Aromas de tabaco y caos Capítulo 22
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Capítulo 22

La monotonía de la semana comenzaba de nuevo.

Todos los días igual, esperar a Dolores y caminar a paso ligero hacía la calle Alta, respirando aquel olor a salitre que formaba parte de sus vidas.

Lo que diferenciaba los lunes, sobre todo los que estaban de mañana, era que ese día Lola monopolizaba la conversación con la narración de las secuencias de la película que hubiera visto el domingo.

Aquella mañana tocó “Agustina de Aragón”.

Dolores, con una pasión desmedida como siempre que hablaba de las cintas, comenzó a poner en antecedes a la Aurora, casi sin dar los buenos días.

—Ah, chica, ¡qué peliculón!... te cuento: La tropas francesas dirigidas por Napoleón quieren entrar en la ciudad de Zaragoza.

Entonces, Agustina de Aragón, que era Aurora Bautista.

.. guapísima, no veas, preciosa, ¡una cara!

... Bueno, pues su novio, que era un afrancesao , se vende al enemigo, los franceses, claro, y entonces ella se enamora de un guerrillero baturro que estaba. ..

—¡Lola!

—Ay, hija... ya sabes que no me doy cuenta y me pongo a rajar como una loca. ¿Qué quieres?

—Nada, solo que te calles un momento, solo hasta que lleguemos al Suizo, luego puedes hablar todo lo que quieras.

—Desde luego, eres una remilgada de mucho cuidao , ¿ehhhh? Bueno, pues me callo.

Aurora se metió por Peña Herbosa, estaba comenzando a llover y así caminaban más protegidas. Lola la siguió sin rechistar. El silencio se mantuvo apenas unos pasos, porque al llegar al cruce con Lope de Vega, Lola le arreó un codazo a la chica que, a buen seguro, le iba a constar un cardenal.

—¡Mira!

—¿Qué? — le contestó la muchacha mientras se frotaba el brazo intentando aliviar el dolor.

—¡Allí! alante , ¿no es esa la Mariuca? Sí, sí, claro, es ella. La conozco por el abrigo.

—¡Sí, chica!, es ella pero... ¿qué hace esta por aquí? Esta, esta... vive en la Albericia.

—¡Pues claro, hija! Por eso te lo digo. Pero... ¿dónde vive el mecánico ese del otro turno? Sí, el Nel ¿Sabes quién te digo? Si mujer, que le echaron por rojo y volvió.

—¡Ah, sí! Nel, el viudo, ¡ya sé quién me dices! Pues es verdad, ese es conocido de mi prima la Cati, creo que de jóvenes fueron medio novios. Pero... ¿qué tiene que ver este con la Mariuca? — preguntó Aurora inocentemente.

—Joder, hija, tú, de verdad, no sé si trabajas en la fábrica o en una bombonería. No te enteras de una, ¿eh? Pues la Mariuca se ha separao del marido y decían que estaba liada con este.

—¡Acabáramos! Pues, ni idea, ¿eh?

—No, claro, tú con tu Loluco ya tienes bastante, y luego me decías a mí.

.. que el Paco esto y que el Paco lo otro.

¡Manda madre contigo, guapa! Por cierto, hablando de otra cosa.

Ayer estaban tus hermanucas en el cine. Parecían dos repollos.

Bueno, Lauruca, como siempre la pobre, pero la demonio de la Adela, ¡la madre que la parió!

Menuda pinta que llevaba. No mala, ¿eh? Al contrario, parecían la señora y la criada.

Llevaba la muy... unos pedazos de pendientes de mucho cuidao .

Fíjate lo que te digo, seguro que no me equivoco ni una pizca pero, esa. .. está liada con el amo. Al tiempo.

—¡Calla, mujer! ¡Cómo eres! es un bicho malo, sí, pero a eso no creo que llegue. Ya sabes que la encanta destacar. Los pendientes serán una baratija, seguro.

—Sí, sí, baratija, ¡como que yo no sé distinguir! Vale que sea pobre, pero... de tonta tengo poco y te digo que eran de oro y la perla, perla de verdad.

—¿Hablaste con ellas?

—Mujer, no tuve más remedio. La bicha se hizo la loca pero Lauruca enseguida vino a saludarme. La muy bruja al momento la cogió por el brazo y se la llevó. “Vamos, que nos están esperando”, la dijo con mucho remango y, sin más, se largaron.

—Mira que es cabrona la condenada de ella. ¡Las dos!, porque Laura ya se podía preocupar un poco por mi madre. Pobre mujer, cada día me da más pena. Menos mal que está entretenida con el Nando que sino...

—Es verdad, chica, no tienen perdón de Dios. Ellas se largaron y, ¡hala, ahí te las den todas!

Ya subiendo Ruamayor, como siempre, tuvieron que aligerar el paso, estaba a punto de tocar la sirena.

—Por cierto, lo de la Cionín, ¿cómo va? ¿La metes o no?

—Ya te he dicho que pa cuando la tía muera. Ahora tiene que cuidarla.

—Y tú, mientras, ¿sigues haciendo el numerito con Ricardo?

—Pues claro, ¿qué quieres que haga? ¿Con quién crees que fui ayer al cine?

Por lo menos, me ahorre la pesetuca cincuenta, ¿qué quieres que te diga?

Ah, y el domingo, te adelanto pa que no digas que no te cuento nada, vamos a venir a bailar aquí, a Garmendia, a Las Columnas.

No me gusta mucho pero, bueno, al parecer al muchachuco le gusta mover el esqueleto.

— añadió Lola con guasa y moviendo las caderas ostensiblemente.

Subieron corriendo las escaleras del vestuario y, aceleradamente, se pusieron las ropas de trabajo. Lola se acercó a Aurora y, bajito, le dijo:

—Tú mucho preguntas, pero... poco me has contao qué tal te fue ayer con la familia postiza. ¡Con la mi-llo-na-ria!

—¡Mira tú esta con lo que sale ahora! Pero si no has callao en todo el camino, cómo quieres que te cuente ná .

Luego te digo, pero bien. No estuvo nada mal.

La prima es maja, un poco estirada pero, oye.

.. ¿qué vas a esperar? El viejo, sin embargo.

.. no me gustó nada, pero nada de nada. Ya te cuento. ¡Anda, acelera, que vamos tarde!

La mañana transcurría tranquilamente, la máquina de Aurora, “mi Vilaseca” como ella la llamaba, se trababa cada dos por tres y estaba terminado con su paciencia.

Si no conseguía la producción, cincuenta cigarros por minuto, se quedaría sin la prima y eso suponía unas pesetas.

Ella prefería las tiruleras “Perfecto”, sobre todo por el ambiente; allí había mucha más gente trabajando, el taller era más grande y, al estar allí situadas las mesas de succión, continuamente entraba y salía personal.

Pero desde hacía más de un mes, Ernesta, la maestra, la había colocado en aquel pequeño taller esquinado y algo triste.

Aprovechando el tiempo de descanso, le pidió al Gerardo “El Muecas”, que le echara un vistazo. El chaval, como siempre, atento y servicial, le dijo que marchara tranquila, que se la iba a dejar como nueva. Todo esto sin dejar de gesticular ni un segundo.

“El Muecas” recibía el apodo por un tic que tenía.

Constantemente, cerraba y abría los ojos a toda velocidad durante unos segundos y luego paraba, pero cuando lo hacía comenzaba a mover el hombro izquierdo durante otro rato.

Aurora se ponía muy nerviosa al verle, porque le daba la sensación que ella se contagiaba con tales meneos y acababa haciendo lo mismo.

Salió del taller en dirección al servicio.

Allí, un grupo de operarias descansaban un rato y hablaban sobre la posibilidad de ir a coser a la Purísima.

Las monjas habían creado un taller de costura donde las muchachas casaderas podían ir elaborándose su ajuar.

Además, tenían la posibilidad de recibir al mismo tiempo clases de corte y confección.

Aurora se interesó por la conversación y tomó cuenta de todo lo que le estaban contando.

Las tardes podrían ser más entretenidas; total, comería un bocadillo en el vestuario y luego, con tan solo cruzar la calle, a costura.

El horario era de tres a siete y tenían, según contaban sus compañeras, buenas máquinas de coser y todo tipo de hilos y materiales.

La cigarrera no pensaba en concreto en el ajuar, eso era algo secundario, lo que realmente le interesaba era poder hacerse la ropa.

Tenía escasas nociones sobre costura, aprendidas de una anciana costurera vecina de toda la vida, que cuando se quedaba con ellas las largas tardes de invierno, mientras cosía y hacía arreglos, las iba instruyendo como buenamente podía en el noble arte de la aguja.

Afortunadamente, ella había conseguido ir tirando con aquellas cuatro cosas aprendidas y, mal que bien, se arreglaba, pero si conseguía aprender algo más le vendría al pelo.

Decididamente, a la salida se acercaría por la Purísima para preguntar más sobre el asunto.

Cuando regresó al taller, Manuel estaba ayudando a “El Muecas”.

Al acercarse, pudo comprobar que la máquina ya tiraba bien.

Aurora agradeció el trabajo del chaval con una sonrisa y miró de reojo a Manuel.

Este le sonrió y le tiró un beso disimuladamente.

A pesar de que era de dominio público la relación que mantenían, ellos intentaban guardar las formas.

Aunque, en ocasiones, las esquinas escondidas, los recovecos y alguna que otra zona poco transitada de la fábrica habían sido testigos mudos de sus arrumacos.