti.
—Es como me lo han dicho. Estoy segura.
Aurora movió la cabeza hacia los lados, cogió el bolso que había posado en la cama donde convalecía su madre y se dirigió hacia el fondo de la sala.
Allí, sentada frente a una mesa enorme de madera pintada de blanco, la monja atendía con desgana las consultas de los familiares.
—¿Me puede decir con quién debo hablar para saber cómo está mi madre y que es lo que la pasa?
—A tu madre no la pasa nada. Tiene un golpe en la cabeza de la caída, el brazo con una raspadura sin importancia y... poco más.
—Y, entonces, ¿por qué se desmayó?
—Bueno, quedan pendientes las pruebas, una radiografía y los análisis de sangre, pero eso será dentro de unos días. De todos modos, si esta noche la pasa bien, mañana irá para casa. Y no creo que tenga más preguntas porque... tengo muchas cosas que hacer.
—¡Pues, sí! tengo otra pregunta, o las que sean. Pero mire, se las haré a quien a mí me dé la gana.
Aurora se acercó al oído de la monja y, bajito, le dijo:
—Es usted una estúpida, está amargada y avinagrada. ¡Que la zurzan! ¡Ah, y ojo con mi madre! como la trates mal, vengo mañana y te arrastro, guapina.
La monja la miró asombrada, no esperaba esa reacción de la muchacha.