Aromas de tabaco y caos Capítulo 21
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Capítulo 21

El corto paseo hasta el Balneario lo hicieron cogidos de la mano. Manuel miraba de reojo a la chica e intentaba calmar sus nervios con pequeños comentarios graciosos sobre su amigo “El Pituso”

Aurora, sorprendida con el entorno, iba admirando la finca. Al fondo de la misma se podía ver un gran edificio señorial y bello. Todo el camino estaba acompañado de grandes árboles y mazos de flores que comenzaban a escasear. Eran el reflejo inequívoco de que el otoño había llegado.

Según se acercaban, observaron como el personal de servicio salía por una pequeña puerta lateral y se colocaba en fila frente al elegante portón de entrada. Una gran hilera de personas, derechas como velas, esperaba pacientemente.

Los dos, sorprendidos, decidieron sentarse en uno de los bancos que a lo largo del trayecto bordeaban el camino y, desde allí, advertir qué era lo que estaba pasando.

En unos instantes, vieron como salía una señora. Una mujer delgada y alta que caminaba erguida, aunque iba ayudada de un bastón; a unos pasos de ella, le seguía un pequeño muchacho, un niño que portaba una bandeja de plata sobre la que se podían apreciar un montón de sobres blancos.

La mujer se colocó los guantes negros para cubrir sus esqueléticas manos y fue entregando a todos y cada uno de los presentes uno de aquellos sobres.

El personal femenino, al recibir el sobre, hacía una pequeña reverencia doblando su rodilla.

Los hombres inclinaban su cabeza con vigor desmedido, algunos incluso hasta dos y tres veces.

Cuando todos tuvieron su sobre, la señora se dirigió hacía el hombre que estaba tras de ella y le dedicó unas palabras.

El contenido de aquella plática fue del todo mudo para Manuel y Aurora, la lejanía y el sonido del viento que provocaba el balanceo de las hojas en los árboles les impedía escuchar.

Estaban concentrados en aquella situación cuando, por detrás de sus cabezas, alguien posó su mano sobre el hombro de Manuel.

—¡Hombre, sobrino! ¿Qué, viendo el panorama?

Manuel se volvió, entre asustado y sorprendido, y no supo muy bien qué contestar.

—Hola tío, qué... alegría. Si, aquí viendo eso, que no sabemos muy bien lo que significa.

—Pues... ¡Qué va a ser, hombre! Es la condesa de Girón.

Pasa aquí los veranos y siempre que se va tiene con el personal del hotel una atención por el trato recibido.

Hay algunos, según me han contado, que con ese sobre viven todo el invierno, con lo cual no es de extrañar que las reverencias sean como son.

— dijo don Elías, entre grandes carcajadas.

—Bueno, y esta mozuca tan guapa, supongo que será la famosa Aurora, ¿no?

—Pues sí, señor, soy Aurora Guzmán, para servirle.

—Encantado.

Don Elías, al escuchar aquel nombre, se quedó sorprendido, incluso su gesto cambió. Aquella alteración del hombre fue percibida por ambos jóvenes, que se miraron de reojo.

—Bueno, chicos, vamos. Margarita ya estará esperando en el salón de té. Hoy tiene un día insoportable. Esperemos que vuestra visita le ayude a recuperar la sonrisa. ¡Demonios!

Aurora estaba un poco molesta, no entendía por qué el gesto de don Elías había cambiado cuando había escuchado su nombre.

Disimuladamente, fue dejando distancia entre los dos hombres.

Se entretuvo a propósito, observando los pequeños detalles que iban llamando su atención dentro de aquel maravilloso lugar.

Los techos altos, la luz que entraba por los grandes ventanales, los sillones tapizados de colores elegantes, el terciopelo de los cortinajes, las lámparas, los suelos resplandecientes que asomaban bajo bellas y enormes alfombras, los camareros impecables y sonrientes, seguramente producto del regalo que hacía pocos minutos acababan de recibir.

Todo era majestuoso. Aurora estaba deslumbrada con aquel lugar, jamás había visto nada parecido.

Muchas veces, al pasar por el Hotel Real, había sentido ganas de entrar, pero no se había atrevido.

Aquello, seguramente, debería de ser parecido al lugar donde ahora se encontraba.

El olor a café inundaba el salón en el que iban adentrándose.

La chica volvió de su mundo y aceleró el paso, no quería llegar demasiado retrasada al encuentro con Margarita.

En una mesa esquinada, cerca de uno de los grandes ventanales, esperaba la mujer.

A Aurora le pareció muy guapa, elegante y refinada en exceso.

Llevaba un vestido estampado en tonos granates, que hacía juego con unos altos zapatos de aguja del mismo color; sobre los hombros, una rebeca de punto gris.

Al verlos acercarse, Margarita cerró el libro que tenía entre sus manos, posó sus lentes sobre él y se levantó del maravilloso butacón donde reposaba.

—¡Manuel, primo! ¡Qué ganas tenía de verte! Oh, ¿debes de ser Aurora, no es así?

—Sí, señora, encantada de saludarla.

—Por favor, no me llames señora, soy Margarita sin más. No veas las ganas que tenía de poder conversar con una mujer. Mi padre no hace nada más que recibir la visita de amigotes y socios que me resultan insoportables de digerir. Pero hoy, por fin, me toca disfrutar. Sentaos, por favor. Sentaos.

—Gracias.

—Aurora, tú a mi lado, dejemos que ellos charlen de lo que les apetezca, pero tú tienes que contarme muchas cosas. Además, necesito tu ayuda para la contratación del servicio y seguro que sabes cómo debo proceder.

—Yo, seño... Margarita, me temo que en eso no voy a poder ayudarte; bueno, puedo buscar entre mis vecinas y compañeras por si saben de alguien que necesite el trabajo, pero...

—Pues eso. O, ¿acaso esa no es una gran ayuda? — dijo Margarita.

Después de un rato de conversación en el que los cuatro debatieron afablemente, Don Elías le propuso a su sobrino salir al jardín, tenía ganas de fumar un habano y el humo del cigarro resultaba molesto para la salud de Margarita, que desde hacía años sufría asma.

Margarita, encantada con la iniciativa de su padre, animó al muchacho para que lo acompañara.

Estaba deseando quedarse a solas con Aurora.

—Puede que te parezca una tontería, pero no sabes cuánto necesitaba la compañía de una mujer.

—Pues, yo, estoy rodeada de más de trescientas todos los días. Agradezco más la de un hombre. — Aurora puso su mano sobre la boca y rápidamente pidió disculpas.

—Perdón, no quiero decir que no esté de maravilla aquí contigo, me refiero a que como trabajo con tantas mujeres, pues... eso. Pero, perdón, no quise...

—No te disculpes mujer, ha tenido mucha gracia. Tienes razón. ¿Sabes una cosa?... a mí también me gusta la compañía de un hombre, pero... eso sí que es casi como... bueno, que tontería imposible a mi edad ya.

—¿Cómo que a tu edad? Cualquiera diría, ni que tuvieras cincuenta años.

—Casi, casi, hija, casi... — señaló Margarita entre carcajadas.

Al contrario de lo que Aurora había imaginado, se sentía muy a gusto en compañía de Margarita. Le daba un poco de pena, se le notaba sola; podía tener todo el dinero del mundo, pero denotaba la faltaba de compañía y amistades. Algo que, afortunadamente, ella tenía.

Manuel y su tío caminaban lentamente por los jardines del hotel.

Después de poner a Manuel al día sobre los asuntos por los que este le había preguntado, el hombre se quedó pensativo por unos momentos.

Al cabo de un rato, paró su caminar, colocó entre los labios el grueso Montecristo e inspiro intensamente; apenas dos segundos después dejó caer su testa hacia atrás y soltó poco a poco el humo que almacenaba su boca.

Dio un par de zancadas más y, colocándose frente a su sobrino cortándole con ello el paso, le preguntó con osadía sobre la procedencia de Aurora.

—¿De dónde has sacado a esa muchacha?

—¿Cómo qué... de dónde la he sacado? ¿Qué pasa, va a poner pegas a mi novia o qué?

—No es mi intención. Pero dime, ¿esta chica tiene por casualidad un hermano que se llama Juan? — dijo Elías sin tener en cuenta lo molesto que estaba Manuel.

—Sí, bueno, tenía. Murió hace muy poco en la cárcel, era un elemento de cuidado. Un pobre diablo. ¿Por qué?

—Y, su padre, ¿cómo se llama? O su madre, ¿sabes algo de ellos?

—Pues claro que sé. Su padre se largó hace muchos años. No han sabido nada de él. Su madre es una pescadora de Puertochico que se llama Carmen, “La Manca” la dicen. Pero, ¿a qué vienen tantas preguntas?

—Pues, sobrino, o mucho me equivoco o esta moza es... hija de Lipe.

—Lipe, ¿qué Lipe?

—Joder, sobrino, ¿quién va a ser? Lipe, mi capataz.

—Pero... se llamaba... Joder, tío, ¡qué contenta se va a poner Aurora cuando se entere! le daban por desaparecido, no sabían si estaba vivo o muerto, voy a decírselo ahora mismo.

—¡Quieto ahí! Tú no vas a decir nada de nada. ¿Me oyes? Ni media palabra.

—Pero...

—Te digo que ¡a callar!, ¡chitón!

Elías señaló con su cabeza la dirección hacia la verja de salida del recinto.

Durante el largo paseo por el pueblo, se ocupó de poner al día sobre aquella delicada cuestión a su sobrino. Informó a Manuel de que, desgraciadamente, Lipe había sufrido un accidente y había muerto pisoteado por el ganado. Suceso que había ocurrido unos días antes de su actual viaje a España.

Una tarde, cuando se dirigía a la cuadra con las vacas, estas salieron en estampida motivadas por los tiros de escopeta que un loco había hecho a pocos metros de la manada.

Lipe no pudo reaccionar a tiempo, su caballo se asustó y lo tiró.

Cientos de cabezas de ganado lo pisotearon.

Cuando fueron a socorrerle, ya era tarde.

Falleció casi en el acto; su cara y su cuerpo estaban tan desfigurados que apenas era reconocible.

Manuel insistió en la necesidad de comunicar a Aurora todo aquello, pero su tío continuó narrando.

La situación económica de Elías no era tan boyante como todos pensaban.

A pesar de que su capital aún era considerable, había perdido gran parte del mismo.

Realmente, lo único que conservaba era aquello que estaba a nombre de su hija.

Afortunadamente para ella, su madre se había encargado de dejarla bien cubierta.

Elías le contó el motivo de su pérdida de patrimonio.

No había sido otro que encapricharse de una mulata de pelo negro como el tizón, caderas redondas y sobresalientes y maña desmedida.

El chico sabía de esa relación, porque en más de una ocasión había sido testigo de los encuentros de su tío con aquella mujer.

Por lo tanto, no le resultaba desconocida esa parte de la historia que el hombre, con más pena que ganas, le estaba contando.

Lo que no sabía el muchacho era que dicha mujer había sido la culpable de que su tío, además de perder gran parte de su fortuna, hubiera perdido hasta la consideración que se le tenía en la alta sociedad mexicana.

La mulata se hacía pasar por una gran señora, hija de una de las mejores familias de Argentina.

Alocada, caprichosa, egoísta y manipuladora, consiguió, poco a poco, apropiarse con malas artes del patrimonio del hombre, el cual, embobado como estaba con las carantoñas de la mujer, se dejó embaucar en gestiones inmobiliarias que resultaron ser un auténtico timo y que además de causar su descalabro financiero, arrastró en ellas a muchos amigos suyos que, aconsejados por él, habían formado parte de aquella sociedad fraudulenta.

Manuel callaba, agradecía la sinceridad de su tío, pero no lograba entender qué tenía que ver todo aquello con Felipe, el padre de Aurora. En unos instantes, iba a comprender por qué su tío estaba tan interesado en que la chica no se enterase del fallecimiento de su padre.

Elías continuó hablando mientras dirigían sus pasos hasta Casa Enrique. Allí, sentados en la pequeña terraza de entrada al bar y humedeciendo su garganta con unos güisquis, el hombre le puso al corriente de otro hecho para él totalmente desconocido.

Felipe, además de ser el capataz de su finca, era propietario de parte de ella y de un número considerable de reses.

El ganado y las tierras que poseía Lipe habían sido un regalo que el mismo Elías le había hecho en pago a un trabajo que había desarrollado para él, muchos años atrás.

No le explicó que tipo de labor había sido la que llevó a cabo y, a pesar de preguntárselo en varias ocasiones, no quiso contestar a aquella pregunta.

Le indicó solamente que ese no era el asunto ni el motivo de la conversación.

La cuestión era que, en ese momento, Elías estaba gestionando la posibilidad de volver a recuperar aquella propiedad.

Lipe, a todos los efectos carecía de herederos.

Nadie sabía si tenía o no familia; los abogados de Elías estaban estudiando el modo de poder quedarse con aquel feudo.

Si ahora aparecía la familia y reclamaba algo, toda esa gestión, que según entendió Manuel era ilegal, se iría al traste y su tío no podría recuperarla y, de ninguna de las maneras, seguir manteniendo el ritmo de vida actual.

Por ese motivo le pedía que callara; total, si ellos no habían tenido noticias jamás de su padre porque este no había querido, ahora ya no era tiempo.

Con sigilo, le recordó a Manuel todo lo que había hecho por su madre y por ellos.

El joven, comprendió rápidamente las palabras de su tío y se sintió avergonzado por lo que estaba escuchando.

Su tío, su propio tío, esa maravillosa persona que desinteresadamente había colaborado con su familia a la largo de toda la vida, se estaba convirtiendo en un auténtico monstruo.

No solo le recordaba todo aquello en lo que les había ayudado, sino que, además, le advertía con malas artes de que algunos de los favores podrían desaparecer si en algún momento Manuel revelaba aquella conversación o ponía sobre aviso a Aurora de algún dato referente a su padre.

En vista de la situación, Manuel, con la cabeza gacha, aceptó el silencio que su tío le proponía. De vuelta al hotel, apenas cruzaron un par de palabras.