Capítulo 23
Adela tenía el estómago revuelto. Llevaba días indispuesta. Laura le preguntaba constantemente si se encontraba bien, tenía unas ojeras terribles y el color blanco de sus mejillas comenzaba a preocuparle.
Ella intentaba no dar importancia a tales apreciaciones y, cuando su hermana o cualquier otra persona de la casa se lo preguntaban, cambiaba rápido de conversación o se marchaba apresuradamente poniendo alguna excusa.
La mujer era consciente de lo que le pasaba.
Igual que lo era de que no podría mantener durante mucho tiempo aquello escondido.
Los meses iban pasando y pronto comenzaría a crecer su barriga.
Cuando Adela le comunicó a Nicanor que estaba embarazada, este rápidamente se apresuró a decir:
—¡Quítate eso! No quiero problemas.
Tanto sus formas como el modo de decirlo le dolieron enormemente, pero, evidentemente, no podía esperar otra cosa.
Sería una tonta si pensaba que él iba a responsabilizarse de aquello.
Días más tarde, Nicanor subió al cuarto de juegos de los niños donde Adela se encontraba sola recogiendo los juguetes.
Aprovechó que su mujer había salido con su madre de compras para poder hablar tranquilamente con la niñera.
Su intención era conocer si la muchacha había recapacitado sobre la situación y si estaba dispuesta a ceder a su petición.
De una forma más suave y melosa, intentó convencerla de que era lo mejor que podía hacer y le ofreció la posibilidad de ponerla en contacto con un médico amigo suyo que a buen seguro llevaría a cabo la intervención de un modo discreto y sin riesgo.
Pero Adela no estaba por la labor. La mujer le dijo que lo que tenía que hacer era responsabilizarse de aquel bebé y cumplir con su obligación.
Si no quería que nadie supiera quién era el padre de aquel niño, lo tenía bastante fácil, solo debía correr con sus gastos de por vida y procurarle una casa y una buena educación, igual o similar a la que tenían sus hijos legítimos.
Nicanor montó en cólera, sujetó a la muchacha por el brazo y le advirtió del riesgo que estaba corriendo.
Para él, sería fácil negar aquellas acusaciones.
¿Quién iba a creer a una sirvienta? ¿Alguien iba a dudar de su palabra?
Él era una persona respetada con una vida impoluta y ella, solamente una criada.
Salió de la habitación dejando la puerta abierta de par en par; desde el pasillo, se volvió para mirar a Adela y, con el dedo, de forma amenazadora, la señaló dos o tres veces mientras su mirada se clavaba, llena de rabia, en los ojos de la mujer.
Sin solución aparente, iban pasando los días y Nicanor veía cómo Adela no hacía absolutamente nada; incluso presenció un pequeño desvanecimiento cuando atendía a los niños en el jardín, donde, para colmo, estaba también presente Fátima.
Suerte que su mujer no le dio apenas importancia al hecho.
Pero el problema estaba allí, presente y latente.
Debía buscar una solución. Si Adela no se deshacía de aquella barriga, él se encargaría de ella.
Laura estaba preocupada, sabía lo que estaba pasando, no era necesario que su hermana se lo confirmara.
La conocía lo suficiente como para notar que la angustia estaba consumiéndola.
Una noche, mientras cenaban, aprovechando que Marcela no estaba en la casa, la muchacha le preguntó a su hermana sin rodeos:
—¿Para cuándo estás?
—¿Qué dices? ¿De qué me hablas?
—De sobra sabes de qué te hablo, deja de hacerte la idiota o de pretender que yo soy tonta. Te lo dije. Pero claro, tú eres muy listuca. ¡La más lista de todas! ¿Lo ves? y... ¿ahora, qué vamos hacer?
—Tú, nada. Este no es tu problema. Tranquila, que no voy a meterte en ningún lío. Además, ya está solucionado. Para qué negar, iba a contarte una milonga, pero ya no es necesario. No voy a abortar, si es lo que quieres saber.
—Eso lo tenía claro. ¡Menuda eres tú, cómo vas a dejar pasar la oportunidad de vivir como una reina! A ti que te importa lo que diga la gente.
—No es eso. Deja de decir idioteces. Escucha lo que te doy a contar y calla.
Laura posó con rabia el trapo de cocina sobre el fogón, y se sentó a escuchar lo que su hermana tenía que decirle.
—Me voy a Madrid. Trabajaré en casa de un conocido de Nicanor.
Al parecer, es un compañero suyo de carrera que vive solo, Doña Fátima apenas le conoce.
Viviré en el piso que tiene él en la capital.
Es una herencia de una tía y me ha dicho que lo pondrá a mi nombre.
Me pasará una pensión para que pueda vivir con el crío. Él se ocupará de nosotros.
—Y tú... ¿te lo has creído?
—Pues sí, él sabe que, o lo hace así, o me encargo de que toda Santander se entere de que el hijo de la Adela es de Nicanor Faz de Trebyllente.
—No me gusta. Me huele mal. No aceptes. Podemos hablar con mama. Te vas para casa y crías al niño como otras muchas. No vas a ser la primera ni la última. Seguro que mama te recoge encantada.
—Tú, ¿estás loca? No pienso volver a esa casa.
No pienso pasar penalidades. A mi hijo no le va a faltar de nada.
Crees que voy a traer un niño al mundo pa que viva como lo hemos hecho nosotras.
Pa que sea un raqueruco de Puertochico o un pescador de medio pelo.
Poco me conoces, guapina. ¡De eso nada! Voy a vivir tó la vida del cuento.
De eso ya me encargo yo. Y este — dijo, haciendo referencia a Nicanor — se va a acordar tó la vida de los polvos que me echó. Poco soy si no valgo pa eso.
Como siempre que no le interesaba una conversación, Adela se levantó y, sin quitar ni tan siquiera el plato de la mesa, se marchó a su habitación.
A la mañana, siempre aprovechando que Doña Fátima estaba tranquilamente en la sala de lectura, se acercó hasta ella y solicitó su atención.
—Doña Fátima, me gustaría hablar con usted un momento.
—Dígame, Adela, ¿Algún problema con mis diablillos?
—Oh, no, señora, los niños están perfectamente. Solamente quería comunicarla que me ha salido un trabajo muy bueno en Madrid y voy a dejar la casa.
—¿Cómo? ¡Pero que me estás diciendo! Y... ¿para cuándo tienes pensado marcharte?
—El próximo lunes partiré para la capital.
—¡Tan pronto!, apenas quedan cinco días. ¿Por qué no me ha avisado con más tiempo?
—Lo siento, señora, pero es lo que hay. Me voy el lunes.
Con el estilo opulento y soberbio que le caracterizaba, Adela abandonó la estancia sin esperar más.
Al subir las escaleras, en un recodo del descansillo de la primera planta, la esperaba Nicanor.
Sin decir una palabra, le dio un papelito doblado.
Adela lo metió en el bolsillo de su delantal y continúo su camino.
Al llegar a la habitación, se dejó caer sobre la cama, sacó el papel que había ido arrugando mientras subía los peldaños y leyó atentamente:
Mañana te dejaré en tu habitación un sobre con dinero para comprar el billete y para lo que puedas necesitar.
No te preocupes, hay suficiente para una temporada.
Las llaves de la casa las tiene la portera, ya sabe que las recogerás.
Te indicaré la dirección y el teléfono de mi amigo, lo que necesites se lo dices a él.
No se te ocurra llamar ni escribir, yo me pondré en contacto contigo.
Todo estaba preparado. Por fin iba a vivir una vida mejor. Si bien sabía que no estaría rodeada de lujos como hubiera sido su deseo, al menos tenía la certeza de que no carecería de algún que otro capricho. Acarició su tripa despacio y, en voz alta, dijo:
—Tú no te preocupes por nada, chiquitín, tu padre nos va a tratar como a reyes... por la cuenta que le tiene.
Recostada sobre la cama, Adela sintió las pisadas de alguien por el pasillo. Se incorporó y se acercó a la puerta; justo en el momento que iba a abrirla, sintió un pinchazo en la barriga que la obligó a doblarse.
Unos leves y suaves golpes sobre la madera le indicaron que quien estaba al otro lado de la misma era su hermana. Se levantó, conteniendo el dolor e intentando poner la mejor de sus sonrisas.
—¿Qué hay? — preguntó Adela mientras se daba la vuelta.
—¿Qué te ha dicho la señora? Marcela escuchó cómo se lo decías y ha bajado ofendidísima a la cocina. Me ha puesto verde a mí. ¡Cómo si fuera culpa mía!
—Esa vieja cotilla. Menos mal que la pierdo de vista... No me ha dicho nada. ¿Qué iba a decirme? Ni que estemos en una cárcel, yo soy libre de irme cuando me dé la gana.
Laura vio en el suelo un papel y se agachó a recogerlo. Al hacerlo, no pudo evitar leer el texto impreso con tinta azul que figuraba en el mismo. Adela, ajena, se volvió al observar que su hermana no continuaba la conversación y vio como la chica tenía entre sus manos la nota de Nicanor.
—¿Qué haces? Eso no es nada que a ti te interese — le gritó mientras le arrebataba, furiosa, el papel de sus manos.
—Eso te parece a ti. ¿Que no me interesa? ¿De verdad piensas que no me interesa lo que te pueda pasar? ¿Qué pensabas? ¿Irte sin decirme dónde ni cómo vas a vivir? ¿No piensas contarme nada?
—Sí, claro que te lo iba a decir. Ahora ya lo sabes.
Cuando esté establecida te mandaré una carta con los datos y la dirección y te escribiré de continuo.
No puedo llamar aquí. Nicanor no quiere que lo haga.
Pero procuraré darte algún número de teléfono para que, en caso que sea necesario, puedas localizarme.
—¿Por qué no te quedas? Si no quieres volver a casa de mama, podemos hablar con la tía Juana, seguro que ella nos ayuda. Es buena y ahora está sola.
—No.
—Y, ¿es verdad que te vas el lunes? ¿Tan pronto?
—Sí, el lunes cogeré el tren. Como has leído, Nicanor lo ha preparado todo.
—Me da miedo Adela, no me fío, ¿qué vas hacer tú en Madrid? Eso es muy grande. Estarás sola. ¿Y si va mal el embarazo? ¿O si el parto no es bueno? ¿Quién te va a atender? No me fío de él. ¡Es un chulo! ¿No te das cuenta? Yo no digo que te quites la criatura pero, no te vayas.
—Bueno chica. ¡Ya está bien!, ni soy una niña, ni voy hacer lo que tú quieras. Se terminó el asunto.
Los ojos de Laura se humedecieron y notó como unas lágrimas descendían por sus mejillas. Pero era consciente de que no podía hacer nada. Sabía que su hermana era tozuda como una burra y que, aun sabiendo que estaba equivocada, no rectificaría.